Fito Páez llegó este viernes a Córdoba con un repertorio que recorrió distintas etapas de su carrera y una puesta en escena en la que el rock convivió con los arreglos orquestales, los vientos y los pasajes de raíz folklórica. Tal como lo anticipó con esta nueva gira, Sale el sol, dejó en claro que la propuesta no se trataba solamente de repasar viejas canciones conocidas, sino de volver a ponerlas en circulación a través de nuevos arreglos, algunos más sutiles y otros más evidentes. El público, como era de esperar, las hizo propias.
El concierto comenzó pasadas las 21.30 con Cuervos, publicada en 1984 como parte de Del 63, su primer disco solista. A pesar del tiempo transcurrido, la canción conserva una vigencia que vuelve a poner en primer plano su mirada crítica. Continuó con Lo que el viento nunca se llevó y después llegó 11 y 6, uno de esos momentos en los que Páez buscó comprobar cómo suena Córdoba cuando canta.
Con Nada del mundo real, de Circo Beat, el repertorio abrió un espacio para esa tensión entre lo que vivimos y lo que imaginamos, como si la realidad nunca alcanzara para explicar del todo lo que nos pasa. Para sorpresa de muchos, llegó Lejos en Berlín y el recorrido siguió avanzando entre canciones de distintas épocas hasta alcanzar la actualidad con Shine. La canción funcionó como una invitación a salir a la calle, participar y resistir en tiempos difíciles. En un contexto atravesado por tensiones sociales y políticas, encontró una lectura que excedió lo estrictamente musical: la necesidad de no quedarse al margen, encontrarse con otros y hacer oír la propia voz.
El recorrido continuó con Hazte fama, a puro rock directo, antes de llegar a una versión para el recuerdo de Al lado del camino, con Páez solo al piano. Después llegó La buena estrella, acompañada en los coros por todos los músicos de la banda, una de las joyas de la noche. El enganche con Alegría a mi corazón, una de las infaltables del repertorio del rosarino, terminó de encender al público, que volvió a cantar cada estrofa.
A partir de ahí, el repertorio se apoyó en canciones que permiten reconocer las distintas capas de la obra de Páez, entre la intimidad, la amistad, los vínculos y el paso del tiempo.
En uno de los momentos de mayor intensidad, el músico se refirió a la civilidad y al hartazgo frente al espectáculo permanente, e insistió en que los recitales son una ceremonia tribal. Su comentario acompañó el clima de una presentación que, por momentos, pareció correrse de la lógica del entretenimiento para recuperar algo de su dimensión colectiva: estar ahí, compartir canciones y encontrarse alrededor de una experiencia común.
Promediando el último tramo del show, con toda la banda sobre el escenario, llegaron Tumbas de la gloria y Yo vengo a ofrecer mi corazón. Esta última tuvo un tratamiento particular, con los vientos en primer plano y Páez al frente de la formación, dirigiendo como si estuviera al mando de una orquesta sinfónica. Los músicos también sumaron sus voces, en una interpretación de aire folklórico que encontró otra forma de acercarse a una canción que ya trascendió generaciones.
El infaltable El amor después del amor abrió otro tramo del concierto. Allí, Emme —María Vitale— mostró su potencia vocal y volvió a confirmar por qué ocupa un lugar central como acompañante de Páez en la voz. Su participación aportó fuerza y personalidad a una canción que conserva intacta su capacidad para movilizar al público.
Con La rueda mágica, el recital siguió creciendo. Después llegaron Circo Beat, Brillante sobre el mic y una sucesión de canciones que encontraron al músico de buen humor, disfrutando del escenario y haciendo cantar a la gente. El vínculo con el público fue uno de los puntos fuertes de la noche. Lejos de limitarse a interpretar el repertorio, Páez jugó con esas canciones, dejó espacio para las respuestas de la gente y sostuvo un intercambio que convirtió al concierto en una celebración compartida.
La pausa dio paso a un nuevo segmento de la presentación, con una transición que remitió al trabajo de una gran orquesta. Páez había comentado que estaba estudiando para convertirse en director de orquesta, y esa inquietud encontró una expresión concreta en los arreglos y en su manera de conducir a los músicos. El pasaje desembocó en Pobres corazones, que recuperó toda su potencia rockera y la crudeza de una composición nacida de la bronca y de uno de los períodos más difíciles de la vida del músico.
A continuación, la guitarra volvió a ocupar un lugar protagónico. Páez mostró su amor por el rock y el instrumento a través de una interpretación intensa, acompañada por solos de Juani Agüero que merecerían quedar registrados en una nueva versión. Luego, Rodar mi vida trasladó esa energía a un formato de rock and roll con fuerte presencia de los vientos. Por momentos, el sonido remitió al rock de los años setenta y a las viejas orquestas del género, en un cruce que encontró en los arreglos una de las marcas distintivas de la noche.
El primer cierre llegó con Sale el sol, con Páez vestido de blanco, y continuó con Mariposa tecknicolor. Esta última apareció en una versión cercana a la original, una decisión acertada para una canción que no necesita demasiadas transformaciones para provocar la respuesta del público. A esa altura, a muchos ya les quedaba poca voz, pero todavía había ganas de cantar.
Antes de despedirse, Páez dejó una declaración que sintetizó buena parte del espíritu del concierto: «Me cansé de escuchar que el rock and roll está muerto, la puta que te parió». La frase funcionó como una afirmación de principios, pero también como una respuesta a quienes insisten en anunciar el agotamiento de un género que sigue encontrando maneras de reinventarse y convocar a nuevas generaciones.
El saludo final, sin embargo, no significó el final de la noche. Todavía quedaba lugar para más canciones. Bailando hasta que se vaya la noche, una de las composiciones más antiguas de su repertorio, abrió una última prolongación del recital. Esta vez en una versión con aire funk y un pulso bailable que invitó a seguir moviéndose incluso cuando parecía que el concierto ya había dado todo.
Polaroid de locura ordinaria, de 1988, sumó otro capítulo a ese recorrido por la historia musical de Páez. Y cuando parecía que ya no quedaban más sorpresas, apareció Dar es dar, otra de esas canciones que forman parte del imaginario colectivo construido alrededor de su obra. La interpretación tuvo al piano como protagonista: con giros tangueros y una impronta clásica, Páez fue construyendo el final hasta incorporar nuevamente a toda la orquesta y ampliar la canción sin perder de vista su centro.
La noche terminó con la sensación de haber asistido a algo más que un repaso de grandes éxitos. Entre el rock and roll, los arreglos orquestales, las canciones de amor y los momentos atravesados por una mirada sobre el presente, Fito Páez volvió a demostrar que su obra sigue viva porque no depende únicamente de la nostalgia. Sus canciones cambian con quienes las escuchan, encuentran nuevos sentidos y conservan esa capacidad de reunir a miles de personas alrededor de una misma voz.