Dolores Solá y un corazón que se niega a ser domesticado

Corazón de perro, el nuevo trabajo solista de la intérprete y ahora también compositora Dolores Solá, sienta posición ante un disco que no solo está compuesto por canciones propias, sino que también ofrece una relectura de algunas de las canciones que arrastra desde su infancia y adolescencia. Canciones que hoy vuelven a ser traídas al presente, demostrando que aún hoy, y más en este presente social, son necesarias. Pero Corazón de perro es, ante todo, un disco sobre aquello que todavía se resiste a ser domesticado, como el instinto, la memoria, la belleza y, por qué no, también la indignación.

Después de quince años de aquel disco homenajeando a Gardel, Corsini y Magaldi, llamado Salto mortal, y con una trayectoria inseparable de La Chicana, Solá vuelve a poner su voz en el centro, pero esta vez lo hace también como compositora. El resultado es un álbum que mira hacia atrás para poder hablar del presente. Allí conviven Violeta Parra, Silvio Rodríguez, Tata Cedrón y canciones vinculadas con la Guerra Civil española, con canciones propias y colaboraciones de Teresa Parodi, Daniel Melingo y Mocchi. Además, cuenta con la dirección musical de Diego Rolón y con su histórico compañero Acho Estol en la producción.

Tal vez, a simple escucha, pareciera que las canciones no tienen un hilo común, pero tal vez el hilo conductor, y una de las virtudes de este disco, es que quien las canta es el hilo conductor, porque está, sin duda, en la interpretación y en el universo emocional que tiene cada una de las canciones. Aunque, si hilamos fino, la selección encuentra una lógica en la mirada de quien canta: todas las canciones hablan, de una u otra manera, de personajes enfrentados con el poder, el destino, la injusticia, la pérdida o la necesidad de resistir.

Por su parte, el título parece funcionar como una declaración de principios, porque a lo largo de las 10 canciones que componen Corazón de perro hay algo de instinto, de peligro, pero a la misma vez de afecto, y tal vez sea ese instinto típico de los perros, que los lleva a seguir una huella, sea parecido al que también llevó a Dolores hacer este nuevo disco. Un “corazón de perro” puede ser leído como una reivindicación de aquello que todavía funciona por instinto y afecto. En oposición a una época dominada por algoritmos que anticipan gustos, clasifican conductas y uniforman consumos, Solá reivindica el instinto de sentir en estas canciones.

Pero creo que el punto más importante de este disco es la presentación de Dolores como compositora. Al igual que gran parte de su discografía con La Chicana, la cantante no abandona las preocupaciones que recorrieron su vida, como las vidas marginales, las mujeres condenadas por su origen o circunstancia, los personajes que quedan fuera del relato oficial de la historia.

Quizás el ejemplo más evidente sea Canción de cuna para Santos Godino, de… La canción se acerca a la historia del Petiso Orejudo sin volverlo héroe ni absolverlo. Tampoco lo observa desde la comodidad de quien condena. Lo que le interesa es el personaje, o mejor dicho, la persona detrás del criminal. Que no es nada más y nada menos que la historia de un niño abandonado, maltratado y de una sociedad que respondió a la violencia con más violencia.

La elección de Melingo para compartir la canción no parece azarosa. En la canción funciona, tal vez, como la voz propia de un padre que le canta a su hijo. Esa estructura transforma la canción en algo mucho más complejo que una recreación de un caso policial. Hay una pregunta por el origen del monstruo, por aquello que una sociedad decide no mirar hasta que ya es demasiado tarde.

Pero si hay una canción que concentra el espíritu político del disco es El jardín de atrás. La canción fue escrita después de la experiencia de Solá visitando la ex ESMA. La canción trabaja con una contradicción insoportabl, afuera, los pájaros, los jardines, la belleza; adentro, la tortura y el horror.

La potencia de la canción está en no necesitar describir el horror de una manera explícita. Basta la posibilidad de que una persona secuestrada haya podido ver por una ventana ese jardín para abrir una pregunta enorme: ¿qué lugar ocupa la belleza en medio del terror? ¿Puede un paisaje convertirse en un último vínculo con el mundo? ¿Puede un pájaro cantar mientras al lado se está destruyendo una vida?

Pero para Dolores Solá la memoria no es parte del pasado sino del presente, y esa postura explica por qué decidió versionar Gallo rojo, gallo negro, una canción que nació vinculada a la resistencia antifranquista y que aún hoy conserva su espíritu político, que excede su contexto original. El enfrentamiento entre los dos gallos funciona como una metáfora elemental de la lucha por el poder, de la resistencia y de la desigualdad de fuerzas.

Gallo rojo, gallo negro es una muestra de que muchas veces el pasado deja de ser pasado cuando reaparecen las mismas preguntas, aunque bajo otras formas. ¿Quién tiene el poder? ¿Quién puede imponer su relato? ¿Quién queda del lado de los que resisten? ¿Qué sucede cuando una sociedad vuelve a dividirse entre quienes sienten que luchan por una causa y quienes creen defender otra?

Por su parte, sus composiciones propias se destacan por un trabajo interesante en el equilibrio entre la sobreinformación y la necesidad de sintetizar una historia. Por momentos, pareciera que sus letras quieren contar muchas cosas y esa característica, que muchas veces puede jugar una mala pasada, en Solá se siente como parte de su identidad, donde no se conforma solo con una frase bonita.

Podríamos sintetizar Corazón de perro como un catálogo de personajes y heridas. Una mujer que recuerda. Un soldado que vuelve de una guerra creyéndose intacto. Un criminal convertido en monstruo. Una prisionera que quizá alcanza a mirar un jardín. Dos gallos enfrentados. Historias distintas que terminan formando una misma pregunta: ¿qué hacemos con aquello que nos toca vivir?

En definitiva, también son canciones que sobreviven porque tienen algo para decir. Por eso aún hoy cantamos a Violeta Parra, Silvio Rodríguez, Tata Cedrón y la tradición de la canción política española. Todas canciones que, al igual que este disco, tienen un gesto político que no está en tener un contenido explícito. Está en negarse a aceptar que todo tenga que ser de fácil consumo y de fácil clasificación. Sino, por el contrario, que cuenten historias, que recuperen voces del pasado, que miren a los vencidos y que hasta, a veces, se pregunten qué había detrás del monstruo.

Celebramos que en Corazón de perro Violeta Parra pueda convivir con una composición de Dolores Solá, que una canción de la Guerra Civil española dialogue con un personaje argentino o que el tango aparezca apenas como una parte de un repertorio más amplio. La libertad está justamente en no tener que justificar esas asociaciones.