Angine de Poitrine son dos figuras anónimas de Quebec, escondidas detrás de máscaras de papel que parecen diseñadas por un artesano extraterrestre, que pasaron de tocar en sótanos helados a convertirse en la banda más comentada del hemisferio norte. Todo gracias a un solo video: una sesión en vivo de KEXP que explotó en diciembre y que convirtió su rareza en un algoritmo perfecto. Hoy ese video cuenta con más de 13 millones de visita y los catapultó al centro de la conversación.
Las máscaras no nacieron de un plan maestro, sino de un impulso DIY casi infantil. Ellos mismo contaron en The guardias como suecdio esa idea “Metimos las manos en baldes de harina y agua sin ningún plan”, recuerdan, y de ahí surgió esa estética absurda, que hoy forma parte del imaginario del rock contemporáneo. Con el tiempo, las máscaras se fueron pudriendo por dentro estaban llenas de moco y humedad” y tuvieron que rehacerlas, pero sin perder ese aspecto gastado que la gente ya había adoptado como parte del encanto .
Klek y Khn , sus alias, se presentan como “viajeros espacio-temporales”, pero su música es menos ciencia ficción y más geometría delirante. Un math-rock que se ríe de sí mismo y, aun así, te obliga a mover el cuerpo. Una batería que suena como si estuviera tocada dentro de un iglú y una guitarra microtonal.
Angine de Poitrine eligió rescatar lo menos cool de la historia de la música y convertirlo en un arma de seducción masiva. Prog francés setentoso, outsider pop ochentoso, funk-metal, en modo festivalero. Todo eso convive en un mismo compás, como si hubieran decidido que la única forma de ser modernos era abrazar lo ridículo con absoluta seriedad.
Su nuevo disco, Vol. II, es la prueba definitiva de que no son un chiste viral sino una anomalía con método. Las primeras canciones versiones de estudio de su set que incendió KEXP muestran su obsesión por el ritmo como arquitectura. No cambian de métrica cada dos segundos como los virtuosos ansiosos, por el contrario establecen un pulso y lo deforman desde adentro. Un 7/8 que se siente como un acertijo, un 6/8 que se estira hasta perder la forma, riffs que parecen dibujar polígonos en el aire. Se nota que llevan dos décadas tocando juntos paracen una banada en al que hay una telepatía que no se puede ensayar.
Pero lo más sorprendente es que, con toda esa complejidad, Angine de Poitrine sigue siendo música para bailar. Para saltar, bailar y entrar en trance. Sus canciones duran seis minutos y nunca se agotan porque están llenas de pequeñas trampas, desvíos, mini-clímax. Cuando Klek acelera hacia un compás, es como si abriera una puerta secreta en medio del laberinto. Y cuando Khn pasa de un fraseo balcánico a un ataque de shred metalero, la guitarra se vuelve un narrador hiperquinético.
Hay quienes los acusan de gimmick, de truco visual, de banda-meme. Pero debajo de las máscaras hay melodías memorables, una precisión quirúrgica y un sentido del humor que no invalida la seriedad del proyecto. Son, en todo caso, la prueba de que el rock experimental puede volver a ser divertido. Que la rareza puede ser mainstream si está bien ejecutada.
Si algo deja claro Vol. II es que Angine de Poitrine parece ser una banda lejos de una moda pasajera. Además de ser una señal de que el público está listo para volver a abrazar lo extraño, lo incómodo, lo exuberante. Y si eso significa que más bandas mutantes, ruidosas y desobedientes van a salir de sus cuevas, mejor para todos.