Lejos de los estadios y del mito Stone, Keith Richards pasó más de veinte años grabando a músicos rastafaris en la costa norte de Jamaica. El resultado es una obra única donde sobreviven ritmos ancestrales, espiritualidad y algunas de las raíces más profundas del reggae.
Sí. Lo corregí en ortografía, puntuación, concordancia y algunas repeticiones muy evidentes, pero mantuve tus palabras, tu estructura y la idea general. No lo reescribí con otro estilo.
Hay algo extraño en imaginar a Keith Richards lejos de los escenarios, los estadios y el ruido de los Rolling Stones, sentado en su casa de Jamaica, escuchando tambores. Pero no hablemos de cualquier tambor, sino de tambores ancestrales, de cantos espirituales junto a una música construida sobre la repetición de la percusión y la búsqueda de conexión con algo que va más allá de conectarse con uno mismo.
Eso es lo que ocurrió en Wingless Angels, el proyecto que comenzó a registrar durante años Keith Richards junto a músicos vinculados a la tradición Nyabinghi en Jamaica. Un trabajo que para muchos podría ser un capricho o una curiosidad de un Rolling Stone, pero que hoy, con el tiempo, se trata de un documento de enorme valor musical y cultural.
La historia comenzó en la costa norte de Jamaica, cerca de Steer Town. A comienzos de los años setenta, Richards conoció a músicos que practicaban esta forma de música de raíz africana. Entre ellos estaba Justin Hinds, una de las principales figuras dentro y fuera de la isla vinculadas al ska y el reggae, pero también con un fuerte vínculo ligado a la tradición musical espiritual que poco tenía que ver con la lógica comercial del reggae o el ska.
Según cuenta la historia, el día que Keith Richards llegó a la isla ya era conocido como el guitarrista de los Rolling Stones, pero dentro de la isla ese nombre para muchos no significaba lo mismo que podría significar afuera de la isla o en Europa. Los músicos con los que comenzó a relacionarse el guitarrista de los Rolling Stones no estaban interesados en la fama internacional ni en la maquinaria del rock. Tocaban porque esa música formaba parte de su manera de entender el mundo de una manera espiritual.
Quizás lo más interesante de la historia es que, frente a una música que podría haber utilizado como una textura para poner su propia guitarra, Richards eligió involucrarse desde otro lugar. Lejos del estrellato, sin querer imponer una estética rockera sobre aquel sonido. Se dejó llevar por los tambores, las voces y los ritmos ancestrales de la isla.

El nyabinghi es una de las expresiones musicales vinculadas al movimiento rastafari y tiene sus raíces en antiguas tradiciones africanas. Su estructura es austera: tambores, percusión y voces que se repiten hasta generar una especie de trance. No hay grandes arreglos ni una producción que intente esconder las imperfecciones. La música sucede en el tiempo, se sostiene en la repetición y encuentra allí su fuerza.
Hoy podría ser escuchada como la antítesis de buena parte de la música contemporánea. Mientras hoy la producción suele buscar velocidad, precisión y capas, en el nyabinghi ocurre lo contrario: hay que escuchar y dejar que el ritmo haga su trabajo.
Durante dos décadas, Richards volvió una y otra vez a esas reuniones. Justin Hinds estaba acompañado por amigos, familiares, vecinos, pescadores y buzos de la zona. Los tambores sagrados llegaban a la casa del guitarrista y también al estudio. En algunas ocasiones, Richards era simplemente un oyente. Hasta que Hinds le permitió tomar una guitarra acústica y acompañar.
En 1997 apareció el primer Wingless Angels, editado a través de Mindless Records, el sello de Keith Richards. Allí quedaron registradas las voces y percusiones de Justin Hinds, Locksley Whitlock, Vincent Ellis, Winston Thomas, Maureen Freemantle, Milton Beckerd y Warrin Williamson, junto a la participación del propio Richards y otros músicos.
El disco no busca adaptar el Nyabinghi para hacerlo más accesible. Por el contrario, lo más lindo del disco es que conservaba buena parte de su aspereza y de su carácter ceremonial. Lo bueno de Richards es que entendió que su aporte no tenía que consistir necesariamente en tocar más, sino en saber cuándo no hacerlo.
Su guitarra aparece de manera discreta, casi como una sombra. No intenta adueñarse en ningún momento de la canción ni ser el instrumento principal. No hay solos puestos por encima de los tambores ni arreglos destinados a convertir aquella música en una producción de rock.
Y eso es lo que hace que Wingless Angels sea algo más que un álbum de un Rolling Stone tocando reggae. Lo interesante del disco es que en las canciones que lo componen aparecen tradiciones que atraviesan siglos y continentes. Para hablar de algunos de los ritmos grabados hay que remontarse hasta el siglo XVII en Uganda. En esa música africana trasladada y transformada en Jamaica pueden rastrearse conexiones con buena parte de las músicas que después se desarrollaron en América: el blues, el jazz, el reggae y tantas otras formas nacidas del encuentro entre memoria, desplazamiento y resistencia.
Los músicos que participaron de aquellas primeras sesiones pertenecían a una generación que llevaba consigo conocimientos que no necesariamente estaban escritos, sino en el boca en boca, en escuchar al otro tocar. De alguna forma, su transmisión era como puede ser la copla en nuestro país, donde muchas veces se aprende de generación en generación, pero lejos de la academia de música. Lo importante de estos trabajos es el registro de una tradición que podría morir cuando desaparecen los músicos mayores de una comunidad, pero, al igual que en Argentina, en Jamaica eso no sucedió.
Volviendo a Wingless Angels. Justin Hinds, Locksley Whitlock y Jackie Ellis —todos vinculados a las primeras grabaciones— murieron posteriormente. Wingless Angels quedó entonces también como una forma de conservar sus voces.
En ese sentido, el proyecto adquiere una dimensión que excede incluso a la música. No se trata solamente de escuchar canciones tradicionales jamaicanas, se trata de acceder a una manera de hacer música que difícilmente podría sobrevivir intacta dentro de la lógica de la industria.
Después llegó Wingless Angels II, concebido también como un homenaje a Justin Hinds y construido alrededor de nuevas piezas roots rastafaris y de las últimas sesiones registradas junto al músico. Allí aparecen nuevamente las voces y los tambores de Hinds, Whitlock, Maureen Fremantle, Warrin Williamson y Milton Beckerd, acompañados por músicos como Brian Jobson, Lee Jaffe, Bernard Fowler, Lili Haydn, Lisa Fischer, Steve Jordan y el propio Keith Richards.
Las sesiones conservaban ese carácter orgánico. Según el relato de Jobson, los músicos podían comenzar por la tarde y continuar hasta entrada la noche. Justin proponía un ritmo, comenzaba a cantar y los tambores se acomodaban alrededor de esa voz.
Quizás por eso las grabaciones producen una sensación tan particular. En canciones como el tiempo parece funcionar de otra manera. Son versiones que no necesitan velocidad para avanzar. La repetición no empobrece la música, sino que, por el contrario, la profundiza.
Escuchar Wingless Angels puede resultar desconcertante para quien espera encontrar al Keith Richards de los Rolling Stones. Pero justamente ahí está su interés. Porque detrás del personaje del rock and roll aparece otra faceta del músico. La de alguien capaz de reconocer una tradición ajena, acercarse a ella y entender que, en determinadas ocasiones, tocar también significa saber escuchar.
Sin duda, Wingless Angels no fue concebido para conquistar el mercado ni para generar un nuevo movimiento musical en Occidente. Tampoco necesitaba hacerlo. Su importancia está en otro lugar: haber registrado unas voces, unos tambores y una tradición antes de que parte de ese mundo desapareciera o quedara relegada solamente a unos pocos.
Tal vez lo interesante y destacable es cómo uno de los músicos más importantes del rock moderno terminó también dedicando una parte de su historia a algo aparentemente opuesto: una música mínima, espiritual y comunitaria que no necesita demostrar nada.
Tal vez ahí esté una de las grandes lecciones de Wingless Angels: a veces la música no necesita crecer, sofisticarse ni volverse más grande. A veces alcanza con dejar que un tambor repita su ritmo, que una voz encuentre su lugar y que alguien tenga la paciencia suficiente para escuchar.
Hice solamente correcciones de forma y mantuve deliberadamente algunas construcciones personales tuyas, incluso cuando podrían reformularse, para que siga sonando a vos y no a un texto completamente reescrito.
