A pocos días de participar en tres actividades de la Feria del Libro de Córdoba, hablamos con Waldo Cebrero, escritor cordobés, sobre Ropa prestada (editada por Los Ríos), una novela que cruza su historia familiar con la memoria colectiva y la violencia institucional. A partir de la herencia de un uniforme policial vinculado a Raúl Pedro Telleldín, represor de la última dictadura, el autor construye un relato en el que la investigación periodística se entrelaza con la ficción, la paternidad y las preguntas sobre aquello que heredamos de nuestros padres.
Cebrero nos cuenta cómo nació Ropa prestada, proyecto pensado inicialmente como crónica pero que hoy se transformó en novela, revisa su vínculo con la historia familiar y reflexiona sobre las continuidades de la violencia policial en democracia. También habla sobre el desafío de escribir desde un lugar incómodo y las decisiones que tomó al narrar hechos de su propia vida.
El escritor participará de la 40.ª Feria del Libro de Córdoba, con tres propuestas gratuitas. El viernes 30 de octubre, a las 11, coordinará el taller La vida secreta de las cosas: memoria, objetos y escritura, en la Biblioteca Córdoba. El domingo 8 de noviembre, de 20 a 21, conversará con Mariana Tello Weiss en Fantasmas, uniformes y aparecidos, un encuentro a partir de los libros Fantasmas de la dictadura y Ropa prestada, en la Carpa Lilia Lardone (Naranja). Por último, el miércoles 11 de noviembre, de 20 a 21, formará parte de la mesa Sin algoritmo, sin prompt: la literatura como documento del presente, donde hablará sobre los cuentos de Mecanismos primitivos, junto a María Teresa Andruetto, Sergio Gaiteri, Fabio Martínez y Nato López, también en la Carpa Lilia Lardone.
O.c.: ¿Cómo surgió la idea de Ropa prestada? En algún punto, lo veo como una crónica, pero también como una novela. Además, creo que en Córdoba hay pocos libros que aborden estos temas desde la forma en que vos lo hiciste.
Waldo Cebrero: Un poco está narrado en el libro y eso forma parte de la historia. Podemos decir que fue la virtud del fracaso. Yo quería hacer primero un libro periodístico, una crónica clásica, contada en tercera persona, sobre un represor que me parecía importante en Córdoba. A la vez, su vida estaba llena de puntos ciegos porque había muerto en 1983. Pero, en cada juicio, cada vez que un policía se sentaba ante los tribunales federales, era imposible que no apareciera el nombre de Raúl Pedro Telleldín.
Empecé la investigación para hacer ese libro y, durante ese proceso, recibí como herencia accidental el uniforme de Pedro Telleldín de manos de su hijo Carlos. Después vino el fracaso, el bloqueo, el proyecto dejó de seducirme. Creo que no tanto el proyecto en sí, sino la imposición de la voz que me proponía, la del periodista que hace una crónica.
La novela, su forma, me sacó de ahí. Esa fue la virtud del fracaso que te decía. Tiene una estructura y una forma de novela moderna, que puede ser muchas cosas a la vez: una novela de ficción, experimental, como quieras llamarla. Pero, si leés Ropa prestada y te preguntás de qué va, decir que trata sobre Telleldín es quedarse corto.
Es también la historia de un periodista de mediana edad, fracasado, con un problema de pareja, que no sabe cómo sacarse de encima algo que incomoda en su casa. Habla sobre la herencia y sobre la ropa de nuestros padres que queremos y no queremos ponernos. Entran muchos temas, y lo que hace posible sostenerlos es la estructura de la novela.
La pareja del narrador va a ser mamá y él no quiere que esa cosa esté en la casa donde va a vivir su hija. Entonces, algo que estuvo postergado durante diez años —tener el uniforme de un represor en el ropero— empieza a tomar otra dimensión y el narrador intenta sacárselo de encima.
Todo lo que se cuenta son datos verificables, periodísticamente comprobables. También entra mucho de mi vida personal, porque no se trata solamente de hablar de un policía. Pero hay una estructura ficcional. Ficcional no quiere decir mentira, mentir o inventar. Ficcionar quiere decir darle forma a algo. La palabra ficción viene de dar forma.
O.c.: También hay una cuestión personal: es una novela en la que abordás tu propia vida. ¿Cómo fue revisar ese vínculo de tu familia con la policía? ¿En algún momento te puso frente a una relación ambigua, entre seguir profundizando en esa historia y pensar desde otra perspectiva lo sucedido, como hijo de un policía?
Waldo Cebrero: Sí, eso fue lo que me motivó. Me interesaba acercarme un poco más a mi historia personal, que tampoco es interesante ni muy rica, pero en la que había cosas para explorar. Ya no tanto como periodista, no lo digo medio pretenciosamente, sino como escritor, o como alguien que trabaja con el lenguaje.
Quería incomodarme y ver qué pasaba con la relación con mi papá. En un momento especial me pregunté qué pasaba con mi papá cuando yo iba a volver a ser padre y qué había pasado mientras yo mismo me convertía en padre. Todo esto sucede desde que nace mi hijo hasta que nace mi hija.
Hay algo en la historia del autor y del narrador: transformarse en padre lo pone frente a lo que sucedió, sucede o creyó que sucedía con su propio padre.
Muchas cosas las tengo procesadas, trabajadas, digeridas y vueltas a digerir. Nunca creí que esto fuera a traer consecuencias familiares de ese tipo, porque no creo haber expuesto a nadie de una manera injusta. El juego con mi papá y el espejo con el dueño del uniforme pueden ser peligrosos, pero no termina siendo así.
También es una manera de incorporar información no convencional o no periodística. El libro habla de la herencia y esa herencia también se traslada a Carlos, que es hijo de Telleldín, y a Fernando Albareda, que es hijo de otro policía. Cada uno tiene una vida diferente a la mía. Somos tres hijos de policías.

O.c.: En la novela, la llegada de Elena modifica un poco la relación con el uniforme y con aquello que venías guardando desde hacía tanto tiempo. Hay una discusión sobre si tenés que tirarlo o conservarlo. ¿La paternidad te hizo mirar esa historia y esa herencia de otra manera? ¿Escribir el libro fue también una forma de decidir qué transmitirle a Elena y qué no?
Waldo Cebrero: Escribir el libro fue distinto de ser papá, pero está vinculado con serlo. Por ejemplo, Elena ahora tiene tres años y hace poquito murió nuestro gato.
Ella estaba dejando el pañal y, en esa etapa, tuvo muy marcada la cuestión de la retención. A veces no quiere soltar algo, llora y dice que no lo quiere largar. Eso me hace pensar en mí mismo y en lo que significa ayudarla a atravesar esas cosas. Yo sé lo que es retener, lo que cuesta soltar.
También creo que el libro es algo para mis hijos, un testimonio de un momento importante de mi vida que tenía que ver conmigo y que quería dejar de alguna manera.
Soy una persona que no tiene mucho más que su fuerza de trabajo. No voy a heredarles demasiado. Me parecía importante dejar un testimonio de ese momento de mi vida.
O.c.: En Ropa prestada, la historia de Telleldín se cruza con otras marcadas por la violencia policial y estatal, como la de Fernando Albareda. Te traigo un poco más al presente: ¿creés que hay continuidades con casos como el de Blas Correas, salvando las diferencias? ¿Hay prácticas que se siguen repitiendo o fantasmas que permanecen, aunque de otra manera?
Waldo Cebrero: No sé si le llamaría fantasmas, porque creo que eso hace más difícil abordar el fenómeno cultural de la violencia institucional. Sí, creo que hay una continuidad.
También es ahí donde ubico a mi papá. En un momento me cuenta que una práctica de la policía, cuando él empezó a trabajar durante la democracia, era tener un arma falsa para plantarla en caso de un tiroteo. Me dice que esa arma se llamaba perro.
Todo esto ya lo había escuchado en los juicios. Cuando era chico, yo jugaba con esas pistolas y una se perdió. Uno piensa que a Blas Correas le plantaron una pistola, una trucha, pero no alcanzaron a sacar las que llevaban porque no tenían; salieron a buscar una por el barrio.
Me queda la idea de que la policía, y no solamente la de Córdoba, a pesar de la brevísima formación que tiene, sigue funcionando bajo esa frase que repiten los propios policías: «Un policía se dibuja en la escuela, pero se pinta en la calle».
Pasás un año por la escuela de policías, volvés, te dan un arma y un uniforme, pero la formación con la que terminás de colorearte y pintarte se hace con alguien que tiene más años de experiencia y se sienta al lado tuyo en el móvil. Esa persona te transmite prácticas que vienen de la época de Telleldín y de antes.
Telleldín hizo del trabajo de inteligencia, el secuestro y la persecución de lo que se llamaba la subversión una política de intervención. Pero, en ese momento, el Comando Radioeléctrico, que era la fuerza que trabajaba con temas de seguridad e inseguridad, entre comillas, también tenía esas mismas prácticas.
Entonces, ubico la continuidad en una forma cultural de ser de la institución y de los policías que entran ahí.

O.c.: Recién mencionabas que jugabas con esas pistolas y pensaba que el libro también aborda tu vida familiar. ¿Hubo algún momento en el que dudaste de avanzar con determinadas escenas o de hacer públicas algunas cuestiones familiares? ¿Pensaste que podía traerte problemas en el seno de tu familia?
Waldo Cebrero: No era una pistola de juguete. Ponían un calibre 38.
Mientras escribía, también iba leyendo las pruebas. Las leía con mi pareja y con mi psicóloga. Le preguntaba a mi mamá: «Che, ¿te acordás cómo era tal cosa?».
Pero no pensé que fuera a traer problemas. No veía a mi papá tanto como un criminal, sino como una persona de cualquier lugar del mundo. Mi papá es una persona del noroeste cordobés, que había terminado solamente la primaria, como sucedía con muchos policías.
En ese momento entra en juego ese esquema de que te dibujan en la escuela, pero te pintan en la calle. La incorporación cultural de todo eso es inmediata.
Eso no los exime de responsabilidad. Disparar por la espalda a alguien, por ejemplo, es algo de lo que son absolutamente responsables. Pero ciertas prácticas les parecían naturales. Mi viejo las ha contado en la mesa, durante comidas y con amigos. ¿Por qué sería un problema contarlo en el libro? No me frené por eso.
O.c.: Pensaba en el libro y en el contexto actual, en el que se vuelve a discutir y, de alguna forma, a relativizar los crímenes de la última dictadura, mientras se cuestionan algunos consensos construidos alrededor de la memoria. ¿Qué sentido adquiere hoy publicar un libro como este? ¿Creés que puede intervenir en las discusiones sobre el pasado y ayudar a pensar también el presente?
Waldo Cebrero: No sé. Yo no me propongo esas cosas cuando escribo. Quiero hacer un libro que me importe, porque lleva mucho tiempo hacerlo y tiene que pasarme algo a mí.
En relación con la época y el pasado, lo que me interesaba era escribir algo que yo sintiera novedoso. No porque sea un gran libro ni nada por el estilo, sino porque leí mucho material sobre los años setenta en Córdoba y encontré algo que me pareció novedoso, no tanto por el tema como por el enfoque y la voz.
El libro lo tiene. Siempre se escribe desde las víctimas. Acá elegimos como protagonistas a policías, pero el narrador escribe sobre ese universo desde un lugar incómodo: es parte de una familia de policías.
Eso sí me pareció novedoso. No sé si aporta algo particular para este momento, pero me parece que puede hacer que la historia dure un poco más. Como vos decís, hoy se escribe mucho y todo dura poco.
O.c.: Al pensar en un libro, uno siempre elige qué aspectos de una historia abordar y en cuáles hacer hincapié. ¿Hubo alguna arista que te hubiera gustado explorar más y que finalmente quedó afuera? ¿O el libro terminó siendo lo que habías planeado?
Waldo Cebrero: No lo planeé demasiado. Cuando fracasó el primer proyecto, empecé a escribir otra cosa. Tuve que volver a buscar información que había dejado abandonada y que, a veces, no encontraba.
Por ejemplo, uno de los grandes mitos era que Telleldín no había muerto porque no estaba su partida de defunción. Pero sí estaba, yo la encontré en otro expediente muy difícil de localizar y nunca la separé. Imagínate que son tres mil o cuatro mil fojas, y en un archivo judicial puede haber miles de expedientes. La encontré un año después de terminar el libro.
Me volví a encontrar con ese archivo después de publicar y no me quedé pensando en las cosas que habían quedado afuera. Tampoco había planeado demasiado el libro, como te decía.
Sí me quedó la sensación de que, por momentos, caí en terrenos discursivos a los que no quería entrar. Por ejemplo, profundizar en los detalles de la muerte de Fermín Albareda padre y en el crimen de Susana a manos de su hijo Fernando. Me preguntaba hasta qué punto era necesario profundizar en esos detalles después de tantos años de hablar sobre la crueldad del terrorismo de Estado.
Hay momentos en los que la memoria puede ser un poco más discreta: decir que una persona fue capturada y dejarlo ahí, sin necesidad de describir cada detalle de lo que sufrió. El lector puede imaginarlo. No siempre hace falta mostrarlo todo.

O.c.: ¿Actualmente estás escribiendo algún otro libro o tenés algún proyecto literario en marcha?
Waldo Cebrero: Quise volver a escribir ficción porque, antes de Ropa prestada, publiqué un librito de cuentos que se llama Mecanismos primitivos. Empecé a escribir algo nuevo, pero después lo suspendí porque me comprometí con otro libro de no ficción, de investigación periodística, sobre el tema del que recién hablábamos.
O.c.: También vas a participar de la Feria del Libro de Córdoba con distintas actividades. Una de ellas, si no me equivoco, es una mesa titulada Sin algoritmo, sin pront…, sobre la literatura como documento del presente. Me interesa pensar qué lugar ocupa hoy la investigación, sobre todo cuando muchas personas recurren a herramientas como ChatGPT para buscar información. ¿Qué importancia tiene volver a las fuentes, al libro y al expediente físico, frente a una inteligencia artificial que parece saberlo todo, pero que también puede ofrecer información errónea?
Waldo Cebrero: Mirá, antes de conocer ChatGPT no lo usaba. Después empecé a incursionar. Tengo alumnos de dieciocho años y lo usan todo el tiempo. Yo no lo veo como un bicho malo. Lo uso bastante para jugar, por ejemplo. Le pregunto cosas, le pido instrucciones para hacer algo o le hago consultas que me generan curiosidad. No pago una suscripción, pero podría empezar a ser útil para mi trabajo diario.
También empecé a usarlo para ordenar y desgrabar entrevistas. Y encontré algunas ventajas, pero también grandes desventajas.
La etapa de desgrabar es un momento en el que uno se escucha a sí mismo. Es como volver a conectarte con alguien a través de un medio, casi como hablar con fantasmas. Mientras desgrabás, meditás y te editás Te das cuenta de que te faltó preguntar algo, de que hay una respuesta que te encanta o de que hay una parte que no vas a incluir.
Cuando pasaba la entrevista por una herramienta de inteligencia artificial, me daba un documento interminable, muy difícil de trabajar. Pero no la condenaría para las tareas operativas ni a la gente que la usa.
Creo que la propuesta de esa mesa de la que me preguntabas tiene más que ver con el realismo en la literatura, con el registro realista de lo que hacemos cuando estamos sentados hablando. No sé cómo trabajan otros compañeros, pero ese trabajo sigue teniendo un filtro personal.
Yo puedo necesitar esas herramientas para un trabajo periodístico, pero para escribir ficción confío más en las voces que me vienen que en un algoritmo. No porque me sienta un mago, sino por el trabajo que hago con mi propia realidad: los recuerdos de mi infancia, la manera de hablar de un vecino.
O.c.: Para terminar, me decías que estás trabajando en otros libros. ¿Tenés alguna fecha estimada de publicación o todavía no hay nada definido?
Waldo Cebrero: Ojalá que el año que viene. Estoy trabajando en un libro sobre una presa política y todavía me falta mucho.

Foto de Portada: Sebastián Salguero