Luli Maidana y la búsqueda de la belleza imperfecta en Mi jardín azul

La cantautora oriunda de Luli Maidana acaba de publicar su segundo trabajo discográfico, Mi jardín azul. Un disco Delicado y a la vez profundamente expresivo, el nuevo álbum amplía su universo sonoro hacia una búsqueda minimalista y contemplativa, donde cada sonido parece estar puesto al servicio de algo la emoción, la memoria, el paisaje.

Grabado en Brasil junto a músicos e invitados de Argentina y Paraguay, el álbum se mueve con naturalidad entre el folk contemporáneo, el jazz y la canción latinoamericana. Pero más allá de las etiquetas, lo que define a Mi jardín azul es su forma de concebir la música. La nueva obra fue registrada con los intérpretes tocando en simultáneo, preservando respiraciones, silencios y pequeños gestos, la obra prioriza la verdad por sobre la perfección. Una decisión que no solo es estética sino también una manera de decir por medio del arte.

El disco reúne nueve canciones, ocho composiciones propias y una versión del cancionero popular chaqueño junto a Coqui Ortiz que dialogan con una geografía cultural compartida, atravesada por ríos, siestas y memorias del Litoral. En ese cruce, conviven el pulso del candombe, la cadencia de la bossa nova, el vals y el bolero, en una trama sonora cálida y sutil que se expande gracias a la participación de artistas como Carmen Monges, Flor Sandoval y Matías Romero, entre otros.

A la vez, Mi jardín azul se proyecta tambien como una obra audiovisual filmada en la selva misionera, a orillas del río Uruguay. Al documental que atraviesa el proceso creativo, se le suma un libro que amplía la dimensión poética y visual. Todo el universo del disco parece dialogar con esa tonalidad azul que también define su estética gráfica, construida artesanalmente mediante cianotipia.

En esta entrevista, Luli Maidana profundiza sobre ese proceso: la búsqueda sonora, el trabajo colectivo, el cruce entre disciplinas y la manera en que su música sigue creciendo sin perder su raíz.

O.c: “Mi jardín azul” parece ampliar tu universo sonoro hacia el jazz y nuevas texturas sin perder la raíz latinoamericana. ¿Cómo fue ese proceso de búsqueda y qué te permitió explorar este nuevo disco que no estaba en el anterior?

Luli: En Mi jardín azul la raíz latinoamericana aparece de una manera contundente pero sutil, como si fuera un leitmotiv que atraviesa la obra con total naturalidad. No es una búsqueda consciente sino más bien algo inevitable en mis composiciones, la raíz siempre me encuentra de alguna forma, y eso me encanta. Siempre se hace presente en la poesía y sus imágenes: los gorriones, el río, las chicharras y la siesta litoraleña bajo el mango. También aparece en las citas musicales, donde el candombe, los sonidos de Brasil, el bolero y muchas otras sonoridades de nuestro territorio dan sus pinceladas. La búsqueda fue orgánica y, a su vez, accidental. Las canciones fueron encontrando su cauce en los arreglos musicales y terminaron de tomar forma con los aportes de cada uno de los instrumentistas que grabaron. Este proyecto me permitió explorar un proceso creativo que deja espacio a la improvisación, al hecho de grabar tocando juntos y en vivo, y a buscar verdad más que perfección. El disco está grabado casi completamente en tomas continuas, sin cortes. Todos los instrumentos son reales, sin retoques. Esta manera de producir también es un aporte del universo del jazz. Más allá de la sonoridad general y la orquestación, el jazz invita a este juego de conversación constante entre músicos que están tocando desde la presencia. El productor, Sandro Moreno, fue un gran impulso para este proceso y para animarnos a trabajar de esa manera.

O.c: Venís construyendo un proyecto muy integral donde lo visual, lo escénico y lo conceptual acompañan a la canción. ¿Cómo pensás ese diálogo entre disciplinas sin que la música pierda centralidad?

Luli: Me encanta trabajar mi proyecto como una propuesta integral, creo que tiene que ver con mi formación académica en Licenciatura en Artes Combinadas. Es algo natural y divertido para mí, tengo la sensación de que las canciones nunca llegan solas. Siempre que aparece una melodía o una letra, viene acompañada de un color, de una sensación visual, de un universo conceptual que amplifica todo eso que la canción viene a contarme. No lo siento como una competencia entre estímulos, sino al contrario, los elementos que rodean a la música vienen a enriquecer ese mensaje. Me divierte explorar con las materialidades y soportes que puede tomar una idea, y esa diversión genera una fluidez entre las propuestas. Este proyecto viene acompañado de un film que rodamos en la Selva misionera, pero además también incluye un film documental de la grabación, y estamos en la producción de un libro que retrata el proceso creativo. Me encanta poder comunicar otras cosas que quedan por fuera de la música, y busco los caminos para expresarlas. El universo audiovisual es otra de mis grandes pasiones.

O.c: Tu obra está muy atravesada por el territorio del Litoral, pero también por una circulación cada vez más regional. ¿Qué cambia en tu forma de componer o interpretar cuando la música empieza a viajar y a encontrarse con otros públicos?

Luli: Me gusta sentir que me estoy expandiendo, que mi música está llegando a nuevos oídos, a nuevos corazones. No siento que mi forma de componer cambie, porque compongo desde mi lugar. Lo que cambia, tal vez, es la vida de las canciones cuando empiezan a viajar y a encontrarse con otras personas. Las canciones son una obra abierta. Yo las escribo desde mi paisaje, tanto el real como el emocional, pero cada persona que las escucha completa ese espacio con las imágenes de su propia vida y de su propio territorio. Me gusta pensar que yo cuento un paisaje y que, cuando el otro lo hace suyo, aparece uno nuevo. Cuando viajo para compartirlas en vivo, también siento que llevo un pedacito de mi lugar a otros lugares. Me entusiasma difuminar esas fronteras que muchas veces parecen separarnos y descubrir los puentes que existen entre nuestras historias.

O.c: En tus canciones aparece una búsqueda muy íntima pero también una dimensión colectiva ligada a la identidad y al territorio. ¿Cómo trabajás ese equilibrio entre lo personal y lo compartido a la hora de escribir?

Luli: Creo que la intimidad es también colectiva. La identidad y el territorio atraviesan lo personal, y lo que sucede a mi alrededor me sensibiliza y se vuelve propio. Creo que escribo desde ahí. Algunas canciones son más autobiográficas, pero también hablan de una identidad compartida, porque las experiencias que las atraviesan forman parte de algo más grande que comparto con mi entorno. Me parece que esa frontera entre lo personal y lo colectivo también se difumina cuando hablamos de sensibilidad, de ternura y de paisajes. Nunca había pensado en ese equilibrio, tal vez es algo sobre lo que pongo menos conciencia y simplemente dejo fluir. Yo escribo sobre aquello que me conmueve de alguna forma. A veces nace de una experiencia muy mía y otras de algo externo que, de alguna manera, resuena en mi interior.

O.c: Grabaste “Mi jardín azul” en Brasil con músicos de distintos países. ¿Qué te dejó ese cruce cultural en términos musicales y humanos, y cómo creés que se traduce en el sonido final del disco?

Luli: Fue una experiencia hermosa, otra vez aparecen esas fronteras que se difuminan. En el disco compartimos con artistas del sur de Brasil, de Paraguay y de Argentina (Chaco, Corrientes y Formosa). Geográficamente estamos muy cerca, somos una gran región que tiene mucho en común. La música viaja a través del agua, y nosotros estamos unidos por ríos. Nuestro cruce cultural es natural, existe desde hace muchísimos años. Creo que eso también se sintió en la forma de trabajar, no hubo que forzar ningún encuentro, la amalgama entre nuestras sonoridades y nuestras formas de ser fluyó igual que el agua. Esa cercanía humana también terminó apareciendo en la música. El sonido del disco es cálido, orgánico y con muchas voces diversas, refleja la idiosincrasia de nuestra región.

O.c: En canciones como “Un minuto” o “Qué dice tu corazón”, aparece una idea de detenerse en lo cotidiano y habitar el tiempo sin apuro, casi como una forma de resistencia a la urgencia. ¿Desde dónde nace esa búsqueda y qué significa para vos hoy “contemplar”?

Luli:
La idea de “contemplar” me sorprendió entre canción y canción. Cuando iba cerrando la idea del disco, me di cuenta de que muchas de las canciones nacían de ese lugar: la contemplación. Simplemente frenar, observar y habitar el espacio. En este caso, Mi jardín es una metáfora para hablar del mundo real. En “Un minuto” la canción habla de disfrutar cada pequeño momento con presencia, disfrutar sin prisa el café, ocuparse sin prisa de cuidar nuestro jardín. Sentí esa urgencia como propia, y también como una urgencia colectiva. Estamos corriendo detrás de quién sabe qué, a velocidades abismales, necesitamos frenar. Creo que la resistencia fue esa, tomarse unos segundos para observar y habitar, sin más búsqueda que disfrutar. “Un minuto” invita a comenzar el viaje desde la contemplación individual, comienza a capella, solo una voz. Lo mínimo es suficiente. Y “¿Qué dice tu corazón?” cierra con un canto colectivo. Me gusta pensar que esa contemplación, que al principio es íntima, termina encontrándose con los otros.

O.c: En “Las orquídeas de mi tía” aparece una imagen muy luminosa ligada al tiempo, la paciencia y la transformación —“han nacido tantas veces siempre a su debido tiempo”—, incluso con el deseo de convertirse en una de ellas. ¿Cómo surgió esa metáfora y qué representa dentro de la canción?


Luli: 
Un día salí al patio de la casa de mi tía, donde yo vivía en ese momento. Estaba un poco triste y el día estaba gris, pero ahí estaban las orquídeas, brillantes, colgando del árbol de mango. Me reconfortó el simple hecho de verlas, me dio ganas de convertirme en una de ellas, de simplemente estar, brillar, flotar. La idea nace de ahí, y comencé a pensar en cómo las flores simplemente esperan su momento, ni antes ni después. Es más, un anhelo de aprender a caminar con paciencia, entendiendo que cada transformación tiene su propio tiempo, que no me gane la premura ni los fríos del invierno, como dice la canción.

O.c: En “Mango y siesta” construís una postal muy viva del Litoral, con escenas colectivas, paisaje y memoria. ¿Cómo trabajas esa reconstrucción —entre lo personal, lo comunitario y lo poético— y qué lugar ocupa esa identidad en tu música?

Luli: Es un desafío para mí el intentar “fotografiar” un lugar en una canción. En mango y siesta hablo de Ita Ibate, un pueblo correntino donde nació mi padre. Es parte de mi historia, y pasé mis veranos ahí. La nostalgia se presenta como puntapié para escribir, pero después se pone en juego el plasmar la identidad, en honrar una herencia. Yo hablo del pueblo desde mis recuerdos, mis vivencias, la casa de mis abuelos, los recuerdos del verano. Pero Ita Ibate de repente puede convertirse en otro pueblo para aquél que lo escucha con nostalgia de sus pagos. El litoral tiene río, tiene mango y siesta, tiene algo del tiempo detenido. Esta canción es muy emocional para mí, porque retrata la historia de mi familia. Pero a su vez es colectiva, porque pinta una postal de un paisaje común que puede identificar a muchos otros.

O.c: En “El universo de tu amor”, junto a Coquí Ortiz, aparece la idea de devolver algo que parecía perdido, con un universo muy ligado a lo natural y lo simbólico. ¿Cómo surgió esa colaboración y desde dónde nace esa emoción de restitución?

Luli:  Esta colaboración es muy especial para mí, porque Coqui, además de ser un gran maestro del camino de la canción, es también un amigo muy querido y admirado. Compartiendo con él y con todo ese entorno tan bonito de artistas chaqueños, descubrí una nueva forma de mirar. Observar con detenimiento para después escribir es algo que aprendí en esos espacios de escucha compartida.

En su trabajo artístico está muy presente este revisitar el pasado, poner en valor el cancionero popular de nuestra región. Esa propuesta me interpela y me gustó la idea de incluir esta canción, que pertenece a Lino Mancuello y Cayetano Gauna, dos grandes exponentes de la canción chaqueña, pero tal vez poco versionados en la actualidad.

Esta versión de “El universo de tu amor” es una forma de traer al presente ese cancionero popular que queremos reivindicar. Cantar nuestras canciones las mantiene vivas, cantar es una decisión de no olvidar.

O.c: “Diario de un gorrión”, junto a Flor Sandoval, pone en palabras una ausencia muy concreta que rápidamente se vuelve colectiva, con una tensión entre lo íntimo y lo social. ¿Cómo fue el proceso de transformar esa historia en una canción que también funciona como mirada o denuncia?

Luli: Esta canción surge de una anécdota cotidiana que terminó volviéndose una metáfora muy poderosa. El gorrión escribe en su diario que perdió su hogar y quedó con su familia a la deriva. Pero no era solo su familia, eran seis, eran diez, eran mil. La ausencia aparece en varios momentos del disco; me interesaba pensar en la presencia de lo ausente. Elegí invitar a Flor Sandoval a cantarla conmigo porque justamente sentí que era una canción para cantar en comunidad. Nace como una denuncia que parece inocente, pero no lo es. Flor tiene una voz cargada de ternura, como el trinar de los pájaros; sentí que su presencia era parte de ese universo que la canción necesitaba.