Odd Mami es el nombre artístico de Helena Massucco, cantante, compositora y productora nacida en Buenos Aires. Forma parte del colectivo Rip Gang, uno de los movimientos más influyentes del under argentino de la última década, donde compartió escena con artistas como Dillom, Saramalacara, Muerejoven y Broke Carrey.
Comenzó a publicar música en 2019, primero en formato de singles, donde ya aparecían los rasgos que luego definirían su estilo: letras íntimas, sensibilidad pop, una estética DIY y una voz suave que contrastaba con la crudeza emocional de sus textos. Canciones como “Kaneda”, “Starboy” (ft. K4) y “1312 (portarme mal)” la posicionaron rápidamente como una figura distinta dentro del trap y el pop alternativo local.
En 2022 lanzó su primer álbum, Mosaicos, un trabajo minimalista atravesado por autotune, teclados Casio y una sensibilidad confesional que la acercó a una nueva audiencia. Aunque todavía experimental y algo amateur, el disco marcó el inicio de una búsqueda más profunda.
Un año después, en 2023, publicó el EP Ultra, donde comenzó a despegarse del sonido digital para acercarse a un clima más oscuro, más guitarrero y emocionalmente más denso. Allí ya aparecían los temas que luego serían centrales en su obra: la ansiedad, el recuerdo, la pérdida, la transición hacia la adultez.
El 7 de junio de 2024, Odd Mami lanzó su segundo álbum de estudio, donde van los perros, un disco de 11 canciones que consolidó su identidad artística. Con un sonido más orgánico, guitarras distorsionadas, melodías frágiles y letras que exploran la nostalgia, la ansiedad y la madurez, el álbum fue recibido como su trabajo más sólido y emocional hasta la fecha. Y vale la pena detenerse en él.
Donde van los perros es un mapa emocional hecho de fragmentos, silencios, miedos y pequeñas iluminaciones. Helena Massucco llega a este punto después de años de tránsito entre escenas y estéticas —del trap de la Rip Gang al autotune confesional de Mosaicos, de la oscuridad latente de Ultra a esta etapa donde la vulnerabilidad ya no es un recurso, sino un lenguaje propio.
Lo que aparece acá no es una artista buscando un sonido, sino una artista que finalmente lo habita. donde van los perros es un álbum que respira despacio, que avanza con cuidado, que se permite ser torpe, contradictorio, frágil. Y justamente por eso se vuelve tan verdadero.
El disco abre con “crecer”, una canción que parece grabada en el borde de la cama, con la guitarra todavía tibia y la voz al borde del quiebre. “Hoy no quise ver la mañana” instala desde el primer segundo el clima emocional del álbum: crecer no es iluminarse, es arrastrar un cansancio que no siempre se puede nombrar. El estribillo —“Sé lo que vas a decirme… No te quiero escuchar”— funciona como un límite íntimo, una forma de protegerse de lo que duele incluso antes de que llegue.
Esa fragilidad se expande en “inocencia interrumpida”, donde Odd Mami y Bratty reconstruyen escenas mínimas de la infancia: juegos en la oscuridad, veranos que prometían alivio, cortes de pelo mal hechos. La canción no idealiza ese pasado; lo observa con una mezcla de ternura y desgarro. “Voy a sentir mi inocencia interrumpida” no es nostalgia, es conciencia: la adultez llega cuando lo que antes era refugio empieza a quemar.
La memoria se vuelve tormenta en “General Paz”, uno de los momentos más punzantes del disco. La autopista, las luces, el auto en movimiento: una escena cotidiana convertida en un paisaje emocional devastado. La imagen de “tu mano enredada en su pelo” es un golpe seco, sin metáforas. El estribillo insiste en una pregunta sin respuesta: “¿Por qué no estamos acá?”. La canción captura ese instante en el que el pasado se vuelve un loop y el presente no ofrece nada para sostenerse.
En “quema el suelo”, el desarraigo se vuelve físico. La ciudad no enseña nada, el cielo no responde, el suelo arde. Odd Mami canta el miedo sin elevar la voz, como si la fragilidad fuera una forma de resistencia. “Me quema el suelo y estoy bien igual” no suena a resignación, sino a una aceptación incómoda: caminar duele, pero se camina igual.
El punto más oscuro llega con “parásito”, donde la ansiedad deja de ser emoción y se vuelve organismo. “Y no sé nadar” es una confesión brutal: no hay herramientas, no hay salvavidas. El estribillo —“convertida en esto”— expone una transformación que duele y que, sin embargo, se acepta como inevitable. Es una canción densa, grave, casi claustrofóbica, donde Odd Mami logra que el oyente sienta el peso del suyo.
“el mal”, en cambio, es un susurro. Una pausa. Una intuición de que algo puede cambiar. “Puedo curar el mal en mi cuerpo” no es una afirmación triunfal, sino un deseo frágil. La canción funciona como un pequeño espacio de quietud después de tanta turbulencia.
Hacia la mitad del disco, la vulnerabilidad deja de ser herida y empieza a ser identidad. “yo así” es el ejemplo más claro: Odd Mami enumera defectos, manías, pequeñas miserias cotidianas, pero no busca lástima ni aprobación. “Puede que te guste yo así” no es un pedido: es una aceptación tímida, casi accidental, de que la autenticidad también puede ser un refugio. La canción captura el instante en que uno deja de intentar corregirse para empezar a entenderse.
“intentarlo” profundiza esa lucidez dolorosa. Las paredes del cuarto cambian de color, el refugio se vuelve espejo, la voz se enfrenta a sí misma sin adornos. “Si siempre caigo en mis brazos, ¿por qué se rompen esta vez?” es una de las líneas más honestas del disco: la lucidez llega cuando ya no queda energía para sostener nada. La repetición de “ya me cansé de intentarlo” no suena a derrota, sino a un límite necesario, una forma de decir basta sin gritarlo.
En conjunto, estas canciones construyen un retrato emocional donde la tristeza no es un pozo, sino un territorio que se recorre con cuidado. Odd Mami no dramatiza ni romantiza el dolor: lo observa, lo nombra, lo convierte en música sin pretender que eso lo cure. Y en esa honestidad aparece la fuerza del disco.
donde van los perros es un disco que entiende que crecer no es iluminarse, sino aprender a convivir con lo que duele.