Veinticinco años después de comenzar a transitar escenarios con la música andina, Micaela Chauque llega a una etapa en la que ya no se trata solamente de preservar una tradición, sino también de preguntarse qué hacer con ella en el presente. En Corazón de Agua, su último disco, esa pregunta aparece convertida en canciones propias, huaynos recuperados, instrumentos ancestrales y nuevas sonoridades que conviven sin perder de vista el territorio.
Chauque conoce de cerca las tensiones que atraviesan esa música. Fue una de las mujeres que abrió camino en espacios donde la quena y el sikus estaban históricamente reservados a los hombres y todavía encuentra resistencias, aunque reconoce que el escenario cambió. También discute con las formas en que la música andina suele ser representada hacia afuera: reducida a determinados instrumentos, imágenes turísticas o una versión festivalera que muchas veces deja fuera la diversidad de las culturas del Noroeste argentino.
En Corazón de Agua, esa discusión se vuelve personal. El disco nació, dice, desde el territorio y desde una necesidad cada vez más fuerte de hablar sobre la tierra, los pueblos andinos y aquello que está en riesgo. También fue el momento en que decidió darle mayor lugar a sus propias canciones. “La canción es urgente”, afirma, recuperando la famosa frase de Teresa Parodi. Y en esas canciones aparece una identidad que durante años había estado presente principalmente desde la interpretación instrumental.
Este viernes 28 de agosto, a las 21 hs, Micaela Chauque se presenta en Buddhi, La Cumbre, en el marco de una gira que dará inicio a la celebración de sus 25 años de carrera. Antes del show, hablamos con ella sobre tradición y transformación, el lugar de las mujeres en la música andina, el significado de Jallalla, la historia detrás de Corazón Jornalero, su encuentro con Raly Barrionuevo y ese Corazón de Agua que, para ella, funciona como un monumento a la cultura andina.

O.c: Me gustaría empezar por saber como estás preparando este show que te va traer por Budhi en la cumbre para festejar los 25 años, pero también repasar un poco tu último disco corazón de Agua.
Micaela Chaque: La intención es compartir una selección de canciones que tienen que ver con el último álbum, Corazón de Agua, y, a su vez, dar inicio a la celebración de nuestros 25 años de carrera.
O.c: Hay algo muy particular en tu historia: la música no solamente aparece ligada al territorio y a tu familia, sino también a una tradición en la que la quena era un instrumento reservado a los hombres. ¿Qué significó para vos que los mayores de tu comunidad te autorizaran a tocarla y convertirte, de alguna manera, en parte de esa transmisión de la tradición?
M.C: Tiene que ver también con el respeto hacia las tradiciones. Pedir permiso tiene que ver con eso, con respetar las tradiciones. La quena y el sikus son instrumentos de viento que históricamente fueron ejecutados por hombres. Mi intención nunca fue irrumpir, cortar con esa tradición o cambiarla, sino acercarme a ella siempre desde el respeto.
Sabemos que, en una sociedad un poco más rígida, como sucede en algunas fiestas religiosas patronales de santos y vírgenes, esa regla todavía se mantiene dentro de la Iglesia y no siempre es bien recibido que toque una mujer. En un principio, eso no fue muy bien recibido, pero con el tiempo fuimos demostrando que no era una sola, sino que había muchas mujeres tocadoras de sikus que podían acercarse y participar de estas celebraciones, como la fiesta de la Virgen de Punta Corral durante Semana Santa en Tilcara y las fiestas de los distintos santos de cada pueblo.
Eso fue cambiando a lo largo del tiempo. Ya pasaron casi 30 años desde que sucedió aquello y, a esta altura, se ha vuelto habitual escuchar bandas de mujeres. Además, con el paso de los años, los instrumentos también fueron ingresando en la educación: en algunas escuelas, los docentes comenzaron a reemplazar la flauta dulce por la quena o el sikus.
O.c: Fuiste también una de las mujeres que formó parte de las primeras bandas de sikuris integradas por mujeres. Pensando en estos 25 años de carrera, ¿qué significa hoy para vos ocupar esos espacios que históricamente estuvieron ligados a los hombres? ¿Sentís que eso cambió, o todavía persisten dentro de la música ciertas formas de conservadurismo o resistencia?
M.C: Sigue estando, no es algo que haya cambiado completamente. Sin embargo, la diferencia es que antes eso pesaba mucho más en la opinión de la gente, en lo que estaba bien y lo que estaba mal. Hoy sabemos que la mayor parte de los colegas sikuris, en particular, aceptan la participación de las mujeres.
Lo más complejo muchas veces es cómo lo toman las personas que están más afuera que adentro de estas comunidades. Creo que ahí todavía existe cierta resistencia o desconocimiento, pero dentro de los propios grupos de sikuris la participación de las mujeres está mucho más aceptada.
O.c: Ayer, mientras escuchaba tu música y, sobre todo, tu último disco, pensaba en esa tensión entre preservar una tradición y, al mismo tiempo, buscar nuevas formas de expresarla. Hay una necesidad de mantener viva la raíz, pero también de llevarla hacia otros lugares, incluso con sonoridades más contemporáneas. ¿Sentís que cuidar una tradición también implica transformarla, encontrar nuevas maneras de hacerla vivir en el presente?
M.C: Lo que hago es tratar de incluir, dentro del lenguaje de la música folclórica tradicional, elementos que permitan que sea escuchada y que esté un poquito más cercana al público en general.
Sucede que la educación musical que tenemos, a través de la escucha de música en los medios —la radio, la televisión, Internet, YouTube, los algoritmos, la inteligencia artificial y todo eso—, está basada en modelos que impuso la industria. Entonces, como nuestra música no es una música comercial, para poder ser aceptada, escuchada y distribuida entre una mayor cantidad de público, lo que hacemos es incluir rasgos, timbres o ritmos de la música popular argentina.
He escuchado de todo, incluso saliendo del sikus, la quena y el charango. Ahora se incorporan guitarras eléctricas, baterías, teclados, bajos, instrumentos de bronce y todo tipo de sonoridades que antes no estaban presentes. Puede ser cumbia, puede ser hasta reguetón; he escuchado de todo. Es una mezcla increíble de ritmos y también de timbres e instrumentos.
Incluso, saliendo del charango y de los instrumentos tradicionales, hoy aparecen guitarras eléctricas, baterías, bajos, teclados y otros elementos que antes no eran habituales dentro de esta música. Creo que todo eso también permite acercarla a otros públicos sin dejar de lado su raíz.
O.c: La música andina quizás no tiene la misma llegada masiva que otros géneros, y muchas veces, cuando logra entrar en esos circuitos más grandes, queda asociada a una determinada imagen de lo andino, a ciertos instrumentos o a una música más festivalera. Podría poner como ejemplo Los Tekis. ¿Cómo se hace para llevar esta música a públicos más amplios sin que en ese proceso se pierda la diversidad y la profundidad de la cultura andina?
M.C: Si, totalmente, La música tradicional andina no tiene nada que ver con los Tekis. Sin embargo, es la música que pretende representar la verdadera música que viene de las raíces. y eso con el tiempo creo que se va logrando comunicar y que más personas se interesen por esta conexión con la tierra, con el manejo de los recursos sonoros.
O.c: Pero me animaría a decir que hubo otra escuela más ligada a la si queres verdadera música andina con Ricardo Vilca, Uña Ramos o Jaime Torres que a pesar de hacer cruces de estilo siempre estuvo una impronta andina bien marcada. Algunos de ellos hicieron una gran carrera en Europa, pero sin embargo acá parece que nos falta apropiarnos un poco de esa música, hacerla nuestra.
M.C: Es verdad que falta mucho camino para intentar reconocer la verdadera música que nos representa a todos los pueblos andinos del Noroeste argentino.
Creo que eso es un proceso que se está empezando a visibilizar a raíz de Internet, más allá de que Internet pueda ser un medio de manipulación auditiva muy fuerte para la industria y para los que se dedican a difundir música masiva. Creo que lo que hacemos es tratar de comunicar ahí. Es un mensaje que, en muchos casos, no llega a ser cien por ciento música tradicional, pero tampoco decimos que representamos eso.
Yo me defino como alguien que hace música folclórica andina, y lo folclórico ya me saca, de por sí, de lo tradicional. Folclórica ya me está diciendo que es una música de un territorio, de un pueblo, que representa un país, en este caso Argentina, pero es folclórica. Lo folclórico no tiene más de 200 años. No es la música de raíz indígena, no es la música de las tradiciones de los pueblos que han sobrevivido más de 500 años.
Intentamos construir una música argentina, como diría Juan Falú. ¿Forma parte del repertorio de la música folclórica argentina? Sí, todos formamos parte de ese repertorio y creo que eso lo valida en un punto.
El público, por ahí, cree que escuchar un carnavalito es la música de raíz kolla. No, no lo es. Pero, sin embargo, es lo más cercano que llegó a todo el país.
O.c: Ahora quiero meterme un poco en Corazón de Agua, tu último disco, que salió el año pasado. ¿Por qué ese nombre? Mientras lo escuchaba, sentía que hay una relación muy fuerte con la naturaleza y con el territorio, como si muchas de las canciones estuvieran compuestas desde ese lugar. ¿Qué representa para vos ese “corazón de agua” y qué relación tiene con el territorio que habitás?
M.C: Sí, es un disco compuesto desde el territorio porque, en definitiva, lo que yo pretendo en este disco es resaltar una necesidad que me estaba invadiendo por los cambios de los tiempos y las vidas que han estado sucediendo en los últimos años. Es más, cada vez es más fuerte y notorio el sufrimiento de todos los pueblos andinos y de los pueblos indígenas en Argentina.
Entonces, sentir que cuando voy a una montaña, veo una laguna quizás a 4.000 metros de altura, con una forma perfecta, un corazón color esmeralda, con aves que vuelan, era la perfección, lo más bello que podría haber visto después de caminar muchas horas. Ese es el verdadero amor a la tierra, a la Pachamama y a lo que nosotros somos y a lo que pertenecemos.
Por eso, Corazón de Agua representa la descripción de un monumento a la cultura andina, un monumento a una vida en los Andes que sobrevivió hasta ahora. No es el Obelisco, que representa perfectamente a Capital Federal, pero el corazón de agua en la cima de una montaña sí representa cien por ciento nuestra cultura andina.
O.c: Después de 25 años de carrera, Corazón de Agua marca también un momento particular porque reúne mayormente canciones propias. ¿Por qué sentís que fue recién ahora cuando apareció la necesidad de asumir más fuertemente el rol de compositora y construir un disco desde tus propias canciones? ¿Qué fue lo que te llevó a ese lugar?
M.C: Sí, fue como que me animé a presentar mis canciones. A pesar de que en mi primer disco instrumental, De la Quebrada, hay un tema mío que se llama El Saltarín, que ahora reedité en Corazón de Agua. En el segundo disco también hay un tema mío que se llama El Milagroso, que fue reeditado en el tercer álbum, Jallalla.
Pero es verdad que este álbum tiene más canciones propias porque, como diría Teresa Parodi, la canción es urgente. Siento que también, en un punto, tenía que decir lo que uno piensa y plantear con palabras claras qué es lo que uno representa a través de la música. Es como construir una identidad a través de esas canciones.
Ahí descubrí que, al unir todas mis canciones, Jallalla, por ejemplo, ya tiene como seis años. La vengo cantando desde que la escribí y la hemos cantado en muchos lugares y de distintas formas. Sigue siendo una canción que no había sido incluida en ningún disco y que nació después del álbum Jallalla.
O.c: Nombraste Jallalla, una palabra que viene de los pueblos andinos y que está muy presente en tu recorrido: es el nombre de una canción, de un disco y también de tu productora. ¿Qué significa para vos esa palabra? Tengo entendido que suele traducirse como “celebración”, pero que su sentido va mucho más allá. ¿Qué representa Jallalla en tu vida y en tu manera de entender la música?
M.C: Tiene muchas interpretaciones. Es decir, no hay una traducción. Es una palabra de la lengua aimara, que después se popularizó también en la lengua quechua y que hoy utilizan mucho los pueblos originarios de Sudamérica. Hoy, junto a la Wiphala, forma parte de los símbolos, de las voces de los pueblos indígenas.
Creo que tiene que ver con esa necesidad de decir, de sacar de adentro, de compartir ese mensaje, ese aprendizaje, de decir: yo cuento esta historia para que las personas sumen.
O.c: Tambien fuiste creadora del espacio Jallalla Warmi. Me gustaría que nos cuentes de que se trata ese proyecto:
M.C: Jallalla Warmi es un encuentro nacional de mujeres artistas donde nos reunimos de manera autoconvocada, después de Reyes Magos, en enero. El encuentro se trata de compartir músicas, conocernos entre un montón de artistas y también acercarle un poco al oído del público la música, porque tiene noches de conciertos.
Es un encuentro con una cartelera cien por ciento femenina. No solo las artistas son mujeres, sino también las programadoras, las sonidistas y las que coordinan el encuentro.
Es un encuentro donde demostramos, a través de una acción concreta como es la música en vivo, que es posible que haya mujeres músicas, a pesar de los comentarios de un montón de gente de la industria que niegan la existencia de la mujer o que sostienen que no son buenas.
O.c: Hay una canción que me gustó mucho, Corazón Jornalero, que compusiste vos. La canción pone el foco en el trabajo, en la tierra y en quienes la habitan. A mí me dio la sensación de que es casi una fotografía de la vida en un pueblo andino, de esa relación cotidiana con el cerro y con la tierra. ¿Cómo nació esa canción y qué querías contar a través de ella?
M.C: Qué linda esa interpretación. Sí, tiene que ver con eso y con la valoración del trabajo, porque es algo que, cuando recibí la poesía, la letra, dije: “Esto es impresionante y tiene que cantarse”.
O.c: También recuperás huaynos de antaño en Corazón de Agua. ¿Cómo dialogan esas canciones tradicionales con el resto del disco, que tiene una mirada más contemporánea y reúne muchas composiciones propias? ¿Qué necesidad había de volver a ese repertorio y traerlo nuevamente al presente, pudiendo haber construido el disco solamente desde canciones nuevas?
M.C: En el caso de Huaynos de antaño, es parte de un ciclo que hago siempre. Si bien son canciones que se grabaron ahora, son canciones que se cantaban hace más de 75 u 80 años en La Quiaca y, claramente, las canciones en los carnavales eran en quechua, cuando hoy en día prácticamente es una lengua desaparecida.
Creo que mi intención fue mostrar una realidad que existió no menos de cien años atrás.
O.c: En Corazón de Agua participa Raly Barrionuevo, y la canción tiene un clima muy particular, casi como si fuera una conversación entre dos voces. ¿Cómo surgió esa colaboración? ¿Qué buscaban encontrar juntos en esa canción y qué sentís que aportó la voz de Raly a ese diálogo?
M.C: Fue así porque, cuando me encontré con Raly, le dije: “Cantalo como si fueses un vidalero”, porque yo lo canto como una mujer coya. Son personajes que uno se inventa, son figuras que construimos en nuestras cabezas a la hora de interpretar una canción.
Y eso fue muy lindo porque generó una conexión que fue más allá de lo que me imaginaba. Raly cantó la canción mejor de lo que yo imaginaba.
Yo creo que me confirmó que las distancias no nos separan, que muchas veces las distancias están solo en nuestra cabeza, porque después, en la música y en el corazón, tenemos los mismos sentimientos.
O.c: Se vienen varios shows, entre ellos tu presentación en La Cumbre, y también distintas fechas en Buenos Aires. Pensando en estos 25 años de carrera, ¿hay algún festejo especial en mente? ¿Vas a tirar la casa por la ventana para celebrar este aniversario o preferís que los 25 años se festejen simplemente arriba de los escenarios, recorriendo distintos lugares y compartiendo la música?
M.C: El evento más grande que tenemos planeado es el de Buenos Aires, el 10 de octubre, en el Auditorio Belgrano. Es un auditorio grande y esperamos que la gente nos acompañe. Sabemos que es difícil en estas épocas, pero queremos decir que estamos presentes, que todavía tenemos voz para poder celebrar, cantar y disfrutar.
O.c: Después de esta gira llega el verano, una época de festivales y grandes escenarios. ¿Ya tenés fechas o festivales confirmados para los próximos meses? Y pensando también en estos 25 años de carrera, ¿hay posibilidades de preparar algo especial para esas presentaciones, como podría ser tu regreso a Cosquín?
M.C: Sí, queremos ir a Cosquín, eso ya está en nuestra agenda imaginaria. Después vamos a estar en Mendoza, en Córdoba y, de ahí, nos vamos a Santiago del Estero. Para febrero y Carnaval vamos a estar en Salta y Jujuy. Ya tenemos un programa para el año que viene.
Y sí, yo creo que, como decís vos, algo de la celebración de los 25 años se va a ir dando en todo este recorrido. Creo que todavía nos queda mucho por celebrar y mucho por contar: mucha experiencia, muchos años de haber vivido con la música. Y creo que sí, vamos a seguir. El año que viene, cuando ya hayan pasado los 25 años, es muy probable que hagamos una gran fiesta. Y, si la hacemos, seguramente será acá, en el norte.