Rocío Márquez: parirse a una misma en un Himno vertical

A lo largo de más de tres décadas de trayectoria, Rocío Márquez se ha consolidado como una de las voces más inquietas y renovadoras del flamenco contemporáneo. Cantaora, investigadora y creadora indisciplinada, su trabajo ha desbordado siempre los límites del género para dialogar con la poesía, la experimentación sonora y las preguntas más íntimas sobre identidad, cuerpo y memoria. Desde Firmamento hasta Visto en El Jueves, su obra ha sido un laboratorio de riesgo y sensibilidad, donde tradición y vanguardia se rozan sin jerarquías.

En Himno vertical, su disco más reciente, Márquez profundiza ese gesto de búsqueda y metamorfosis. Inspirado en la Poesía vertical de Roberto Juarroz, el álbum se despliega como un viaje ascensional y descendente por el duelo, la fragilidad, la intuición y la potencia de lo sutil. Verbos como arder, caer, inventarse o volar trazan un mapa emocional donde la vulnerabilidad se vuelve fuerza y la palabra —o su disolución— abre un territorio nuevo para el flamenco.

En esta conversación, Márquez reflexiona sobre el tránsito de justificar(se) a escucharse, las tensiones de género en el flamenco, la inspiración como dictado interior, la incomodidad como motor creativo y la manera en que el duelo se transforma en canto. También comparte cómo Himno vertical la llevó a parirse de nuevo, a habitar el silencio y a reconocer en la fragilidad un modo luminoso de estar en el mundo.

Otra Canción: ¿Alguna vez sentiste que debías justificar tus decisiones musicales dentro del flamenco, y qué resistencias —internas o externas— aparecieron cuando empezaste a seguir tu propio camino

Rocío Márquez: Este ha sido un punto clave de mi carrera. En los 30 años de trayectoria artística que llevo recorridos, he vivido un proceso de reorientar mi atención y mi motivación del afuera al adentro. De lo que suponía que se esperaba de mí (la familia, mis maestras y maestros, la profesión, la crítica, el público), a lo que internamente me mueve y me conmueve. Hoy encuentro más permiso para crear desde mí, con menos necesidad de justificarme, incluso de hacerme comprender.

O.c: ¿Qué tensiones encontrás hoy en el lugar de la mujer dentro del flamenco, y cómo dialoga esa lucha con la idea de “parirse a una misma” que aparece en tus canciones?

R.M: Encuentro las mismas tensiones que existen en la estructura patriarcal de la sociedad actual. El mundo del flamenco es una extensión, un reflejo, de la sociedad en la que se inserta. Ni más ni menos. Me vienen los mandatos de género que asumimos de manera acrítica o inconsciente y que operan limitando nuestra capacidad de elegir. Por ejemplo, con la exigencia de mantener una apariencia física asociada a la feminidad y que implica mucha más intervención y dedicación para “mostrarnos visibles” de lo que se espera de los hombres. 

O.c: En varias canciones aparece la idea de ser “dictada” desde adentro, como si la música viniera a través de vos. ¿Cómo vivís esa autoría desbordada y qué diferencia sentís entre lo que te dicta el cuerpo, la memoria y lo desconocido?

R.M:
Es muy interesante la pregunta de dónde viene la inspiración creativa. Me gusta pensar en un espacio indiferenciado entre cuerpo, misterio, intuición, mente. En los espacios entretejidos de esas esferas o dimensiones del ser emerge una voz que nos dicta nuestro camino en la vida. Y no solo artístico o creativo sino también personal, profesional, relacional o espiritual. Mi camino ha sido integrar más espacios de silencio en el cotidiano y aprender a ir más despacio, para poder escuchar de manera más nítida esta información que viene de lo sutil.

O.c: En “Apariencia” y “Ausencia” el duelo se vuelve canto. ¿Cómo encontraste la voz para decir una pérdida tan íntima sin caer en la literalidad ni en la contención excesiva?

Rocío Márquez: Mi posicionamiento artístico no resuena con la literalidad, quizás porque soy una enamorada del lenguaje poético. Creo que podemos llegar de manera más directa, transmitir toda la potencia de un mensaje, desde un posicionamiento simbólico o alegórico, que se apoya en imágenes. Desde aquí podemos evocar como artistas mundos mucho más amplios en el público de lo que haríamos de manera directa. Al mismo tiempo, creo que la voz sí es directa, honesta en su expresión emocional. Entonces me apoyo en este lenguaje poético para transmitir el duelo que he vivido mientras permito a mi voz expresar el grito, el quiebre, la rotura de toda mi vivencia.

O.c: Hablás de la incomodidad como motor y de atravesar umbrales que te transforman. ¿Qué señales internas te anuncian una nueva metamorfosis y cómo dialoga eso con la verticalidad —caer, ascender, atravesar— que estructura el disco?

R.M: Siempre me posicioné en la esfera de la cultura como algo muy distinto al entretenimiento. El entretenimiento, siendo muy legítimo, busca amenizar. Mientras que la cultura es mucho más ancha. En su vocación de preguntarse por la vida, puede plantear escenarios de incomodidad al público. Y esto puede ser retador pero también transformador. En mis proyectos, como este Himno vertical, me planteo conocer y desplegar partes de mí hasta ahora desconocidas y deshabitadas. Lo podemos ver como un parto. Algo verdadero, con una carga potente de incomodidad, pero que tiene un fin claro de traer algo tan valioso como la vida misma. Y aquí estaría la ascensión, en ensanchar mi propia identidad con los aprendizajes del proceso.

O.C: En “Palabra” pareciera que buscás un lenguaje que todavía no existe. ¿Qué palabra —o ausencia de palabra— sentís que todavía no llegó y qué te revela esa búsqueda?

R.M: La propia palabra es una fijación. Siendo amante de la poesía me encanta crear desde este lenguaje y a la vez reconozco su limitación. Lo mismo que posibilita, nos limita. Entonces en la canción palabra investigo en desdibujar los límites del lenguaje verbal, del vocabulario establecido, para adentrarme en el significado de los sonidos. Sería como un punto de transición entre palabra y silencio. Antes de emerger del silencio -o antes de regresar a él- la palabra toma forma y se disuelve, así que estas exploraciones sonoras preverbales, como los sonidos de un bebé, pueden ser como un eslabón.

O.c: “Arde” y “Soleá” trabajan la tensión entre sombra y luz. ¿Qué parte de vos necesitaba arder para avanzar, y qué significa para vos elegir una pena como camino de transformación?

R.M: No fue tanto elegir cantarle a la pena, sino utilizar la música para poder expresar, atravesar y procesar un duelo por la pérdida de un ser querido. El duelo es algo delicado y cada persona lo vive como puede, con sus recursos. En mi caso, viniendo de la música, mi experiencia de duelo alimenta el proyecto de Himno vertical, y a cambio, el disco me ha permitido integrar y elaborar esta pérdida.

O.c: En “Vuelo” aparece la sensación de inventarte en el aire y la figura del “colibrí sin nido”. ¿Qué parte de tu identidad se reconoce en esa fragilidad libre que se reinventa en pleno vuelo?

R.M: Me considero una persona muy sensible, como todo lo incómodo y lo potente que trae. Me pueden afectar mucho los eventos vitales y a la vez siento una facilidad para cultivar la belleza, y esto lo conecto con esa libertad en pleno vuelo.

O.c: En “Destino” decís que “no trae cuenta clavarse”, y el disco cierra con un “Finale” que no cierra. ¿Qué te enseña este movimiento constante —sin fijación, sin final— sobre tu manera de crear y vivir?

R.M: Esto viene a hablar de la naturaleza cíclica de la existencia. El final encierra en sí un inicio y viceversa. Me gusta dejar ese final abierto para que sea cada persona quien complete el significado desde su propia subjetividad. Así otorgo un papel activo y creador al público, que para mí tiene mucho que ver con mirarlo con respeto y dignidad.

O.c: ¿Por qué un “himno” y por qué “vertical”? ¿Qué te permitió unir lo sagrado, lo íntimo y lo ascensional en un solo gesto?

R.M: Todas las letras parten de la Poesía vertical de Roberto Juarroz, por cierto poeta argentino. Y la traducción de poesía a música me dio el pie para incorporar el himno, que trae mucho peso identitario. En mi caso, lo elegí por ser la verdad que estaba disponible en mí para compartir en el momento de crear este disco, asumiendo plenamente la responsabilidad sobre la obra, y aceptando que esta es algo que nos trasciende y tiene entidad propia.

O.c: En el disco aparecen verbos de movimiento —arder, volar, caer, inventarse—. ¿Qué te dice este léxico sobre la creación como tránsito y no como estado?

R.M: Esta decisión no ha sido tan consciente, y por eso mismo creo que puede reflejar de manera honesta un momento vital y artístico marcado por la mutación, la transformación, el desarrollo. Por dejar morir lo que ya fue y dar la bienvenida a aquello que pide paso. Esto es fácil de decir y difícil de habitar, pues asentamos la identidad sobre los patrones conocidos. Cuando cambiamos, hay algo identitario que se va, y nos toca atravesar esa incertidumbre, esa desidentificación sin tener aún las certezas de lo que está por venir.

O.c: La imaginería animal —mariposa, colibrí, pajarillo— atraviesa el disco. ¿Por qué estas figuras frágiles y luminosas para nombrar procesos tan radicales como el duelo y la mutación?

R.M: La mariposa funciona como arquetipo de transformación. Creo que recurrir a estos pequeños seres puede revelar que por fin reconozco la fuerza y el poder de ser vulnerable y poder salir al mundo incluyendo esta parte tan humana.

O.c: ¿Qué versión de vos nació con Himno vertical que no existía antes?

R.M: Continuando con la reflexión anterior, creo que aparece una capa de poder mostrarme vulnerable, con mi dolor, y encontrar una fé profunda que me da claridad en la vida.

O.c: Para terminar: ¿Qué queda vibrando en vos después de cantar ese final que en realidad es un nuevo comienzo?

R.M: Vibra en mí la voz del silencio.