Jorge Drexler en Córdoba: Taracá y el regreso al origen

Jorge Drexler volvió a Córdoba con la alegría inquieta de quien estrena un mundo. Desde que pisó el escenario, jugó como un chico con pelota nueva: giró abrazado a su guitarra, bailó entre tambores, se dejó llevar por la banda y hasta bajó a la platea para quedar rodeado por el público, como si necesitara sentir el pulso humano que dio origen a Taracá.

El concierto del domingo 12 de abril fue una celebración extendida: nuevo disco, nueva banda y el inicio de una gira que recorrerá más de treinta ciudades durante once meses. Pero, sobre todo, fue un regreso a la raíz. Taracá —esa onomatopeya del tambor chico que condensa un golpe de mano (TA) y dos de palo (RA-CA)— es también un gesto íntimo: Drexler volvió a grabar en Uruguay después de muchos años, en un momento vital en el que, como él mismo contó, “se fue siendo hijo y volvió siendo padre”.

Cada show de Drexler es distinto, incluso cuando repite repertorio. Pero este nuevo espectáculo, como el disco, propone una experiencia renovada: candombe, murga, folclore y un flamenco que funciona como puente entre Madrid y Montevideo. Apareció bailando desde el primer compás, acompañado por una banda joven y precisa —músicos de Uruguay, Cataluña y Madrid— que ocupó un lugar central. Hubo solos virtuosos, percusiones en capas y voces que se trenzaron con la suya. Ale López en contrabajo y Julio Sarizz en percusión fueron dos de los más celebrados, junto a las voces de Miriam “LaTrece” Sánchez y Florencia Gamba, esta última nacida en Canelones, presentada con afecto antes de Te llevo tatuada.

A lo largo del show reconoció que tenía algo de nervios: era la primera vez que esta formación tocaba junta en una gira. Aun así, estuvo conversador, reflexivo, atento. Habló de la misión Artemis II, de la fragilidad del planeta visto desde la Luna, de la violencia del presente. “Sube el precio del petróleo y baja el precio de la vida”, lanzó antes de Tres millones de latidos, y el Quality quedó en silencio.

La cuerda de tambores tuvo su propio momento de protagonismo: chico, repique y piano marcando un pulso que parecía venir desde muy atrás. Drexler presentó Bienvenida, la primera canción que compuso —“me estaba dando la bienvenida a mí mismo al mundo de la canción”— y la enlazó con Tamborera, Quimera y Tambor chico. Fue un tramo de pura raíz afrouruguaya, con el público acompañando como en una quermés de carnaval.

A mitad del show decidió romper la frontera entre escenario y platea. Bajó las escaleras cantando, avanzó entre celulares, abrazos y palmaditas, y trepó a una pequeña plataforma en el centro del Arena. Allí se quedó un buen rato: cantó, bailó, se tiró al piso, se arrodilló y hasta se sentó como si estuviera en una mateada frente al Río de la Plata. Ese tramo incluyó Soledad —con Ale López acompañando desde el escenario principal—, Inoportuna, una versión a capella de Al otro lado del río y un cierre íntimo con Mi guitarra y vos. Fue un fogón improvisado en medio de miles de personas.

Más adelante recordó que escribió una canción en días de miedo y desconcierto —cuando ganó Trump— y que en ese momento entendió que su trabajo estaba “en el otro”, en sostener la mirada y el vínculo. Habló de la importancia de mantener abiertos los puentes, sobre todo en épocas como esta, cuando la tentación de levantar muros es grande. No lo planteó como consigna, sino como una convicción íntima: el arte como espacio para acercarse, no para alejarse.

Antes de Qué será que es?, de Gonzaguinha, dejó otra frase que quedó resonando: “Hoy la felicidad es un acto de resistencia que hay que ejercer”.

Los clásicos llegaron como un abrazo colectivo: Telefonía, Universo paralelo, Tocarte, Te llevo tatuada. También aparecieron los homenajes: Mercedes Sosa con su versión de Sea; Joaquín Sabina —quien le aconsejó dejar la medicina y mudarse a Madrid— y Enrique Morente, a quien conoció en una noche interminable de 1992 en Granada, evocación que dio paso a Pongamos que hablo de Martínez y Cuando cantaba Morente.

Para el final dejó Me haces bien, solo con guitarra, antes de encarar el cierre a toda banda con Ante la duda, baila, Bailar en la cueva y Todo se transforma. Una despedida en modo carnaval.

Drexler confirmó, una vez más, por qué es uno de los cancionistas más finos de Uruguay y de la música latinoamericana. Lo hizo con una lista de 28 canciones, todas coreadas, todas recibidas como si fueran propias.

En Córdoba, Taracá no fue solo un concierto: fue un recordatorio de que la música puede volver a juntar lo que el mundo insiste en separar. Que tal vez todavía hay espacio para detenerse, escuchar y volver al origen. Y que, a veces, basta un tambor chico marcando el pulso para que todo vuelva a latir en su lugar.