Terminó la espera y la programación del Festival Nacional de Folklore de Cosquín 2027 ya está entre nosotros. Como siempre, con algunas novedades, algunas ausencias que llaman la atención y una programación que vuelve a mirar hacia lo que suena, pero también hacia la necesidad de renovarse y, como todo festival, de intentar captar nuevos públicos.
En ese sentido, Cosquín viene incorporando desde hace varias ediciones algunas sorpresas a su programación. Los Caligaris, Bersuit, La Delio Valdez, Cazzu y Milo J fueron algunos de los nombres que, en los últimos años, llegaron al escenario Atahualpa Yupanqui desde lugares diferentes a los del folklore más tradicional. Este año, las novedades pasan por la incorporación de Trueno, Los Tabaleros y Q’ Lokura. La presencia de Raúl Lavié y su Quinteto suma, además, una pata tanguera, mientras que Florián aparece también dentro de una programación que vuelve a cruzar distintas escenas. A eso se suma el regreso de Los Jaivas a Cosquín después de varias décadas de ausencia y los festejos por los 80 años de Víctor Heredia.
Con la grilla terminada, entre el sábado 23 y el domingo 31 de enero, las nueve lunas volverán a reunir en el escenario Atahualpa Yupanqui a figuras históricas del folklore, artistas consagrados, nuevas generaciones y, como todos los años, ganadores del Pre Cosquín.
Algunos de los referentes ya son, a esta altura, casi infaltables dentro del festival. Soledad será el número central de la primera luna; Los Nocheros estarán en la segunda; Luciano Pereyra en la tercera; Abel Pintos en la cuarta; Los Tekis en la sexta; el Chaqueño Palavecino en la séptima; y Dúo Coplanacu será uno de los nombres fuertes de la última noche. También estarán Los Manseros Santiagueños, Cuti y Roberto Carabajal, Néstor Garnica, Bruno Arias, Leandro Lovato, Peteco Carabajal y Horacio Banegas, estos últimos dos compartiendo escenario con su nuevo proyecto.
A ellos se sumarán homenajes y celebraciones que vuelven a poner en primer plano la memoria. Víctor Heredia celebrará sus 80 años; Zamba Quipildor, sus 60 años de trayectoria, acompañado por Darío Volonté, el Coro de Cosquín y otros invitados; Los de Imaguaré festejarán sus 50 años junto a Nahuel Pennisi y Los Alonsitos; y Hugo Díaz será homenajeado a cien años de su nacimiento por Mavi Díaz, José Colángelo, Franco Luciani, Peteco Carabajal, Las Folkies y el Ballet Oficial. También habrá delegaciones de Perú, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Japón y España.
Como todos los años, la grilla vuelve a poner sobre la mesa una discusión que muchas veces excede a los propios programadores: qué consumen las nuevas generaciones, qué lugar tienen los nuevos cruces musicales y cuánto necesita aggiornarse un festival como Cosquín para seguir siendo convocante sin perder aquello que lo convirtió en lo que es.
En esa discusión aparece una pregunta central: ¿qué lugar ocupa hoy el folklore dentro de la música popular argentina? Y, a partir de ahí, otra todavía más amplia: ¿cuánto necesita aggiornarse Cosquín para seguir siendo un escenario representativo de esa música popular?
Porque una grilla no sólo enumera artistas. También muestra qué decide poner en el centro, qué tradiciones busca preservar, qué nuevas expresiones está dispuesto a incorporar y, en definitiva, qué idea de música popular argentina quiere poner en escena.
Una tradición que también supo romper
Una de las características más evidentes de la edición 2027 es la fuerte presencia de artistas que forman parte de la historia del festival y del folklore argentino. Algo que, por más que aparezcan nuevas incorporaciones, Cosquín sigue sosteniendo año tras año.
La presencia de figuras como Víctor Heredia, después del homenaje a Teresa Parodi en la edición anterior, vuelve a mostrar esa necesidad de mantener un vínculo con artistas y repertorios que fueron fundamentales para construir la identidad del festival.
Pero si algo demuestra la historia de Cosquín es que la idea de “folklore” nunca fue completamente estática.
Por eso, si repasamos algunas de las discusiones que aparecen cada vez que un artista proveniente de otra escena llega al escenario Atahualpa Yupanqui, la presencia de Trueno o Q’ Lokura tampoco debería resultar completamente inesperada.
La controversia ya apareció cuando Divididos pisó el escenario. También cuando Mercedes Sosa invitó a Charly García. Mucho antes, el Cuarteto Leo había llegado al festival. Y más recientemente, Cazzu y Milo J formaron parte de la programación.
Es decir, la discusión sobre qué puede entrar y qué debe quedar afuera de Cosquín no comenzó este año. La incorporación de artistas que, para algunos sectores, se encuentran por fuera de una definición más tradicional del folklore forma parte también de la historia del propio festival. Cosquín no siempre fue solamente un lugar de conservación: también fue escenario de cruces, discusiones y tensiones alrededor de qué músicas podían formar parte de la cultura popular argentina.
Por eso, quizás el debate actual no debería reducirse a si Trueno o Q’ Lokura “son folklore” o no.
La pregunta puede ser bastante más interesante: ¿Cosquín es un festival de folklore en un sentido estricto o es un festival de música popular argentina que tiene al folklore como uno de sus principales puntos de partida?
En ese sentido, la grilla vuelve a apostar fuerte por las celebraciones. Y esos homenajes cumplen una doble función. Por un lado, reconocen trayectorias y repertorios fundamentales. Por otro, permiten que una parte de esa historia vuelva a ponerse en circulación frente a un público que quizás no necesariamente tuvo contacto directo con ella.
El problema aparece cuando la memoria empieza a ocupar demasiado espacio. No porque haya que dejar de homenajear a quienes construyeron la historia del folklore. Al contrario. Un festival como Cosquín tiene entre sus responsabilidades preservar y transmitir esa memoria.
La pregunta es cómo hacerlo sin que el pasado termine convirtiéndose en la única forma de imaginar el futuro. Y ahí aparece una de las preguntas que cada año vuelve a plantear la grilla: ¿cómo se construye la memoria de un festival sin que esa memoria termine ocupando demasiado espacio frente a las músicas del presente?
En esa búsqueda de renovación, el Pre Cosquín ocupa un lugar mucho más importante del que quizás suele reconocerse.
A lo largo de las nueve lunas estarán presentes el Solista Vocal, el Solista de Malambo Femenino, el Conjunto Instrumental, el Conjunto Vocal, la Pareja de Baile Estilizado, el Solista de Malambo Masculino, la Canción Inédita, el Conjunto de Baile, la Pareja de Baile Tradicional, el Dúo Vocal, la Expresión Oral Folklórica y el Solista Instrumental, entre otras categorías.
También llegarán al escenario mayor Campedrinos, como Consagración Cosquín 2026; Wara Calpanchay, como Revelación; y Juan Manuel Bilat, destacado de Espectáculos Callejeros 2026.
El Pre Cosquín funciona como una puerta de entrada para artistas que todavía no tienen el reconocimiento de las grandes figuras y permite que nuevas generaciones encuentren un espacio dentro de una estructura que, de otro modo, podría quedar demasiado concentrada en los nombres ya consagrados.
El desafío, quizás, sea que esa puerta de entrada tenga cada vez mayor visibilidad y que los artistas que llegan desde allí no sean solamente una parte obligatoria de la programación, sino también una verdadera apuesta por el futuro del festival.
Puede parecer menos llamativo que anunciar a Trueno o Q’ Lokura pero probablemente sea una de las herramientas más importantes que tiene el festival para construir futuro.
Q’ Lokura estará en la octava luna. Florián aparecerá en la novena. Natalie Pérez y Valentino Merlo serán parte de “Canción con todos”, junto a Lito Vitale, Juan Carlos Baglietto y Patricia Sosa.
Mientras que la gran sorpresa será Trueno, que estará en la última luna. La presencia del músico de La Boca es significativa porque se trata de uno de los referentes de una escena musical diferente, vinculada al rap y a la música urbana. Que comparta la última noche con Dúo Coplanacu, Pachi Herrera, Fabricio Rodríguez y Florián abre una discusión interesante sobre los límites de la programación.
La pregunta no tiene por qué ser si Trueno es o no es folklore. Puede ser otra: ¿qué entendemos hoy por folklore? ¿Y qué entendemos por música popular argentina?
También hay una dimensión que muchas veces queda afuera de esta discusión: la económica. Cosquín es un festival cultural, pero también es un evento que necesita convocar público, sostener una estructura de producción y lograr que nueve noches sean viables o, por lo menos, dar la menor pérdida posible. En ese sentido, la incorporación de artistas provenientes de otras escenas puede leerse también como una búsqueda de nuevos públicos, como hace rato lo vienen haciendo festivales como La Chaya, Jesús María o, sin ir más lejos, Cosquín Rock.
Eso no invalida necesariamente la discusión artística. Al contrario: la vuelve más compleja. Un festival necesita conservar una identidad, pero también necesita preguntarse quiénes son los públicos que quiere convocar dentro de cinco, diez o veinte años.
La llegada de Trueno, Q’ Lokura o artistas como Valentino Merlo puede ser leída como una forma de acercarse a nuevas generaciones. Pero también puede ser el comienzo de una discusión más profunda sobre los límites de aquello que Cosquín entiende como música popular.
El tiempo dirá cuál de esas posibilidades termina teniendo mayor peso. Pero la decisión está allí y merece ser observada.

Lo que está y lo que no está
Una programación también se puede leer desde sus ausencias. Por supuesto, nueve noches no alcanzan para representar toda la escena folklórica argentina. Tampoco sería justo convertir la ausencia de un artista determinado en una acusación contra el festival. Cada programación responde a decisiones artísticas, económicas, de disponibilidad y de producción que no siempre son públicas.
Pero estar o no estar en Cosquín tampoco es un dato menor. Para algunos artistas, formar parte de la programación del festival significa mucho más que tocar durante una noche. Pero también hay que entender que, si ponemos a todos los “infaltables de la escena folklórica”, como pueden ser Jorge Rojas, Raly, Jairo, entre tantos otros, no habría espacio para los nuevos. Sería una grilla interminable y, al mismo tiempo, imposible desde los tiempos económicos que transitamos hoy.
En ese sentido, creo que la ausencia de algunos de estos artistas no está mal. También hay que darle espacios a otros y, al mismo tiempo, algunos artistas pueden preferir dedicarse, por ahí, a hacer teatros o propuestas más íntimas antes que estar en un festival. Eso no quiere decir que el festival no los tenga en cuenta, que sean ninguneados o que el artista odie el festival.
Si aparecieran en la grilla sistemáticamente los mismos nombres, también nos preguntaríamos por qué están siempre los mismos. ¿Dónde está la nueva canción de raíz? ¿Qué lugar tienen los artistas que están cruzando folklore con electrónica, rock, jazz o hip hop? ¿Qué pasa con las nuevas escenas independientes? ¿Cuánto espacio existe para aquellos músicos que están trabajando sobre la tradición desde lugares que no necesariamente encajan en los circuitos habituales?
En ese sentido, no se trata de pedir que todo entre en Cosquín, sino de observar qué mapa musical construimos como país y qué parte de ese mapa elige mostrar un festival. Porque una ausencia individual puede no significar demasiado. Pero cuando determinadas escenas, generaciones o formas de entender la música quedan repetidamente en los márgenes, la pregunta deja de ser solamente por un artista y empieza a ser por la idea de folklore que una institución decide representar.
En ese sentido, creo que Cosquín viene hace años intentando demostrar, con buenas o malas decisiones según nuestros gustos y pensamientos, que puede mostrar, a veces en mayor o menor medida, un mapa musical amplio, donde pueden convivir Raúl Lavié, Víctor Heredia, Peteco con Florián o Trueno, pasando por los innumerables artistas que están en el medio, como La Sole, Los Nocheros, Nahuel Pennisi y tantos otros.
El desafío de aggiornarse
Que Cosquín se renueve no quiere decir que deje de ser Cosquín. De hecho, buena parte de su historia ha demostrado que la tradición y la ruptura dentro de la grilla convivieron muchas veces.
El desafío vuelve a ser, tal vez, cómo hacemos para ampliar la conversación sobre el folklore sin que la tradición quede reducida a contratar cada año a las mismas figuras, o que contratar una figura de otro género sea siempre una sorpresa o, mejor dicho, un tema de discusión en las redes y en las charlas entre quienes asisten año tras año al festival.
Tampoco se trata de sumar nombres nuevos solamente por su convocatoria joven. En eso, creo que tanto Milo J, con La vida era más corta, como Trueno, por ahí más alejado del folklore, también muestran un país y una tradición que, como en el caso del último, convive en Tierra Santa con Víctor Heredia o invitando, en el Cosquín Rock del año pasado, a León Gieco. O cuando canta: “Mi Argentina querida, la tierra donde nací / Sangre de cóndor andino, de puma, de coatí…”. En esas letras también hay folklore y tradición.
La grilla 2027, nos guste más o menos, tiene un poco de todo: desde nombres históricos y homenajes hasta los infaltables de los últimos años y artistas jóvenes que cruzan, de una manera u otra, tradición con sonidos nuevos. Y, como todo movimiento social y cultural, genera preguntas, debates y, de ese modo, otro año más Cosquín Folklore no se salvó.
Pero lo importante no es tanto determinar si la programación debe ser tradicional o moderna, sino observar cómo Cosquín intenta convivir con las dos cosas.
Porque el folklore nunca fue una música quieta. Lo que hoy llamamos tradición alguna vez también fue una renovación.