La cantora, intérprete y compositora cordobesa Camila Pino presenta este viernes 6 de noviembre, a las 21:00hs, su segundo álbum, A Casa, en el Centro Cultural Graciela Carena. La presentación llega después de un año importante en su recorrido artístico: en 2025 ganó el Pre-Cosquín en la categoría Solista Vocal y llegó al escenario mayor del Festival Nacional de Folklore de Cosquín.
Con ocho canciones, cinco composiciones propias y versiones de obras de Víctor Jara, Violeta Parra y el cordobés Mario Díaz, A Casa propone un recorrido por el folclore argentino y latinoamericano, atravesado por los vínculos entre territorio, identidad y memoria. El disco cuenta con las colaboraciones de Elizabeth Morris, Mauro Ciavattini y Manu Estrada, y la producción de Juan Murúa.
Con profundas raíces chilenas y una formación musical ligada a espacios públicos como la Banda Municipal de Bell Ville y la Universidad Nacional de Villa María, Pino encuentra en la canción una forma de expresión artística, pero también política y colectiva. En esta entrevista, conversamos sobre las historias familiares que atraviesan su música, la herencia de la canción latinoamericana, las disputas que existen dentro del folclore y la responsabilidad del arte frente a las desigualdades de nuestro tiempo. También sobre el territorio como espacio de pertenencia, memoria y resistencia, y la posibilidad de imaginar otros mundos a través del canto.

Otra Canción: Para quienes todavía no te conocen, me gustaría que nos cuentes quién es Camila Pino. ¿Cómo definirías tu recorrido musical y qué experiencias, lugares y personas fueron importantes en la construcción de tu identidad artística?
Camila Pino: Camila Pino es cantora, intérprete y compositora de música folclórica argentina y latinoamericana. Es cordobesa, con profundas raíces chilenas, creo que esa combinación es una parte fundamental de mi identidad artística.
Si pienso en mi recorrido musical, necesariamente vuelvo al comienzo, a mi niñez. La música fue siempre un elemento cotidiano en mi vida. En casa se escuchaban canciones del folclore argentino y chileno. El folclore, además de ser una expresión artística, era también una forma de expresión política, una manera de decir y de contar el mundo.
Mi mamá es cordobesa (bellvillense) y mi papá es santiaguino (Santiago de Chile). Esa combinación maravillosa y diversa alimentó desde muy temprano mi curiosidad musical y fue construyendo mi identidad.
En casa se cantaban canciones de Violeta Parra y Víctor Jara, que también grabábamos en un pequeño grabador. El juego era cantar, compartir y, sobre todo, decir. La palabra ocupaba un lugar fundamental. Quizás en aquel momento todavía no comprendía en profundidad todo lo que esas canciones estaban diciendo, pero indudablemente fueron dejando una huella en mi manera de relacionarme con la música.
Más adelante, ese vínculo encontró continuidad en espacios de formación artística y académica públicos, como la Banda Municipal de Bell Ville y la Universidad Nacional de Villa María. Ambas instituciones fueron parte esencial de mi desarrollo musical y de la construcción de mi lenguaje artístico. Siempre voy a estar muy agradecida por esos espacios, por las personas que encontré allí y por esos años tan importantes para mi formación
O.c: En tus canciones aparece una relación muy profunda con el paisaje, la montaña, el monte y los territorios del interior. ¿Qué lugar ocupa esa geografía en tu manera de componer y de entender el mundo? ¿Cuánto de nuestra identidad está atravesado por los lugares que habitamos y por las historias que recibimos de quienes estuvieron antes?
C.P.: Los lugares que me atraviesan ocupan un lugar fundamental en mi manera de componer y de entender el mundo. El paisaje también es un territorio de disputa. Alberga tensiones, desigualdades y profundas disputas entre clases sociales. No todos habitamos los mismos territorios de la misma manera, ni tenemos las mismas posibilidades de apropiarnos de ellos, cuidarlos o transformarlos.
Me interesa mucho esa relación que construimos con los lugares y sus elementos, me parece importante mencionarlos, pero detrás de ese tono paisajístico, hay una idea concreta de que existen formas de habitarlos, desde el cuidado, el respeto y la pertenencia, y otras que se manifiestan desde el desparramo, el extractivismo y la destrucción. Todas esas relaciones, muchas veces profundamente desiguales, también constituyen el paisaje que nos identifica.
Creo que nuestra identidad está inevitablemente atravesada por los territorios que habitamos, pero también por las historias que recibimos de quienes estuvieron antes. Hay memorias familiares, culturales y colectivas que permanecen en los lugares y que, de alguna manera, también nos constituyen
En mi música intento acercarme a esa complejidad. Al paisaje como territorio vivo, donde transcurren nuestras historias, nuestros conflictos, nuestros afectos y nuestras formas de existir.
O.c: En tu repertorio aparece una tradición de la canción latinoamericana, con referencias a Violeta Parra, Víctor Jara y Silvio Rodríguez. ¿Qué significa para vos esa herencia y cómo dialoga con las búsquedas musicales de tu generación? ¿Cómo pensás la renovación del folclore sin perder de vista su historia y sus raíces?
C.P.: Para mí es una herencia muy poderosa, que atraviesa mi historia familiar, mi formación y mi manera de entender el canto Es una motivación, pero también una forma de habitar el canto con absoluto compromiso. Violeta Parra, Víctor Jara y Silvio Rodríguez son artistas que me acompañan desde el comienzo, y que continúan asombrándome, despertando inquietudes, preguntas.
En mi generación percibo que existe una suerte de dialéctica entre pasado y presente, entre las formas de expresión poética que heredamos y las nuevas maneras de construir un discurso musical. También hay transformaciones en los modos de decir, en el lenguaje, en las búsquedas estéticas. Siento que en la expresión hay una suerte de síntesis muy evidente, pero eso no significa necesariamente que se pierda profundidad. Creo que son maneras diferentes de expresar y de interpretar el tiempo que nos toca vivir.
A mí me resulta muy interesante ese diálogo, porque también tiene que ver con mi propia búsqueda artística. Me interesa saber de dónde venimos, pero sin permanecer en nuestras tradiciones como algo estático ni inmóvil. Las raíces también se transforman y encuentran nuevas formas de expresión.
Y mi modo de canalizar todo esto es la interpretación, además de la composición, esta primera es mi lugar de mucha comodidad y libertad. Es una dimensión en la que siento que puedo poner en juego mi sensibilidad, mi historia y mi manera de leer una canción, de componer sobre algo ya compuesto (lo dijo ya Liliana Herrero, a quien admiro mucho).
Creo que renovar el folclore también implica eso, encontrar una voz propia para seguir diciendo, desde nuestro tiempo, con canciones propias y con interpretaciones, algo que de algún modo viene siendo dicho desde hace mucho tiempo.
O.c: Participaste del festival de Cosquín, que suele presentarse como el gran lugar de consagración de la música folklórica, pero también es un espacio atravesado por disputas sobre qué artistas tienen lugar y qué sonidos representan al género. ¿Cómo ves hoy esas tensiones? ¿Qué lugar creés que debería ocupar el folclore frente a las desigualdades, los conflictos sociales y las identidades populares de nuestro tiempo?
C.P: Participé del Festival Nacional de Folklore de Cosquín luego de haber ganado el certamen Pre Cosquín en 2025. Para mí es un espacio que tiene gran importancia para los que transitamos la música folclórica, esa relevancia pareciera ser parte de una suerte de mística en donde conviven relatos y referentes que habitaron ese lugar, creo que eso lo vuelve muy especial.
Por otra parte, pienso que Cosquín, como tantos otros espacios artísticos, es un lugar atravesado por tensiones y disputas. La música no es un ámbito relegado de la sociedad, al contrario, se reproducen, muchas veces, sus mismas relaciones de poder.
En ese sentido, los festivales pueden funcionar como una especie de micro representación de lo social, donde conviven relaciones de hegemonía y subalternidad. Hay expresiones, artistas y estéticas que ocupan lugares centrales, mientras que otras, aun teniendo una enorme riqueza artística y discursiva, permanecen en espacios menos visibles.
En los sectores más legitimados muchas veces encuentro decisiones artísticas que, desde mi perspectiva, resultan un tanto superficiales. También hay artistas y referentes interesantísimos que construyen desde otros lugares, con búsquedas profundas y propuestas que amplían el folclore. Cada artista elige cómo desarrollar su camino y no cuestiono esas decisiones individuales. Lo que sí me interesa debatir es que esas elecciones no se conviertan en la única representación posible de nuestra música.
El folclore es profundamente heterogéneo, contiene múltiples territorios, identidades, conflictos y formas de expresión. Me parece fundamental que pueda alojar esa diversidad y que no quede reducido a una representación homogénea, muchas veces alejada de las experiencias y las voces de los sectores populares.
En lo personal, elijo habitar el canto desde ese lugar, con compromiso y con la intención de que la música también sea un espacio para decir aquello que me resulta importante mencionar.
O.c: El disco comienza con «A casa», junto a Elizabeth Morris y Mauro Ciavattini. ¿Cómo surgieron esas invitaciones y qué significó para vos contar con esas participaciones en el comienzo del álbum?
C.P.: El disco comienza con A Casa, un aire de bailecito que me ayudó a romper con el prejuicio de mostrar mis composiciones. Es el que inició este proceso. Elegí compartirlo con dos grandes artistas que quiero y admiro muchísimo. En principio, por cercanía, con Mauro, un enorme y admirado vientista cordobés, además de un querido amigo.
Con Elizabeth particularmente fue poder compartir desde las raíces y la admiración. La música de Elizabeth fue mi refugio durante la pandemia. Días de escuchar sus discos en ese momento tan excepcional de la humanidad. Poder recibir de ella su cariño, respeto y compromiso para con esta invitación fue maravilloso.
O.c: En «A casa», la montaña, el río, el cóndor y los pájaros aparecen como parte de un mismo paisaje, mientras que el camino y el canto parecen conducir a un lugar de pertenencia. En un contexto donde los territorios también son escenario de disputas económicas, culturales y ambientales, ¿cómo pensás nuestra relación con la tierra? ¿Qué significa para vos volver a un lugar, a una memoria o a un origen?
C.P: Creo que nuestra relación con la tierra es, en muchos aspectos, terrible. Se ha construido desde una profunda desconexión con lo natural y desde la necesidad de una productividad desmedida, que es una característica muy propia del sistema en el que vivimos. Una relación enajenada de la tierra, de los saberes de los pueblos originarios y, en definitiva, de nuestra propia condición humana.
Creo que a la tierra hay que regresar, pero no desde una idea romántica de volver a la naturaleza, sino desde la construcción de un vínculo más sano con nuestros territorios, desde el reconocimiento, el respeto y el cuidado.
Cuando pienso en todo esto, para mi es inevitable pensar también en la política ambiental, en los proyectos de país, en el capitalismo y en las economías globales. Son discusiones que me interesan mucho y que tienen muchísimas aristas.
Me parece que no podemos pensar lo natural solamente desde una mirada individualista, casi moral, que propone cuidar el medio ambiente para ser mejores personas o vivir mejor. Esa perspectiva, aunque pueda tener buenas intenciones, muchas veces deja de lado las relaciones de poder y el contexto político real en el que se producen esos conflictos.
En ese sentido, para mí volver a casa también tiene que ver con recuperar una relación con el territorio y con la memoria. Reconocer de dónde venimos, qué historias nos constituyen y qué vínculos queremos construir con los lugares que habitamos.
En A Casa conviven todas esas dimensiones. La montaña, el río, los pájaros, el camino, no son solamente elementos de un paisaje: forman parte de un universo afectivo, cultural y político que también me define.
O.c: Elegir interpretar «Luchín», de Víctor Jara, implica encontrarse con una canción que tiene una historia y una carga simbólica muy fuertes. ¿Qué te llevó a elegirla y cómo trabajaste esa combinación de ternura, belleza y denuncia social al momento de interpretarla? ¿Cómo encontrar una voz propia sin perder el sentido original de una obra que sigue hablando de las desigualdades que atraviesan a las infancias?
C.P: Elegir interpretar Luchín es, para mí, recuperar y contar una parte de mi historia familiar paterna. Mi papá vivió su infancia en un campamento de Santiago de Chile, en un contexto muy cercano al que retrata Victor en esta canción tan emblemática.
En mi imaginario familiar y social, de alguna manera, mi papá también es Luchín.
Si se me permite contar un poco de esa historia familiar: su papá, Santiago, mi abuelo, falleció muy joven, con apenas 31 años. Fue militante del Partido Socialista, integrante de la Unidad Popular, la coalición que llevó a Salvador Allende a la presidencia de Chile en 1970, convirtiéndolo en el primer presidente socialista elegido democráticamente en América Latina.
Además, Santiago fue un dirigente muy comprometido con sus compañeros y vecinos del barrio Barrancas. Fue parte esencial de tomas de tierras, asentamientos populares, y gestionó la posibilidad de que muchas familias del barrio pudieran acceder a una vivienda digna.
Ahí encuentro una conexión muy profunda con el relato de Luchín. Víctor Jara se acercó a esos campamentos y a las realidades de sus habitantes, y de ese encuentro nació una canción que logró retratar con enorme sensibilidad la infancia, la pobreza y las desigualdades sociales.
Toda esa trama forma parte de mi identidad. Cuando interpreto esta canción no estoy solamente recuperando una obra fundamental de la canción latinoamericana, también estoy trayendo conmigo una memoria familiar, una historia de lucha y una experiencia colectiva.
O.c: En «En el canto de la esperanza» aparecen referencias a Violeta Parra, Víctor Jara y Silvio Rodríguez, artistas que entendieron la canción como una expresión artística, pero también como una forma de compromiso. Frente a una realidad atravesada por la injusticia, el hambre y las guerras, ¿qué responsabilidad le atribuís hoy al arte? ¿Qué significa sostener la esperanza y seguir imaginando otros mundos posibles desde el arte?
C.P: Para mí, sostener la esperanza es poder pensar en otros mundos posibles, en otra realidad. Tiene que ver con la utopía, la posibilidad de imaginar y construir algo distinto, mejor, incluso cuando el presente parece ofrecernos pocas opciones.
El mundo es un lugar de mucha hostilidad, pero incluso en los momentos más oscuros de la humanidad encuentro que hay oportunidades para transformar esa realidad. Y cuando hablo de transformación no pienso solamente en el arte por sì solo, sino también en los procesos sociales y en la política como herramienta de construcción de esas posibilidades
Creo que el arte tiene una responsabilidad en ese sentido: conectar con las personas, expresar sus necesidades, sus sentires y sus conflictos. No necesariamente ofrecer respuestas, pero sí mantener abiertas las preguntas y ayudarnos a imaginar aquellas condiciones que no existen pero que podemos conseguir y exigir.
Cuando pienso en Violeta Parra, Víctor Jara o Silvio Rodríguez, encuentro a la canción latinoamericana, como una expresión artística profundamente vinculada con su tiempo y con las experiencias de los pueblos.
O.c: En «Flor de la mañana» construís un universo de imágenes vinculadas con la naturaleza —el monte, las estrellas, la lluvia— para hablar de los sentimientos. ¿Qué posibilidades encontrás en ese lenguaje para expresar nuestra relación con el mundo y con los demás? En una sociedad que muchas veces privilegia la velocidad y las respuestas inmediatas, ¿qué lugar les damos a la sensibilidad, la introspección y el tiempo necesario para comprender lo que sentimos?
C.P: Flor de la mañana es un relato sobre el amor y lo vertiginoso que puede ser. Lo expresé en imágenes que, en este caso, también forman parte de mi casa y de mi paisaje cotidiano
Además, trato de proponer una pausa, una sensación de quietud y de cariño que se planta frente a tanta inmediatez. Me interesa mucho esa posibilidad de detenerse, de estar presentes y de conectar con aquello que nos rodea, incluso en medio de un mundo que parece exigirnos vivir velozmente.
Creo que es justamente ese estado de presencia y de conexión con el entorno el que me permite expresarme musicalmente. En la música me resguardo, me refugio, y relato lo que me atraviesa.
O.c: En «Canción al árbol de mi patio» de Mario Díaz, el árbol aparece como testigo del paso del tiempo, de los encuentros familiares y de las ausencias. Hay una imagen muy fuerte en ese árbol que queda «solo ya sin hermanos». ¿Qué relación encontrás entre los espacios que habitamos y la construcción de nuestra memoria? ¿Te interesaba hablar también de la fragilidad, el cuidado y la necesidad de construir vínculos y espacios de pertenencia?
C.P.: Me interesaba hablar de la fragilidad, de la soledad, que también es parte de la vida humana. Del cuidado, del paso del tiempo y de la memoria. Me conmueve pensar en los espacios que habitamos y que, de alguna manera, también nos habitan; lugares que forman parte de nuestra memoria, de nuestra historia. Espacios que han sido habitados por otras personas.
Creo que hay algo profundamente humano en esa necesidad de pertenecer, de cuidar y de dejar una huella, aun sabiendo que todo es fugaz.
O.c: «Corazón maldito» (violeta parra) propone un diálogo con el propio corazón, atravesado por el desvelo, el sufrimiento y las contradicciones. La canción se aleja de una mirada idealizada del amor y muestra sus zonas más conflictivas. ¿Qué te interesa explorar de esas contradicciones humanas? ¿Cuánto de nuestros conflictos afectivos está relacionado también con las formas de vincularnos que construimos como sociedad?
C.P.: El amor y el dolor son también caos, y ese caos es consecuencia de lo social. Hay muchos autores que respaldan esta perspectiva, que comparto, incluso la manera en que sentimos y atravesamos nuestros vínculos está condicionada por nuestra historia y nuestra condición de clase.
Vaya locura! A mí me atrae profundamente toda esa complejidad. Me interesa explorar esas contradicciones, las tensiones entre lo que deseamos, lo que podemos dar y lo que somos capaces de soportar. Cantar esta canción me resulta algo visceral, muy Violetezco, como me gusta decirle: algo duro, rudo, tosco, doloroso y hermoso al mismo tiempo. Porque, en definitiva, es profundamente humano.
O.c: En «Pienso y declaro» junto a Manu Estrada aparece una relación muy fuerte entre territorio, identidad y memoria colectiva, pero también una reivindicación del canto como forma de intervención en el presente. Cuando decís «es de silencio la muerte, de vida mi copla irreverente», parece haber una toma de posición. ¿Qué lugar puede ocupar hoy la canción en la defensa de los territorios, las culturas y la dignidad de las comunidades? ¿Pensás el arte como una forma de resistencia frente al desencanto?
C.P.: El arte definitivamente es una forma de resistencia frente al desencanto. La canción puede ocupar el lugar de defender, recuperar memorias, transmitir, denunciar. En este caso, considero que compartir esta canción con Manu fue una oportunidad para manifestar pensamientos, tomar posición y reconocernos como parte de un entramado mucho más complejo, en el que nuestra identidad y nuestra memoria colectiva tienen un lugar fundamental.
En el caso de Manu, particularmente, la copla ocupa un lugar central. Ese fragmento de recitado que aparece en la canción es suyo y siento que en él conviven muchas dimensiones: el territorio, la identidad originaria, el sentido de lo colectivo y de la comunidad. La cosmovisión andina vive en la copla, en la ronda y en esa manera de comprendernos como parte de un todo.
Del otro lado de la cordillera quizás existan otras formas de comprender y expresar esas mismas relaciones, pero encuentro un sentido de pertenencia que nos conecta profundamente. A mí me identifica y me hace sentir parte de ese todo – uno, uno – todo. De un lado y del otro de la cordillera, la tierra nos encuentra y también nos recuerda de dónde venimos, nuestras luchas, nuestras alegrías, nuestros dolores. Para mí, eso es poderosísimo.
Por otro lado, la frase “Pienso y declaro” es un guiño a Violeta Parra y a su “Gracias a la vida”. Hay algo de intentar rescatar ese modo de pensar el canto como una declaración. Y creo que ahí está también la resistencia: en seguir pensando, declarando, cantando, incluso frente al desencanto.