Víctor Fernández Sellanes nació en Venezuela, pero desde 2019 vive en Uruguay, adonde llegó en medio de la crisis que atravesaba su país. Músico, cineasta y productor, construyó una obra prolífica que se mueve entre el hip hop, el rock, la electrónica y distintas tradiciones latinoamericanas. Bajo nombres como Café Atómico, Cactus Frank y Malibu Saturn, publicó catorce álbumes, tres mixtapes y cuatro EPs, siempre desde una lógica de exploración que parece ir a contramano de la velocidad y las reglas de la industria musical.
En sus discos aparecen el cine, la literatura, el humor negro, el western, el terror y, de manera recurrente, Venezuela. En Panamericana Babylon, su trabajo más reciente, reconstruye desde la distancia los paisajes, las carreteras y las memorias de su país, mezclando joropo, cumbia, vallenato y Onda Nueva con rock experimental, electrónica y otras sonoridades. El resultado es una especie de mitología personal de la carretera venezolana, atravesada también por las tensiones políticas y sociales del presente, la experiencia migratoria y la necesidad de encontrar belleza en el caos.
En esta entrevista, Fernández Sellanes habla de su manera de producir, de la literatura y el cine como influencias, de la relación entre memoria e imaginación, del humor como forma de supervivencia y de una idea de libertad que, lejos de ser absoluta, aparece como una búsqueda permanente.

O.c: Me gustaría empezar por decir que sos nacido en Venezuela, pero de madre uruguaya y que ya llevas un buen tiempo viviendo en Uruguay. ¿Hace cuánto que vivís ahí?
Víctor Fernández Sellanes: Desde 2019. Soy venezolano y vivo en Uruguay desde ese año, así que también tengo la nacionalidad uruguaya.
O.c: También quería saber por qué te fuiste a vivir a Uruguay. En el caso de Argentina, muchos se vinieron por cuestiones políticas y sociales…
Víctor: Fue por razones de la crisis. El 2019 fue el peor momento de la crisis en Venezuela. Más viviendo en el interior del país, donde las cosas eran un poco más saladas que en Caracas: se iba la luz, había problemas de gasolina, una pila de cosas del estilo. Así que fue un momento bastante fuerte en el país y por eso nos vinimos. Además, mi madre es uruguaya
O.c: ¿Y en Uruguay cómo te está yendo? Nosotros, los argentinos, en algún punto vivimos —según nosotros— en un problemón, en una crisis social y económica, aunque siempre hay algún país en guerra por ejemplo que la está pasando peor.
Víctor: Bueno, comparado con otras partes puede ser, pero igual están pasando por un problemón, efectivamente. ¿Cómo decirte que no?
O.c: Pareciera que se vienen cambios fuertes en la región y, por supuesto, también en Venezuela. ¿Cómo lo estás viviendo?
Víctor: Hay un problemón con la derecha. Yo, cuando llegué, la verdad es que tuve unos años que lo experimenté con bastante rechazo. Además, con esta cosa de tener que irse a vivir a otro lado, no como una preferencia, sino como una necesidad de poder buscar una mejor vida.
Así que fue mucho de cerrarme durante el primer tiempo, pero ahora la cosa está mucho mejor. Tengo muchos proyectos dando vueltas. Estoy fundando una disquera con un amigo acá, estoy en una banda con músicos uruguayos también.
Estudié cine, así que también hago cosas del estilo. Estoy bastante activo, así que dentro de todo bien. Es un país caro, el dinero no rinde mucho, pero dentro de todo estoy bien.
O.c: Si uno se pone a ver tus redes, aparecen Café Atómico, Víctor Fernández Sellanes y Cactus Frank. Pareciera que tenés varios alter egos, de cierto modo.
Víctor: Tengo varios seudónimos y significan varias cosas. Café Atómico, más que una banda, es mi proyecto solista. Lo veo como un proyecto, digamos, como uno piensa en Nine Inch Nails o Tame Impala, por ejemplo. No dice Tame Impala como el sujeto, sino que dice Tame Impala, el proyecto musical de tal persona. Eso es Café Atómico.
Hasta ahora no ha pasado mucho, pero puede incorporarse otra persona como parte de Café Atómico. Lo veo como una cosa muy flexible.
Luego, Cactus Frank, Víctor, Malibu Saturn son distintos seudónimos con los que saco otros estilos de música. Son como proyectos alternos.
Cactus Frank es más cuando hago cosas de hip hop; Malibu Saturn es como un proyecto más indie. Y el otro, Víctor Nahuévoné, es más de música electrónica. Y, bueno, Víctor Fernández Sellanes, como te mencioné, también me gradué de cine, así que dirijo y escribo con mi nombre de verdad.
O.c: ¿Cómo llegaste al hip hop? Porque, de alguna manera, uno podría decir que estando en Uruguay podrías haber establecido un proyecto más relacionado, si querés, con la murga o con el estilo más cancionista que tiene una fuerte impronta uruguaya. ¿Cómo llegaste al hip hop? ¿Y por qué esta necesidad de dividir, si querés, los proyectos en tres nombres diferentes, en una época donde se fusionan todos los estilos?
Víctor: Café Atómico es bastante versátil. Tampoco es que hago un estilo de música muy estricta, son decisiones muy arbitrarias. Dentro de Café Atómico también puedo hacer cosas más electrónicas, más indie o tirando a hip hop.
Los nombres quizás son un poco para mi mente, para dividir las intenciones o las estéticas de cada proyecto, pero realmente hay mucha intersección entre cómo funcionan los proyectos.
Cuando empecé a hacer música, que fue en 2017, estaba escuchando mucho hip hop experimental. Esa fue mi primera forma de aproximarme a la creación musical para después grabar más rock o lo que hago ahora.
En ese momento estaba muy limitado en cuanto al equipo. Solo tenía una guitarra acústica y una laptop venezolana, así que para grabar guitarras y voces estaba muy limitado. Por eso empecé a hacer cosas con samples y a hacer música de esa manera.
De ese momento me quedó la forma de hacer música, de la metodología que usa el hip hop, son cosas que he llegado a aplicar en otros estilos de música.
Mayormente, cuando escribo, primero viene la parte instrumental. Una vez que ya está todo hecho, hago la voz encima de eso. La voz siempre es lo último, que es un poco como se hace en el hip hop: te hacen el beat y después encima de eso hacés los versos.
O.c: ¿Cómo nace Café Atómico y de dónde surge el nombre?
Víctor: Café Atómico es el nombre de una película de los setenta que se llama The Atomic Café, que es un compilado de propagandas pronucleares gringas de los años cincuenta. Están todas las propagandas editadas juntas. Es como una especie de sátira, aunque en realidad no es una sátira: es completamente un documental.
Ese nombre se me ocurrió cuando era muy chico, catorce o dieciséis años. Yo pensaba: “Quiero tener una banda, un proyecto que se llame Café Atómico en algún momento”. Y cuando llegó la hora de hacer música, cumplí con esa idea.
O.c: ¿Qué fue lo primero que hiciste?
Víctor: Lo primero que hice, por 2017 o 2016, fue grabar un cover de Pixies, de Where Is My Mind. Después de eso lo puse en pausa un par de años, por lo que te decía antes: tenía limitaciones para grabar guitarras, para grabar cosas.
Pero en 2019 decidí animarme de vuelta a hacer cosas y grabé el primer álbum de Café Atómico, que fue el único que grabé en Venezuela: Thompson 65.
En ese momento tenía nada más una guitarra acústica y la laptop, pero le encontré la vuelta a mis limitaciones a través de los trucos de producción. Lograba que la guitarra acústica sonara como una guitarra eléctrica y así empecé a ingeniármelas para llegar al sonido que quería.
O.c: Veo que tenés varios álbumes publicados, incluso algunos en el mismo año. ¿Sos un músico que está constantemente produciendo y sacando canciones?
Víctor: Sí, soy bastante prolífico. Son catorce álbumes, tres mixtapes y cuatro eps. La gente me pregunta cómo hago para sacar tanta cosa y, la verdad, me sale bastante natural. En 2024 saqué cinco álbumes, el año pasado saqué tres y este año ya saqué dos; ahora voy a sacar un tercero.
No es que cada proyecto lo haga en uno o dos meses, sino que trabajo en varios al mismo tiempo. Ahora, mientras estamos hablando, está el álbum que voy a sacar y tengo otros dos o cuatro a mitad de proceso.
Perdí, en el mejor sentido, la inhibición de hacer cosas. Obviamente uno tiene el miedo de cómo va a calar en el público, si alguien va a conectar con el disco, pero ya aprendí a arrojarme bastante al agua en ese sentido.
Además, no soy muy perfeccionista ni le presto tanta atención al detalle. Soy más del impulso, de improvisar y ver qué sale. Esa forma de trabajar es lo que me ayuda a ser prolífico.
O.c: Recién me hablabas de que no sos muy perfeccionista y creo que eso se nota en tu música, en esa cosa de mugre, de distorsión. A mí me pasó incluso de tener que volver a escuchar alguna canción para entender la letra. ¿Hay una búsqueda consciente de ir a contramano de esa producción cada vez más limpia y prolija que parece imponerse en la industria y en Spotify?
Víctor: Sí, también hay algo de eso que es una postura ideológica. Entender que muchas veces, en la humanidad o en la historia del mundo, existe esta idea de que hay que tender cada vez más a la prolijidad, a que todo sea domable, controlable o limpio. Cuando, en realidad, hay mucho en nuestra naturaleza y en nuestros impulsos que es caótico y desastroso.
Tiene que ver con aprender a balancear esos impulsos contradictorios que hay dentro de uno: querer un mundo mejor, pero también encontrarse y gozarse en ese caos. Eso tiene un poco que ver con mi experiencia de vivir en Venezuela, en un país del tercer mundo, y con encontrar algún punto en común entre uno y el caos, entre uno y la mugre. También con encontrar belleza ahí.
La belleza no siempre es una cosa prolija, simple o directa como a veces puede parecer. El deseo también es bastante contradictorio en ese sentido. A veces nos gusta pasarla mal, podemos encontrar placer en la incomodidad o en las cosas que no funcionan como deberían, y de ahí surgen otras cosas.
O.c: Pienso en tus discos y cada uno parece guardar un concepto. Por ejemplo, Western Quemado, Bruxismo en Familia. Uno podría pensar que, por tu ritmo de producción, simplemente componés canciones y las vas sacando, pero parece haber una relación entre los temas de cada disco. ¿Cómo trabajás esa parte conceptual?
Víctor: Muchas veces empiezo a hacer música con el impulso o el deseo de hacer un álbum que no sea tan conceptual, más como una colección de canciones. Pero hago una, hago otra y empiezo a encontrar puntos en común entre ellas. Entonces termino creando un concepto que unifica todas esas cosas.
El cine y la literatura también son muy importantes para mí. Hay mucha música que está influenciada por el cine y, en estos últimos dos álbumes, hubo mucho de eso. Bruxismo en la familia es un álbum conceptual planteado un poco como una película de terror o como una colección de relatos de terror. Western Quemado, en cambio, está inspirado en la estética, los temas y las cuestiones filosóficas del western, aplicados a mi contexto y a mi vida.
O.c: Recién me hablabas de cómo llevás la filosofía del cine a tus discos. ¿Qué filosofía buscás trasladar a tu música y por qué Western Quemado en Discos Vírgenes?
Víctor: Justamente hay un juego con la idea de quemar algo en un disco virgen y con la piratería. Funciona como un paralelismo con el hecho de tomar algo completamente gringo, apropiármelo y transformarlo.Es algo parecido a lo que sucede cuando quemas un disco virgen: una cosa que originalmente tiene un contenido y lo convertís en otra. No es una práctica exclusivamente tercermundista, porque también hay piratería en Estados Unidos, pero para mí funciona como una metáfora del proceso de apropiación que hice con esas influencias.
Con el western pasa algo parecido. Hay muchos westerns distintos y muchos directores que tienen su propia visión del género, así que no es algo homogéneo. Pero hay ciertos elementos que se repiten: historias sobre la civilización frente a la naturaleza. Son personajes que van de pueblo en pueblo y que, en algún momento, se pierden en la vastedad del desierto, en paisajes que parecen no terminar nunca.
Hay algo de eso que me resulta liberador, que emancipa un poco el espíritu y te enfrenta con la inmensidad del universo. Pero, al mismo tiempo, el western también habla de cuestiones muy concretas: cómo se organiza una sociedad, qué entendemos por justicia, cómo interactúan los colonos norteamericanos con las comunidades indígenas, con los inmigrantes o con los proyectos expansionistas en el Oeste estadounidense. Eso se puede ver en muchas películas, incluso en varias de las protagonizadas por John Wayne.
Con el terror sucede algo parecido. Se ha hablado muchísimo de esto, pero muchas películas del género están atravesadas por los fenómenos sociales y políticos de su época. En este álbum también hay mucho de lo que sucede en Latinoamérica y, particularmente, en Venezuela: una especie de trauma colectiva que buscaba reflejar en las canciones.
También aparecen cuestiones más cósmicas y espirituales. Me interesaba ese contraste entre una dimensión más espiritual, vinculada con la naturaleza, y otra más pragmática, relacionada con las cosas tangibles y materiales que nos golpean todos los días.
O.c: Recién hablábamos de Venezuela y de cómo aparece en el disco. ¿Cuánto de lo que está pasando hoy en Venezuela sigue atravesando tu música, después de tantos años de estar afuera? Porque también me pregunto qué cambia cuando uno deja de vivir una realidad y empieza a mirarla desde la distancia. Aunque sigas teniendo vínculos, amigos y estés al tanto de lo que sucede, hay una experiencia cotidiana que ya no tenés. ¿Sentís que esa distancia modificó la manera en que hablás de Venezuela en tus canciones? Pienso, sobre todo, en Panamericana Babylon.
Víctor: Sí, hay mucho de eso. Mucho de lo que pienso en el día a día sigue estando atravesado por Venezuela.
Creo que hay mucho de cómo uno percibe el mundo que está determinado por el lugar donde crece. El lugar donde vivís condiciona, de alguna manera, la forma en que vas a mirar el resto del mundo después. Entonces, incluso cuando no estoy hablando directamente de Venezuela, siento que estoy hablando un poco de cómo esa experiencia me hizo percibir las cosas.
Sobre todo, en Panamericana Babylon, que es un disco conceptual alrededor de las carreteras de allá. Yo soy de Barquisimeto, en el centro-occidente del país, a unas cinco horas de Caracas en auto. Nací ahí y, cuando tenía tres años, me fui a vivir a San Antonio, un pueblo satélite de Caracas. Después volví a Barquisimeto durante parte de mi adolescencia y los últimos dos años que viví allá los pasé en Mérida, cerca de la frontera. Hay una parte bastante grande del territorio que experimenté y que también me moldeó.
Yo creo en el arte como algo que no es completamente escapista, sino que te tiene que devolver un poco a la vida, pero percibiéndola de otra forma. Las películas y el cine que consumí me hicieron ver de otra manera los lugares que habito y que habité.
Panamericana Babylon también trata un poco de eso: de aplicar una mirada mitológica y casi cinematográfica sobre lugares y escenarios que normalmente no son percibidos de esa manera. Mucha gente dice que el álbum construye una mitología de la carretera venezolana, y esa mitología, en buena medida, la inventé yo.
La carretera entre Caracas, Barquisimeto y Mérida atraviesa un paisaje impresionante. Y ahí aparece también esto que hablábamos de entender el mundo como algo que no necesariamente tiene que atender al orden o a la prolijidad.
Me fascinaban las ruinas y los lugares abandonados al borde de la carretera, luagares que habían sido parques temáticos o hoteles. Todo tiene una historia y se puede ver el paso del tiempo en esos objetos y lugares. Eso también me fascina mucho.
Así que sí, esa experiencia está dentro de mi música y de todo lo que hago. Es el prisma a través del cual percibo cosas que muchas veces ni siquiera tienen que ver directamente con Venezuela.
O.c: Recién hablabas de esta filosofía de la carretera y de una mitología que construiste vos. En el disco aparece una Venezuela reconstruida desde la distancia. ¿De dónde surge esa necesidad de imaginar, o incluso inventar, una nueva Venezuela?
Vítor: Hay muchas cosas ahí. Justamente lo decía en la descripción del disco, que está en Bandcamp: hay cosas que son verdad, otras que son una fabricación y otras que pertenecen a una tercera zona indefinida. Son cosas que efectivamente pasaron, pero que están interpretadas a través de otra cosa.
A mí me pasó algo que me angustió mucho la última vez que fui a Venezuela, en 2024. Y, aunque racionalmente sabía que lo que había vivido allá, había una parte de mi cabeza que empezaba a sentir esas experiencias como si fueran fabricaciones, como cosas que quizás no habían sucedido.
O.c: Pienso un poco en eso de palpar. En algunas canciones, si uno se pone a escuchar con atención —o incluso si estuviera en un estudio de grabación separando los instrumentos por canales— aparece folclore venezolano, joropo y otras sonoridades muy marcadas. ¿De dónde surge esa necesidad de mezclar sonidos y tradiciones tan distintas?
O.c: Se han hecho un montón de cosas explorando esos ritmos y mezclándolos con tendencias más experimentales. No soy ni de lejos el primero, pero siento que todavía quedó mucho terreno por experimentar.
Hay cosas acerca de los ritmos venezolanos que a mí me llaman mucho. El joropo es un ritmo muy rápido, sincopado, como una cosa muy caótica, muy energética. Pero también puede ser muy melancólico por momentos. Algunas canciones de Simón Díaz, las que son como más bajadas de tono, muestran una melancolía muy potente.
Me encanta el folclore venezolano, Simón Díaz, Juan Vicente Torrealba, cosas de ese estilo, pero también me gusta el krautrock, el rock progresivo, el rock experimental, la música electrónica extraña.
Hay mucho de cumbia, mucho de vallenato en ese álbum. También hay una canción que es en el estilo de la Onda Nueva. La Onda Nueva es como una especie de mezcla de joropo y jazz, de Aldemaro Romero, de los setenta. Hay como un homenaje a eso.
Es como un intento de armar una especie de memoria colectiva. Así que podés encontrar retazos de bandas venezolanas anteriores, de estilos musicales venezolanos, de estilos quizás no autóctonos de Venezuela.
Por ejemplo, la canción “Falto epidermis” es un homenaje a Dermis Tatú, una banda de los noventa bastante importante en la historia del rock venezolano. “Falto epidermis” es un homenaje a “El chillido de los taxis”, de Dermis Tatú.
O.c: Cuando escuché parte de tu música encontré desde el nombre, una idea de cómo viejas violencias o formas de conquistas se procesan en nuevas formas de dominación atravesadas por la tecnología. ¿Hay algo de eso en el disco? ¿Fue una lectura que pensaste al construirlo?
Víctor: Hay mucho de lo que es el mundo actual en ese disco. También hay cosas que siento que no son solo de Venezuela. Incluso la última canción, “¿Con quién vamos?”, que termina con la línea “abre la puerta y deja el mundo entrar”. Es aprender también a abrirse al terror de lo que pasa en el mundo actualmente, como para que eso te llame a la acción, o también para no cegarse a esas cosas o andarlas barriendo por debajo de la mesa.
También hay canciones bastante relativas a, por ejemplo, la intervención de Estados Unidos en Venezuela. Hay dos canciones en ese álbum cerca de eso. También estaba pensando un poco en cosas que están pasando en el mundo y que, a pesar de tener conciencia de eso, uno no puede evitar tener como esa especie de ansia apocalíptica.
Hay varias canciones referidas a la guerra mundial, a los conflictos bélicos, el genocidio en Palestina, la guerra ruso-ucraniana, el alza de la derecha en América Latina. Son cosas que influyen y que está reflejado en ese álbum.
O.c: Recién nombrabas “¿Con quién vamos?”, un tema que me llamó particularmente la atención porque ahí construís un paisaje casi mítico, con el río, el caimán, Dios y la Virgen. ¿Cómo nació esa canción y qué te interesaba poner en relación entre esas distintas formas de experimentar y explicar el mundo, entre lo religioso, lo mítico y esas imágenes tan ligadas al territorio?
Víctor: Esa canción es interesante. Hay una novela venezolana, Doña Bárbara, que es como la novela venezolana por excelencia. Desgraciadamente nunca tuve muchas clases de literatura, no me mandaron a leer ninguna novela completa en mi vida, pero es como la novela paradigmática de Venezuela. La leí poco antes de hacer el álbum y fue una gran influencia, justo por esto que te hablaba del western.
Doña Bárbara es prácticamente un western criollo. “¿Con quién vamos?” es el título del primer capítulo de la novela, y las primeras líneas de la canción son las primeras líneas de la novela. Agarré ese escenario que plantea Rómulo Gallegos al inicio de la novela, de esta gente andando en esta canoa por el río del Llano venezolano, y lo expandí.
Esa primera parte es como una especie de metáfora o paralelismo. Tampoco me gusta decir que es una metáfora, porque siento que, si lo volvés una relación muy uno a uno, pierde un poco la gracia.
O.c: Recién me dijiste que en Venezuela no te hicieron leer mucho, y me quedó resonando porque, sin embargo, yo encuentro mucha literatura en tu música. ¿Cuánto hay de literatura en lo que hacés? ¿Y cuánto de eso apareció después, cuando ya eras más grande y te viniste a vivir a Uruguay?
Víctor: Ahora que lo mencionas, cuando dije que no me hacían leer mucho en Venezuela me refería más al sistema educativo. Es una educación bastante precaria. Pero en cuanto a mi hábito familiar, en realidad sí era bastante lector.
A mí, de chico, a los nueve o diez años, me regalaron Las crónicas marcianas. Después me regalaron cuentos de Edgar Allan Poe, libros de Julio Verne.Nunca en mi vida volví a leer tanto como leí a los doce o catorce años. De ahí viene ese bagaje literario. Mucha de esa literatura de terror, Edgar Allan Poe, Lovecraft.Hay muchas de mis canciones que son como una especie de cuentos de terror.
También soy bastante agnóstico y hay algo en esa especie de incógnita que me resulta estimulante: no tener una conclusión tan taxativa acerca de lo que es el mundo, de lo que es metafísicamente. Eso siempre me llegó y lo veía reflejado en esa literatura.
Más de grande, he leído pila de cosas que me han influido muchísimo. En Argentina, por ejemplo, Roberto Arlt que me encanta. Leí unas cuantas cosas de él y hay mucha de esa imaginería urbana, tan detallada, tan texturada, que me influyó bastante cuando estaba escribiendo Panamericana Babylon.
Hace poco estuve leyendo a una escritora uruguaya que se llama Armonía Somers, que tiene esta cosa muy surrealista, muy alucinatoria, que también me llegó bastante y me influyó mucho.
Crónicas marcianas es uno de mis libros favoritos. Es un libro escrito con una cosa muy poética, muy sensorial, muy alucinatoria. Hubo algo de eso que también se quedó bastante conmigo: toda esa historia, medio naif, sobre la conquista de Marte y las cosas que pasan con los marcianos, descritas de una forma tan poética. Eso se me quedó recontra marcado.
En Panamericana Babylon, por ejemplo, hay un par de referencias a novelas. Hay una referencia a Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri, que es otro de los libros más conocidos de Venezuela. Es una novela histórica. Esta fue la primera novela de realismo mágico, por cierto, como la que medio que fundó el género.
Occidental Cimarrón, que es como la canción treinta y pico del álbum, tiene referencias a esa novela. También hay una canción en ese álbum que recita un poema entero del Chino Mora, que es un poeta de allá, medio beatnik, de esa generación, influenciado por Jack Kerouac y esas cosas. Yo recito su poema “Amanecido bala” en una canción.
O.c: Recién hablábamos de tu agnosticismo y creo que esa tensión con la idea de Dios aparece bastante en tu música: hay una mirada crítica sobre la Iglesia, pero también una necesidad de buscar fe en otro lado. Yo creo que, de alguna manera, todos necesitamos aferrarnos a algo para hacer la vida más llevadera. ¿Vos a qué te aferrás? ¿Dónde encontrás esa fe?
Víctor: Soy más de la búsqueda espiritual por tu cuenta. Me definiría un poco más como panteísta: el universo es Dios o, si hay algo de divino, algo espiritual, algo inmaterial, no creo que esté sujeto a una norma moral subjetiva creada por el ser humano.
Justamente, creo que el agnosticismo, el panteísmo y todas esas cosas tienen que ver con admitir lo misterioso que es el universo y encontrar, en ese misterio, en esa incógnita, en ese no saber, también una razón para vivir. Es algo estimulante y apasionante: entender que nunca vamos a comprender del todo las cosas.
Si te ponés a ver, el ateísmo, el materialismo y todas esas corrientes ideológicas también son creaciones humanas, tanto como lo es Dios, el cristianismo o cualquier otra cosa. La subjetividad es, en algún punto, inescapable.Entonces es un poco adueñarse de ese misterio, de esa subjetividad, de esa posibilidad de percibir el universo de la forma que queramos. Es poner la divinidad en otras cosas, entender que hay cosas que están más allá de nuestro entendimiento y renunciar un poco a esa arrogancia de creer que lo sabemos todo o que algún día lo vamos a saber todo.
Porque tiene que haber lugar para el misterio siempre. Siento que es algo esencial de la vida y de cómo nos manejamos en el cosmos: entender que hay cosas que nunca vamos a entender y hacer un poco las paces con eso.
También tenemos que hacer las paces con el hecho de que el universo es una cosa indomable, que siempre se nos va a escapar de nuestro control. Y esa es un poco la historia de la humanidad: la historia de querer domar esa cosa incontrolable.
O.c: En “Crepuscular y descreído” empezás con una mirada bastante crítica sobre Barquisimeto, pero a medida que avanza la canción aparece también cierta ternura o cariño por ese lugar: hablás del calor, de la incertidumbre del día a día. ¿Cómo nació esa canción y en qué momento esa mirada crítica sobre la ciudad empezó a transformarse en una mirada más afectuosa?
Víctor: Es un poco la historia de mi vida también. Justo por lo que te decía de hacer las paces con el caos, con la incertidumbre y con la impredecibilidad.
Yo, cuando era preadolescente, odiaba Venezuela. Me quería ir a la mismísima mierda desde el día uno. Soñaba con irme a Europa. Y es un poco lo que describo en esa canción. Llegó un momento en el que dije: “Bueno, en algún nivel tengo que aceptar este lugar o, si no, me voy a pegar un tiro, básicamente”. Es como una especie de recontextualización de los lugares a partir de descubrir, no necesariamente lo que está bueno en el sentido estricto de la palabra, sino encontrarse con las cosas que tiene esa ciudad.
Es gracioso porque no es solo acerca de Barquisimeto, sino también de Cabudare, que es el pueblo satélite de Barquisimeto, donde yo vivía. Es un lugar realmente muy estancado. No hay mucho lugar a donde ir, no hay muchas cosas que puedas hacer con tu vida en ese lugar.
Pero esa canción habla de aprender a amar el pueblito básicamente. Y siento que eso es lo que me pasó un poco. Me fui de Barquisimeto a vivir a Mérida y descubrí lo mucho que, en el fondo, me gustaba vivir ahí y lo que significa ser de ahí.
O.c: Pienso en ese y en las críticas, a veces bastante violentas, que aparecen en el disco, pero que siempre están atravesadas por el humor y cierta ironía. ¿Qué lugar ocupa el humor en tu música y qué importancia creés que tiene hoy, en un contexto social y político tan convulsionado, particularmente en Latinoamérica?
Víctor: El humor es esencial para sobrevivir. El humor me ayudo hacer las paces con Venezuela. Hay mucho de aprender a convivir con la adversidad y gozar un poco de ella. Pero también está balanceado con otra cosa, porque tampoco está bueno que dejemos que las cosas terribles existan y que las injusticias sigan tomando su lugar.
Es una cosa contradictoria: aprender a vivir, encontrar la forma de hacer que la vida sea soportable, encontrar placer en la adversidad, pero también abogar por un mundo mejor. Parece contradictorio en principio, pero siento que es una postura que a mí me funciona: aprender a gozar de la incertidumbre o de la adversidad también a través del sentido del humor.
Hay mucho humor negro en el álbum sobre cosas que pasaron en realidad. Y, en general, también está bueno que en el arte no sea todo solemne. Está bueno cortar la grandilocuencia con humor, entender que todo es un ecosistema de emociones. Que algo sea importante, potente o que tenga que tomarse muy en serio no significa que no pueda tener algo de humor en el medio.
Siempre me acuerdo la escena de una película que se llama A Perfect World. En la que llegan a un lugar donde hay un cadáver y una periodista que está con ellos vomita. Están todos ahí, frente a la situación, y alguien hace un chiste. Y creo que dice algo así como: “You’re gonna need it”, hablando del humor.Me gusta mucho esa idea.
O.c: Te escucho hablar del disco y aparece mucho esta idea de escaparse, de irse, de buscar libertad. Y hasta en lo estrictamente musical hay algo de eso: sacar tres discos en un año parece casi una decisión anticomercial y antialgorítmica, porque necesariamente alguno puede pasar más desapercibido. ¿Qué significa para vos la libertad? ¿Es algo que realmente podemos alcanzar o es más bien una búsqueda permanente, algo a lo que siempre estamos tratando de acercarnos, aunque sepamos que la libertad absoluta no existe?
Víctor: Creo que la libertad y la idea de que es la libertad es una temática esencial del western. Muchas veces, en esas películas, los personajes intentan escapar hacia una especie de libertad propia, pero después descubren que tal cosa es una ilusión o que es algo mucho más complicado de lo que aparentaba en un primer momento.
También hay una idea de la libertad como algo muy individual: “Me voy a la mierda y me olvido de los problemas del mundo”. Pero, en realidad, somos comunidades, somos seres humanos que necesitamos de la compañía. Entonces hay algo de la libertad que también puede ser muy solitario y que no necesariamente es tan deseable.
Para mí es una idea muy ambivalente, una cosa que ansiamos constantemente y que también ensalzo en cierto nivel:esta idea de que el mundo es un lugar gigantesco, de perderse un poco en su inmensidad, sentirse maravillado por ella y sentir la libertad de explorarlo.Pero también hay que entender lo que eso implica. La libertad implica responsabilidad, implica peligro, implica exponerse a lo más terrible del mundo.
Hay canciones en el álbum que hablan de desgracias que le pasan a la gente en esa carretera, y que también tienen que ver con ese tema de la libertad: el mundo, a la larga, es un lugar complejo y peligroso en el que las cosas no salen gratis. La libertad tampoco. Es algo bastante elusivo.
En cuanto a sacar tres álbumes al año, es la forma en la que quiero hacer música. No diría que no tomo en cuenta lo que pueda pensar otra persona, pero quiero que sea la exploración más honesta posible de lo que yo quiero hacer, de lo que a mí me gusta, sin pensar “esto va a pegar porque ahora es popular” o “esto es lo que funciona”.
Quiero hacer la exploración más sincera de lo que quiero hacer. Si eso significa sacar tres álbumes al año, saco tres. Si significa sacar cinco, seis o siete, los saco. Y si eso cae afuera y conecta con alguien, mejor todavía, porque no lo hiciste pensando en conectar, sino desde tu exploración más sincera posible. Cuando eso efectivamente conecta con la gente, es mejor aún, porque estás conectando con alguien a un nivel muy franco, muy honesto.
O.c: Para cerrar, ¿cómo sigue el año en lo que tiene que ver con los shows? Sos muy prolífico grabando y sacando música, pero después también está la necesidad de llevar esos discos al vivo. El año pasado sacaste tres álbumes: ¿cómo haces para presentarlos en vivo? ¿Tenés próximas fechas o presentaciones de estos discos?
Víctor: Es música muy compleja de llevar a una banda en vivo, porque no la hago tan mentalizado en cómo voy a poder interpretarla después.
De Café Atómico, en general, hubo tres toques. Uno en 2024, con banda, acá en Uruguay. Otro también en 2024, en Barquisimeto, Venezuela, donde estaba yo en guitarra y otro amigo músico, García Gómez, en la otra guitarra, con las pistas de percusión de fondo.
Después hace tres meses, tuvimos otro toque, que viene siendo el formato que mejor traslada las intenciones de la música al escenario. Soy yo en guitarra y Matías Rodríguez, que es el que me está produciendo el álbum ahora y que tiene su propio proyecto musical, Familia. Él está con una laptop, sintetizadores modificando mi voz a través de Ableton, además de las pistas de percusión y bajo. Somos los dos en el escenario. Eso fue lo que hicimos el 20 de junio y, hasta ahora, es el formato que mejor funciona.
Tengo planeado ir a Argentina, a Buenos Aires, a finales de noviembre, el 28 o el 29. Estamos organizando eso. Voy a tocar con una banda que se llama Peppa Lugosi, que es una banda de venezolanos en Buenos Aires.
La idea es seguir con este formato mientras tanto, pero quiero expandirlo: tener otro bajista en el escenario, otro guitarrista y, eventualmente, algún baterista también. Creo que el proyecto va a necesitar un baterista y alguien en otro tipo de percusión al mismo tiempo, así que estamos viendo cómo adaptar todo eso.
Es una búsqueda que estoy haciendo. La verdad es que, en cuanto a presentaciones, lo prolífico de los álbumes no se refleja en la actividad del proyecto en vivo, justamente porque es difícil pasar de una cosa a la otra. Pero se está intentando, y la intención es que cada vez haya más presentaciones en vivo.