Luz Pereyra llega a Córdoba después de varios años de construir una carrera que comenzó en Santa Fe, cuando tenía apenas 14 años y formaba su primera banda. Pasó por Bajo Presión y Alguien Mató Algo, grabó discos, giró y compartió escenario con bandas como Los Tipitos, Tan Biónica, Utopians, Bigger, Connor Questa y Cirse. En 2018 se mudó a Buenos Aires y comenzó una nueva etapa: la de un proyecto solista que le permitió tomar sus propias decisiones y, al mismo tiempo, asumir todo lo que implica sostener una carrera independiente.
Su primer disco, Vernos Cambiar, fue editado por Goza Records, el sello de Barbi Recanati y Futurock, y contó con la participación de Brenda Martin, de Eruca Sativa, y Diego Sánchez, de La Bomba de Tiempo. En 2024 publicó Salvadía, un álbum que profundizó su búsqueda dentro del pop/rock alternativo y del que se desprenden canciones como “Enciendo” y “Voy al ritmo”. Después llegaron nuevos singles, entre ellos “Sin Wifi” y “En Alguna Parte”.
Ahora, Pereyra atraviesa una nueva etapa creativa. Mientras trabaja junto a distintos productores en las canciones de su próximo álbum, también se prepara para presentarse en Córdoba como parte de la primera edición de Proliferación, el ciclo que el sábado 12 de septiembre reunirá en Sala 12 a More Molteni, Lara Pía y Luz Pereyra.
En la previa de esa presentación, hablamos con la artista santafesina sobre sus comienzos, el paso de las bandas al proyecto solista, la experiencia de editar su primer disco con Goza Records, la vulnerabilidad puesta en juego en sus canciones y la necesidad de encontrar nuevas formas de hacer música en una escena atravesada por las redes sociales, la exposición y la saturación de propuestas. También sobre las heridas, las personas que dejan marcas y esas canciones que aparecen cuando ya no alcanza con decir las cosas de otra manera.
Otra canción: Empezaste a hacer música y a tocar en bandas a los 14 años. ¿Qué encontraste en la música a esa edad para que se convirtiera en una forma de vida, y qué te dejaron esas primeras experiencias que todavía está presente en la artista que sos hoy?
Luz Pereyra Puede sonar trillado, pero la música para mí fue una forma de expresarme. Aunque, en realidad, no fue una forma más, sino la única que encontré para hacerlo. Por eso considero que desde el principio fue muy especial el vínculo con hacer canciones.
Empecé a componer durante mi adolescencia, a partir de mi primer enamoramiento, que fue con una chica. Para mí no era una opción contárselo absolutamente a nadie y tenía algo adentro que sentía que no podía compartir. Entonces empecé a componer canciones con una amiga, como si fuese un juego. Y ahí empezó todo.
Hasta hoy, la música sigue siendo el lugar y la manera que encuentro para expresarme en todo sentido: tanto en las cosas más luminosas de la vida como en las más oscuras.
También, de lo mejor que encontré haciendo canciones, formando bandas y compartiendo la música que me gustaba con otros compañeros, está esa cuestión identitaria de la grupalidad. Reconozco que me gusta hacer las cosas en grupo, sea lo que sea.
Hoy, por ejemplo, desde hace más o menos un año ya no estoy trabajando mis canciones en formato banda, sino que me junto con productores. De todas maneras, siempre intento que participe la mayor cantidad de gente posible, para que la creatividad se retroalimente y fluya. Me parece más divertido también.
Es algo que ojalá me acompañe siempre: poder encontrar personas con las que divertirme haciendo música.

O.c: En 2018 decidiste empezar tu camino solista. ¿Qué necesitabas decir o hacer en ese momento que sentías que solamente podía suceder desde un proyecto propio?
L.P: Bueno, en 2018, cuando finalmente me vine a vivir a Buenos Aires, en febrero de ese año, la verdad es que me convertí en solista no porque quisiera serlo, sino como consecuencia de lo que pasó con mi proyecto anterior de banda, que se llamaba Alguien Mató Algo, en Santa Fe. Era una banda espectacular de pop rock, fusión y alternativo, con la que soñaba grandes cosas.
Había una cuestión: cada algún mes había algún cambio de integrantes, fricciones entre los chicos o alguna relación amorosa metida en el medio, y después era difícil desatar esos nudos. Nos entendíamos muy bien haciendo música, pero realmente nos costaba, desde lo humano, estar conectados con los mismos objetivos respecto de la banda.
Entonces decidí cumplir mi sueño de irme a vivir a Buenos Aires con la música. Me hubiese encantado hacerlo con la banda, pero finalmente me fui sola, sin saber muy bien qué iba a pasar. Al poco tiempo, Gusti (Gustavo Heisser) también se mudó a Buenos Aires y seguimos tocando juntos, pero ya dentro de mi proyecto solista.
Lo que cambió fueron las dinámicas y las responsabilidades: pasé a ocuparme de todo, desde buscar fechas y vender entradas hasta sostener económicamente el proyecto. Pero también descubrí una libertad creativa enorme: ya no tenía que discutir cada decisión musical con nadie.
Después fui encontrando personas que se sumaron al proyecto y que aportaron muchísimo. Así que, aunque cambió el formato, siempre disfruté mucho de hacer música con otros.
O.c: Tu primer disco, Vernos Cambiar, salió por Goza Records, el sello de Futurock y Barbi Recanati. ¿Qué significó para vos que ese primer material solista apareciera dentro de un espacio que también representaba una determinada manera de pensar la música independiente?
L.P: Cuando me mudé a Buenos Aires realmente pensaba que me iba a llevar unos cinco años sacar un disco. Me imaginaba tocando en barcitos, conociendo gente, armando canciones de a poco y grabando en alguna sala de ensayo o en la casa de alguien. Lo veía como un proceso largo. Además, el disco que habíamos hecho con Alguien Mató Algo nos había llevado cuatro años, así que sabía que estas cosas podían extenderse.
Pero poco antes de mudarme compartí una fecha con Utopians, en una de sus últimas presentaciones, y ahí conocí a Barbi Recanati. Pegamos buena onda, seguimos en contacto y, cuando llegué a Buenos Aires, grabé una live session en su estudio, que en realidad era el living de su casa.
Después me llamó para contarme que estaba armando Goza Records y que la idea era grabar un disco por mes de bandas con pibas. Ya tenía elegida la primera y quería que yo fuera la segunda artista. La verdad es que no lo podía creer porque ni siquiera tenía las canciones. Pero dije que sí y empecé a trabajar con el baterista para recuperar algunos temas del proyecto anterior. Después se sumó mi novia en el bajo y fuimos armando el disco sobre la marcha.
Fue un proceso prácticamente sin preproducción. Elegimos las canciones, definimos algunas cosas básicas y entramos a grabar. Lo hicimos en tres días y después tuvimos alrededor de un mes para la mezcla. Grabé en septiembre y en noviembre ya estaba publicado. Fue una locura, pero también una experiencia de la que siempre voy a estar agradecida: tener tan rápido un material propio, grabado en un estudio profesional y rodeada de gente con muchas ganas de ayudarme.
Barbi puso todo su estudio a disposición, desde los micrófonos hasta los instrumentos, y Pucho Segovia también estuvo asistiendo y grabando. Fue un entorno muy lindo.
Para mí fue muy importante formar parte de Goza Records, por esa curaduría principalmente de artistas mujeres y por la postura política y feminista que atraviesa al sello. Fue un honor ser parte de eso. De hecho, “Eso que guía”, que fue el corte de difusión del disco, está en el primer vinilo de Goza Records.
O.c: En Salvadía aparecen canciones como “Voy al Ritmo”, “Enciendo”, “Puedo Cambiar de Rumbo” o “Canción para Dejar Ir”. ¿Qué había cambiado en vos entre ese primer disco y la necesidad de hacer este segundo trabajo?
L.P: Para mí, el disco Salvadía significó estar ya en una etapa mucho más estable en Buenos Aires. Ya no era una recién llegada, sino que tenía un grupo formado, muchas canciones en el tintero, ensayos grabados e ideas de sobra para trabajar.
También tenía el deseo de recuperar algo del sonido de Alguien Mató Algo, el proyecto que tenía en Santa Fe: recuperar esa esencia del formato de cinco personas, con dos guitarras eléctricas, bajo, batería y teclas. Mi hermana fue parte, porque siempre fue una persona con la que compartí mis proyectos de bandas anteriores, y Gusti Heisser estuvo en la batería. Después se sumaron Jorge Boccia en bajo, Ludmila Cykman en guitarra, Leo Bravo en guitarra y mi hermana Sol Pereyra em teclas. Además de otras personas invitadas.
Pero, más que nada, para mí fue muy motivador pensar que esta vez podía hacer un disco con tiempo y que pudiera sonar como yo quería que sonara. Lo disfruté un montón. Fue un proceso súper autogestivo.
Gusti Heisser estaba estudiando Ingeniería en Sonido y tenía conocimientos de mezcla, así que fue su primer disco grabándolo y mezclándolo. La verdad es que creo que hizo un laburo espectacular.
Ahora estoy trabajando en el tercero.
O.c: ¿Cómo es tu relación con la vulnerabilidad a la hora de escribir? ¿Hay cosas que solamente podés decir cuando se convierten en una canción?
L.p: Por supuesto que hay cosas que solamente me siento libre de expresar a través de las canciones. También es ahí donde encuentro el tiempo para reflexionar. Una canción de dos o tres minutos puede sintetizar un aprendizaje o un recorrido de meses, incluso de años, algo que quizás no podría expresar en una charla, una llamada o un posteo.
Hablando de vulnerabilidad, el show que voy a hacer en Córdoba el sábado 12 de septiembre es quizás el más vulnerable que hice hasta ahora. Voy a leer y contar en qué momento de mi vida estaba cuando escribí cada canción, incluso cosas que son difíciles o incómodas de compartir.
Me da un poco de miedo esa vulnerabilidad, pero al mismo tiempo es mi apuesta para conectar de una manera más profunda con las personas que estén ahí. Por eso creo que va a ser un show muy especial.
O.c: “Sin WiFi” plantea ya desde su título una relación particular con la desconexión. En un momento en el que la música también está atravesada por redes, plataformas y exposición permanente, ¿qué significa para vos poder desconectarte?
L.p: “Sin WiFi” es una canción bisagra para mí, no tanto por lo musical, sino porque marca un momento en el que empecé a sentir una necesidad fuerte de desconectarme de la vorágine de las redes sociales.
Estaba agotada de perseguir todo el tiempo la zanahoria, de querer que me fuera bien y de hacer más esfuerzos de los que podía sostener. Y, al mismo tiempo, sentía que los views, los followers o la cantidad de oyentes en Spotify me podían alegrar un rato, pero no me llenaban realmente.
Una experiencia que me marcó mucho en ese sentido fue el Festival Isoca, en enero de 2025, mi primer festival como solista. La propuesta era pasar tres días sin usar el celular y sin conexión. Así que lo guardé apenas llegué y recién lo volví a agarrar cuando estaba en el colectivo de vuelta.
Fue increíble. Estuve tres días hablando con desconocidos, tocando la guitarra con gente, mirando a los ojos, descubriendo música y conectando de otra manera. Ahí empecé a tomar conciencia de cuánto nos perdemos por estar pendientes de una pantalla, de todos esos encuentros que dejamos pasar por no levantar la mirada.
Cuando volví, empecé a revisar algunos borradores que tenía en el celular y encontré lo que después sería “Sin WiFi”. En ese momento era más bien un descargo hablado. Después me junté con un productor de Santa Fe para darle forma y terminó convirtiéndose en esta canción, que es cortita y al pie, pero que todavía representa mucho de lo que siento.
O.c: Formás parte de una generación que atravesó buena parte de su crecimiento artístico en paralelo con la transformación de la escena independiente y de las formas de escuchar música. ¿Qué ganamos y qué perdimos con esa transformación?
L.P: Cuando me preguntan por estas cosas, también intento pensar en lo que ganamos. Hoy tenemos muchas más oportunidades de que alguien escuche nuestra música. Cuando yo era adolescente, las bandas conocidas eran las que salían en MTV o en Quiero y, quizás, había una banda grande por ciudad. Después había muchísima gente haciendo música por amor al arte, pero sentía que no había tanta apertura para descubrir propuestas nuevas.
Hoy tenemos una vidriera mucho más grande, pero también está completamente saturada. Hay miles de artistas haciendo música muy buena y todos tratando de decir: “Vení a mi show”, “escuchá mi música”. Y, al mismo tiempo, está muy difícil atraer gente a un bar o a un centro cultural cuando el público está acostumbrado a los grandes festivales y a los shows mainstream.
Entonces, el desafío ya no es solamente hacer música, sino lograr que alguien se detenga entre tantas opciones y realmente te escuche.
Y cada vez entiendo más que, para eso, primero hay que conectar con las personas. Mostrarse como uno es, con las cosas buenas y malas, los delirios, la forma de ver el mundo y también la vulnerabilidad. Creo que desde ese lugar la gente puede abrirse a descubrir lo que hacés.
O.c: Hay una idea bastante instalada de que para sostener una carrera hay que estar permanentemente produciendo y mostrando algo nuevo. ¿Qué relación tenés con esa obligación de “estar presente”?
L.P: Personalmente, busco estar en movimiento, pero no por una cuestión de mantenerme vigente hacia afuera. Hoy lo hago, sobre todo, para alimentar mi propia pasión por hacer música. Si pasa mucho tiempo sin publicar canciones o sin estar atravesando un proceso creativo, siento que me apago o que pierdo algo personal.
Por eso necesito mantenerme conectada con crear, juntarme con personas y hacer música. Es algo que me acompaña desde que soy chica. Me hice un canal de YouTube, hacía una canción y ese mismo día aprendía a usar la cámara web, me grababa y la subía.
Para mí, una vez que la canción está publicada, es como si terminara de realizarse. No me gusta guardarlas en carpetas y acumularlas. Tengo un montón, pero me gusta sacarlas para afuera. A veces con más promoción, otras con menos; a veces con video y otras sin video. Eso depende de cómo me encuentre, de mi energía y también de mis posibilidades económicas.
Pero, más allá de todo eso, cada vez que comparto una canción con el mundo siento una especie de realización personal. Es como cerrar un ciclo: algo que estaba adentro mío pasa a estar afuera y puede encontrarse con otras personas.
O.c: ¿Qué te preocupa hoy como persona que vive y hace arte en Argentina? ¿Sentís que un artista tiene alguna responsabilidad frente a la época que le toca vivir, incluso cuando no habla de manera explícitamente política, o que también puede ser político simplemente creando, imaginando y proponiendo otra sensibilidad?
L.P : Mirá, perdí mucho alcance durante las elecciones de 2023 por posicionarme políticamente una y otra vez en las redes sociales. En ese momento pensaba: “Si hay personas que no comparten mi mirada política, tampoco me interesa tanto que escuchen mi música”. Pero, con el diario del lunes, siento que hoy no haría lo mismo.
Ya no me importa tanto ganar una discusión, sino que la gente pueda sentir cosas más lindas que estar a las puteadas en las redes, llenando encuestas o comentando con hate cada publicación de un medio o de un artista que se expresa.
Creo que también hay una forma de transmitir lo que uno piensa desde otro lugar: con sensibilidad, respeto y cercanía, sin invalidar a quien piensa diferente. Incluso me parece una mejor manera de acercarse a personas que quizás tienen una postura poco argumentada y que simplemente se paran en contra de algo o de alguien. Si no sienten que tienen que estar a la defensiva, quizás puedan escuchar qué es lo que uno defiende.
Para mí, se trata menos de defender tipos o apellidos y más de hablar desde los valores, desde la sensibilidad y desde la forma en que queremos relacionarnos con los demás.
O.c. Después de Salvadía, ¿sentís que ya empezó a aparecer el próximo disco o todavía estás en una etapa más intuitiva, juntando canciones y viendo hacia dónde te llevan?
L.P Después de Salvadía empezó una etapa distinta para mí, en la que fui experimentando otras maneras de hacer canciones, sobre todo a partir de trabajar mano a mano con nuevos productores. Desde chica, mi dinámica había sido llevar una canción en guitarra y voz a una sala de ensayo y, entre todos, ir definiendo para dónde iba. Después de Salvadía sentí la necesidad de buscar otros caminos creativos.
Empecé a probar distintas formas de colaboración: hay canciones en las que el productor aporta la parte musical y yo trabajo sobre la melodía y la letra. Eso me abrió un montón de posibilidades.
Por ejemplo, el 25 de septiembre va a salir “Oro”, una canción que hice con un productor que conocí en TikTok y que muy probablemente formé parte del nuevo disco. Él vio un video mío, comentó y me propuso hacer algo juntos. A partir de algunas referencias que compartimos, armó un instrumental y yo empecé a probar sobre esa base algunas canciones que tenía en borrador. De ahí salió un tema que me encanta.
Ahora siento que el disco finalmente está empezando a aparecer. Estoy trabajando específicamente en eso con una amiga, Agos del Greco. Ella estudió producción y, aunque después se dedicó más al trabajo de set y staff, también hace canciones y tenemos gustos musicales muy compatibles.
El año pasado le propuse hacer una colaboración y ella me respondió: “¿Sabes para qué estoy? Para producirte un tema”. Hicimos una canción que nos encantó a las dos y, a partir de ahí, decidimos seguir trabajando juntas hasta armar un disco.
Empezamos en octubre del año pasado y ya llevamos casi un año. Vivimos un poco lejos, así que vamos tranqui, pero estamos muy contentas con lo que estamos haciendo. La verdad es que está siendo espectacular.
O.c: En “Voy al ritmo” aparece una imagen muy potente cuando decís “sobrevuelo mis heridas y hago arte”. ¿Qué significa para vos sobrevolar esas heridas: ¿tomar distancia de ellas, transformarlas o encontrar una manera de seguir viviendo con lo que dejaron?
L.P Esa frase habla de seguir adelante. No creo que las heridas se puedan cerrar muchas veces. Es más bien algo que uno va aprendiendo mientras crece: hay cosas que quedan ahí, marcas que permanecen y que quizás vuelvan a doler cada vez que pasás por ese lugar.
Pero la música siempre funciona para mí como un transporte hacia adelante. Como una manera de seguir, a pesar de todo lo que haya pasado antes.
O.c: En “Canción para dejar ir” aparece la idea de que un vínculo puede ayudarnos a descubrir quiénes somos, incluso cuando esa persona ya no está. ¿Pensás que algunas personas llegan a nuestra vida justamente para mostrarnos una versión de nosotros que después tenemos que aprender a sostener por nuestra cuenta?
L.P: “Canción para dejar ir” es una de mis favoritas, quizás mi favorita de Salvadía, porque toca fibras muy profundas para mí. Es un poco un mantra, un ritual que nació a partir del fallecimiento del hermano de mi mejor amiga, de una manera bastante terrible, y también de la necesidad de transitar ese duelo, soltarlo y dejarlo descansar en paz.
Al mismo tiempo, la canción habla de esas personas que marcan nuestra vida y, de alguna manera, cambian su rumbo. Aunque después la vida nos lleve por caminos distintos y no siempre sigamos cerca, es muy loco pensar cuánto pueden influir en nuestro destino. Puede ser alguien de quien te enamorás y, a partir de eso, descubrís cosas sobre vos mismo, como me pasó a mí con mi sexualidad; o un profesor que reconoce una cualidad que tenés, alimenta tu confianza y termina influyendo en lo que hacés después. En mi caso, terminó teniendo que ver con la música.
Y también pienso: ojalá yo haya podido ser ese alguien para otra persona.
Esa misma idea aparece, desde un lugar más luminoso, en mi última canción, “En alguna parte”. Habla de esas personas que nos acompañan durante un momento de la vida —una maestra, alguien que te cuida de chico, una prima, un acompañante terapéutico— y que quizás después no volvés a ver, pero que dejaron algo en vos.
Qué importantes pueden ser esas personas y qué lindo es recordarlas. De eso habla “En alguna parte”. Quizás sea la mejor canción que hice hasta ahora en mi etapa solista.