Conociendo Rusia en Quality: cuando las canciones quedan a solas con Mateo

Mateo Sujatovich llegó a Quality para presentar Conociendo Rusia presenta Mateo. Desde el comienzo el lider de Conociendo rusia se paró solo frente al público, con una guitarra y una armónica. El comienzo tuvo algo de postal conocida, el músico, el instrumento y la canción, en una escena que remite inmediatamente a la tradición de los grandes cantautores, de Bob Dylan a Neil Young, pasando por León Gieco. Acto que puede leerse como un gesto de homenaje a algunos de quienes seguramente fueron sus referentes, pero también como una declaración de principios: antes que cualquier producción, antes que los loops y las luces, están las canciones.

Desde ahí, Conociendo Rusia presenta Mateo Sujatovich empieza a crecer. Lo que podría parecer un show acústico tradicional rápidamente incorpora otros recursos. Aparecen loops y diferentes capas que Sujatovich dispara desde el escenario para reconstruir sus canciones en tiempo real. En un momento deja la guitarra y pasa al piano. El formato cambia, pero la cercanía se mantiene.

El recorrido comienza con “Cicatriz”, seguida por “Se me hizo tarde”, “Bruja de Barracas” y “Disfraz”. Canciones que, en otros contextos, pueden formar parte de un espectáculo de banda mucho más grande, acá adquieren otra dimensión, más cercana a la escena cancionista o trovadora. Un movimiento que deja a la canción, la voz y las letras más expuestas.

La particularidad del show está justamente en que no se trata simplemente de tocar las canciones de Conociendo Rusia en versión acústica. Mateo las desarma, las vuelve a armar y encuentra diferentes maneras de hacerlas funcionar estando solo arriba del escenario.

Después de trabajar con loops y voces grabadas, llega el momento del piano y con él “Solo para mí”. Mateo canta y el público responde. Esa canción que parece escrita desde un lugar individual termina convertida en un momento colectivo. Es una escena que se repite durante la noche: canciones que fueron escritas por una persona y que, con el tiempo, terminaron formando parte de la vida de muchas otras.

El repertorio funciona también como un recorrido por distintas etapas de Mateo como compositor. Como dice el propio músico: “Hay canciones que las escribió otra persona y hay otras que me parece que las escribió la misma persona porque le pasan las mismas cosas”. Una idea que puede extenderse a casi las dos horas que dura el show. Aunque las canciones fueron escritas en momentos diferentes, hay algo que las conecta: una sensibilidad y una manera particular de hablar de los vínculos, el deseo, las pérdidas, el paso del tiempo y esas pequeñas situaciones cotidianas que Sujatovich convierte en canciones.

“Cosas para decirte”, “Luces de neón”, “Montaña infinita”, “Lo mejor” y “Jet Love” conviven con “Cabildo y Juramento”, “Loco en el desierto”, “La mexicana” y “Quiero que me llames”. También aparecen “Cinco horas menos”, “Te lo voy a decir” y “Películas de acción”, construyendo un recorrido que no parece pensado solamente para repasar una discografía, sino para mostrar cómo esas canciones fueron adquiriendo otra vida con el paso de los años.

También está el humor. En medio del concierto, Mateo transmite en vivo por Instagram y juega con esa situación, como si por un instante el escenario y el teléfono fueran parte de la misma escena. Porque Sujatovich no interpreta el personaje del cantautor solitario. Está ahí, solo, pero habla, bromea, se equivoca, cambia de instrumento, arma loops y conversa con el público. La intimidad no aparece como una pose, sino como consecuencia del formato.

Quizás ese sea uno de los mayores atractivos de esta propuesta. Cuando no hay una banda completa detrás, algunas canciones parecen recuperar su punto de partida. La melodía queda desnuda. Una frase que antes podía perderse entre guitarras, batería y bajo aparece ahora en primer plano.

Hay canciones como “Cabildo y Juramento” que ya tienen una historia propia. “Loco en el desierto” también. “Quiero que me llames” provoca esa reacción inmediata de quienes reconocen la canción desde los primeros acordes. Son temas que dejaron de pertenecer exclusivamente al momento en que fueron escritos para convertirse en parte de la memoria de quienes los escucharon.

El show también permite ver cuánto hay de tradición en la música de Conociendo Rusia. Ese comienzo con guitarra y armónica, con ecos de Dylan, Neil Young o Gieco, no parece un detalle menor. Es una manera de ubicarse dentro de una historia de canciones que pueden sostenerse con muy poco. Y algo similar sucede cuando Sujatovich se sienta al piano: por momentos, el formato remite a los shows de piano solo de Fito Páez, donde la canción vuelve a ocupar el centro de la escena.

Después vendrán los recursos tecnológicos, los arreglos y las diferentes posibilidades que ofrece el formato, pero la raíz está ahí: una persona, una canción y la necesidad de contar algo.

Hacia el final, cuando llegan “La mexicana” y “Quiero que me llames”, el escenario ya no necesita demasiado. Las canciones hacen su trabajo. Mateo puede apoyarse en una guitarra, en el piano, en un loop o directamente en la voz del público.

No es simplemente una versión más chica de la banda ni un intervalo entre grandes producciones. Es una forma de volver a mirar las canciones desde cerca, de comprobar cuánto pueden cambiar cuando se modifica el contexto y, al mismo tiempo, cuánto permanece.

Conociendo Rusia presenta Mateo Sujatovich funciona, en definitiva, como una vuelta al origen. Porque después de tantos años, las canciones ya no son solamente de quien las compuso: también son de quienes las hicieron parte de su propia historia.