En su nuevo trabajo, Duratierra vuelve sobre la música de raíz para construir un disco atravesado por la memoria, la identidad, la comunidad y el territorio. Pero detrás de sus chacareras, gatos, zambas y coplas hay una discusión más profunda: ¿Qué significa hoy cantar a la patria?
Hay una pregunta que atraviesa las 14 canciones que componen La Patria Viva, aunque no siempre aparezca de forma explícita. Para muchos puede ser una pregunta incómoda, sobre todo en tiempos en los que palabras como patria, libertad, pueblo o identidad parecen haber sido apropiadas, discutidas y resignificadas hasta el cansancio. Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de patria?
La patria de La Patria Viva no tiene la forma de una bandera. No aparece construida alrededor de próceres, monumentos o grandes acontecimientos de la historia. Está en otro lado. Está en una calle de tierra, en un perro ladrando en la esquina, en una bombucha, en una bicicleta, en una olla popular, en las manos gastadas de una familia. Está en una empanada, un chipá, un choripán en la cancha, una murga en la avenida y una cumbia sonando en un parlante. Pero también está en la herida.
Porque una de las decisiones más interesantes del disco consiste justamente en no construir una patria ideal. Duratierra canta a la tierra, a la comunidad y a las tradiciones populares, pero no las presenta como un territorio libre de conflictos. La patria también es hambre, soledad, desigualdad, odio y una historia de violencias que sigue dejando marcas.
Por eso La Patria Viva funciona mejor cuando se lo escucha como una obra completa y no como una sucesión de canciones independientes. Hay imágenes, palabras y preocupaciones que vuelven una y otra vez: la tierra, las manos, los ancestros, las semillas, el barrio, la memoria, el pueblo, el canto.
Y también hay una comunidad de voces que amplía ese universo. Duratierra no construye el disco en soledad: aparecen Susy Shock, Noelia Recalde, Diego Cortez, Federico Nicolao, Cucuza Castiello y Liliana Herrero, entre otros músicos que se suman a diferentes momentos del álbum. Sus presencias no funcionan simplemente como colaboraciones decorativas, sino que ayudan a ampliar la idea de una música construida desde el encuentro..

La memoria como una forma de futuro
“Tesoro”, la canción que abre el disco, plantea desde el comienzo una de sus ideas centrales. Micaela Vita comienza cantando “Guardo un tesoro en la memoria”. La memoria, sin embargo, no aparece asociada a una nostalgia pasiva. No se trata de mirar hacia atrás para encontrar un tiempo mejor. El pasado importa porque todavía tiene algo que decir sobre el presente y, por eso, momentos después aparece otra frase fundamental: “Los pueblos siempre pueden transformar la historia”.
Esa frase podría funcionar como una especie de declaración de principios para todo el álbum. En un momento histórico atravesado por la disputa sobre el sentido de la historia y por una creciente fragmentación de los relatos colectivos, Duratierra recupera una idea que parece sencilla pero no lo es: recordar también puede ser una acción política.
No es casual entonces que la canción cuente con el recitado de Susy Shock. Su presencia introduce otra textura dentro de ese ejercicio de memoria y refuerza la idea de que recordar no significa únicamente conservar el pasado, sino ponerlo nuevamente en circulación desde el presente.
Las semillas aparecen en “Como el color a las flores”, donde participa Noelia Recalde. Los ancestros reaparecen en “Regreso cantando”. La familia sostiene la vida en “Las manos de mi familia”. La patria vuelve a surgir, incluso después de las roturas, en la canción que le da título al álbum. Todo está conectado por una misma intuición: hay cosas que sobreviven porque encuentran la manera de volver a brotar.
En ese sentido, la participación de distintos artistas a lo largo del disco también puede leerse como parte de esa lógica. Las voces se agregan, se cruzan y se multiplican. La memoria no pertenece a una sola voz.
Una patria que no cabe en los monumentos
Uno de los mayores aciertos de La Patria Viva está en haber bajado una palabra enorme a una escala cotidiana. La patria suele ser una abstracción. Una palabra que puede decirlo todo y, por eso mismo, muchas veces no decir nada.
Duratierra intenta llenarla de cosas. En “Las manos de mi familia”, la patria aparece en escenas reconocibles: las bombuchas en la esquina, las hamacas de la plaza, las bicicletas, los perros, las reposeras en la calle. El mundo de la canción está construido con pequeños elementos que, juntos, terminan conformando una experiencia.
Mica canta“Es mi Patria rebeldía / y este barrio que rastrillo”. La elección del verbo no es menor. Rastrillar implica remover la superficie para encontrar lo que está debajo. En ese gesto hay también una forma de entender el trabajo artístico de Duratierra: buscar debajo de las imágenes conocidas de la identidad nacional para encontrar aquello que realmente la sostiene. Y lo que sostiene la vida, según la canción, son “las manos de mi familia”. La patria, entonces, no es algo que simplemente existe. Es algo que alguien sostiene y nos sostiene.
El país no aparece como una abstracción que flota por encima de las personas. Existe porque hay cuerpos y manos que lo mantienen en pie. “Las Sartenes” junto a Cucuza Castiello lleva esa misma idea pero todavía más lejos.
Probablemente sea una de las canciones más complejas del disco en términos conceptuales. En principio, parece una celebración de las comidas populares. El recorrido es amplio, sopa, chuño, maíz, tortilla con chicharrón, empanadas, mbejú, chipá, sopa paraguaya, choripán, tallarines, milanesa, lomito.
La canción construye un mapa, pero no un mapa político en el sentido tradicional. Es un mapa gastronómico y afectivo. Un país contado a través de aquello que come. La identidad aparece en las recetas, en los ingredientes, en las formas de cocinar y en las mezclas culturales que terminaron formando una cocina popular.
Sin embargo, Duratierra introduce una grieta: “Qué ridícula esta patria / cómo se nos desmorona / si los pibes pasan hambre / mientras la comida sobra”. La celebración se interrumpe. Y es justamente ahí donde la canción adquiere otra dimensión. La comida deja de ser solamente un elemento identitario para convertirse en una cuestión política. Si existe un país capaz de producir, cocinar y celebrar tanta diversidad gastronómica, ¿cómo se explica que haya personas que no puedan comer?
La patria de Duratierra puede cantar sobre un choripán en la cancha, pero también tiene que mirar la necesidad de una olla popular, porque una cosa no cancela la otra. Las dos caras forman parte del mismo país.
¿Quién tiene derecho a decir qué es folklore?
Si hay una canción que permite entender la posición estética del grupo, esa es “La Giradera”. En la canción Duratierra se ríe de los guardianes de la tradición. De quienes trazan límites, establecen cuadraturas y parecen tener una especie de autoridad para decidir qué puede considerarse folklore y qué no. “Dicen que mis chacareras / siempre terminan raro”. La frase podría leerse como una broma, pero detrás hay una discusión seria: ¿qué ocurre cuando una tradición deja de ser una práctica viva y empieza a convertirse en un conjunto de reglas?
Duratierra parece responder que, en ese momento, la tradición corre el riesgo de morir. “La música no es museo / de melodías viejas”.
Es probablemente una de las frases más importantes del álbum. No porque sea especialmente compleja, sino porque explica con claridad el lugar desde donde trabaja el grupo.
Duratierra no parece interesado en reproducir una música de raíz tal como se tocaba en determinado momento histórico. Su búsqueda pasa por entender esas formas como una música viva y en constante transformación.
Acá aparece uno de los puntos más interesantes de La Patria Viva: el disco discute la idea de autenticidad. ¿Es más auténtico quien repite una forma exactamente como la aprendió? ¿O quien consigue entender su espíritu y llevarla hacia otro lugar?
Duratierra parece haber elegido históricamente la segunda opción, aunque siempre con un pie puesto en una fuerte impronta de la tradición. Porque si algo identifica al grupo desde sus inicios es que todo lo que hace no parte del desprecio por la tradición. Al contrario, al igual que viene sucediendo desde A los Amores, el disco está profundamente conectado y tal vez sean los más tradicionales con sus ritmos, sus imágenes y también con su forma de decir.
La discusión no se limita entonces a las letras. También está en la propia instrumentación. El disco abre espacio para violines, bandoneones, piano, guitarras, percusiones e instrumentos andinos. Pablo Farhat aparece con su violín en “Gato para la vida” y “Cara e perro”; Federico Siksnys suma bandoneón en «Como el color a las flores» y «A los hombres rotos de mi patria”; mientras que Clara Presta participa con piano en distintas canciones, ampliando el paisaje sonoro del álbum.
El problema de la patria
Pero La Patria Viva no se limita a celebrar una idea comunitaria del país. La canción ¿Qué le pasa a mi Patria? cantada por Valen Bonetto demuestra que la patria necesita ser interrogada. La canción habla de una sociedad a la que “le andan faltando palabras” y en la que la libertad puede confundirse con una forma de soledad. Frente a eso, aparecen los patios, las miradas hermanas, el barrio y la posibilidad de construir algo junto a otros.
La oposición es clara, individualismo o comunidad. Pero Duratierra evita convertir esa oposición en una discusión teórica. La baja nuevamente a experiencias concretas. La patria que la canción propone no es una estructura política. Es un abrazo, una casa donde alguien pueda soñar, la posibilidad de que haya comida en una mesa.
Esa última imagen vuelve a poner al disco en un terreno material. Porque antes de discutir grandes conceptos, hay algo elemental: comer, vivir, tener un lugar y una patria.
En ese sentido, La Patria Viva construye una idea de comunidad que no está basada únicamente en la identidad compartida, sino también en el cuidado. Y esa idea aparece también en “A los hombres rotos de la Patria”, una de las canciones más oscuras del álbum. Acá Duratierra cambia la perspectiva. En lugar de cantar directamente a la comunidad, se detiene frente a alguien que parece haber quedado fuera de ella. Alguien atravesado por el odio, la violencia y el deterioro. Pero tal vez la pregunta más importante de esta canción sea: “¿Qué le pasó a tu corazón?”
En un disco que habla permanentemente de patria, esa mirada resulta significativa: también hay que pensar qué hacemos con quienes fueron rotos por esa misma patria.
El territorio como una forma de identidad
En las canciones de Duratierra, la tierra nunca es solamente paisaje. Hay montes, caminos serranos, barrios, plazas, calles, cerros y cielos. Pero cada uno de esos lugares funciona como una reserva de memoria.
En “Si digo noche estrellada”, la identidad se construye a través de imágenes afectivas: una zamba, un pañuelo, una siesta, un beso, un balcón.
La pregunta “¿Qué siente tu corazón / si digo noche estrellada?” funciona como una especie de contraseña. Hay experiencias que solamente pueden comprenderse cuando fueron vividas. Por eso la canción habla de algo difícil de traducir si no se experimentó: el vínculo emocional con un paisaje.
Pero Duratierra tampoco convierte esa relación con el territorio en una nostalgia conservadora. Aunque el tiempo oscurezca la vista, siempre hay “paisaje adelante”. Y esa es una frase fundamental porque el paisaje no está solamente detrás, sino también en lo que está por venir.
Esa idea conecta con “Regreso cantando”, donde el retorno no necesariamente implica volver físicamente a un lugar. El regreso ocurre en la sangre, en la memoria y en el reconocimiento de una historia ancestral.
Allí Mica canta: mi tierra hoy / soñé con tu furia ancestra / indígena, criolla/ marrón, salitral / pastora de cerros
y un cóndor se entrega al cielo/ zamba americana, / soplando en el viento.
En esas imágenes aparece lo latinoamericano, pero un latinoamericano que no intenta ocultar sus mezclas. Porque no hay patria pura: hay cruces, herencias, pero también conflictos. Hay una historia de tierras alambradas y cadenas. Frente a esa historia aparece nuevamente el canto. Porque cantar también es una forma de renacer y de devolver aquello que la historia intentó silenciar.
La identidad como algo que se lleva puesto
“Flores de Mayo” plantea otra forma de relacionarse con el territorio. Mica canta “Soy de aquí / de este lugar”, una afirmación que podría parecer simple, pero que nos recuerda que a veces, aunque nos vayamos, siempre guardamos un pedacito de ese lugar. O, como dice la canción: “Aunque me fui / guardo este cielo serrano en mí”.
Irse de un lugar nunca cancela la pertenencia. Somos del lugar que nos vio nacer, que nos cobijó y que, de alguna manera, continúa existiendo en nosotros. Porque el territorio también sigue existiendo en quien lo recuerda.
Esta idea es particularmente importante en un disco atravesado por desplazamientos. Hay canciones que hablan desde el barrio, otras desde la tierra, otras desde una memoria ancestral y otras desde la distancia. Pero en todos los casos la identidad parece funcionar como algo que se lleva encima, como una acumulación de experiencias. Uno puede cambiar de lugar, pero no necesariamente puede desprenderse de aquello que ese lugar dejó en uno. y quizás ahí aparezca otra respuesta posible a la pregunta que atraviesa todo el disco.
Una comunidad de voces
El carácter colectivo de La Patria Viva aparece también en su propia construcción sonora. A lo largo de las 14 canciones, Duratierra incorpora diferentes voces e instrumentos que expanden el universo del grupo.
Además de Susy Shock, Noelia Recalde, Diego Cortez, Federico Nicolao, Cucuza Castiello y Liliana Herrero, participan músicos como Pablo Farhat, Federico Siksnys, Clara Presta, Emiliano Greco y Tatu Estela.
Diego Cortez, aporta sikus, anata, bansuris, quena y quenacho en Flores de Mayo, llevando la dimensión latinoamericana del disco hacia una sonoridad todavía más amplia. Federico Nicolao aparece con su voz en “Las Manos de mi familia” y en los coros grupales; Clara Presta aporta piano en varias de las canciones; Emiliano Greco participa en piano en “Las Sartenes”; y en “Cara de perro” aparece una intervención hablada de Tatu Estela, con ese “Señor buen día” que funciona como una pequeña escena dentro de la canción.
Pero quizás el elemento más significativo sean los coros grupales, presentes en buena parte del disco. Allí confluyen Duratierra, Noelia Recalde, Federico Nicolao y Diego Cortez. La decisión de sumar esas voces refuerza algo que el álbum viene diciendo desde las letras: hay canciones que ya no pertenecen únicamente a quien las canta.
La patria que propone Duratierra tampoco tiene una sola voz.
El riesgo de la consigna
Sin embargo, La Patria Viva también tiene un riesgo y aparece justamente en uno de sus principales atributos: el disco sabe muy bien qué quiere decir. La insistencia sobre determinadas palabras y conceptos —patria, pueblo, memoria, tierra, esperanza, ancestros— puede producir, por momentos, cierta sensación de reiteración. Algunas ideas vuelven una y otra vez y, en determinados pasajes, aparece la necesidad de subrayar aquello que las canciones ya habían conseguido transmitir.
No necesariamente se trata de un problema. También puede entenderse como una decisión: Duratierra construye un universo de sentidos y vuelve sobre él desde distintas perspectivas, como si necesitara rodear una misma pregunta para encontrar diferentes respuestas. Porque justamente los momentos más interesantes de La Patria Viva son aquellos en los que el grupo no necesita explicar demasiado. “Las manos de mi familia” habla de comunidad a partir de escenas cotidianas; “Las Sartenes” transforma una enumeración de comidas populares en una reflexión sobre la desigualdad; “Regreso cantando” encuentra en la relación con la tierra, los ancestros y la memoria una manera de hablar también de la historia. En esas canciones, las imágenes alcanzan para construir el sentido. Cuando Duratierra confía en sus imágenes, sus personajes y sus ritmos, La Patria Viva gana profundidad y evita quedar reducido a una declaración de principios.
Una patria que sigue viva
Y quizás ahí esté uno de los mayores logros de La Patria Viva: haber elegido una palabra cargada de significados, contradicciones y disputas para devolverla a una escala cotidiana. La patria que construye Duratierra no es una identidad terminada, sino un territorio en movimiento, atravesado por la memoria, las mezclas, las desigualdades, las pérdidas y también por la posibilidad de volver a construir.
Por eso el disco puede pasar de una familia a una historia ancestral, de una comida popular a una discusión sobre el hambre, o de una tradición a la pregunta por quién decide qué es verdaderamente folklore. Todas esas dimensiones conviven porque la patria de Duratierra tampoco es homogénea.
En ese sentido, La Patria Viva no busca recuperar una supuesta esencia nacional perdida. Su búsqueda va en otra dirección: mirar aquello que heredamos y preguntarse qué hacemos hoy con esas canciones, esas memorias, esos territorios y esas formas de encontrarnos y nombrarnos.
La música de raíz aparece entonces no como un lugar al que regresar para repetir lo que ya fue, sino como un punto desde el cual continuar. La tradición puede conservar una memoria, pero también puede transformarse, mezclarse con otras experiencias y seguir diciendo algo sobre el presente.
Ahí La Patria Viva encuentra una de sus mayores virtudes. Duratierra no intenta resolver qué significa la patria. La pone a circular, la discute, la baja de los monumentos y la lleva hacia el barrio, la familia, la tierra, la comida y la memoria. Y quizás por eso el título termina funcionando como algo más que el nombre de un álbum: la patria está viva porque todavía puede ser discutida, transformada y reconstruida.
En tiempos en los que palabras como patria, pueblo, libertad e identidad parecen haber quedado atrapadas entre consignas enfrentadas, Duratierra propone volver a escucharlas desde otro lugar. No para encontrar una definición definitiva, sino para recordar que detrás de esas palabras hay personas, historias, territorios y formas de vida concretas.
Y quizás esa sea la pregunta que finalmente deja La Patria Viva: no qué es la patria, sino qué hacemos con ella.