En La otra mejilla, el nuevo disco de Feli Colina, publicado el pasado 31 de julio, la artista aborda, a través de 15 canciones, los vínculos, el enojo, la autonomía y las relaciones de poder en todas sus variantes. En este nuevo trabajo, Feli combina experiencias personales con cuestionamientos sociales y vuelve a poner en discusión los mandatos que condicionan nuestra manera de actuar frente a una agresión y la dificultad de establecer límites sin reproducir las mismas lógicas que muchas veces buscamos combatir. El proyecto incluye, además, un visual album de 40 minutos que amplía la propuesta musical y narrativa del disco. La artista presentará el álbum en Córdoba el próximo 6 de noviembre, en Club Paraguay.
La idea de poner la otra mejilla funciona como punto de partida para cuestionar nuestras respuestas frente a aquello que nos daña. Tal vez de manera subliminal, Feli se pregunta con estas canciones: ¿hasta dónde es posible sostener la prudencia sin resignar la propia voz? ¿Qué sucede cuando evitar el conflicto implica aceptar condiciones que nos perjudican? Feli no se posiciona desde lo moral, sino que explora las contradicciones entre el deseo, la necesidad de defenderse, el reconocimiento y las expectativas que los demás depositan sobre nosotros.
Esa tensión se vuelve visible en versos como “Se enamora de mi prudencia mientras me pudro por dentro”de la canción “Algún día», donde la aparente calma se contrapone con un malestar que permanece oculto. Pero también puede leerse como una crítica a ciertos mandatos que nos exigen moderación y control, incluso en situaciones en las que expresar el enojo o confrontar resulta necesario. En lugar de presentar la prudencia como una virtud indiscutible, la canción expone el costo de sostener una conducta con tal de satisfacer las expectativas ajenas.
El otro eje, sin duda, del álbum es la idea de poder. En sus letras aparecen reyes ungidos, figuras de autoridad y personajes que ascienden y descienden de sus tronos. En “Amituofo”, frente a ese movimiento, Feli insiste con la afirmación “yo sigo acá”, como una forma de permanencia, pero también de resistencia. La discusión no se limita a quién ocupa una posición dominante, sino que alcanza las condiciones para construir una identidad propia sin convertir al otro en un adversario que debe ser eliminado. En esa línea, Colina cuestiona la idea de que conquistar un lugar implique necesariamente competir por el mismo espacio.
La artista tampoco queda al margen de ese examen. En canciones como “Megalómana” e “Ingrata”, la mirada ajena, las etiquetas y las expectativas sociales forman parte de un conflicto que incluye la propia imagen y las contradicciones personales. El disco evita una división sencilla entre quien ejerce el poder y quien lo padece. La necesidad de afirmarse convive con el deseo de ser reconocida, mientras la búsqueda de autonomía nos obliga a revisar las formas en que también reproducimos ciertas conductas.
En lo musical, a diferencia de su antecesor, El valle encantado, La otra mejilla se construye desde un sonido urbano, por momentos experimental y por momentos cancionista, con canciones que tranquilamente podrían formar parte de un fogón. Un ejemplo puede ser “Ninguna”. Las percusiones y los metales, el chelo, los coros y los graves se entremezclan en una producción que cruza elementos del folclore y el tango con el punk y la electrónica. En ese recorrido pueden reconocerse resonancias de Björk y de su álbum Post, junto con referencias vinculadas a Cuchi Leguizamón y Rubén Juárez. Cruces que forman parte de una búsqueda sonora que acompaña los contrastes del repertorio y se aleja de una interpretación complaciente, pero característica de Feli Colina.
La propuesta audiovisual de 40 minutos también forma parte de esa construcción. El disco no se presenta solamente como una sucesión de canciones, sino como un recorrido en el que las imágenes amplían los sentidos de las letras. Hacia el final, la secuencia de “Flor”, “Vas a encontrar” y “Don” introduce otros matices y abre una instancia de transformación después de atravesar cierta idea de conflicto, enojo y necesidad de defenderse.
En síntesis, en La otra mejilla, Feli Colina nos muestra una obra que combina experimentación musical y reflexión sobre los vínculos, examinando las tensiones que aparecen cuando una persona intenta defender su autonomía en un entorno atravesado por mandatos y relaciones desiguales. El disco encuentra allí su principal eje: cuestionar las reglas del poder sin reducir esa discusión a una oposición entre víctimas y victimarios, y explorar qué significa sostener una posición propia sin reproducir aquello que se busca transformar.