Alejandro Palomas: “Lo importante no son las respuestas que obtenés, sino las preguntas que somos capaces de hacer”

El escritor, poeta y traductor español Alejandro Palomas (Barcelona, 1967) acaba de publicar Casa, una novela que retoma algunos de los temas centrales de su obra como los vínculos familiares, la infancia, las pérdidas y el duelo. Autor de libros como Una madre, Un amor —con el que ganó el Premio Nadal en 2018— y Un hijo, distinguido con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2016, Palomas construyó una trayectoria literaria que explora las relaciones humanas y aquello que muchas veces cuesta poner en palabras.

En Casa, la historia se cuenta desde la mirada de Mika, una niña de siete años que encuentra en su abuelo Tadeo un refugio para entender el mundo adulto. La novela también tiene un origen personal: el proyecto de transformar un antiguo trigal en un bosque, una iniciativa que Palomas impulsó junto a sus hermanos en homenaje a su madre y que lo llevó a revisar su propio proceso de duelo.

Charlamos con el escritor su último libro y sobre la infancia como una forma de mirar la realidad, los vínculos entre generaciones, la vulnerabilidad y la importancia de aprender a cuidar de los demás. También habla sobre el cruce entre vida y literatura y sobre cómo la escritura puede abrir preguntas, revisar certezas y modificar nuestra manera de relacionarnos con el mundo.

Otra Canción: En Casa, Mica tiene 7 años y hace preguntas que los adultos muchas veces no saben responder. En Un hijo, la mirada de Guille también permite descubrir cosas que los mayores no consiguen ver. ¿Qué te permite explorar la infancia que no podrías abordar de la misma manera?

Alejandro Palomas: No es tanto lo que me permite abordar, sino cómo me permite abordarlo. Me permite hacerlo desde una curiosidad cien por cien no prejuiciosa, encarar las preguntas desde la inocencia y desde el querer saber, desde esa demanda de saber. No es tanto una respuesta lo que busco, sino una pregunta. Me permite hacer preguntas como yo quiero hacerlas.

Es algo que conozco bien, porque tiro de mí para hacerlo. Yo no tengo niños a mi alrededor, no tengo hijos, no tengo sobrinos, no convivo con niños ni tengo niños cerca. Con lo cual, recurro a la inocencia del Alejandro más niño, y desde ahí me hago muchas preguntas aún ahora. Eso me permite trasladar esa parte de niño que tengo y esa necesidad de comprender el mundo desde la infancia.

O.c: En la relación entre Mika y Tadeo, el abuelo no ocupa el lugar de quien tiene todas las respuestas, sino el de alguien que también necesita descubrir. ¿Te interesaba cuestionar esa idea de que los adultos deben tener siempre una explicación?

A.P: Me interesaba no tanto cuestionar esa idea, sino, sobre todo, explorar la evolución de los personajes de la novela, en el caso de Tadeo y Mika. Me interesaba la idea de que la interacción nos cambia, de que la interacción con nuestros semejantes nos cambia y transforma nuestros roles.

En el caso de Mika y Tadeo, una niña supuestamente tiene que ser quien demanda conocimiento, y el abuelo es quien lega ese conocimiento por una cuestión de experiencia, de edad, de tiempo, de adquisición, de sabiduría. En realidad, lo que ocurre en este caso es que se invierten los papeles, aunque no es que haya un movimiento de inversión, sino que esa inversión existe desde siempre.

Los niños como Mika, son los grandes sabios de esta historia. El abuelo empieza siendo, a priori, el gran sabio, el gran mago, y termina descubriéndose como un hombre vulnerable. Él lega conocimiento y Mika, con su mirada y con el cariño y el amor que se tienen, genera en él una confianza que no había sentido antes, o regenera una confianza en el otro que había perdido.

Así, él se descubre como un hombre vulnerable, capaz de empezar a tener un diálogo emocional sano consigo mismo. Hay ahí un descubrimiento en lo adulto, sobre todo en lo masculino, que creo que es la gran tarea pendiente de la masculinidad.

O.c: En Casa, Tadeo y Mika empiezan a transformar el patio en un bosque. Plantan árboles, les ponen nombres. Ese proyecto también está atravesado por la ausencia de Celia. ¿En qué momento cuidar ese bosque se convierte en una manera de afrontar la pérdida y mantener vivo un vínculo con alguien que ya no está?

A.P: Se convierte en eso en el momento de cuidar el bosque y de parirlo. Porque ellos lo que hacen no es tanto cuidarlo, sino que primero paren un bosque, crean un bosque, lo imaginan, lo crean, lo paren y lo cuidan. Con lo cual, tenemos ahí un gesto natural, un proceso natural. Y cuando digo natural quiero decir literalmente natural.

Pero eso es algo que nace de lo autobiográfico. Cuando murió mi madre, en el año 2021, decidí junto con mis hermanas crear un bosque alrededor de mi casa. Yo no lo sabía entonces, pero cuando decidimos crear un bosque que fuera el bosque de mi madre, el bosque de Angélica, que así se llamaba, lo hicimos creyendo que era algo simbólico y, en realidad, era algo que iba mucho más allá de lo simbólico, porque era nuestra forma de estar con ella.

Mi madre siempre que venía a mi casa decía: «Qué bonito es este lugar y qué bonitos son los bosques que se ven, pero qué pena que el bosque no rodee la casa y que nosotros seamos parte de eso». Y decidimos crearlo así, tal como ella quería.

Tenía sentido porque, cuando estamos creando el bosque y trabajando en él —no lo llamaría trabajar, pero no sé cómo llamarlo—, estamos con ella. No solamente la recordamos, sino que estamos con ella casi físicamente, porque la creación, todo lo que tiene que ver con la naturaleza y la tierra, es algo muy físico. Es un trabajo físico y corporal. Es un poco como volver a ser un equipo.

O.c: El bosque necesita tiempo para crecer y no ofrece resultados inmediatos. Además, la novela incorpora la preocupación por el cambio climático. ¿Cómo se puede abordar un problema ambiental desde la ficción sin convertir la historia en un discurso aleccionador?

A.P: Precisamente eso es lo que propone la ficción: no ser aleccionadora. Si no, estaríamos entrando en otro terreno. Habría utilizado la no ficción o quizá habría sido un libro mucho más infantil, sin más. Pero yo no sé hacer eso, ni me interesa.

Entiendo, además, que lo infantil y lo adulto son partes integradas, con lo cual hay que trabajar los conceptos de forma integral para todas las edades, transversalmente.

En cuanto a la edad, realmente la historia deja de ser aleccionadora cuando quienes la viven, en este caso una niña y un abuelo, lo hacen desde la experiencia, no desde la teoría. Nosotros, como lectores, no estamos mirando, sino participando, porque estamos emocionalmente dentro de una experiencia. Vamos aprendiendo porque estamos allí con ellos, no porque nadie nos esté aleccionando.

Todos sabemos que el cambio climático existe y que lo que estamos haciendo, la intervención del ser humano en la naturaleza, es nefasta. Todos tenemos esa cuenta pendiente y somos conscientes de ello. Simplemente, esto es un recordatorio, no una novedad.

¿Qué me interesa? Que el lector se lleve algo de esa experiencia. No, desde luego, una experiencia intelectual, sino emocional. Yo no escribo para la cabeza. Creo que los grandes cambios en la historia de la humanidad se han producido desde el plexo, nunca desde la cabeza, nunca desde el intelecto. El intelecto teoriza; el plexo es el que lleva al ser humano a cambiar desde las entrañas.

Esta es una novela que se lee desde el niño o la niña que eres como lector, tengas la edad que tengas. Y es ese niño o esa niña quien siente realmente que esto es una verdad. Lo que me interesa es que el lector entienda que lo que está viviendo es verdad, aunque sea ficción, y que es una verdad que lo reclama como fuerza creadora de cambio.

O.c: En Una madre, la familia se reúne alrededor de una mesa. En Casa, el vínculo entre Mica y Tadeo construye otro tipo de refugio. En tus novelas, la familia puede ser tanto un lugar de pertenencia como una fuente de conflictos y heridas. ¿Qué tiene que pasar para que un espacio y las personas que lo habitan se conviertan verdaderamente en un hogar?

A.P: Creo que ese es el gran secreto de Casa, de lo que es una casa. Es curioso, porque si yo hubiera escrito esta novela en inglés, probablemente el título no habría sido House, sino Home, hogar. Pero utilizar ese título en castellano es difícil, porque resuena demasiado con algo que yo no domino bien.

Casa es refugio. Y casa, por lo menos aquí en España, es algo que aparece cuando eres niño y estás jugando a pillar, a tocar y a parar, esos juegos infantiles en los que los niños suben a un banco o tocan una pared y gritan «¡Casa!». Entonces se convierten en intocables. Todo está bien y todo está a salvo.

Creo que lo que tiene que pasar para que las personas que habitan un espacio lo conviertan en un hogar es que hagan de él un lugar seguro. Y, sobre todo, un lugar seguro para la infancia. Hablo de la infancia y no solo de los niños, sino de la parte de la infancia que los adultos también mantenemos con nosotros. Esos vínculos más puros con nosotros mismos y con aquellas personas con quienes compartimos el espacio que es el hogar.

O.c: En tus libros aparecen personajes que se alejan de los modelos de normalidad y fortaleza que impone la sociedad y que necesitan ser aceptados sin esconder sus fragilidades. En una sociedad que premia la autosuficiencia, ¿por qué nos cuesta tanto mostrarnos vulnerables? ¿Y qué tendría que cambiar para que esa vulnerabilidad no se interprete como una debilidad?

A.P: La explotación de la vulnerabilidad es lo que mantiene el sistema tan perverso que nos gobierna, porque se nos gobierna por el miedo. El miedo a morir, básicamente. De ahí las religiones que prometen la vida eterna, la vida después de la muerte, que la muerte no existe siempre que seamos obedientes y cumplamos con los mandamientos de cualquier religión.

Es el miedo. Si formamos parte de un grupo cohesionado, perdemos vulnerabilidad y ganamos confianza porque estamos en grupo.

La sociedad, yo no creo que premie la autosuficiencia. Lo que premia es la ignorancia, la ignorancia consciente. Vivimos de espaldas al conocimiento, de espaldas a la verdad, porque vivimos de espaldas a la muerte. No hay más.

El día que empecemos a vivir de cara a la muerte y eso mejore el concepto que tenemos de nuestra propia existencia aquí, nuestra capacidad de disfrute, de creación y de imaginación, dejaremos de vernos como vulnerables en nuestra individualidad. Es así. Y dejaremos de ceder el poder de nuestras vidas a personas que no deberían tenerlo.

O.c: En Una madre, Un perro y Un amor, las ausencias y el miedo a perder a quienes queremos atraviesan los vínculos. El recuerdo de Celia también forma parte de la vida de los personajes. ¿Escribir sobre quienes ya no están es una manera de mantenerlos cerca?

A.P: Es que yo no creo que no estén, con lo cual no sé cómo responder a esta pregunta. Yo no escribo sobre los que no están, porque sigo pensando que están.

Convivo con los que están y con los que no están, porque me importan los que son. Que no los veamos no quiere decir que no estén. Que no los veamos quiere decir simplemente que no nos vemos.

Con lo cual, todos mis personajes confían siempre, de alguna manera u otra, en que todos formamos parte de lo mismo. Los visibles y los invisibles, aquellos que formaron parte de nuestra vida y que ya no forman parte de ella, y los que están por llegar. Todos formamos parte de lo mismo y todos ellos forman parte de lo que somos nosotros. No hay más.

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O.c: En buena parte de tu obra, el humor convive con el dolor. Permite que los personajes atraviesen situaciones difíciles sin que una cosa anule a la otra. Dijiste que el humor es fundamental para tu supervivencia. ¿Cómo distinguís el humor que nos ayuda a afrontar el sufrimiento del que utilizamos para evitarlo?

A.P: Me encanta esta cosa del «distinguís» argentino. No sé distinguir entre los dos. Creo que eso es algo innato. Aunque, pensándolo mejor, no sé si es innato. Corrijo: no, no es algo innato. Creo que es algo que se forja en la infancia, en la tierna infancia.

El humor como arma de defensa, el humor como disfrute y el humor como poder. El humor es poder, te da mucho poder, y ahí hay un gran disfrute, porque te sientes fuerte a través del humor y te hace libre.

Entonces, claro, ahora entiendo por qué el humor es fundamental para la supervivencia. A la vez, nos ayuda a afrontar el sufrimiento y a quitarle importancia. En mi caso, no existe una diferencia entre los dos. Forman parte de lo mismo, son como las dos mitades del mismo planeta.

O.c: En Casa, Mika puede preguntar cosas que los adultos callan porque han aprendido que hay temas que no deben tocarse. En una época en la que todos parecemos necesitar hablar, opinar y hacernos visibles, ¿qué dejamos de escuchar y qué conversaciones seguimos evitando?

A.P: Dejamos de escucharnos, sobre todo a nosotros mismos. No nos escuchamos y no nos oímos. Ni siquiera cuando nos relajamos y dejamos de hacer el ejercicio de escuchar, que es quizá el momento en que podríamos oírnos, conseguimos hacerlo. Buscamos situaciones, todo tipo de excusas, ruido para no oírnos.

Volvemos a lo mismo: no queremos saber la verdad. Nos aterra la verdad. Y, curiosamente, somos muy amigos de la mentira disfrazada de no verdad y, por tanto, inocua. No es así. No hay manera de querer afrontar la verdad porque duele demasiado.

A nivel social, somos sociedades fallidas, sobre todo estoy hablando de las sociedades del supuesto primer mundo. Nos hemos fallado. Hemos fallado a los más débiles, a los más frágiles. El capitalismo es una avalancha de perversión atroz en la que estamos situados y a la que nos aferramos porque vemos todo lo que ocurre en lo que supuestamente no es el primer mundo. Y nos defendemos así del miedo que nos da perder los supuestos privilegios de esta especie de esclavitud en la que andamos metidos.

No queremos afrontar eso. No queremos afrontar que somos finitos. Si en algún momento realmente afrontáramos, desde el plexo, la idea de que estamos aquí el tiempo que estamos y que no deberíamos detenernos en toda una serie de temores que no nos pertenecen, el mundo sería un lugar totalmente distinto y podríamos vivir más cómodos en la verdad.

O.c: En una entrevista dijiste que tu obra es política porque piensa totalmente en el bienestar del otro. ¿Cómo se traduce esa idea en una sociedad cada vez más individualista, donde el cuidado suele considerarse una responsabilidad privada y no colectiva?

A.P: ¿Cómo se traduce? Creo que hay una expresión muy demonizada, muy demonizada porque siempre se proyecta sobre la política progresista, y es el bien común. Ese es un titular que parece como si quien lo utiliza estuviera mencionando los poderes del demonio, del diablo, cuando en realidad es el cable sobre el que deberíamos transitar todos.

Es que, si no nos cuidamos, ¿qué hacemos aquí? ¿Qué hacemos exactamente aquí? ¿Cuál es el primer paso, cuál es el primer mandamiento que debería existir en todos los abecedarios éticos para el ser humano? ¿Cuál es? Cuidarnos los unos a los otros como nos gustaría que nos cuidaran.

Eso es algo que no aparece en ningún mandamiento, no aparece en las religiones. Cuidarnos quiere decir cuidarnos todos y cuidar todo lo que forma nuestro todo. Estoy hablando de plantas, de árboles, de animales no humanos, de animales humanos, del aire, de los ríos, de los mares, del agua, de todo aquello con lo que convivimos.

Convivir quiere decir en igualdad de condiciones. Tenemos que entender que cuidarnos nos convierte en seres que están en igualdad de condiciones con los seres que los rodean. Hablamos de alimentación, hablamos de cohabitación.

O.c: La literatura puede acercarnos a experiencias que desconocemos y cuestionar nuestros prejuicios, pero también podemos terminar un libro sintiéndonos más sensibles sin que eso cambie nuestra manera de actuar. ¿Cómo evitar que la lectura se convierta en una forma de tranquilizar la conciencia? ¿Qué puede hacer un escritor para que una historia produzca algún efecto más allá de sus páginas?

A.P: Pues mira, hay algo que creo que yo no he visto hasta ahora y que creo que me voy a atribuir, aunque quizá me estoy equivocando y, si me equivoco, corregiré. Yo creo que he probado muchos tipos de activismo, desde el activismo institucional hasta el activismo de calle. A lo largo de mi vida me he manifestado, he corrido, he huido cuando me veía en peligro. Me he visto muchas veces en peligro, no solo en la calle, pero he seguido ahí y he probado muchas fórmulas con las que realmente no me he sentido identificado del todo.

Sin embargo, he aprendido que sí existe un activismo con el que me siento perfectamente cómodo y realmente poderoso, y ese es el activismo emocional. Soy un activista emocional y creo que eso es importante. Y vuelvo a lo mismo: ninguna revolución se ha hecho con el cerebro. Ninguna revolución se ha hecho con el intelecto. Las revoluciones se han hecho con la entraña, con la emoción.

La ficción nos permite bajar la teoría a la emoción e implicar a los lectores desde el plexo, que es donde hay que implicarlos, porque nadie se implica desde otro lugar. Nadie se implica desde otro lugar. Las religiones y todos los creyentes de todas las religiones están implicados desde la fe. Y la fe no es intelectual, no es la cabeza la que dictamina la fe y la que nos lleva a ella: es el plexo. El plexo que parte del miedo, obviamente.

Yo, desde luego, no trabajo con el miedo. Trabajo con otras herramientas y me niego a trabajar desde el miedo. Pero mis novelas y mi ficción son una transmisión directa de plexo a plexo. Yo doy mi plexo y ofrezco mi plexo y lo que hay en él para contactar con el del lector o la lectora.

Siempre es así y siempre hay verdad. Hay que hacer activismo desde la verdad.

O.c: A lo largo de tu obra volvés sobre la infancia, la familia, las ausencias y la necesidad de encontrar un lugar propio. ¿Sentís que escribir te permite comprender mejor esas experiencias o que cada libro termina enfrentándote con preguntas que no sabés responder?

A.P: Hay preguntas que yo no sé responder y que me acompañarán hasta morir, porque, si supiera resolverlas, creo que me darían el premio Nobel. Y eso creo que no va a ocurrir, afortunadamente.

También te digo que escribir me permite la libertad. Cuando escribo soy libre. Entro en un mundo, en un universo y en una energía que solo encuentro en la escritura, porque creo desde la verdad. Y eso es lo que te da esa libertad, esa fruición, esas ganas de estar en el mundo, esa confianza en que ese estado puede compartirse y en que ese estado puede cambiar las cosas.

Preguntas que no sé responder, muchísimas, la mayoría. Pero son preguntas. Y lo importante, también me he dado cuenta de eso, no son tanto las respuestas que obtenés, sino las preguntas que somos capaces de hacer.

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