En Anicca, su primer libro de poesía, Paz Chasseing reúne textos que nacieron de un proceso íntimo de exploración, búsqueda y transformación personal. El título remite a un concepto del budismo que refiere a la impermanencia y a la idea de que todo está en constante movimiento. A través de imágenes y reflexiones sobre la naturaleza, la muerte, la sensibilidad y los vínculos con uno mismo, la autora construye un recorrido que va de la introspección a una forma de reconciliación con la propia existencia.
Formada en las artes visuales, Paz llegó a la escritura de manera espontánea, sin la intención inicial de publicar. La invitación de Ricardo Cabral, responsable del proyecto editorial Esta vida no otra, abrió la posibilidad de compartir esos textos y llevarlos más allá de su esfera privada.
Este domingo 31 de octubre, en el marco de la Feria del Libro de Córdoba, presentará Anicca en el Espacio Alberto Burnichon junto a otros autores de la editorial. A días de su presentación hablamos con la l autora sobre el origen del libro, la relación entre poesía e imagen, la búsqueda espiritual, la vulnerabilidad y la experiencia de convertir un proceso personal en una publicación.

tra Canción: ¿Cómo llegaste a la literatura y, particularmente, a la poesía? Te lo pregunto porque muchas veces aparece la idea de que la poesía requiere una formación o un estudio particular. ¿Sentís que tiene ciertas exigencias que quizás no aparecen de la misma manera en otros géneros, como la narrativa? ¿Cómo fue ese acercamiento en tu caso?
Paz: Bueno, acá te tengo que ser sincera: mi experiencia con todo esto es totalmente de aficionada. No hay una formación académica ni una intención concreta de llegar a algún lugar académico, de estilo, de forma o de género, en lo más mínimo. Y, además, tampoco soy una lectora de literatura per se. Obviamente me gusta consumir poesía, pero tampoco es algo que tenga un peso tan grande en mi vida.
Creo que está muy conectada con esto mismo de que vengo del palo de las artes visuales. Al menos por la forma en que apareció la poesía, o la parte textual, en mi vida, está muy ligada a las sensaciones, las imágenes, los colores, las percepciones de ciertos momentos o al registro de determinadas experiencias. Siempre encontré en el arte, y particularmente en la pintura, un lugar para explorar esas cosas.
En los últimos años empecé a hacer un ejercicio muy espontáneo, aunque siempre pensando en algo para mí. Empecé a escribir en las notas del teléfono, para que tengas una idea. Y no me preguntes por qué, porque todavía no lo tengo muy claro, pero aparecieron con este ritmo y esta cadencia. También aparecieron mucho más en inglés que en español.
Yo trabajé muchos años en inglés, soy bilingüe y consumo mucho contenido en ese idioma: información, textos, formaciones, música. En su momento, quizás me resultaba más accesible encontrar fuentes e información sobre ciertos temas que me interesaba indagar. Había más material disponible en inglés que en español, y creo que por ahí vino un poco todo esto.
Otra Canción: ¿Cómo surgió la idea de editarlo? ¿Ricardo llegó a vos o vos llegaste a él? ¿En qué momento apareció la posibilidad de pensar que esos textos, que hasta entonces eran algo privado y espontáneo, podían convertirse en un libro? ¿Fue él quien vio que ahí había algo para trabajar, editar y publicar?
Paz: Con Ricardo nos une una amistad que empezó porque compartíamos espacios y colegas en común. Con el tiempo fuimos construyendo un diálogo más directo, desde un lugar de amistad. También coincidió que ambos practicamos yoga y empezamos a compartir experiencias y reflexiones más íntimas.
Cuando me fui a vivir a la Patagonia, tenía algunos textos y le había compartido uno o dos, sin ninguna intención particular. Después reuní varios y me interesó conocer su mirada. Confiaba en él, lo admiraba y respetaba su experiencia, así que quería que me ayudara a editarlos y, de alguna manera, me enseñara a escribir. Fue un intercambio muy lindo: compartir algo tan íntimo y espontáneo con alguien que podía darme una mirada desde otro lugar.
El año pasado me preguntó si me imaginaba publicando un libro de poesía, porque consideraba que había material suficiente. Me reí y le dije: «Estás loco, no hay manera». Me resultaba descabellado pensar que esos textos podían convertirse en una publicación.
Pero confío mucho en su criterio y sé que cada apuesta de Esta vida no otra responde a una convicción muy fuerte, tanto en la construcción del catálogo como en la elección de quienes participan. Recibí la propuesta con mucha sorpresa y agradecimiento por esa oportunidad. Hasta entonces, me costaba imaginar que esos textos pudieran tener otra dimensión que no fuera la de un registro de mi proceso creativo, íntimo, espiritual o incluso terapéutico.
O.c.: En el libro hay poemas escritos en inglés que también aparecen traducidos al español. ¿Cómo fue ese proceso? ¿Qué dificultades encontraste para trasladar al español expresiones, sentidos o palabras que quizás no tienen un equivalente exacto en nuestro idioma?
Paz: Paz: Las traducciones las hice yo y hubo toda una conversación al respecto, porque son dos idiomas muy diferentes y cambian mucho la estructura, el significado y la sonoridad de las palabras. Siguiendo una recomendación de Ricardo, intenté respetar el espíritu de cada poema, aunque la traducción no fuera exacta. Quizás no sean traducciones perfectas desde lo formal, pero busqué que conservaran algo de lo que transmite el texto original. Me gustan mucho las ediciones bilingües, incluso de idiomas que no conozco, porque también disfruto de la palabra como imagen. Creo que hay algo muy lindo en eso: entender que, aunque en la traducción se pierdan ciertas cosas, también puede aparecer otra forma de acercarse al espíritu del poema.
O.c.: Venís de las artes visuales y, aunque el libro no trata específicamente sobre eso, hay una dimensión muy visual en los poemas. ¿Cuánto de tu formación y tu experiencia con la pintura aparece en tu manera de escribir? ¿Qué conexiones encontrás entre ambos lenguajes?
Paz: Paz: Buena pregunta. Para mí tiene más que ver con una experiencia creativa, con los estados internos desde los que uno conecta con la imagen, con el quehacer y con el proceso artístico. A veces eso aparece a través de sonidos, imágenes, colores, palabras o movimientos. Después cada uno va encontrando cuál es su metier, qué es lo que sale de esa cocina creativa.
Por lo menos en mi caso, hay todo un proceso que es muy de combustión interna, que puede tener múltiples lenguajes y formas, y que después va decantando y puliéndose en otra cosa. Puede terminar en una pintura, donde ya no estoy haciendo uso del lenguaje, pero quizás me acompañó todo un proceso de lectura sobre ciertos temas, de atravesar determinadas cuestiones, de investigar o de experimentar con otras cosas.
Lo mismo pasa, por ejemplo, con los dibujos que aparecen en el librito. Yo no suelo mostrar mis dibujos; siempre fueron cuestiones más privadas, como parte de diarios o bitácoras, que no necesariamente tienen un correlato directo con lo que después uno exhibe como obra o con lo que uno tiene como pretensión de obra.
Todo esto está más vinculado con el mundo del taller, con la intimidad, con eso que uno va alquimizando, digiriendo y experimentando por dentro, y que después, de alguna forma, encuentra el lenguaje, el formato o el soporte más adecuado para tomar vida.
Supongo que hay muchos artistas que hacen uso de distintas herramientas. En mi caso, la pintura siempre fue el punto fuerte, o el más visible hacia afuera del taller, de mi estudio. Pero todo esto también forma parte de mi mundo, del proceso creativo, de la introspección, de la contemplación y de la indagación. Es algo más abstracto que después va encontrando distintas formas de materializarse.
O.c.: El título del libro, Anicca, viene de un término del budismo que hace referencia a la impermanencia, a la idea de que todo está en constante transformación. ¿Por qué elegiste ese nombre? ¿Qué relación encontrás entre ese concepto y los poemas del libro?
Paz: Esto que te contaba, que un poco nos acercó con Ricardo y nos llevó a tener conversaciones más íntimas, tuvo que ver con nuestras prácticas espirituales. En mi caso, como él practica otro tipo de yoga y meditación, empecé a tomar contacto con Vipassana, una técnica de meditación que se aprende en un retiro de silencio de diez días.
Una de las cosas que más me quedó de mi primer retiro fue justamente esta palabra, Anicca, un concepto que se repite a lo largo de esos diez días y que tiene que ver con la idea de que todo está en permanente cambio, que nada permanece estático o quieto para siempre. Todo muta, se transforma y está en constante movimiento, aunque podamos percibirlo o no.
Este concepto de impermanencia fue una de las bisagras de mi vida. Me permitió entender que la foto de hoy no es la realidad de hoy para siempre, y hacer el ejercicio de estar más presente para observar y vivir la impermanencia de las cosas. Entender que todo es cíclico, que todo es movimiento y vibración: nuestros pensamientos, nuestra vida, nuestras experiencias, nuestras creencias. Todo responde a esa naturaleza; el propio universo responde a ese principio.
Para mí fue algo muy importante tomar contacto con esta cosmovisión y poder llevar esos conceptos al cuerpo a través de una práctica concreta, de una metodología.
O.c.: Recién hablábamos de la impermanencia y pensaba en su relación con la poesía. Este es tu primer libro, pero también es una forma de empezar a reconocerte como escritora o poeta. ¿Hay algo de esa impermanencia en la poesía? Un poema queda escrito, pero su sentido puede cambiar según el momento de la vida en que lo leemos. ¿Creés que la poesía tiene esa capacidad de transformarse con quien la lee?
Paz: Totalmente. La interpretación que uno hace siempre está condicionada por el momento presente. Quien sos hoy no va a ser la misma persona dentro de seis meses, un año o diez. Entonces, tu acercamiento a un mismo objeto también cambia, porque cambian tus creencias, tus experiencias, tu madurez y tu conciencia. También cambia la manera en que te relacionás con el mundo, y el mundo puede ser una poesía.
Hay un concepto bastante presente en este libro que es la búsqueda de la verdad —lo pongo entre comillas—, que para mí es una dimensión incognoscible e innombrable de las cosas. Como seres humanos, siempre buscamos acercarnos a esa comprensión. Les damos múltiples interpretaciones, necesitamos encontrarles un sentido y a veces nos aferramos a creencias que también van cambiando. Nuestra capacidad de interpretar el mundo y de interpretarnos a nosotros mismos está en permanente transformación.
En ese sentido, me parece muy lindo tener la capacidad de asombrarnos, descubrirnos, ser distintos y que las cosas también nos parezcan distintas. Nada es plano, todo tiene múltiples dimensiones. Hay momentos en los que uno está en un lugar de profunda apatía y las cosas no resuenan en su capa más profunda. En cambio, cuando atravesamos momentos de mucha presencia y de gran comunión con el todo, todo adquiere un sentido diferente. Creo que también es muy lindo poder leernos y registrarnos a nosotros mismos, y reconocer las cosas con las que conectamos.
O.c.: El libro está dividido en tres partes: Una trampa de mármol y espejos, Cómo nace una estrella y La impermanencia. ¿Cómo surgió esa división? ¿Qué relación tienen los títulos con los textos y qué buscaste al organizarlo de esa manera?
Paz: Me interesaba estructurarlo como un pequeño viaje, como un recorrido. Los títulos dan algunas pistas de las estaciones por las que vamos pasando. Los primeros textos tienen más densidad; los del medio empiezan a desanudarla, a buscarle una vuelta de tuerca. Y los últimos, que tienen más relación con los haikus, son mucho más contemplativos.
Hay un recorrido que va desde esos lugares más laberínticos e internos de nuestra psiquis hacia una mayor comprensión de que todo está en permanente cambio y transformación. Si uno se abre a ese movimiento y deja de resistirlo, puede transitar de otra manera sus experiencias. La última parte tiene que ver con esa liviandad y luminosidad, con la idea de que, después de la tormenta, siempre vuelve a salir el sol.
O.c.: En el libro hay una dimensión muy contemplativa, pero también aparecen algunas imágenes que se repiten: el río, la serpiente, la oruga, la mariposa, el fuego. ¿Cómo construís ese mundo simbólico? ¿Partís de significados que ya conocés o son imágenes que aparecen en tu escritura y que, de alguna manera, tienen un sentido particular para vos?
Paz: Paz: Creo que para hablar de eso tengo que hablar de un proceso. Hubo un momento de mi vida en el que necesité encontrar más respuestas y empecé a buscarlas en lugares que hasta entonces eran ajenos a mi experiencia: prácticas más espirituales, el budismo, el yoga y algunas prácticas chamánicas.
En esos viajes y experiencias empecé a encontrar elementos que se repetían, imágenes que tenían cierta resonancia con las respuestas que había salido a buscar. De pronto, también me encontré con que algunas de esas respuestas estaban adentro mío y que escribir podía ser una llave para acercarme a ellas.
Fue parte de un proceso de mucha indagación. No me gustaría llamarlo un despertar espiritual, pero sí un momento en el que fueron apareciendo estas imágenes y elementos de una manera muy orgánica. Después empecé a reconocer esos sentidos y paralelismos en la literatura espiritual o esotérica, como quieras llamarla. Vi que había algo que se repetía una y otra vez, como si existiera una información muy ancestral, conectada con un archivo o un banco de información universal.
O.c.: En algunos poemas, como «Causa», aparece una necesidad de desprenderse de algo, de sacar hacia afuera eso que uno lleva adentro. ¿Cuánto hay de esa búsqueda personal en el libro y de la necesidad de encontrar en la poesía una forma de expresar y soltar ciertas cosa…
Paz: Está muy conectado con un momento de mi vida de mucha exploración e indagación, en el que salí a buscar respuestas y atravesé una profunda transformación. Creo que el libro también señala ese proceso de combustión que uno atraviesa en distintos momentos de la vida: esos descensos, ascensos, expansiones y contracciones en los que todo se sacude, todo tiembla y uno empieza a hacerse preguntas. De ahí surgen nuevas comprensiones y formas de sentirnos, de vivirnos y de experimentarnos. Algo siempre muere en ese proceso y algo también renace. Es una cuestión cíclica, como sucede en la naturaleza, de la que nosotros también somos parte.
Me acuerdo de una frase de mi primer retiro de Vipassana que me quedó muy presente: «El arte de aprender a vivir es el arte de aprender a morir». Creo que uno aprende a vivir cuando acepta la finitud. Es algo difícil, porque socialmente nos cuesta aceptar la muerte y nuestra propia mortalidad, aunque sabemos que la vida tiene un límite. Esa conciencia también transforma nuestra manera de acercarnos a la vida. Y en el medio está toda esta experiencia, el contacto con el mundo, las posibilidades de experimentarlo y de expresarlo. ¿Y por qué no hacerlo desde un lugar poético, dándole un color, un ritmo o unas palabras?
O.c.: En «Anicca» aparecen los dioses, los rituales, las brujas y distintas figuras mitológicas. En un momento decís: «Ya no hay dioses ni credos, ya no hay biblias ni olimpos», pero también aparecen referencias como Quetzalcóatl y la geometría sagrada. Hay una búsqueda de sentido que atraviesa esas imágenes. ¿Cuánto necesitamos creer en algo para vivir? ¿Qué lugar ocupa esa necesidad de creer en tu poesía?
Paz: Creo que todos necesitamos otorgarle un sentido a la existencia. A veces ese sentido es prestado, heredado, y otras veces es una construcción propia. La mayoría de las veces es un encuentro entre las dos cosas.
¿Qué pasa cuando esas ideas en las que creíamos se desarman, cuando se caen esos telones internos a los que nos aferrábamos? Uno queda un poco vacío de sentido, desorientado, y aparece la gran pregunta: ¿para qué estoy acá? ¿Qué sentido tiene mi vida más allá de la supervivencia y de las obligaciones cotidianas?
Creo que esa pregunta está presente, con mayor o menor fuerza, en todos nosotros. Tratamos de responderla o de alimentarla con algo. Y esa búsqueda es muy personal. Empieza cuando uno se pregunta de dónde vienen sus ideas, sus creencias, las identidades que sostiene o las banderas que levanta. ¿Por qué creo en esto? ¿Por qué lo sostengo?
Me parece muy sano y necesario volver a construir un sentido de nosotros mismos y del mundo, quizás no necesariamente ligado a una religión, sino a valores más humanos. Volver a conectar con nuestra fragilidad, con nuestra vulnerabilidad, con el hecho de existir y saber que nuestra vida es finita. Todos necesitamos sentir que nuestra vida no es en vano, que podemos dejar una huella, que hay algo que trasciende nuestras obligaciones y nuestra realidad cotidiana.
Hay algo de esa dimensión más sagrada de la vida, si queremos llamarla así, a la que cada uno puede darle sus propios matices. En mi caso, tiene que ver con el amor a la vida, con poder amarla y vivirla también desde el amor.
O.c.: Hablábamos de la contemplación y de que aprender a mirar y a encontrarle sentido a las cosas también es un proceso. ¿Qué lugar ocupa hoy la poesía en tu vida, tanto como escritora como lectora? ¿Qué creés que tiene la poesía que nos lleva a detenernos, reflexionar y mirar la realidad de otra manera? Porque a veces una frase poética, incluso fuera de un poema, puede abrir una pregunta o hacernos pensar sobre algo que antes no habíamos visto.
Paz: Te voy a dar mi humildísima opinión, o al menos contar cómo lo vivo yo. Creo que la poesía tiene una cualidad mágica: puede mostrarte imágenes, mundos, emociones y sensaciones a través de las palabras. La ficción también puede hacerlo, por supuesto, pero la poesía tiene algo particular en el ritmo y en la forma de representar esas imágenes. No digo que sea un sentido más elevado, sino que propone una manera de mirar y leer la realidad, o aquello que estamos abordando, desde el placer de expresarlo poéticamente.
Por otro lado, no soy una gran lectora de ficción. Me gustan más los textos de formación, aquellos de los que siento que puedo aprender algo. Si un libro no me está enseñando algo, me cuesta terminarlo; imaginate lo que me pasa con un libro de cuentos. Con la poesía, en cambio, me sucede algo distinto: puedo abrir un libro en cualquier página, encontrar un poema y conectar con lo que tiene para decirme en ese momento. Como son recortes, momentos y sensaciones, la vivo un poco desde ese lugar.
O.c.: Recién hablábamos de la muerte y me acordé de un verso de «Memento»: «En un instante la vida se apaga y es eterna». ¿Creés que escribir sobre la muerte también es una forma de pensar la vida? ¿Qué lugar ocupa la conciencia de la muerte en tu manera de entender y vivir la existencia?

Paz:. De nuevo, tiene que ver con esta conciencia de la finitud y con entender que estar presente es un ejercicio y una decisión. No es el estado en el que vivimos habitualmente, porque muchas veces estamos en automático. Así como podemos morir en cualquier instante, porque no tenemos ninguna garantía ni certeza de cuándo ni cómo va a suceder, también existe el deseo de vivir una vida plena, cumplir nuestros proyectos y llegar a viejos. Tenemos esa tendencia a pensar la muerte como algo del futuro, como algo lejano.
Para mí, tomar conciencia de la muerte no significa vivir desde el miedo o la paranoia, sino reconocer el valor de la existencia en tiempo presente. Preguntarnos: si hoy me tocara morir, ¿cómo viví? No digo que tengamos que levantarnos todos los días pensando que tiene que ser el mejor día de nuestras vidas y que, si llega la muerte, no nos queden arrepentimientos. Pero sí me parece valioso traer esa pregunta al presente, en lugar de pensar la muerte solamente como algo asociado al sufrimiento, la enfermedad o la tragedia.
En mi caso, la pregunta por la muerte, por qué es la vida y qué puede haber más allá estuvo muy presente desde siempre, quizás más de lo habitual. Y toda esa búsqueda me llevó a vivir más y a amar más. La vida cobra otro sentido cuando entendés que en algún momento vas a morir, aunque no tengas idea de cuándo. La pregunta es: si llega ese momento, ¿estás listo? La verdad es que nadie lo sabe.
O.c.: En «Marte» aparece la figura de una guerrera que, en algún momento, parece dejar de combatir y encontrar en la sensibilidad otra forma de protección. ¿Qué lugar tiene hoy la posibilidad de mostrarnos vulnerables en una sociedad que nos exige ser fuertes todo el tiempo? ¿Creés que, a veces, dejar de luchar y conectar con la sensibilidad también implica animarse a renunciar a cosas que considerábamos importantes?
Paz: Para mí es algo muy personal. Toda la vida me dijeron que era demasiado sensible. Durante mucho tiempo sentí que era algo que tenía que trabajar en terapia, como si fuera una debilidad o algo que me impedía desarrollarme y ser lo que se suponía que debía ser. Me sentía, de alguna manera, fallada por vivir el mundo con tanta vulnerabilidad, por la intensidad con la que me afectaban las cosas y por la profundidad con la que experimentaba cada situación, desde muy chica.
Con el tiempo entendí que no todo el mundo tiene esa misma experiencia del mundo. Siempre me preguntaba por qué las cosas me atravesaban tanto, por qué me conmovían, por qué necesitaba ir a fondo con todo. Y también empecé a preguntarme si vivimos en un mundo preparado para sentir tanto o, por el contrario, diseñado para evadir las sensaciones, las emociones y la sensibilidad. Porque sentirlo todo a veces es un montón y no siempre sabemos qué hacer con eso.
Mi primer aprendizaje fue entender que esa es mi manera de experimentar el mundo y que no hay nada malo en eso. Al contrario, puede haber una riqueza inmensa si le doy espacio, la valido y me reconcilio con todas esas dimensiones de mí misma. No quiero apagar esa sensibilidad, aunque durante muchísimo tiempo tuve que hacerlo.
Quizás la hostilidad y la velocidad del mundo no nos permiten abrirnos a la vulnerabilidad y nos llevan a protegernos, a ponernos una piel más gruesa o construir estructuras rígidas para sobrevivir. Pero, al menos para mí, eso terminó siendo un lugar de mucha incomodidad. Entender que la sensibilidad es un superpoder y que no tengo que pedir disculpas por ella ni sentirme fallada fue muy importante
O.c.: En el poema “Medicina” hay una frase que me quedó resonando: “En mis pies y en mis manos encontraré refugio, seré mi montaña”. ¿Sentís que, a lo largo del libro, hay una búsqueda de reconciliación con vos misma y con lo humano? ¿Tiene que ver con encontrar en una misma ese refugio que, quizás, durante mucho tiempo buscamos afuera?
Paz: Creo que esa búsqueda de respuestas, de alguna manera, me trajo de vuelta a mí misma. Es ese recorrido de salir al mundo, explorar, experimentar, aprender y ver qué hay afuera. Y todo ese viaje termina devolviéndote a un lugar interno, a una comunión con vos misma.
Qué lindo que puedas leerlo así, porque un poco ese es el espíritu de todo ese proceso de transformación. Es como si hubieras ido a todos lados, probado distintas técnicas, experimentado, buscado creencias, encontrado símbolos y te hubieras aferrado a distintos dioses. Y cuando todo eso se derrumba, colapsa o pierde sentido, ¿con qué te encontrás? Con vos misma, con tu condición humana, viviendo esta existencia. Con ese punto de partida y de llegada que es tu propia vida. Y ahí vuelve la pregunta: ¿quién soy?, ¿a qué vine?
O.c.: En “Voy” aparecen algunas preguntas que me parecen centrales: «¿Quién te marca? ¿Quién te nombra? ¿Qué te ata y qué te ancla?». Leyendo el libro, siento que también hay una búsqueda por cuestionar la identidad que recibimos y los mandatos que nos condicionan. ¿Cuánto hay de la necesidad de revisar esas ideas y construir una identidad propia, más allá de lo que nos transmiten la familia y la sociedad
Paz:Totalmente. Creo que es muy sano atravesar esos momentos que muchas veces vivimos como crisis, pero que también son oportunidades para detenernos y revisar algunas cosas. A veces llega un viento que te sacude, como a un árbol cuando pierde sus hojas. Hay un momento de desnudez, de soltar y dejar caer ciertas cosas. Otras veces alcanza con hacer una pausa y preguntarse: ¿por qué estoy pensando esto?, ¿de dónde viene esta idea que tengo de mí misma?
Creo que todo eso está muy ligado a un proceso de indagación. La meditación me parece uno de los caminos más interesantes para hacerlo: observar sin juzgar ni interpretar, e ir entrando en capas más profundas de nuestro ser. Es una forma de afinar nuestro discernimiento y preguntarnos qué nos ata: ¿un miedo, una inseguridad, un mandato? ¿Y qué nos ancla: una responsabilidad, una creencia, una identidad?
Me parece muy lindo tener la posibilidad de descubrirnos una y otra vez, incluso de encontrarnos con partes que no queremos ver, que tenemos escondidas en el fondo del placard. En algún momento tenemos que sentarnos a dialogar con esos monstruitos. Es difícil, pero muchas veces, cuando necesito tomar una decisión, me doy cuenta de que el primer freno soy yo misma: mis miedos, mis inseguridades o mis expectativas. Por eso está bueno regalarnos dos o tres minutos al día para hacer una pausa y preguntarnos: «Bueno, acá estoy. ¿Qué me está pasando?».
O.c.: La naturaleza está muy presente en el libro: aparecen los ríos, las flores, la oruga, la mariposa. ¿Qué lugar ocupa la contemplación de la naturaleza en tu escritura? ¿Creés que acercarnos a ella y observar sus ciclos también nos permite relacionarnos con el mundo de otra manera, desde un lugar más respetuoso y menos ligado a la idea de dominarla o disponer de ella?
Paz: La contemplación y la posibilidad de vivir más en contacto con la naturaleza son parte de una búsqueda personal. Actualmente vivo gran parte del año en la Patagonia y tiene que ver con una necesidad profunda de recuperar esa comunión con el todo. Creo que en la naturaleza podemos conectar con algo que a veces olvidamos: no es algo externo a nosotros, nosotros también somos naturaleza.
Para mí, contemplar tiene que ver con poder estar, habitarme y habitar el cuerpo. No necesito viajar a ningún lugar para conectar con los ríos, las montañas, el sol o las estrellas, porque todo eso también está en mí. Somos un pequeño reflejo de ese universo.
Quizás necesitamos recuperar la capacidad de contemplar, de estar sin querer intervenir, dominar o hacer uso de todo. Simplemente estar y ser. Creo que muchos artistas, poetas y experiencias espirituales están profundamente conectados con ese diálogo con la naturaleza. A medida que nos alejamos de ella, también nos desconectamos de nosotros mismos, porque no estamos separado
O.c.: Sos cordobesa, estudiaste y te formaste acá, pero hoy vivís gran parte del año en Villa La Angostura. En el libro hay una presencia muy fuerte de la naturaleza y de la contemplación, que quizás uno asocia más con el sur que con una ciudad como Córdoba. ¿Cuánto de esos dos lugares, de sus paisajes y experiencias, aparece en Anicca? ¿Sentís que el cambio de entorno también transformó tu manera de mirar y escribir
Paz: Muchos de estos escritos empezaron cuando todavía vivía en Buenos Aires. Después de terminar mi formación en Córdoba, me fui a vivir allá durante casi nueve años. Recién en 2020, con la pandemia, concreté ese sueño de mudarme a la Patagonia. Fue un cambio muy abrupto: pasar de Córdoba a Buenos Aires y después a un lugar donde el ritmo de vida es completamente distinto.
Allá la naturaleza te marca las pautas. Si cae una nevada fuerte, quizás tenés que quedarte dos días en tu casa. Tenés que asegurarte de tener víveres, velas, leña, agua potable. Empezás a tomar conciencia de cuánto confort damos por sentado y de cómo las estaciones y el entorno condicionan nuestra vida.
El primer mes que llegué a Villa La Angostura estaba casi incomunicada: mi compañía de teléfono no tenía señal en la zona y todavía no tenía internet. Si tenía una emergencia, tenía que tocarle la puerta a un vecino. Fue una experiencia incómoda, pero también maravillosa, porque me obligó a salir de todo aquello a lo que estaba acostumbrada.
Más allá de lo anecdótico, lo interesante fue entender que la naturaleza también tiene algo salvaje e incontrolable. Por más que intentemos dominarla, hay una parte de nosotros que también es así: salvaje, poderosa, difícil de controlar. Vivir en ese entorno me permitió volver a reconocer dimensiones propias que quizás estaban más apagadas o desdibujadas en la vida urbana. Más que nada, reencontrarme con esa parte de mí.
O.c.: Ahora que el libro ya está publicado, ¿te dieron ganas de seguir escribiendo y pensar en otro? ¿Estás trabajando en nuevos textos o sentís que Anicca fue una experiencia que querías concretar y que, por ahora, tiene un recorrido propio? ¿Te imaginás publicando otro libro?
Paz: Sí, quiero seguir escribiendo. Es algo que también hablé mucho con Ricardo. Lo lindo fue haber llegado a esto de una manera accidental, por decirlo entre comillas, sin una exigencia académica, que quizás sí tengo en mi metier, que son las artes visuales. Me interesa sostener esa espontaneidad de la escritura, sin la pretensión de hacer otro libro.
Me saqué la duda de pensar que esto podía suceder y qué lindo fue poder compartirlo, abrirlo y hacer que trascendiera ese mundo tan privado e íntimo. También fue muy enriquecedor encontrarme con lo que la lectura de los otros va generando. Quizás eso es lo que más me entusiasma de pensar que esto puede tener una continuidad, un nuevo capítulo o, quién sabe, tomar otra forma más adelante.
O.c.: Me interesa retomar algo que veníamos hablando: la relación entre lo íntimo y la posibilidad de compartirlo. A veces aparece la discusión sobre si uno escribe para sí mismo o si, en realidad, siempre escribe pensando en alguien que va a leer. ¿Cómo lo vivís vos? ¿Sentís que escribís para vos, sin otra expectativa, o que cuando decidís publicar un texto, mostrarlo o compartirlo, ya hay una intención de abrir ese mundo personal a la mirada de otros? Porque quizás la escritura nace de un lugar muy íntimo, pero hacerla pública implica, de alguna manera, querer que alguien más se encuentre con ella
Paz: No sé si necesariamente escribo o pinto para otro. Creo que hay algo que sucede en el taller, en el estudio, en el escritorio o en el teléfono, en ese espacio privado de la bitácora. Pero cuando uno toma la decisión de compartirlo, hay una elección consciente. Yo recibí la invitación de Ricardo y podría haber dicho que no. Sin embargo, me pregunté: ¿por qué no? ¿Qué pasa si abro estos textos, que nunca imaginé que pudieran llegar a un lector y que tampoco fueron escritos con esa intención? Fue un poco eso: probemos.
Volviendo a esta idea de la trascendencia, de la huella que uno deja, creo que, en algún punto, queremos darle algo al mundo. No necesariamente hacemos las cosas por la validación o el reconocimiento, pero algo queremos dejar. Queremos trascender a través de la escritura, del arte o de lo que cada uno haga. Para mí es preguntarme cuál es la canción que quiero dedicarle a mi vida, a esta vida en particular. ¿Y qué va a traer esa canción? Bueno, entre otras cosas, trajo un libro de poesía. ¿Y por qué no dos? No lo sé, pero lo pienso desde ese lugar. Ojalá aparezca en algún momento.
La experiencia fue extraordinaria, maravillosa. Vengo de las artes visuales y acá fue también ponerme en manos de alguien con la experiencia y la guía de Ricardo. Valoro mucho su generosidad al abrirme ese espacio, confiar en que había material para armar un libro y acompañar el proceso hasta lograr una linda publicación. No doy por sentado ese voto de confianza. Respeto muchísimo su trayectoria y sus criterios, y sabía que la invitación no venía de un lugar de compromiso.
O.c.: Para terminar, hace poco se conoció la programación de la Feria del Libro de Córdoba y vas a presentar Anicca. ¿Cómo te preparás para ese encuentro? ¿Cuándo será y cómo imaginás la presentación
Paz: La presentación es este domingo, en el espacio Burnichon, junto a Esta vida no otra. Vamos a participar varios autores con algunos de los títulos que se publicaron este año. Hay libros de poesía y otros que no, todos bajo la dirección de Ricardo. Así que esta será la participación de la editorial en la Feria del Libro, con varios de los autores que formamos parte de esta iniciativa.
