Hay canciones que parecen inmunes al paso del tiempo, piezas que sobreviven a modas, a contextos políticos y hasta a los intentos más torpes de apropiación comercial. Un ejemplo perfecto es “Águas de Março”, la obra maestra que Elis Regina y Antônio Carlos Jobim grabaron en 1974. Su historia, sin embargo, está atravesada por un episodio que revela hasta qué punto la industria cultural puede malinterpretar un gesto artístico.
Tres años después de la abrupta muerte de Elis —a los 36 años, víctima de una sobredosis cocaina y vermut en São Paulo, Coca-Cola decidió reciclar su mayor clásico para un anuncio televisivo. La empresa, que venía de instalar en el imaginario global el “I’d Like to Buy the World a Coke”, estrenó un nuevo eslogan para la década de 1980: Coke Is It!. Y durante un breve período en 1985, esa frase se cantó sobre una versión rockera de “Águas de Março”. Para muchos intelectuales de la cultura brasileña, aquella reinterpretación sonaba como una parodia involuntaria, completamente ajena a la sutileza y la delicadeza de la versión original de Elis Regina.
La comparación entre ambas versiones es casi un estudio antropológico. “Águas de Março” está construida como una sucesión de imágenes que Jobim escribió para evocar las lluvias de otoño en Río de Janeiro: é pau, é pedra, é o fim do caminho / é um resto de toco, é um pouco sozinho / é um caco de vidro, é a vida, é o sol / é a noite, é a morte, é um laço, é o anzol / é peroba do campo, é o nó da madeira… Para los brasileños, no es solo una canción: es un gesto cultural, un estado de ánimo, una forma de nombrar el mundo.
La versión de Coca-Cola hace exactamente lo contrario. Reemplaza la calma y la picardía del dúo por frases como “It is awesome” y “It’s showin’ ’em how”, y el naturalismo poético por un montaje de jugadores de fútbol americano ajustándose cascos y soldados izando banderas. Es un gesto típicamente ochentoso, exagerado, que convierte la poesía de Jobim en un producto para vender. Pero, aunque torpe, ese intento no hizo más que agrandar la estatura de la versión original.
Cuando Regina llegó a Los Ángeles en 1974 para grabar Elis & Tom, Jobim ya era una figura consagrada. Sus grandes clásicos —“Desafinado”, “Corcovado”, “The Girl From Ipanema”— habían marcado la década anterior y lo habían convertido en embajador de la bossa nova en Estados Unidos. Regina, en cambio, atravesaba un momento más complejo: su carrera venía golpeada por la polémica tras cantar el himno nacional en un acto militar, un gesto que muchos interpretaron como apoyo a la dictadura. El álbum con Jobim, según distintas versiones, fue propuesto como una forma de recomponer su imagen o como un deseo personal para celebrar sus diez años con Philips.
La grabación comenzó con tensiones. Jobim y César Camargo Mariano, entonces esposo de Elis, discutieron sobre los arreglos; la cantante, 18 años menor que Tom, no abordó el repertorio con la serenidad que él esperaba. Pero en medio de ese clima, Jobim le confió “Águas de Março” como si fuera un secreto. “Ni Sinatra se lo merece”, habría dicho. Y tenía razón: la canción necesitaba la energía, la mordacidad y la intuición de una artista brasileña que entendiera la cultura detrás de cada imagen.
La interpretación final es un juego vivo. Elis y Tom se lanzan frases como si jugaran, cortan palabras, cantan mitades, se ríen, se desordenan. Regina explota en carcajadas ante el absurdo creciente, y su voz se vuelve casi infantil, capturando la alegría de dejarse llevar por la música. Es un momento irrepetible, un estallido de humanidad que ninguna versión posterior —ni la de Art Garfunkel ni la de Susannah McCorkle— logró reproducir.
Ese minuto final, ese desborde, es la prueba de que “Águas de Março” no es solo una canción: es un estado de ánimo, una forma de mirar el mundo. Y también es la razón por la cual cualquier intento de convertirla en un jingle termina revelando, sin querer, lo que la hace única. La publicidad de Coca-Cola, con toda su torpeza, funciona como un espejo invertido: al vaciar la canción de misterio, deja ver con más claridad la profundidad del original.