Julieta Laso lanzó el pasado 11 de septiembre Fabriquera, su sexto disco solista, producido junto a Daniel Melingo durante dos años de trabajo. El álbum vuelve sobre el tango, el lunfardo y la poesía del arrabal, pero también abre un espacio para canciones de otros territorios como la poesía y otras memorias. La muerte de Melingo, ocurrida en junio de este año, le suma una dimensión inesperada a un disco que ya estaba atravesado por el vínculo entre ambos: Fabriquera terminó convirtiéndose también en uno de los últimos registros de su trabajo y en una forma de continuidad para una relación artística que había empezado mucho antes de que compartieran un estudio.
Para pensar este disco y su importancia habría que retrotraerse a cuando Julieta Laso tenía 16 años y escuchó por primera vez Tangos Bajos, el disco que Melingo publicó en 1998 y que marcó su regreso al tango desde un lenguaje atravesado por el arrabal, el lunfardo, el rock y una mirada contemporánea sobre la tradición tanguera. Claramente, después llegarían otras influencias a la vida de la intérprete y su vínculo con La Orquesta Fernández Fierro, sus discos solistas y el teatro.
Pero la relación entre Melingo y Julieta se produjo en Café Berlín, cuando Melingo la convocó para cantar “El tango del vampiro” y “Este cuore”. A partir de ese momento compartieron giras, conciertos y un amor profundo por el tango. Laso lo acompañó durante la grabación del disco y el documental Tangos Bajos (rework), editado recientemente. Después vendría la idea de hacer un disco producido por el propio Melingo.
El tiempo de producción es importante para entender Fabriquera. La intención era alejarse de la idea de que cantar tango implica necesariamente hacerlo desde la potencia, sino desde la presencia. En el disco, la voz ocupa el centro, pero no por su volumen, sino por su presencia y fraseo.
La producción se apoya en una formación de músicos que permite que las canciones respiren. Javier Casalla en violín, Camilo Ferrero en bandoneón, Patricio Cotella en contrabajo, Agustín Della Croce en cello y Muhammad Habbibi en trombones construyen un entramado donde el arreglo acompaña sin ocupar el centro. Melingo suma guitarra, tzouras, clarinete, voces y coros, además de intervenir en la producción. Vicentico y Kubero Díaz aparecen como invitados.

El repertorio es uno de los grandes atractivos del álbum. Fabriquera reúne composiciones del propio Melingo y canciones construidas a partir de textos de poetas vinculados con el arrabal como Carlos de la Púa, Julián Centeya y Evaristo Carriego. También aparecen las letras de María Celeste Torre y una canción de Patxi Andión. El resultado no es exactamente un disco de rescate ni un ejercicio de nostalgia: Laso entra en esos materiales desde una voz contemporánea y consigue que convivan distintas épocas dentro de un universo que suena actual.
La canción que abre y da nombre al álbum, “Fabriquera”, parte de un texto de Carlos de la Púa. Allí aparece una mujer trabajadora, pobre, vinculada al mundo del taller y del arrabal. El lunfardo no está puesto como una decoración de época: es el lenguaje desde el cual se construye el personaje. Palabras como “mistonga”, “taquero”, “canfinflero” o “rantifuso” forman parte de una Buenos Aires donde el trabajo, el deseo, la marginalidad y la desigualdad conviven en una misma escena.
“¿Qué será de ti?”, compuesta por Evaristo Carriego – Melingo, lleva al disco a una zona más melancólica. La pregunta por quien se fue se convierte en una canción sobre el paso del tiempo y la distancia. No es más que la historia de alguien que se fue y desapareció para convertirse en un recuerdo.
Mientras que “Este Cuore” tiene una historia particular dentro del disco. La canción fue compuesta por Melingo a partir de los versos de Julián Centeya y formó parte de aquel elogiado disco Tangos Bajos. Es también uno de los primeros temas que Laso cantó junto a Melingo cuando comenzó su relación artística con él. El personaje de ese “cuore” demasiado sensible, condenado al desencanto amoroso y al sufrimiento, concentra buena parte del universo que ambos compartieron: lunfardo, ironía, vulnerabilidad y una manera de convertir la derrota en canción.
En “Gatiyo”, de Fabio Lacolla, aparece otra figura del arrabal: como algunas de las grandes historias del cancionero tanguero, está atravesado por alguien que ha vivido la pobreza, el cansancio y una relación que se desmorona. La canción está llena de imágenes callejeras y un lenguaje áspero, pero en el centro de la canción está la imposibilidad de seguir esperando. Laso, en su manera de cantar, trae ese personaje casi al frente de quien la escucha.
Llegamos al cuarto tema y aparece “Pequeño paria”, de Daniel Melingo y María Celeste Torre. La canción profundiza más ese costado oscuro. Incluida originalmente en Maldito Tango, presenta un niño marcado por el abandono, la violencia y la falta de afecto. En esa historia, interpretada en esta ocasión por Julieta Laso y con Vicentico de invitado, hay imágenes de sangre, muerte y soledad. Pero también aparece la necesidad de un arrullo, de alguien que lo cuide porque, al fin y al cabo, todos necesitamos de un otro. “Pequeño paria”, en estas épocas y dentro del contexto del disco, es sin duda uno de los momentos más dolorosos de Fabriquera.
Ese recorrido ayuda a entender que el arrabal de Fabriquera no es solamente una estética. Hay detrás una preocupación por las voces que quedaron en los márgenes, por las historias que no suelen ocupar el centro y por una memoria popular que sobrevive a través de las canciones. Melingo trabajó buena parte de su obra desde ese lugar y Laso incorpora esa mirada en este trabajo sin convertirla en una reconstrucción arqueológica del tango, sino todo lo contrario: la vuelve contemporánea.
Un ejemplo de esto puede ser “El paso de la siguiriya”, poema escrito por Federico García Lorca. La canción parte del poema incluido en Poema del cante jondo y musicalizado por Melingo. Dentro del disco funciona como una pieza particularmente oscura y ritual, donde el dolor aparece menos como una historia individual que como una experiencia colectiva. El flamenco, la poesía y el universo tanguero se cruzan en una canción que parece avanzar por imágenes y una forma de cantar muy particular, lo que la vuelve una de las joyas del disco.
En el otro extremo aparece “Con toda la mar detrás”, de Patxi Andión, incluida originalmente en Palabra por Palabra (1972). La canción se aparta del repertorio ligado a Melingo y entra al álbum por una vía familiar: se trata de una pieza que Laso conoció de chica a través de su padre. Parte de una historia real de naufragio: de los 37 pescadores que salen al mar, solo uno sobrevive. Andión convierte esa tragedia en el retrato de un hombre atravesado por la culpa, el alcohol y la imposibilidad de volver a ser quien era. La canción tiene algo de crónica popular, de historia que se transmite de generación en generación.
Del disco también participa aportando sus letras María Celeste Torre. Su escritura aparece en distintos momentos de Fabriquera y alcanza un lugar significativo hacia el final con “Agúita de Javel” y “El futuro del amor”.
La primera es, sin duda, otra de las joyas del disco, una canción que tranquilamente podría formar parte de una guitarreada y que sirve como respiro para alejarse por ahí del sonido típico del tango para meterse en el aire folclórico del disco. La canción relata la necesidad de volver a encontrarse, pero también está atravesada por el encierro y la fuga. La imagen de los esclavos que escapan, la llave que abre el candado y la mesa que se libera para compartir el pan construyen una canción donde la comida funciona como una forma de hacer comunidad y de resistencia hacia la opresión. Dentro de Fabriquera, “Agúita de Javel” aporta un contrapunto luminoso a las zonas más oscuras del repertorio. Es una canción de María Celeste Torre y Melingo que, frente a otros personajes solitarios del álbum, propone una salida colectiva: escapar, reencontrarse y recuperar un espacio común. Tal vez quienes seguimos o alguna vez tuvimos la oportunidad de hablar con Julieta Laso sabemos lo importante que es en su mundo lo colectivo para escapar de un mundo muchas veces hostil.
Llegando al final nos encontramos con “El futuro del amor”. Julieta abandona por un momento los personajes derrotados y las escenas oscuras para imaginar una salida común: semillas que florecen, abrazos frente a las tormentas, nuevas estaciones y la posibilidad de seguir creciendo juntos. Esta canción es un ejemplo de que no estamos ante un disco encerrado en la tristeza que muchas veces encarna el tango. Incluso cuando parte de este repertorio hable del abandono, la pobreza, la muerte, la soledad o el desarraigo, siempre hay una búsqueda de transformación y de seguir adelante cueste lo que cueste.
En esa línea también se encuentra “Pendiente”, que cierra el disco. La canción, con una impronta folclórica importante y cantada junto a Melingo, tal vez sea una de las últimas grabaciones compartidas de Melingo en los discos de otros. La canción trabaja sobre la unión de elementos diferentes —carne y tierra—, sobre las cicatrices y sobre aquello que permanece vivo pese a las marcas del pasado.
Al terminar el disco, tal vez entendamos que Fabriquera termina siendo una nueva manera de transmitir esas canciones tan necesarias en estos tiempos, donde la poesía, pero sobre todo algunas historias, son necesarias traer al presente. Por eso Laso recupera canciones de distintas épocas y las vuelve a poner en circulación, esta vez dándoles una nueva interpretación formada por la propia experiencia de la artista. Esa experiencia que le dio la calle, el tango, el folklore, el teatro, pero sobre todo su propia manera de sentir la música desde lo sentimental, lo social, lo político, pero sobre todo desde lo comunitario. Por su parte, Melingo, desde la producción, no hace más que llevar este disco un paso más allá y resaltar la voz y la forma de cantar de Julieta Laso sin tomar demasiado protagonismo con su voz, simplemente con sus instrumentos y su voz en una sola canción, que es “Pendiente”, como frutilla del postre.