Juan Pablo Gauthier es uno de los productores histórico de los medios de comunicación argentinos con casi cuatro décadas de trayectoria, aunque él mismo se define lejos del título de “periodista”. Su recorrido lo llevó a estar ligado de manera directa al mundo de la música y la televisión, trabajando en espacios como Rock & Pop y en producciones junto a figuras como Marcelo Tinelli y Mario Pergolini. Musicalizador, productor y observador privilegiado de la industria cultural, Guthier construyó una mirada propia sobre los cambios en la forma de producir, consumir y pensar la música en Argentina.
Esa experiencia se condensa en su libro Rock & Business (Gourmet musical), un trabajo construido a partir de conversaciones colectivas con músicos, productores, managers, ingenieros de sonido, periodistas y referentes de plataformas digitales. El eje del libro es una pregunta central qué lugar ocupa hoy la música dentro de la industria del entretenimiento. A partir de allí, se despliega un mapa de transformaciones donde aparecen el peso de los algoritmos, la pérdida de figuras de curaduría, el cambio en la lógica del consumo y la tensión entre arte, mercado y tecnología.
Charlamos con Guthier sobre estás ideas en profundidad, el desplazamiento del rock como contracultura hacia una lógica de entretenimiento, el rol de las plataformas, el lugar del periodismo musical, la transformación del Estado como actor cultural y las nuevas formas de pertenencia atravesadas por el consumo. Una charla que invita a pensar a quienes nos leen como cambio y que queda hoy de aquel mundo musical que alguna vez, como dice el mismo Guthier estuvo en los bordes.
Otra Canción: Me gustaría saber qué lugar ocupa hoy la música, según tu mirada, algo que también aborda tu libro.
Juan Pablo Gauthier: El libro es, en realidad, una conversación colectiva. Participan músicos, productores, managers, periodistas, gente de medios, de plataformas como Spotify o Flow, ingenieros de sonid entre otros. Y, como bien decís, hay una pregunta que atraviesa todo ¿qué lugar ocupa hoy la música dentro de la industria del entretenimiento?
La conclusión es que la música perdió protagonismo que tenía en otros tiempos. Hoy aparece mezclada con el merchandising, el marketing, la gastronomía, la tecnología, las redes sociales, los distintos modos de consumo.
Si uno va a un festival como Lollapalooza o cualquier evento masivo de ese estilo lo percibe enseguida, la música es un ingrediente más. Tal vez sigue siendo la excusa inicial para convocar, pero lo que se consume va mucho más allá de lo estrictamente musical.
O.c: Me hace acordar a Klopp, el entrenador alemán, que criticó las pausas de hidratación diciendo que responden más a una lógica de negocio y a vender publicidad. ¿Creés que algo de eso también está pasando con la música y los festivales?
J.G: Sí, absolutamente. La música ha dejado de tener ese lugar de protagonismo, como también, en algún punto, le ha pasado al fútbol. Lo estamos viendo como vos decís en el Mundial, la publicidad está por delante de todo. Hoy vivimos en una sociedad en la cual los distintos niveles de consumo te ubican en distintos lugares. La gente que gana 100 se junta con la que gana 100, va a comer a lugares donde puede pagar. Ni hablar de la ropa, de cómo una marca te distingue. Esto siempre existió, pero hoy está absolutamente potenciado.
Lamentablemente, la música no escapa a eso. Tenés plataformas como Spotify, donde escuchar música pasa a ser casi lo de menos, lo importante es que permanezcas dentro de la plataforma. Y terminás consumiendo lo que te indica el algoritmo. Ya no hay un musicalizador o un curador o, como se dice ahora, un “selector” que marque cierta tendencia. En mi época era el musicalizador el que mas o menso marcaba una tendencia.
Hoy, si escuchás a los Beatles, Spotify te lleva a los Rolling Stones; si escuchás a los Rolling Stones, te lleva a Led Zeppelin; si escuchás a Led Zeppelin, a Jimi Hendrix. No salís de ahí. Lo mismo pasa con otros productos. Si buscás una marca de zapatillas en redes sociales, te empiezan a aparecer publicidades de zapatillas, después jeans Levi’s, después Zara, y así sucesivamente. Vivimos, justamente, en una sociedad de consumo.
Por otro lado, está esta idea de la “experiencia”. Hoy vas a un show y vivís una experiencia, vas a un restaurante y vivís una experiencia gastronómica. Hoy todo es una experiencia
En mi época, la experiencia era otra cosa, podía ser tomar un ácido. Una experiencia corporal, emocional o sensitiva; era que la policía entrara a los palazos en medio de un recital de Riff. Pero el mundo que nosotros conocimos o por lo menos yo, que tengo más de 50 años cambió por completo. Y la música no ha sido ajena a eso.
O.c Hubo un momento en el que el musicalizador y el periodismo tenían un peso muy fuerte. La gente esperaba ver qué escribía Rosso, Kleiman, Lenoud qué decía Grinberg o qué publicaban medios como La Mano, la revista Pelo o El Expreso Imaginario. ¿En qué lugar quedó hoy esa figura? ¿Y qué rol ocupa el periodismo en este contexto? Lo pienso también en relación con Spotify, donde el algoritmo te sugiere qué escuchar de manera bastante dirigida. Da la sensación de que muchos periodistas, en lugar de salir a descubrir algo nuevo, terminan apoyándose en esa misma lógica.
J.G: Yo empecé musicalizando en la radio Rock & Pop a fines de los años 80, y esa profesión prácticamente no existe más. Incluso cuando yo ya estaba trabajando las compañías discográficas imponían sus productos, y había que darles espacio sí o sí, porque eran las que sostenían económicamente a la radio. Pero, aun así, todavía quedaba cierto margen.
Pensá que yo crecí escuchando música con Bobby Flores y con un montón de gente más que, de alguna manera, marcaban un camino. ya en esa época sobre todo con la llegada de los shows internacionales se empezaba a notar un cambio. Se imponía cada vez más la lógica de la venta de entradas por sobre otras cosas. Aun así, seguían existiendo espacios, en la televisión, donde uno podía escuchar música y tenía la posibilidad de elegir. También había una relación distinta con las disquerías, que eran la principal fuente de acceso a la música.
En cuanto al periodismo, yo creo que salvo algunos profesionales independientes, como en tu caso y algunos otros, que tampoco son la mayoría ha dejado de ser lo que era. Y el periodismo de rock, ni hablar. Lamentablemente, hoy es muy difícil encontrar una crítica honesta de un disco, que un periodista diga “esto no me gustó”. Eso casi no existe.
Tiene que ver con el momento que vivimos, una etapa en la que todo lo que nos rodea tiene que gustarnos, ya sea por elección propia aunque suene redundante o porque lo decide un algoritmo.
Si mirás las redes sociales, todo lo que aparece está alineado con lo que te gusta. Y lo que no te gusta, te lo muestran tantas veces que, en algún momento, termina gustándote. Y el periodismo de rock ha dejado de tener crítica, por ejemplo, no existe el periodismo crítico. ¿Quién va a criticar un show de Lali Esposito?. A nadie se le ocurre criticar el show de ella.
También en estos últimos tiempos, con un dólar relativamente barato, empiezan a venir de nuevo artistas de afuera. Y ahí pasa algo muy llamativo, tanto el periodismo como el público parecen “descubrir” a figuras que existen hace décadas. De pronto se sorprenden con Robert Plant, que tiene más de 70 años y viene de una banda como Led Zeppelin, que arrancó a fines de los 60. Estamos hablando de más de medio siglo de historia. Yo soy del 71, Led Zeppelin ya existía antes de que yo naciera. Y sin embargo, hoy parece que se los descubre por primera vez. Hay algo ahí que habla de una pérdida de referencia histórica, de contexto. Como si todo empezara de nuevo todo el tiempo.
El periodismo hoy no está hablando de todo esto. En parte porque los espacios en los medios tradicionales son cada vez más reducidos. Los periodistas que siguen en diarios o grandes portales son menos, y en muchos casos responden a la lógica de las compañías discográficas o de quienes venden entradas, de quienes “cortan tickets”.
Entonces pasan cosas como que una banda como Airbag que a mí, en lo personal, no me gusta llena un River y automáticamente pasa a ser “los nuevos Beatles de 2026”. Pero también hay una necesidad de vender, y el periodismo forma parte de esa maquinaria. Por eso, en algún punto, todo se fue desvirtuando bastante.
Para cerrar un poco la idea, hoy en las redes sociales cualquiera puede opinar, escuchar y escribir. Y muchas veces hay gente que no tiene la menor idea de lo que está hablando. Yo escucho a personas hablar de lo que pasaba en los 80 o en los 90 como si lo hubieran vivido, y la realidad está bastante lejos de lo que cuentan.
Se habla de los 90 como una época gloriosa, y la verdad es que no lo fue. Con los 80 pasa algo parecido: se menciona la “primavera alfonsinista” y la explosión de bandas como Soda Stereo, Los Twist, Sumo o Los Abuelos de la Nada, cuando en realidad varias de esas bandas ya existían desde antes. Por eso hay que tener mucho cuidado, tanto con el periodismo en general como con el periodismo de rock en particular.
O.c: Pienso en el rock como un movimiento que, históricamente, fue contestatario, contracultural. Y después de leer el libro, me quedó resonando algo que dice Ariel Minimal: esa idea de hacer un disco de 40 minutos para no “tener presa” a la gente. Entonces me pregunto: ¿en qué momento cambia eso? Porque, si bien el rock nace como una forma de resistencia, como algo que se planta frente a lo establecido, hoy parece haber un corrimiento. En algún punto, da la sensación de que dejó de ser contracultura para integrarse a la industria, a una lógica más comercial. No lo digo puntualmente por Ariel Minimal, sino como una reflexión más general. ¿Puede un género que nació para incomodar seguir ocupando ese lugar cuando también forma parte de un sistema más grande, de un negocio? Ahí es donde aparece la tensión, entre la esencia contracultural del rock y su convivencia —cada vez más natural con la industria.
J.G: Sí, Ariel Minimal en el libro se refiere a la duración del disco, pero eso también se puede pensar para las cosas en general.
Hoy vivimos en la economía de la atención, donde lo principal es llamar la atención. Y con respecto a lo que decís del rock, en realidad siempre fue parte de una industria. Elvis Presley hacía películas, The Beatles vendían muñequitos, ropa, pósters, merchandising, y también filmaban. En los 70 llegaron los grandes estadios; en los 80, la televisión; y en los 2000, Internet. Es decir, el rock siempre estuvo dentro de una lógica industrial.
Lo que cambia es que antes se podían distinguir más claramente las calidades, había artistas que sabías que eran muy buenos y otros que no tanto. Además, ese espíritu contestatario o rebelde del rock se fue transformando en algo más complaciente. No en todos los casos, pero sí en muchos. Hoy mucha gente se dedica a la música con la intención concreta de vivir de eso, algo que antes no era tan evidente. Existía la profesión, sí, pero no era lo mismo decir “no voy a estudiar, voy a ser músico”. Hoy, con una campaña en redes y un nicho que te siga, podés sostenerte y hasta vivir bien.
Se me ocurre un ejemplo claro, Los Redonditos de Ricota en los 90. Ahí hubo una identificación muy fuerte con sectores marginales y marginados, algo que no volvió a repetirse con esa intensidad. Incluso hoy eso se discute o se descalifica con etiquetas simplistas. Pero en ese momento había una masa que resistía a un sistema socioeconómico y encontraba en la música una bandera. En otra época esa resistencia tomaba otras formas; hoy parece más adormecida.
Es una mirada personal, pero con todo lo que pasa no solo acá, sino en el mundo resulta llamativo que no haya respuestas más masivas. Hay expresiones aisladas, pero no movimientos amplios. También influye que los grandes medios han captado y, en cierta forma, adormecido el pensamiento.
Entonces hoy todo el mundo se queja, pero lo hace en redes sociales. En ese contexto, que alguien exprese lo mismo desde una canción puede pasar desapercibido. Los espacios siguen existiendo, pero hay que salir a buscarlos y, de alguna manera, recuperar ese espíritu de otras épocas.
O.c: ¿Dónde está hoy eso, ese espíritu?
J.G: En los bordes, está al costado. Y ya no ocupan el centro de la escena.

O.c: Pienso en el rock en general, en esos artistas que alguna vez estuvieron en el borde. ¿Qué pasa cuando los absorbe la industria? Por ejemplo, Charly García hoy forma parte de esa lógica. ¿El rock deja de ser contracultural en ese momento?
J.G: Charly Nunca fue el borde, siempre fue un artista mainstream, siempre. Salvo los primeros 2 años.
O.c: Sumo creo que estuvo en el borde, pero con los años la industria lo terminó tomando. Hay libros, reediciones constantes de sus discos o documentales. Ojo, no lo digo como una crítica a la banda, sino como algo que me parece que pasa.
J.G: Menos mal que todo el mundo habla de sumo y que no están hablando de la revolución producida de Menem.
O.c: ¿Con los redondos no paso algo parecido? Se hicieron remera por todos lados, libros documentales…
J.G: Es que sí hubo algo de eso, y la industria lo tomó. Pero si prestás atención, por ejemplo, el Indio Era criticado por tener una casa linda, por viajar, por haber hecho plata laburando. Y, al fin de cuentas, la hizo trabajando.
No es que vendía falopa o armas, ni que se haya encontrado un pendrive con 500 mil dólares en Bitcoin. La plata viene de los recitales: la gente paga la entrada, compra la remera, consume lo que genera. Y, además, siempre sostuvo cierta coherencia política. Después podés estar de acuerdo o no, te puede gustar más o menos, o podés pensar que los músicos no deberían opinar.
Pero también habría que preguntarse, ya que hablamos de Sumo, si hoy existiera, ¿haría lo mismo que en los 80?. En esa época tenían letras que criticaban ciertas cosas, como la cultura de la discoteca en “La rubia tarada”, o hacían canciones de amor más oscuras. También está “No Good”, ese reggae donde el protagonista dice que el suegro no lo puede ni ver y que le va a mandar a la policía por su aspecto. Hoy eso es más difícil que pase tal cual.
Creo que algunos todavía le cantan a esos temas, pero cambió la forma. Y también hay que entender que mucha de la gente que estaba en los bordes no es que fue absorbida por la industria, sino que, con el tiempo, se fue asentando. Sumo, por ejemplo, grababa para CBS, que hoy es Sony Music. O sea, tampoco es que hacían todo completamente por fuera, como sí intentaron sostener siempre Los Redonditos.
O.c: Pero bueno me pregunto si no la peleaban desde adentro…
J.G Tenían un espíritu punk rock, un espíritu más rebelde en ese sentido. Luca Prodan, en cierta forma, era un decidor de verdades en una época en la que todo el mundo hablaba de cosas más livianas, más pop, como “Salsa para vivir” o “No te enamores de un marinero bengalí”.
De repente aparecen unos tipos que no eran de Palermo, que ensayaban en El Palomar; que no eran de Belgrano y, de hecho, hasta se burlaban de ese mundo. Ahí es donde Sumo se vuelve una excepción en ese momento, con un sonido que, incluso hoy, sigue vigente.
También había en sus letras una intención política, o al menos una forma de responder a lo que pasaba alrededor. Y eso tenía que ver con la realidad que vivían. No tenían un mango, tocaban en lugares bastante precarios, con suerte había algo para comer, y llevaban una vida bastante marginal.
Hoy esos mismos tipos, no digo que todos sean millonarios pero claramente están en otra situación. No creo que Mollo, por ejemplo, tenga problemas económicos.
O.c: A veces me pregunto si hoy es más importante pertenecer a cierta élite o movimiento que el hecho de que te escuchen o te lean. Lo veo, por ejemplo, en el periodismo: pareciera pesar más decir “pertenezco al grupo que cubre tal festival” que la experiencia misma de estar ahí. Con la música, no sé si no pasa algo parecido.
J.G: Mirá, hoy el que no pertenece queda afuera del sistema. Y esa pertenencia está cada vez más ligada al consumo, al poder adquisitivo. Si podés ir a un Mundial y pagar mil dólares una entrada, pertenecés; si no, sos el que lo mira por televisión.
Si podés pagar una entrada para ver a Robert Plant, que cuesta 400 lucas en un teatro, pertenecés. Si vas al Lollapalooza y tenés un iPhone, pertenecés más. Si tenés un Samsung, ya no tanto. Y después aparecen otras exigencias más sutiles, como la de mostrarse feliz todo el tiempo en redes.
¿Desde cuándo uno es feliz todo el tiempo? Bueno, desde que hay que pertenecer a ese grupo al que “le va bien”, porque en la vida real (sobre todo en este país) a la gran mayoría no le va así. Entonces hay una necesidad de agarrarse de algo. Los partidos políticos ya no ocupan ese lugar, la música tampoco. Antes uno decía “soy heavy metal”, “soy punk”, “soy rolinga”. Hoy esos espacios de pertenencia pasan mucho más por el consumo.
O.c Vos no sos periodista, pero sí fuiste musicalizador, productor en medios y estuviste muy ligado a ese mundo. Y hoy también se puede decir que sos escritor…
J.G: Yo trabajo en medios de comunicación desde hace casi 40 años, pero nunca fui periodista ni me interesa serlo. De todos modos, el periodismo siempre tuvo ese deseo de pertenecer al círculo de los músicos, de formar parte del grupo de amigos. A veces con vínculos genuinos, otras no tanto.
Nadie puede decir, por ejemplo, que Marcelo Figueroa no era amigo del Indio Solari. Pero también hay muchos periodistas que escriben libros sobre Charly García y no necesariamente tienen ese nivel de cercanía. Sin embargo, hacia afuera, igual parecen pertenecer a ese círculo.
Yo trabajé con Pergolini, con Tinelli y con un montón de gente. Pero no porque los haya conocido la gente puede pensar que soy amigo de ellos. No tengo mala relación, pero no formo parte de ese círculo. Entre otras cosas, porque tampoco tengo el poder adquisitivo que manejan ellos.
También está el miedo a quedarse afuera. Todo el mundo necesita pertenecer a algún lugar. Muchas veces ya ni se va a escuchar música, sino a sacarse la foto para mostrar que se estuvo ahí. Ese es, en gran medida, el signo de estos tiempos.
O.c: Antes se grababa para poder salir a tocar; hoy muchas veces se toca primero y después se graba. Incluso, las canciones se prueban en vivo y, si no funcionan, ni siquiera llegan a registrarse. ¿Esto fue siempre así o es algo más propio de esta época?
J.G: Yo creo que eso siempre sucedió. Lo que pasa es que antes no nos enterábamos. Hoy abrís una red social y sabés todo, hasta lo que comió Mick Jagger. Pero esto de probar material antes de fijarlo no es nuevo, los Hermanos Marx, por ejemplo, cuando salían de gira, hacían funciones previas para testear los chistes.
También grabar hoy un disco casi no reporta un beneficio económico, mientras que hacer shows sí, porque ahí cortás entradas. Antes, si no tenías un disco, no sonabas en la radio; y si no sonabas en la radio, no tocabas en ningún lado, porque nadie te conocía.
Hoy eso no existe más. Podés subir tu música a Spotify sin depender de nadie. Después, que te escuchen o no, es otra cosa. La gran mayoría de los artistas que están en la plataforma no tienen audiencia, y mucha de la música que circula ni siquiera es de artistas, sino producto de inteligencia artificial.
En definitiva, hoy el negocio que sostiene al músico son los shows. Por eso se arman primero los shows, y después, si funciona, se puede sostener una grabación, que además hay que pagar.
O.c Me hace acordar a algo que dice Tweety González en el libro: que hoy hay tanta música circulando que la gente también pierde referencias. Y en parte eso tiene que ver con las plataformas. Más allá de que te guste o no cierto tipo de música, antes había cierto canon para discutir si algo era bueno o no.
JG: Tiene que ver tanto con las plataformas como con los medios de comunicación. Hoy, ¿quién dentro de los medios habla realmente de música?. Prácticamente nadie.
Tenés casos como La Mega, que se presenta como la radio del rock argentino, pero gran parte del contenido termina siendo nostálgico. De repente aparece un casete encontrado en la casa de Moro con un demo del ‘87, lo acompañás con un video de YouTube y alguien que “más o menos estaba ahí” te lo cuenta como si hubiera sido íntimo de Pedro Aznar. Entonces el contenido gira alrededor de la nostalgia. Pero sale un disco nuevo y da lo mismo. Nadie se toma el trabajo de escucharlo entero. También es cierto que eso requiere tiempo, y hoy el tiempo escasea.
No es solo un problema de las redes sociales, los propios medios, en muchos casos, se alimentan de esas lógicas. Terminan replicando ese circuito en lugar de proponer algo distinto.
O.c: Hay otra parte que creo que también de Tweety donde plantea que hoy las discográficas contratan más por la cantidad de seguidores que por la música en sí. Y me parece que ahí hay algo para pensar: un quiebre en la forma en que entendemos la música.
J.G: Sí, sobre todo en el circuito comercial. Porque cuando pasa eso, significa que gran parte del trabajo de marketing ya está hecho. No hay que posicionar una banda, la banda se posiciona sola. Entonces, cuando llegan a cierto nivel, ahí aparece la compañía discográfica, que invierte como antes, pero en un esquema que funciona distinto.
La pregunta es ¿cuántos artistas hoy tienen una verdadera banca dentro de una discográfica? ¿Las compañías siguen apostando por artistas nuevos?
En los años 80 pasaba otra cosa. Bandas como Los Fabulosos Cadillacs o Los Pericos llevaban un cassette grabado de manera bastante precaria a un ejecutivo, y había gente como Pelo Aprile y otros de algunas discográficas chicas que realmente se tomaba el trabajo de escuchar, de ir a ver bandas, de apostar por algo nuevo.
Si no, ¿quién hubiera grabado a Don Cornelio y La Zona? Hoy es una banda de culto, pero en ese momento tocaban para muy poca gente. Lo mismo con Todos Tus Muertos, podían convocar 50 o 100 personas en el Parakultural, y sin embargo después tuvieron proyección en toda Latinoamérica.
Eran apuestas de ejecutivos discográficos, pero también en articulación con los medios de comunicación. En ese momento, por ejemplo, Rock & Pop tenía un rol clave. Para que te fuera bien, tenías que entrar en ese circuito, caerle bien a ciertos programadores o llegar con el respaldo económico de una compañía. Hoy ese mecanismo cambió, pero la lógica de fondo que es quién legitima, quién impulsa sigue siendo una pregunta abierta.
O.c Hay una entrevista en la que Rotman dice que la democracia no fue buena para el arte…
J.G Creo que lo que dice Sergio no tiene tanto que ver con el contenido en sí, sino más con Internet, los softwares gratuitos y todos los avances tecnológicos que hubo. Hoy vas a comprar 100 gramos de jamón cocido a la fiambrería y el tipo te dice: “che, hice un disco”. Antes el proceso era completamente distinto. Entonces, hay mucha más gente haciendo música.
O.c Eso esta bueno en algún punto.
J.G: Claro que está bueno que más gente pueda hacer música. Pero la pregunta es ¿cuántos de todos esos realmente se distinguen? ¿Quién define qué vale la pena y qué no?
Es cierto que hoy hay más oportunidades, pero el mainstream nunca fue ni será democrático. Siempre hay un ejecutivo, una estructura que decide quién sigue y quién no.
Eso lo explicaba muy bien Frank Zappa hace años, cuando estaban los viejos ejecutivos en las discográficas, muchas veces no tenían idea de quiénes eran los artistas, y aun así decidían en qué apostar. Después llegaron perfiles más “artísticos”, más conectados con la escena, y también se creyeron dueños de la verdad, grabando cosas solo por criterio propio.
Hoy, en cierto punto, el acceso se democratizó, cualquiera puede grabar y difundir. Pero eso no significa que todo tenga el mismo valor, ni que todos tengan las mismas posibilidades de crecer. Sin el apoyo de una estructura fuerte, podés vivir de la música, sí; pero difícilmente en las mismas condiciones que otros. Y en ese escenario, vuelve a aparecer el problema: mucho talento queda mezclado con gente que simplemente tiene acceso a las herramientas. Como decía Pappo, medio en broma pero con algo de verdad: “andá a buscarte un trabajo honesto”.
O.c: Otra cosa que se discute bastante: yo, por ejemplo, soy nacido en los 90, pero mi formación musical fue más en los 2000, en plena época del auge de Intoxicados, Callejeros, Ojos Locos, toda la movida barrial o rolinga, si se quiere. Hay gente que sostiene y creo que también es un poco lo que plantea Alejandro Taranto que el rock barrial “pasteurizó” la música, que vino a homogeneizarla, a volverla más uniforme. ¿Qué rol cumplió el rock barrial en ese sentido?
J.G: Yo nunca fui fan del rock barrial, como tampoco del rock chabón. Primero fue el rock chabón, que era como el rock del conurbano, y después se terminó consolidando el rock barrial, más asociado a zonas determinadas.
Yo creo que ahí el que realmente se distingue con un talento genuino que lo separa del resto es el Pity Álvarez. Después, en el caso de Callejeros, si no hubiera pasado lo de Cromañón, ¿Cuánto tiempo más hubieran durado? Nadie lo sabe
O.c: A veces me pregunto qué hubiera pasado si Los Redondos hubieran seguido tocando…
J.G: Pero el fenómeno de Los Redondos ya venía de antes, y tenía mucho que ver con esa “futbolización”: las bengalas, las banderas, los cantitos de hinchada. No era solamente la música que hacían.
El caso de Los Redondos es distinto, porque no se explica solo desde lo musical, sino también desde lo social. Había mucha gente que se sintió representada ahí. Y, de algún modo, ese lugar que dejaron —el del Indio Solari o el de esa generación— tiene que ver también con las letras encriptadas, con otra forma de decir las cosas.
O.c: Yo pensaría también en La Renga, porque en algún punto comparte cierto público. Si hablamos de la futbolización las bengalas, el aguante, los viajes, La Renga tomó mucho de eso..
J.G: La Renga es un grupo de rock chabón que en algún punto se distinguió y terminó volviéndose muy popular.
También en los años 90 hay otra banda que se destacó, Los Piojos, que a mí particularmente no me gusta, pero que encaja en esta lógica de la futbolización de la música. Entonces tenías, por un lado, Callejeros, Pity, Intoxicados, Viejas Locas y un montón de bandas de ese estilo; y por otro, bandas como Los Piojos o Los Caballeros de la Quema, que vivían en Palermo o Castelar, no importa exactamente de qué barrio, pero eran pibes de clase media que jugaban a ser marginales.
Después estaba La Bersuit, que tenía otra raíz más ligada a usos y costumbres más de borde, y tuvo su auge en un contexto de país explotado, especialmente alrededor del 2001. Hoy Bersuit es una banda grande, pero en gran parte vive de los temas viejos. Tocan “Se viene el estallido” y parece algo de otra época. Y en ese contexto uno se pregunta: ¿quién va a salir a destacarse hoy? Si está todo el mundo mirando culos en Instagram o recetas de cocina.
O.c: ¿Hoy el rock como espíritu o filosofía sigue vigente en los jóvenes, o se volvió más pop con bandas como Bandalos Chinos o Conociendo Rusia, que algunos ven como una evolución de grupos como Virus?
J.G: Pero pará, estamos hablando de Federico Moura. Virus fue una banda que cambió completamente muchos conceptos: el sonido, lo visual, la estética, las letras, la poesía. Bandalos Chinos, con todo el respeto del mundo, no les llega a los tobillos a Virus. Y no es desmerecerlos, pero hay que entender el lugar que ocupó Virus.
Fueron pibes que en el ‘82, en pleno proceso, salían con camperas de cuero y el pelo con gomina, cuando eso acá no existía, porque lo que dominaba era el jazz rock y en los recitales de Charly o Spinetta la gente no iba en cana.
Yo creo que hoy el rock forma parte de la industria del entretenimiento. Es un género más, no necesariamente una forma de vida, una ideología o una actitud. El Ruso Verea lo dice bien: el rock terminó siendo entretenimiento, cuando históricamente siempre había dicho que no.
También hay que tener en cuenta que todo es muy lindo hasta que aparece el billete. Cuando aparece la plata, ¿qué hacés? ¿seguís puteando porque no podés viajar o te comprás un BMW? Y si te comprás el BMW, ¿de qué vas a hablar después?
Ahí aparece la realidad, que se llevó puesto a todos. Y el rock como actitud, incluso, en algún punto hoy está hasta mal visto. Antes te preguntaban si dejarías que tu hija se casara con un Rolling Stone. Hoy, con la guita que tiene Mick Jagger, las pibas se tiran de cabeza: es como casarse con un futbolista.
El mundo que conocíamos ya no existe más. Si no nos adaptamos a este, estamos perdidos.
O.c Volviendo a Virus, tenían temas que, si bien eran bailables, también tenían una bajada de línea, te hacían pensar. Había ahí una dimensión social o incluso política, de algún modo.
J.G: La banda que no hacía cosas para pensar en esa época era Soda Stereo, era una banda pop, y está bien. Tampoco hay obligación de bajar línea. Pero la inspiración de Federico Moura es muy distinta a la de canciones como “Oye, te hace falta vitamina” o “¿Por qué no puedo ser del jet set”.
Después, la evolución de Gustavo Cerati, incluso en su carrera solista, lo ubica en otro lugar. Pero no es lo mismo Miguel Abuelo, Federico Moura o Luca Prodan, cada uno con estilos totalmente distintos a Charly García.
Si bien Charly dijo un montón de cosas y fue muy certero en muchas de ellas, quizás lo hizo desde otro lugar. Federico Moura no solo fue un gran poeta, sino también un artista gay en una época en la que la homosexualidad era motivo de condena social, represión policial e incluso muerte.
En los 80, usar campera de cuero o pelo largo podía ser motivo de detención. No es como ahora. Antes, según cómo te vestías, podías terminar preso. Venimos de una época atravesada por los años de la dictadura, donde todo era gris, no podías salir de noche porque te podían detener o directamente matar. La diferencia era cualquier signo de individualidad, si te diferenciabas, eras “subversivo”, y al subversivo había que eliminarlo.
Por eso, cuando se habla de los 80 como un tiempo de libertad, no era tan así. Yo estuve ahí. Usar el pelo largo o ser heavy metal podía significar que eras “puto”, “falopero” o que ibas preso. Hoy eso no pasa de la misma manera, la uniformidad viene más por el lado del consumo, con la ilusión de que ser distinto es teñirse el pelo de violeta.
Insisto con esto: el mundo que conocimos ya no existe más. La música sigue siendo una fuente enorme de sentido, pero hay que salir a buscarla. Porque quienes hoy te la “sirven” muchas veces no escuchan música, miran números, visualizaciones, algoritmos. No les interesa otra cosa.
O.c: ¿Qué lugar ocupa el Estado en todo esto? Porque sin esa pata, el Estado es clave en términos de permisos, de convenios firmados con algunos empresarios y de las estructuras que se ponen para que puedan hacerse ciertos recitales en las ciudades.
J.G: Mirá, el estado ha tenido y debería tener incluso más de lo que uno imagina mucha injerencia en estos temas. No te olvides que durante muchos años fue un motor cultural, dando oportunidades a artistas de la capital y de distintas regiones del país, no solo en la música, sino también en el cine, el teatro y las artes plásticas. En esas actividades el Estado estaba para garantizar y sostener.
Después, en el circuito más comercial, muchas veces la lógica es otra: si no aceptás ciertas condiciones de productores o no cedés derechos, es muy difícil acceder a determinados escenarios. En cambio, el Estado no debería pedirte eso a cambio, sino darte acceso. Después, claro, siempre puede haber ventajas por vínculos personales, como en cualquier época.
Pero me parece que el rol del Estado en la cultura es importante. Pensar que el Estado viene solo a perjudicar la vida de la gente no me parece correcto, así como tampoco lo es pensar lo contrario de manera dogmática. No se trata de caer en etiquetas.
El Estado tiene que garantizar salud, educación, cultura, trabajo. Después cada uno también tiene su responsabilidad como ciudadano. No se puede esperar que todo “caiga del cielo”.
En cultura, el Estado funciona muchas veces como un abridor de puertas. Hay artistas que sin apoyo estatal no podrían participar de ciertas fiestas populares o circuitos locales. Ahí aparece la intendencia, la gobernación o las áreas de cultura, poniendo recursos para escenarios, sonido o cachets.
También vivimos en una época atravesada por el emprendedurismo, la precarización y cierta precariedad del conocimiento, donde cualquiera opina de todo. Y en ese contexto aparecen discursos que plantean la eliminación del Estado, como si fuera algo simple o deseable, cuando en ningún lugar del mundo las cuentas cierran de forma perfecta todo el tiempo.
Hubo momentos donde la participación del Estado se excedió, y otros donde hubo amiguismo, como en todos los gobiernos, sean del signo político que sean.
O.c Hay una parte del arte que va más allá de lo económico: es poder ir a un recital y abstraerte por unas horas de la dura realidad que puede vivir un ciudadano…
J.G: Pero ahí hay otro análisis para hacer. Hoy la gente no tiene capacidad de ahorro. La gran mayoría está endeudada, los sueldos son bajos y las condiciones de vida son cada vez peores. Entonces, con lo poco que tenés, capaz vas a ver a Los Fabulosos Cadillacs, te tomás una cerveza y te olvidás por un rato.
Ahora, también aparece otra tensión: “los Cadillacs no hacen los temas que yo quiero”, o “los chiflo”, como pasó con Fito Páez en algún show. Es decir, encima de que te va como el orto, pagás la entrada y pretendés que el artista haga exactamente lo que vos querés.
Ahí hay algo que se cruza con una idea medio falsa de derecho, como si el hecho de pagar te diera derecho a exigir o incluso a insultar.
O.c: Entonces podemos terminar la charla diciendo que el músico es preso de la industria que pide que toques los clásicos…
J.G: No pasa tanto por la industria, sino por lo socioeconómico. Como también hay gente que cree que tiene derecho a putear al 9 de Boca si la tira por arriba del travesaño.
Lo que sí es cierto es que en otro momento —no digo que todo fuera color de rosa, porque nunca lo fue— la gente tenía más posibilidad de acceder a un espectáculo o a una instancia de distracción sin pagar entrada. Hoy eso está cada vez más reducido, porque para distraerte muchas veces tenés que pagar. Y ahí no tiene tanto que ver con la industria del arte en sí, ni con la música, sino con quienes hacen negocio alrededor de eso. La industria discográfica siempre fue industria, y la producción siempre fue producción.
Pero hoy esa posibilidad de acceso a la distracción es menos universal, y en algún punto debería serlo, porque también es un derecho.
