En Pequeño tratado sobre los padres, Gustavo Álvarez Núñez convierte la experiencia familiar en poesía. A partir de un viaje con sus padres, el autor explora la relación que tenemos con ellos, pero también los mandatos, las contradicciones del amor, la intimidad y el paso del tiempo, que permite volver sobre la propia historia y descubrir otras formas de entenderla. Lejos de construir un retrato idealizado, el libro se detiene en los vínculos, sus dificultades y las huellas que dejan en quienes somos.
Publicado originalmente en 2013 y reeditado en 2026 por la editorial Esta vida no otra, el libro vuelve a poner en circulación una historia atravesada por la muerte, la memoria y las transformaciones que trae el tiempo. En esta entrevista, Álvarez Núñez reflexiona sobre la escritura como una forma de acercarse a sus padres, reconocer sus contradicciones y revisar, desde su propio lugar de hijo, los vínculos y los mandatos familiares.
En ese marco, el sábado 31 de octubre, a las 19:30, la plataforma multidisciplinaria Esta vida no otra presentará Pequeño tratado sobre los padres con una propuesta que cruza literatura y música en Séptimo Arte videoteca y librería, en el barrio Cofico de Córdoba. La actividad incluirá un jam musical a cargo del proyecto de synth-dream pop La Lauri Fire y del compositor Santi Guerrero, además de lecturas y spoken word con la participación del autor, el periodista cultural Dirty Ortiz, la actriz Melina Passadore y el editor Ricardo Cabral. El encuentro finalizará con un cierre musical.
Otra Canción: El libro parte de una experiencia muy reconocible: todos somos hijos de alguien, pero eso no significa que conozcamos realmente a nuestros padres. ¿En qué momento empezaste a mirarlos no solo desde tu lugar de hijo, sino como dos personas con una historia, deseos y contradicciones propias?
Gustavo: A fines de 2007 tuve la genial idea de invitar a mis padres a pasar una semana en Nono, porque yo, por cuestiones laborales, me iba a vivir a Estados Unidos. No sabía con qué me iba a encontrar. Básicamente, fue conocer o, mejor dicho, convivir durante 24 horas con la cocina de mis padres. Creo que es algo que le debe pasar a cualquier individuo o individua que, después de los 30 años, ve a sus padres una vez por semana o cada 15 días: son visitas casi de médico. En este caso, en cambio, fue una convivencia de 24 horas a lo largo de una semana.
En un momento no entendí nada y me parece que la escritura fue el mejor puente para comprender qué estaba haciendo ahí y qué estábamos haciendo con nuestras vidas. Quiénes eran ellos y quién era yo. De algún modo, sentarme a escribir esos poemas —creo que salieron unos diez de una vez— fue algo intempestivo. Me parece que estaban dando vueltas, como planetas, hasta que se armó la hecatombe, la dulce catombe.
Creo que la escritura es una herramienta muy eficaz para descubrir y poner en palabras un montón de cosas que andan dando vueltas y que todavía no tienen nombre. La escritura ordena toda esa ficción, esa locura, ese trastorno.
O.c: En los poemas conviven el enojo por situaciones familiares, las diferencias de carácter y una ternura que no desaparece. ¿Cómo encontraste ese equilibrio entre señalar lo que te molesta de tus padres y reconocer el afecto que te une a ellos? ¿Hubo cosas que pudiste comprender recién cuando empezaste a escribirlas?
Gustavo: Es fundamental para el libro que el tiempo no haya acomodado las cosas, como suele decirse o como suele ocurrir. Si bien el libro fue gestado y armado en tres o cuatro meses, como mucho, después tardé un tiempo en publicarlo: unos cinco años. Pero eso también tuvo que ver con cómo a veces me paraba frente al mundo editorial.
Más que levantar la mano o el dedo en relación con ellos, me parece que lo interesante de Pequeño tratado es que permite visualizar cuánto hay de ellos en uno y cuánto hay de uno en ellos. También explorar pequeñas situaciones en las que podía ir pasando de lo urgente a algo más contemplativo y, al mismo tiempo, más certero.
Muchas veces, la poesía vinculada a lo urgente no deja de ser un testimonio ralo. Me parece que hay algo más interesante cuando van sucediéndose los minutos, cuando vamos conciliando esos tiempos con la propia respiración del lenguaje. Entonces, algo de eso hay en relación con si comprendí o no ese vínculo
O.c: El título Pequeño tratado sobre los padres remite a la idea de ordenar o explicar un tema, pero los vínculos familiares están llenos de contradicciones y zonas difíciles de comprender. ¿Qué te permitió entender la escritura sobre tus padres y qué aspectos de esa relación siguen siendo un misterio?
Gustavo: El misterio del amor es algo tan bello y maravilloso como el amor mismo. Es misterioso cómo el paso del tiempo resignifica un vínculo que nació de una ilusión y una exaltación, y que después se fue acomodando, macerando y dejando al costado cosas que pueden herir o detonar ese mismo vínculo.
Ahora bien, volví a releer el libro hace unas semanas y encontré cosas muy entrañables. Pese al desquicio, pese a la violencia y a ese maremoto de sensaciones que implica observar a otros y no poder creer lo que uno ve, hay cosas muy entrañables.
Entonces, lo bueno del libro es que uno también va resignificando su lugar en el mundo y su lugar en ese vínculo con esas personas que son tus padres.

O.c: En el libro aparecen las expectativas de los padres sobre la vida de sus hijos, los mandatos familiares y las distintas formas de ejercer la paternidad. ¿Cuánto de lo que esperamos de nuestros hijos responde a nuestros propios deseos y cuánto tiene que ver con la dificultad de aceptar que van a construir una vida diferente? ¿Qué mandatos creés que todavía persisten?
Gustavo: Sí, es un gran tema y me parece que muchas veces es la médula de la relación entre padres e hijos: el mandato. ¿En qué punto el mandato es el que ordena un destino, en el sentido de que lo construye o, directamente, lo ejecuta?
En lo personal, tuve la suerte de poder plantarme frente a mis padres desde muy chico, casi a los 12 años, y mostrarles por dónde quería ir, que era básicamente el mundo de las palabras. Vivo de leer y escribir desde hace unos 40 años, y me encanta que ellos, en un momento, hayan validado esa búsqueda. No sabían muy bien qué había por delante ni qué era eso de lo que yo les hablaba, pero vieron que había en mí una decisión fuerte.
También notaron mi esfuerzo por involucrarme en algo de lo que no tenían mucha idea y, aun así, confiaron en mí. Eso me parece el lazo más lindo en relación con el mandato: reconocer que uno puede reescribirlo.
O.c: El libro expone situaciones de la intimidad familiar y decidiste compartirlo con tus propios padres. ¿Cómo fue mostrarles ese retrato, que incluye tanto el afecto como los conflictos? ¿Qué pasó cuando la escritura, que había sido un espacio personal, se convirtió en algo que ellos también podían leer y compartir?
Gustavo: Es un gran tema el de la literatura del yo, la autoficción y demás, que hoy se ha vuelto bastante accesible y permeable, e incluso un filón editorial. Creo que eso también explica por qué pasó tanto tiempo antes de que publicara el libro. En verdad, mostraba cosas íntimas que no desnudaban a mis padres, pero sí los exponían de alguna manera.
Quien más me lo hizo notar y quien más se molestó fue mi madre, porque entendió que el libro no la perjudicaba ni la desnudaba, pero sí la exponía. Tal vez no se sintió retratada o, mejor dicho, no le gustó cómo se vio retratada. Con el tiempo, eso fue encontrando un cauce de mayor comprensión, aunque también de desgaste. Incluso apareció esa advertencia, medio en broma: «Ojo con lo que hacés, porque si no Gustavo después va a escribir sobre tal cosa». Es algo que suele sucederles a muchas y muchos escritores.
En ese punto tuve que aprender a convivir con eso y creo que, al fin y al cabo, la tarea terminó siendo de Gustavo.
O.c: El libro tuvo una primera edición en 2013 y volvió a publicarse en 2026. Además, termina con la certeza de que alguna vez nuestros padres van a morir. ¿Cómo cambió tu relación con el libro y con tus padres durante estos años? ¿La conciencia de que ese vínculo es finito modifica la manera de mirar los conflictos, o sería injusto pensar que la posibilidad de perderlos obliga a reconciliarse con todo?
Gustavo: Cuando salió el libro, en 2013, mi padre todavía estaba vivo, pero murió unos meses después. Mi madre sigue viva. El tiempo, creo que ya lo dije, acomoda todo y también ejerce su poder, porque va limando las asperezas y mostrando otras cosas.
En ese sentido, hoy me encuentro entrando en una etapa que muchos conocen. No es que uno se vuelva padre de sus padres, pero sí tiene que prestar atención, porque ellos van perdiendo esa independencia que parece tan natural en el ser humano. Cuando envejecés, la vas perdiendo y te encontrás en ese lugar: estando atento a tus padres y a su deterioro, con todo lo que eso implica.
Es, otra vez, como un espejo casi roto de lo que uno cree que es la vida. Pero ahí estamos, acomodando los pareceres, las expectativas y entendiendo que la vida, en algún punto, es una travesía en la que muchas veces, cuando le gritamos a alguien, en realidad nos estamos gritando a nosotros mismos.
