Fui a ver La Renga el 17 de octubre. Como una de las tantas señales de esta época, vi a mucha gente filmando con el celular y sacándose selfies, como si fuera obligatorio registrar cada momento. Como si, si no lo publicamos, no hubiéramos estado ahí o lo que vivimos no hubiera sucedido. Pero también, quizás porque necesitaba verlo o porque estaba especialmente atento a eso, vi a mucha gente disfrutando del show con otros, en la misma sintonía, al menos por unos momentos, lejos de los celulares y de la necesidad de filmarlo todo.
Me acordé de los viajes de joven a distintos festivales y recitales. De los viajes en colectivo junto a otros que compartían el mismo destino, las esperas de más de diez horas en un mismo lugar, rodeado de personas que no conocía, pero con las que sentía que me unía una misma pasión: ver a nuestra banda favorita.
En esos encuentros había algo que iba más allá de la música. Llegar temprano, sentarse en la vereda, compartir una cerveza o un fernet, porque no, también un mate, un sándwich o un asado improvisado. Hablar con quienes estaban al lado, preguntar de dónde venían, contar cuántas veces habíamos visto a la banda, recordar aquel recital en tal lugar donde los dos habíamos estado. Si alguien necesitaba algo, siempre podía aparecer una mano. Y cuando sonaba una canción que todos conocíamos, cantábamos al mismo tiempo. Al terminar, no era extraño que dos desconocidos se abrazaran como si se conocieran de toda la vida. Algo parecido a lo que muchas veces sucede cuando uno va a la cancha y se abraza con el del lado ante un gol, por más que no se conozcan.
No hace falta romantizar el rock para reconocer que ahí sucede algo importante. El recital no empieza cuando se apagan las luces ni termina con la última canción. Empieza mucho antes, en la organización del viaje, en las conversaciones de la fila, en el encuentro con la gente que comparte una pasión y en la expectativa de vivir algo colectivamente. Durante esas horas, la música es el motivo, pero alrededor suceden muchas otras cosas que a veces pienso que se van perdiendo.
Muchas veces sucede que tomás el colectivo o vas caminando y alguien reconoce una remera, pregunta si el otro va para el mismo lugar y la conversación empieza. Se intercambian anécdotas, se discute sobre discos, se anticipa el repertorio. A veces, el viaje es tan importante como el destino. No porque sea extraordinario lo que está sucediendo, sino porque estamos ahí, compartiendo nuestro tiempo con alguien que hasta hace un rato no conocíamos. No sabemos cómo se llama, de dónde viene, qué piensa del mundo ni a qué se dedica, pero, por lo menos por unas horas, va a ser nuestro nuevo amigo, porque tenemos algo en común y alcanza para empezar a hablar.
El desconocido muchas veces te cuida el lugar en la fila mientras vas al baño, comparte una comida, una cerveza, un fernet. Ni hablar si te caés en un pogo: te agarra del brazo o te abraza durante una canción. Esos gestos forman parte de una experiencia que no se agota en el escenario. Parecen gestos pequeños, a veces fugaces, pero nos recuerdan que todavía podemos encontrarnos con el otro, sin que exista una relación previa, un interés concreto o una razón que vaya más allá de compartir un momento con el otro, darnos ese abrazo y entablar ese diálogo que muchas veces en el día a día no sucede.
No sucede porque nos acostumbramos a despertarnos y mirar el celular antes de decirle buenos días a quien duerme al lado. A pasar una jornada entera de trabajo entre mensajes, notificaciones y reuniones para llegar a casa, sentarnos frente al televisor y seguir mirando una pantalla. Estamos disponibles para responder un mensaje de alguien que está a kilómetros, pero podemos pasar horas sin preguntarle cómo estuvo el día a quien tenemos enfrente.
No es una contradicción menor. Tenemos más posibilidades que nunca de comunicarnos, de encontrar personas con intereses similares, de sostener vínculos a distancia y de acceder a información. Sin embargo, esa conexión permanente también parece haber instalado una dificultad para estar donde estamos. En una conversación, en una mesa o en una sala de espera, cualquier silencio puede convertirse en una invitación a sacar el teléfono. Ya no hace falta que suceda algo para mirar la pantalla, alcanza con que durante unos segundos no suceda nada.
Quizás el problema no sea el celular en sí mismo, sino lo que empezamos a aceptar como normal. Que una conversación se interrumpa una y otra vez, que alguien hable mientras los demás miran notificaciones, que una cena transcurra con cada integrante de la mesa concentrado en su propio dispositivo. Que podamos compartir un espacio físico y, al mismo tiempo, estar pendientes de cualquier otra cosa. A veces, incluso, necesitamos registrar lo que estamos viviendo antes de terminar de vivirlo. Sacamos una foto, filmamos una canción, buscamos el mejor ángulo, pensamos qué publicar. Hoy la experiencia parece estar centrada en buscar la mejor imagen para mostrarles a los otros que estuvimos ahí.
Por supuesto, no se trata de negar el valor de las tecnologías ni de imaginar que antes las relaciones humanas eran necesariamente mejores. Las pantallas también acercan, permiten mantener amistades a distancia y crean comunidades que de otro modo no existirían. Tampoco alcanza con responsabilizar a cada persona por su falta de atención. Las jornadas laborales extensas, el cansancio, la precariedad y la velocidad que se nos exige para resolver cada cosa dejan cada vez menos tiempo disponible. Llegamos a casa agotados, con la cabeza todavía puesta en el trabajo y pocas ganas de sostener una conversación. A veces, mirar una serie o deslizar el dedo por una pantalla es apenas una forma de desconectar.
Pero viene bien preguntarse si, en medio de ese cansancio, no estamos perdiendo también la capacidad de compartir el tiempo sin exigirle que produzca algo. Conversar sin llegar a una conclusión, visitar a alguien sin tener un motivo especial, quedarse un rato más en la mesa después de comer. Estar con otra persona sin mirar el reloj, sin revisar si llegó un mensaje.
Para muchos, un recital tiene algo que va en contramano de esa lógica. Hay que trasladarse, hacer fila, soportar muchas veces el calor, el frío o la lluvia y, por qué no, aceptar que no todo va a salir como estaba previsto. Ir a un show muchas veces es ir a ver qué pasa, porque uno no puede controlar cómo va a ser el show ni lo que va a sentir. Es algo que sucede cuando suena esa canción que tanto querés o ese tema que nunca toca y justo lo tocó en el recital al que vos fuiste. Son cosas que suceden solo cuando empieza a tocar la banda, la multitud hace pogo o suena esa canción que nos despierta algún recuerdo y miles de personas cantan la misma frase.
Por supuesto que están, y me incluyo, quienes filmamos alguna canción, pero incluso cuando filmamos esa canción que tanto nos gusta, hay algo de esa experiencia que nunca va a entrar en el video, porque también es parte de la vivencia el empujón del que salta al lado, la voz de la persona que tenés atrás. Aun cuando renegamos de esas cosas, cuando no pasan, las extrañamos.
En esos momentos, el cuerpo recupera un lugar que la vida cotidiana parece relegar. No somos solamente perfiles, usuarios, contactos o personas que intercambian mensajes. Somos gente que ocupa un espacio, que necesita de otros, que se cansa, se emociona, pide ayuda si algo le pasó u ofrece una mano a un desconocido que necesita de nosotros. Está claro que el encuentro cara a cara en medio de una multitud muchas veces no te garantiza nada: también hay robos, violencias y hasta soledad entre multitudes. Pero abre una posibilidad que vale la pena seguir defendiendo y apostando por los encuentros en un recital: la de hacer comunidad, relacionarnos con alguien sin que todo esté mediado por una pantalla.
Quizás por eso sigue siendo significativo para miles de personas viajar durante horas para ver una banda, esperar desde temprano, compartir un sándwich con alguien que acabamos de conocer y cantar hasta quedarnos sin voz. No viajamos solamente para escuchar una lista de canciones. También vamos por lo que sucede alrededor, por la gente, por la conversación, por el abrazo, por esa sensación de formar parte de algo que nos excede. Vamos porque hay experiencias que necesitan ser compartidas.
Cuando termina el recital, se encienden las luces, la gente busca el colectivo y vuelve a su casa. Al día siguiente habrá que trabajar, responder mensajes, cumplir horarios y volver a correr detrás de las obligaciones. Pero durante un rato ocurrió algo que no se puede reducir a una publicación ni medir por la cantidad de reproducciones: estuvimos ahí, con otros, compartiendo algo que no va a repetirse nunca exactamente de la misma manera.
No hace falta abandonar el celular, desconfiar de toda tecnología ni convertir cada encuentro en una experiencia extraordinaria. Tal vez el primer paso sea bastante más sencillo, pero difícil a la vez: se trata de levantar la mirada cuando alguien nos habla, preguntar cómo estuvo el día y escuchar la respuesta, dejar el teléfono a un costado durante una comida, conversar con quien comparte el viaje o aceptar una invitación aunque no haya nada para ganar con eso.
Defender el encuentro no significa volver a un pasado idealizado. Significa reconocer que, aun con todas las herramientas que tenemos para comunicarnos, necesitamos algo más que estar conectados. Necesitamos tiempo, atención y disposición para los demás. Y un buen recital puede ser la excusa perfecta para volver a encontrarnos con el otro.