La historia de la banda se resume en dos discos, tres años de actividad, un sonido que no se parecía a nada en la Argentina de los setenta y una disolución tan abrupta como su ascenso. Crucis (1976) y Los delirios del mariscal (1977) la obras funcionan como una sola. Crucis es la plataforma, mientras que Los delirios del mariscal es el salto.
La historia, sin embargo, fue más corta que su ambición. La dictadura, el desgaste, las giras atravesadas por controles militares y fusiles, las diferencias internas y la juventud de sus integrantes hicieron que la banda se disolviera justo cuando estaba alcanzando su mejor versión. No hubo despedida, ni ruptura dramática: simplemente dejaron de tocar.
Hoy para muchos crucis como La Maquina de hacer pajáros y no muchos más fueron un oasis dentro del rock progesivo en argentina en un momento donde estás bandass no tenían demasiado espacio. Pero aún hoy para mucho siguen siendo una brujula.
Crucis (1976): un debut que ya sonaba a consagración
El debut, Crucis, sorprende por su madurez, no parece que fuera su primer disco, suena a una banda conciente de lo que quiere y segura. Grabado en vivo en el estudio y producido por Charly García, el álbum exhibe una claridad estética poco común. El bajo de Gustavo Montesano empuja hacia adelante, la batería de Gonzalo Farrugia parece una maquina de expresarse, los teclados de Aníbal Kerpel construyen climas y texturas Mientras la guitarra de Pino Marrone narra sin caer en la pirotecnia. Temas como Todo tiempo posible, Mes o Recluso artista muestran una banda que maneja la tensión con inteligencia: nada sobra, nada está ahí por accidente.
Sin duda Crucis toma elementos del sinfónico británico pero los reordena con una lógica propia, más rítmica, más terrenal, más urgente.
El repertorio confirma esa identidad desde el primer minuto. Todo tiempo posible es el canción instrumental que abre el disco y donde se nota el ADN del grupo: cambios de clima, teclados que alternan entre lo atmosférico y lo melódico, y una guitarra que nunca pierde el hilo. Mes y Corto profundizan esa estética: piezas donde la banda muestra su capacidad para pasar de la sutileza al vértigo sin perder cohesión. El punto más alto es Recluso artista, una pieza que combina lirismo, dramatismo y una arquitectura instrumental impecable. Y Irónico ser, el cierre, funciona como una síntesis: un tema que avanza con determinación y deja claro que Crucis ya sabía quién era.
Los delirios del mariscal (1977): el salto hacia un sonido más grande
Si el primer disco es la plataforma, Los delirios del mariscal es el salto. El disco fue mezclado en Criteria Studios (Miami), el álbum suena más ambicioso y hasta podriamos decir profesional si lo miramos con los canones de hoy.
No me separen de mí abre con un groove amable que pronto se quiebra en líneas de Moog y cambios de clima. El tema título es un crescendo perfecto, con un solo de Marrone muy bueno y un diálogo entre teclados y guitarra que remite al progresivo italiano sin perder identidad propia. Pollo frito es un torbellino jazz-rock de poco más de minutos. Y Abismo terrenal cierra el disco con un hi-hat frenético, capas de teclados, un solo de bajo inesperado y un solo de batería igual de contundente para darle un final distintos que curiosamente termina con una nota suelta.
El disco dura poco más de media hora, pero alcanza para mostrar un universo propio. Crucis no sonaba como nadie. Y eso, en 1977, era una declaración de principios.
Para muchos de los amantes del rock progresivo hoy Crucis está entre las bandas destacadas de la época pero su historia fue más corta tal vez que su ambición. Tal vez sea por la dictadura, el desgaste, las giras atravesadas por controles militares y fusiles, las diferencias internas y la juventud de sus integrantes que hicieron que la banda se disolviera antes de llegar tal vez a la cúspide.