La noche del viernes, el Teatro Comedia de Córdoba recibió a Liliana Herrero, quien abrió el concierto agradeciendo la posibilidad de cantar por primera vez en esa sala histórica. Señaló que lo valioso no es solo haber restaurado el teatro, sino haber dejado sus paredes como huellas de lo que sucedió, porque —como expresó a grandes rasgos— para saber hacia dónde vamos, es necesario recordar de dónde venimos y qué pasó. Ese gesto inicial marcó el tono de una velada atravesada por la memoria, la música y la comunidad.
A lo largo de la noche, Herrero insistió en que Fuera de lugar significa fundar otro lugar, un espacio de comunidad frente al horror y la incertidumbre. Su canto, lejos de la complacencia, se convirtió en un ritual de memoria y resistencia, donde cada canción fue puente entre pasado y presente. El público cordobés respondió con calidez y entusiasmo, confirmando que la música puede ser refugio y, al mismo tiempo, una forma de lucha.
La primera parte del concierto estuvo dedicada a la interpretación íntegra de Fuera de lugar, su nuevo disco publicado en 2025. Acompañada por su banda estable —Pedro Rossi en guitarra, Ariel Naón en contrabajo, Facundo Guevara en percusión y Mariano Agustoni en piano—, Herrero recorrió las canciones con intensidad y hondura, versionando a Yupanqui, Spinetta, Charly García, Teresa Parodi, Raúl Carnota, Mocchi y Edgardo Cardozo. La puesta fue sobria, con luces tenues y símbolos de luchas sociales que reforzaron el carácter político y comunitario de la propuesta. Cada tema fue presentado como un puente entre la tradición y el presente, como un modo de cantar lo que el mundo desecha y devolverle sentido desde la memoria y el deseo.
En la segunda parte, la atmósfera se volvió festiva. Herrero repasó clásicos de su repertorio como las infaltables Oración del remanso, El tiempo está después, Abc y Golondrinas, entre otras. La dinámica fue de tertulia: la intérprete se corrió del centro de la escena para dejar que la música y la palabra circularan entre todos. Hubo momentos en que Pedro Rossi tomó la voz, y otros en que Ariel, Facundo y Mariano demostraron que los instrumentos también pueden narrar una historia sin necesidad de estar acompañados por palabras. Entre silencios y aplausos, se hizo evidente otra de las convicciones de Herrero: que callar también es hacer política, y que el silencio nunca es neutral, sino parte de una dramaturgia que puede ser tan potente como la palabra. Liliana dejó en claro cuál es su postura y qué significa la cultura para ella, eligiendo un puñado de canciones de ese extenso repertorio que conforma la música popular latinoamericano.
Herrero nos recordó que los espacios culturales no son meros escenarios: son territorios cargados de historia, cicatrices y posibilidades. Restaurar un teatro y dejar visibles sus huellas es un gesto político, tanto como cantar canciones que interpelan el presente desde la tradición. En tiempos de incertidumbre, sus conciertos nos invitan a pensar que la música puede ser un modo de sostenernos, de fundar comunidad y de imaginar futuros posibles. Quizás esa sea la verdadera potencia de su arte: recordarnos que la belleza no se separa de la lucha, y que la canción puede ser, todavía, un lugar donde la memoria se convierte en esperanza y en amor.













