Magdalena Vitale: canciones para habitar las preguntas

Hay algo en la música de Magdalena Vitale que parece resistirse a las definiciones. Sus canciones pueden partir de una voz, de una imagen, de un paisaje o de una inquietud, pero nunca terminan de cerrarse sobre una única idea. En ese movimiento aparecen el misterio, la vulnerabilidad, el territorio y una búsqueda permanente por encontrar nuevas formas de expresión.

Atravesada por el paisaje patagónico pero lejos de quedar reducida a esa pertenencia, Vitale construye un lenguaje en el que conviven el folclore y la experimentación, lo orgánico y lo digital, las capas de sonido y los silencios. Su voz ocupa un lugar central: es instrumento, materia de exploración y, muchas veces, el primer espacio desde donde comienza a aparecer una canción.

Esa búsqueda también se extiende hacia lo visual y lo performático. Las trenzas, los videoclips, el cuerpo, el movimiento y los distintos elementos escénicos forman parte de un mismo universo que se expande más allá de lo estrictamente musical. En Farolito, además, esa sensibilidad se encuentra con una problemática concreta y urgente: los incendios que atraviesan la Patagonia y transforman el territorio.

Sin buscar respuestas definitivas, Vitale parece encontrar en la creación una manera de permanecer dentro de las preguntas. Sus canciones dejan espacios abiertos para que quien escucha también pueda completar, interpretar y hacer propio aquello que permanece en movimiento.

Hablamos con Magdalena sobre la voz como laboratorio, la vulnerabilidad como herramienta creativa, su vínculo con el territorio, las influencias que fueron moldeando su lenguaje y la relación entre música, cuerpo e imagen.

Otra Canción: Para quienes aún no te escucharon: ¿cómo te presentarías más allá de ser una artista patagónica?

Magdalena Vitale: Podría decir que me pienso como una cantante y artista interdisciplinaria, curiosa por el arte en sí mismo, y también por sus implicancias humanas y sociales. 

Claro que también estoy profundamente atravesada por el lugar donde nací y crecí, por los paisajes y el aire del sur. Ojalá mis canciones dejen entrever algo de eso. Me gusta pensar que superpongo capas de sonidos, preguntas, texturas y contradicciones. Algunas ideas vienen de la naturaleza, otras de internet, algunas nacen en conversaciones, otras ni sé de dónde. Siento que, en mi vida, el arte acompaña este misterioso hecho de estar viva. Y que alrededor de ese misterio voy creando.

Me gusta pensar en la idea de la interdependencia. Ninguna voz existe sola, ningún territorio existe aislado, ninguna historia empieza en un solo lugar o una sola persona. Creo que mis canciones están hechas de relaciones: entre lo nuevo y lo antiguo, lo orgánico y lo digital, el sentido de la palabra y el sentido del sonido, lo humano y lo que lo excede.

O.c:Tu voz aparece como el centro de tu búsqueda. ¿Cómo funciona para vos como laboratorio y como instrumento que guía la composición?

Magdalena: Mi voz es lo primero con lo que conecté musicalmente cuando era chica. El mundo de las voces me apasiona y es la herramienta musical y sensible a la que más tiempo de exploración le dediqué/dedico.

Por eso suele ser el punto de partida de mis canciones. Muchas veces aparece primero una melodía, una textura o una forma de decir algo, y desde ahí empiezo a construir. Me gusta pensar la voz como un instrumento que interpreta, pero además como una herramienta para buscar. A veces ciertos sonidos o palabras encuentran cosas antes de que yo entienda del todo qué estoy queriendo decir.

La voz es también el instrumento más cercano que tengo, el que llevo conmigo a todos lados. Por eso funciona como mi laboratorio: me gusta grabarla, transformarla, superponerla y probar cosas. Muchas veces estoy en la calle, en el auto, limpiando la casa, lo que fuera, y siempre me aparecen ideas. Tengo mi grupo de whatsapp conmigo misma llena de mensajes de voz tarareando.

O.c: En Veintidós diez y en Farolito trabajás con capas, silencios y texturas. ¿Cómo decidís qué elementos entran y cuáles dejás afuera para sostener ese clima de misterio?

Magdalena: Es una buena pregunta. Acá finalmente siempre manda la sensación y el oído. Creo que decido más por intuición que por una regla concreta. Con Juan Pellizza, mi amigo y productor, vamos probando cosas y nos quedamos con los elementos que amplifican el clima de la canción. 

 La verdad es que cada canción tiene un proceso distinto. En algunas hay tantas capas que a veces hay que sacar y en otras tan pocas que hay que poner (o no jaja). Todo lo que suceda siempre tiene que acompañar y potenciar la intención de la música. 

O.c: Tu universo visual —las trenzas, la pintura de tapa, el videoclip— dialoga muy fuerte con tu música. ¿Qué lugar ocupa lo visual en tu identidad artística?

Magdalena: Creo que lo visual fue ganando espacio a medida que fui creciendo como música y como artista. En un principio mi interés estaba puesto en las canciones, pero con el tiempo descubrí que disfruto mucho la dimensión escénica y performática, algo que en realidad vengo explorando desde muy chica.

Entonces lo visual empezó a aparecer como una forma de expandir el universo de la música. A través del estilismo, de los videoclips, de las imágenes y también de algunos símbolos que se fueron volviendo importantes para mí, como la trenza.

La trenza me interesa porque está hecha de algo muy simple y muy humano: de nuestro propio cuerpo. Es un gesto que aparece en culturas, territorios y tiempos muy distintos. Está en las cholitas del norte, en las lamngen del sur, en pueblos antiguos de Europa y en muchas otras historias. Me gusta pensarla como un símbolo que tiene una fuerte presencia en la historia y experiencias de las mujeres y que, de alguna manera, habla de identidad y unidad.

O.c: En tus canciones aparece la idea de atravesar la oscuridad, de cargar con los “grises”. ¿Qué lugar ocupa la vulnerabilidad en tu escritura?

Magdalena: Hasta ahora, la vulnerabilidad es una gran aliada. Encuentro en ella una fuerza expresiva muy grande. Muchas de las cosas que vivo las transito escribiendo, cantando. A veces escribo para canciones, a veces para que quede un registro en un cuaderno. Creo que lo ‘gris’ es eso que no es ni una cosa ni la otra y por eso es incómodo, incierto. Yo me siento hecha de contradicciones. Las canciones, en el mejorrr de los casos, me permiten habitar esos lugares sin exigirme conclusiones cerradas.

Y la vulnerabilidad sobre todo es honesta. Por eso me parece que tiene una potencia transformadora muy grande. Muchas veces termina siendo más difícil, o ‘costoso’, evadirla que habitarla.

O.c: Venís de experiencias grupales, pero este proyecto es profundamente solista. ¿Qué cambió en tu forma de crear al asumir esa soledad como motor?

Magdalena: Es cierto que este proceso de creación es mucho más solitario de lo que yo conocía antes. Se vuelve mucho más personal y me pide más confianza sobre mis criterios y decisiones, y a veces eso me lleva mucho tiempo. Pero no hay nadie a quien apurar más que a mí misma, eso me gusta. Voy aprendiendo más de cómo soy, qué pienso, qué quiero, qué me cuesta. 

De todas formas, nunca pensé este proyecto como algo solitario. Las canciones pueden empezar en un espacio muy íntimo, pero siempre terminan creciendo gracias al encuentro con otras personas. Hoy mi gran compañero musical es Juan Pellizza, que además de producir mi música, me acompaña también en los procesos de composición. Y para mi su mirada es fundamental. 

O.c: Tus canciones funcionan como escenas abiertas, no como relatos cerrados. ¿Qué te interesa de esa ambigüedad y de dejar espacios para que el oyente complete?

Magdalena: Me interesa porque es la forma en la que yo misma vivo las canciones. No suelo partir de una idea cerrada, sino de imágenes, sensaciones o preguntas. A mi me gusta, en general, que mi música no diga tan claramente qué pensar. Me parece interesante que escuchar también sea un acto creativo, de interpretación, de sensación.

O.c: Tus influencias van del folclore a Björk sin convertirse en citas directas. ¿Cómo filtrás esas referencias para que se vuelvan parte de tu propio lenguaje?

Magdalena: Creo que en el simple hecho de disfrutar escuchar música se va colando cierta información, se van guardando gustos, ideas, que en el momento una no registra tan claramente y que luego se expresa cuando aparece la música. Cuando algo me llama mucho la atención o me despierta curiosidad, seguramente algo de eso termine inspirándome más adelante. Pero, más que elementos específicos, lo que más me inspira es la libertad de otros artistas para construir sus propios mundos. Esos que no piensan en “pegarla”, sino en SER!

O.c: «Farolito» aborda los incendios en la Patagonia desde una sensibilidad poética. ¿Cómo encontraste el equilibrio entre la urgencia política y tu lenguaje artístico?

Magdalena: Creo que la canción encontró ese equilibrio sola. Los incendios eran una realidad muy presente en mi entorno y la preocupación estaba ahí. Sin proponérmelo, un día me di cuenta de que estaba escribiendo una canción sobre eso. Y, obviamente, me salió acercarme a esta complejidad de los incendios desde mi propio lenguaje, que suele ser más poético y abierto que descriptivo. La letra final es casi igual a la primera versión que escribí de un tirón, así que siento que la canción apareció de una manera bastante fluida, sin mucha mente.

O.c: El videoclip dirigido por Inti Patrón amplifica la dimensión territorial de la obra. ¿Qué buscaban transmitir visualmente que la música sola no podía decir?

Magdalena: La realidad de los incendios en la Patagonia es impactante para quienes la tenemos más de cerca. Hay algo de eso que quise llevar a la música y al video. Algo que en verdad cuando lo ves, cuando entendés la implicancia que tiene en los ecosistemas y en la vida humana, es difícil que no te interpele. El video quiere reforzar eso y hacer más explícito el mensaje que la música.

O.c: Venís de la danza, el teatro y la comedia musical. ¿Cómo dialoga hoy tu cuerpo con tu música? ¿Qué lugar ocupa el movimiento en tu forma de cantar y de habitar el escenario?

Magdalena: Con el paso del tiempo fui dándome cuenta de que, en mi desarrollo como música y artista, el cuerpo es parte fundamental de mi expresión. Jamás me pensé como bailarina, pero ahora, que voy siendo y haciendo, me doy cuenta de que hay algo del movimiento y de la actuación que evidentemente forma parte de mi identidad expresiva. Sigo explorando, porque son cosas que aparecen en el hacer, y en la práctica en sí va apareciendo un disfrute por lo performático; la voz, el movimiento, los gestos, todo comunica.