La Ley del Libro se frenó, pero la discusión sigue: qué se pone en juego detrás del precio de un libro

La derogación de la Ley del Libro finalmente no llegará al Congreso. Después de semanas de preocupación y rechazo por parte de editoriales, librerías y distintos actores de la industria, Javier Milei confirmó el miércoles 12 de agosto que la iniciativa “no entró ni va a entrar” al Parlamento. El Gobierno decidió así dejar fuera de su agenda legislativa el proyecto que buscaba eliminar el régimen de precio uniforme de venta de los libros.

La noticia modifica el escenario, pero no clausura la discusión. Al contrario: el intento de desregulación puso sobre la mesa una serie de preguntas que exceden ampliamente el precio de un ejemplar. ¿Qué sucede con las librerías independientes cuando compiten con grandes cadenas y plataformas? ¿Qué lugar queda para las editoriales pequeñas, los autores nuevos y los libros que necesitan tiempo para encontrar lectores? ¿Puede el mercado decidir qué se publica, qué circula y qué termina formando parte del acervo cultural de un país?

Para pensar estas preguntas, hablamos con Editorial Bardo, Soledad, responsable de la librería Volcán Azul, y Leo de Rubén Libros, tres actores que ocupan distintos lugares dentro de la cadena del libro. Sus miradas coinciden en un punto central: la discusión no puede reducirse solamente al precio de un ejemplar. Lo que aparece detrás del debate es el funcionamiento de un ecosistema en el que conviven editoriales, librerías, autores, lectores y espacios culturales.

Durante las últimas semanas, el debate pareció reducirse a una cuestión sencilla: si liberar el precio de los libros permitiría que fueran más baratos. El anteproyecto impulsado desde el Ministerio de Desregulación buscaba terminar con el esquema vigente y habilitar una mayor competencia entre los distintos puntos de venta. Del otro lado, libreros y editores advirtieron que esa competencia no necesariamente se produciría en igualdad de condiciones y que los grandes jugadores tendrían herramientas que las pequeñas librerías no poseen.

Pero detrás de esa discusión aparece algo menos cuantificable: la bibliodiversidad, es decir, la posibilidad de que exista una oferta amplia de autores, géneros, editoriales, miradas y proyectos culturales. Y ahí es donde el libro deja de ser solamente un objeto con un precio.

Un sector que creció en tiempos difíciles

Argentina tiene una larga tradición editorial y una presencia particularmente importante de editoriales independientes y librerías que funcionan, además, como espacios culturales. Durante las últimas décadas, el número de librerías del país pasó, según datos difundidos durante el debate, de unas 500 a alrededor de 1.500, aunque actualmente el sector atraviesa una caída en las ventas.

Para Editorial Bardo, el crecimiento de los proyectos independientes tuvo incluso una relación paradójica con las crisis económicas. “Las editoriales independientes se fortalecieron cuando peor estaba la economía y las grandes empresas editoriales se retiraron un poco del mercado, dejando espacio abierto para que crecieran este tipo de proyectos”.

La existencia de ese entramado no es casual. Desde Bardo hablan de un campo editorial argentino “muy fértil” por el caudal cultural y educativo del país, aunque advierten que la situación actual combina dificultades económicas con un escenario político que, aseguran, también afecta al sector.

La inestabilidad de precios, la pérdida del poder adquisitivo y los costos de transporte se suman, según la editorial, a las dificultades para acceder a programas de fomento cultural, la falta de espacios y la desarticulación de organizaciones intermedias. Pero hay otro elemento que aparece en su diagnóstico: el tiempo. La exigencia del pluriempleo, señalan, repercute directamente sobre el tiempo disponible para el ocio, la lectura y el desarrollo cultural. A eso agregan una cultura de la inmediatez y un individualismo que dificultan todavía más la construcción de espacios colectivos alrededor del libro.

Un negocio que también es cultura

Una de las discusiones que aparecen detrás de la Ley del Libro es cómo pensar al libro dentro de la economía. ¿Es un producto más? ¿Debe estar sometido a las mismas reglas que cualquier otra mercancía?

Desde Editorial Bardo prefieren complejizar la discusión. El libro, dicen, es necesariamente un negocio para quienes forman parte de la industria. Una editorial tiene que imprimir, distribuir, pagar salarios, sostener alquileres, transportar ejemplares y mantener un catálogo. “Para las editoriales, librerías y demás actores de la industria, el libro es un negocio y debemos asumir la responsabilidad de hacerlo sustentable”, explican. Pero esa dimensión económica no debería anular su valor cultural. Desde Bardo sostienen“Que sea un negocio no debe anular las virtudes del libro: la creación de identidad, la soberanía cultural, el desarrollo del pensamiento colectivo, entre muchas otras”.

La independencia, entonces, no significa desconocer la necesidad de sostener económicamente una editorial. Al contrario: para Bardo, defender la diversidad cultural también implica defender la sustentabilidad de quienes producen los libros.

“Amamos la literatura, nos enorgullece ser autogestivos e independientes, pero no romantizamos el desarrollo de nuestra editorial y, en consecuencia, de nuestro catálogo”

¿Qué protege realmente la Ley del Libro?

La Ley 25.542, sancionada en 2001 y publicada en 2002, establece que los editores, importadores o representantes deben fijar un precio uniforme de venta al público para los libros. La norma también establece excepciones y regula los descuentos: en determinados casos, como ferias y ventas a bibliotecas o instituciones culturales, permite descuentos de hasta el 10% del precio fijado.

La idea detrás del régimen es que un mismo libro tenga un precio de referencia común en los distintos puntos de venta, evitando que la competencia se concentre exclusivamente en la capacidad de aplicar grandes descuentos.

Para sus defensores, la regulación funciona como una herramienta que permite que una librería pequeña pueda competir con actores de mayor escala.

Soledad, responsable de Volcán Azul, insiste en que la oposición a la derogación no fue patrimonio exclusivo de las librerías independientes. También hubo cuestionamientos desde grandes cadenas del sector. Para ella, ese dato permite entender que la ley no funciona únicamente como una protección para los pequeños comercios, sino como una regulación que alcanza a toda la cadena.

La preocupación aparece especialmente frente a la posibilidad de que los grandes grupos puedan negociar descuentos mucho mayores con las editoriales y utilizar su capacidad económica para ofrecer determinados títulos a precios que una librería pequeña no podría sostener. En este punto Soledad plantea: “Estos grandes grupos económicos van a pelear descuentos con las editoriales, van a negociar precios, van a venderles los libros a precios tirados a los clientes”. Su temor es que esa estrategia pueda favorecer una primera etapa de precios bajos y, después, una mayor concentración del mercado.

Desde Bardo plantean el mismo problema en términos más estructurales: “Nunca los monopolios u oligopolios son complacientes con los precios de acceso”. Para la editorial, una eventual desregulación podría favorecer una concentración que terminaría afectando la diversidad del mercado. Por eso consideran que “la idea de que el mercado determine el acervo literario o cultural es, en sí misma, un oxímoron”.

La bibliodiversidad frente al bestseller

La discusión sobre la concentración conduce a otra pregunta: ¿qué libros quedan disponibles cuando el mercado empieza a priorizar exclusivamente los títulos que más venden?

Los grandes best sellers tienen publicidad, campañas, visibilidad y una capacidad de circulación que muchas veces no depende de la recomendación de un librero. El problema aparece con los libros de editoriales pequeñas, los autores nuevos, las propuestas regionales o aquellos géneros que tienen públicos más reducidos.

Bardo advierte que una eventual concentración podría traducirse en la desaparición de títulos y autores sin posibilidades de difusión, en perjuicio de géneros de nicho y en una oferta cada vez más concentrada geográficamente.

“Si el mercado determina la suerte de la cultura argentina, de sus regiones y sus lugares, definitivamente desaparecerán expresiones propias, identitarias, soberanas. Se quitarán voz a las minorías y se instalarán discursos hegemónicos”.

Rubén Libros, una de las librerías más reconocidas de Córdoba y elegido por muchos por la relación de sus empleados con los lectores sostienen. “Cuando desaparecen librerías o se achican los espacios para editoriales independientes, también se reducen las posibilidades de que circulen nuevas voces, catálogos especializados y libros que necesitan tiempo para encontrar a sus lectores”.

Ahí aparece la idea de bibliodiversidad. No se trata simplemente de tener muchos libros disponibles, sino de que puedan convivir diferentes autores, editoriales, géneros, regiones, perspectivas y formas de entender la literatura.

La diversidad de un catálogo no necesariamente coincide con lo que más vende. Y justamente por eso necesita de una estructura capaz de sostener aquello que quizás no encuentre inmediatamente un público masivo.

El librero como mediador

En tiempos en que buena parte del descubrimiento cultural pasa por algoritmos, recomendaciones automáticas y plataformas que deciden qué aparece primero ante nuestros ojos, el trabajo del librero adquiere otra dimensión.

“Las librerías independientes cumplimos un papel que va más allá de la venta. Somos espacios de encuentro, recomendación y descubrimiento”, explican desde Rubén Libros.

Muchas veces, señalan, un lector encuentra un libro “gracias a una conversación, una sugerencia o un catálogo construido con criterio y conocimiento”, y no simplemente porque sea el título que aparece primero en una vidriera o en un algoritmo.

Soledad coincide desde Volcán Azul. Para ella, el libro “no es un producto cualquiera” y los libreros independientes son fundamentales para la circulación de literatura alternativa, especialmente aquella que no cuenta con grandes campañas de publicidad. y sostiene “El diálogo con los libreros, los clubes de lectura, las presentaciones, todas esas instancias de difusión, de literatura, de recomendación de libros, favorecen que los libros se conozcan”

Una librería independiente puede tener una selección de poesía que una gran cadena no tiene. Puede trabajar con editoriales pequeñas, organizar una presentación, armar un club de lectura o recomendarle a un lector un autor que nunca apareció en una campaña publicitaria. Por eso Soledad sostiene que “hoy, en el mercado del libro, la competencia no está dada por el precio, sino por las diferencias que cada librería tenga para ofrecer a su clientela”.

Un libro no es una remera

La tensión entre el libro como mercancía y el libro como bien cultural aparece también en la manera en que se lo comercializa.

Soledad plantea una comparación deliberadamente provocadora: un libro no debería ser pensado como una remera o un kilo de tomates. No porque no pueda comercializarse en un supermercado que de hecho, ya ocurre, sino porque su dimensión cultural hace que su circulación implique otras prácticas.

“La cultura no se consume, un libro se lee, la música se escucha, nos interpela, necesitamos tiempo para vivir esa experiencia”.

La discusión no pasa, entonces, por impedir que alguien compre un libro en un supermercado. El problema, explica, aparece si la concentración del mercado termina haciendo que ese sea prácticamente el único circuito disponible. “Lo que nosotros estamos pidiendo es que no desregulen una ley, que lo que va a hacer es que solamente existan los supermercados para comprar libros”.

La librería independiente aparece así como algo más que un punto de venta: es un espacio cultural, un lugar de encuentro y una forma de acceso a libros que quizás no tendrían la misma visibilidad en otros circuitos.

¿El problema son los precios?

La discusión sobre la derogación de la Ley del Libro vuelve una y otra vez a una pregunta aparentemente sencilla: ¿los libros son caros?

Para Soledad, el eje debería desplazarse. El problema central no es solamente el precio de los ejemplares, sino el deterioro de los salarios y la pérdida de poder adquisitivo.

En un contexto donde muchas personas deben destinar sus ingresos a comida y servicios, sostiene, también se vuelven inaccesibles otras actividades culturales: ir al cine, al teatro o comprar un libro.

Desde su perspectiva, presentar el acceso a la cultura exclusivamente como un problema de precios permite ocultar una cuestión más profunda: la ausencia de políticas públicas destinadas a garantizar ese acceso. “No es que no se lee o que se compran pocos libros por el precio”, sostiene. También hay que preguntarse qué políticas existen para que la lectura forme parte de la vida cotidiana.

En ese sentido, reclama programas de lectura, contacto con bibliotecas, políticas para las escuelas y distintas formas de acercar los libros a los sectores que no pueden comprarlos regularmente.

El acceso a la lectura, entonces, no depende únicamente del precio de un libro. También depende de los salarios, de las bibliotecas, de las escuelas, de las políticas públicas y de la existencia de espacios capaces de acercar los libros a quienes no llegan naturalmente a ellos.

Una discusión sobre el país que se quiere construir

Para Editorial Bardo, reducir todo este debate al precio implica dejar afuera la dimensión política del libro.

“El campo editorial argentino es un campo político. Interviene social y culturalmente en la construcción de la identidad argentina”.

La historia editorial del país también puede leerse como una historia de sus autores, sus publicaciones y de los actores que hicieron posible que determinados libros circularan en diferentes épocas.

Por eso consideran que una eventual derogación de la ley no seria solamente un cambio en las condiciones comerciales de la industria. También podría afectar la soberanía cultural, los desarrollos regionales y el entramado económico y social que sostiene al sector.

“La discusión no es solo económica. Es política. Definitivamente, tiene que ver con qué tipo de país queremos ser”.

Desde Rubén Libros lo resumen desde una perspectiva más amplia: “Nos parece fundamental preservar un ecosistema del libro plural, federal y diverso, donde convivan distintos proyectos editoriales y donde los lectores puedan seguir encontrando una amplia variedad de obras y miradas”.

La ley se frenó, pero la pregunta permanece

El Gobierno finalmente dejó afuera de su agenda legislativa la derogación de la Ley del Libro. La iniciativa que buscaba modificar el régimen de precio uniforme no llegó al Congreso y, según confirmó Milei, tampoco llegará.

En lo inmediato, entonces, la Ley 25.542 sigue vigente. Pero la discusión que se abrió durante estas semanas dejó expuesto un conflicto que probablemente vuelva a aparecer: qué lugar ocupa el libro dentro de una economía que busca desregular cada vez más sectores y qué herramientas existen para sostener una industria cultural diversa.

Porque defender la Ley del Libro no implica, según los actores consultados, negar que una editorial sea una empresa o que una librería necesite ser rentable. Implica reconocer que alrededor de ese negocio existe una trama cultural, económica y social mucho más grande.

Editoriales independientes, grandes grupos, librerías de barrio, cadenas, autores, lectores, bibliotecas y espacios culturales forman parte de un mismo ecosistema. Cuando uno de esos actores desaparece, también cambia la forma en que circulan los libros.

Quizás por eso reducir el debate a la pregunta de si un ejemplar debería costar menos resulte insuficiente. El precio importa. La accesibilidad importa. La sustentabilidad económica del sector también.

Pero también importa saber qué libros podemos encontrar, quién decide cuáles llegan a nosotros, qué autores tienen posibilidades de publicar, qué librerías pueden sobrevivir y qué voces quedan fuera cuando la cultura empieza a regirse exclusivamente por las reglas del mercado.

La Ley del Libro, por ahora, sigue en pie. El proyecto que pretendía derogarla quedó fuera del Congreso. Pero el debate que dejó abierto es bastante más grande que una ley. Como dice Soledad, frente a la idea de que la desregulación podría haber traído más libertad: “No es libertad, es abandono”. Y quizás esa frase permita resumir la discusión que queda abierta: qué lugar queremos que ocupe el libro en una sociedad donde cada vez cuesta más encontrar tiempo, dinero y espacios para leer.