Con un Chilli Street Club lleno, SACRUM confirmó que hay público para el jazz en Córdoba

Con un Chilli Street Club sold out, e Domingo SACRUM demostró que hay una generación ávida por escuchar jazz y que Córdoba tiene público para hacerlo sonar

Pasadas las 21, con el recinto ya colmado y la expectativa puesta en lo que sucedería sobre el escenario, Tomás Sainz, Martín Varela y Javier Burin no tardaron demasiado en comenzar. La intro de su primer disco fue la primera señal de una noche en la que SACRUM eligió hablar poco y tocar mucho.

A partir de ahí, el trío dejó que la música hablara por ellos. Durante buena parte del show prácticamente no hubo palabras. Recién hacia el final, cuando faltaban dos o tres canciones, Javier Burin tomó el micrófono para agradecer y acompañar el cierre de una noche en la que la comunicación pasó, sobre todo, por las miradas entre los músicos.

SACRUM toca fuerte cuando tiene que hacerlo y baja la intensidad cuando la música lo pide. No hay excesos ni una búsqueda permanente de demostrar virtuosismo por el virtuosismo mismo. Con un sonido preciso y ajustado, bajo, batería y teclados encontraron un punto de encuentro en el que cada instrumento tuvo su espacio, pero ninguno perdió de vista lo colectivo.

Durante los momentos de improvisación, cada músico tuvo la posibilidad de avanzar sobre el material, desarrollar una idea y llevarla hacia otro lugar. Los solos no aparecieron como compartimentos separados, sino como parte de una conversación. Las miradas entre Sainz, Varela y Burin funcionaron como señales: una indicación mínima para saber cuándo entrar, cuándo correrse y cuándo dejar que otro instrumento tomara el centro.

Es una forma de comunicación que puede pasar desapercibida para quien está entre el público, pero que explica buena parte de la solidez del grupo.

Uno de los puntos más altos llegó con “En bolas”, uno de los temas del disco debut de SACRUM, editado en 2024. También aparecieron durante la noche “La U” y “El Blues de la Giant Steps”, composiciones que permitieron recorrer distintas caras del repertorio del trío.

Si “En bolas” fue uno de los momentos de mayor intensidad, “Toses” funcionó casi como una pausa dentro del movimiento. El ritmo encontró otro pulso y la música se volvió más tranquila, pero no menos atrapante. Hubo algo hipnótico en ese pasaje: la sensación de que no hacía falta apurar nada, de que cada instrumento podía tomarse su tiempo y de que el tema podía desarrollarse a partir de la comunicación entre los tres músicos.

Quizás allí aparezca una de las virtudes más interesantes del jazz: esa capacidad de construir un momento a partir de la escucha. No necesariamente se trata de acelerar, de sumar notas o de demostrar cuánto puede tocar un músico, sino de saber cuándo esperar, cuándo avanzar y cuándo dejar espacio. En “La U”, SACRUM encontró justamente ese equilibrio.

Después llegó “El Blues de la Giant Steps”, otro de los momentos que permitieron comprobar hasta dónde puede estirarse el lenguaje del trío y cuánto espacio existe, dentro de una misma composición, para la improvisación y el diálogo entre los instrumentos.

Porque SACRUM parte del jazz, pero no parece demasiado interesado en permanecer encerrado dentro de él. Su música se mueve alrededor del jazz fusión, el groove, el funk y la improvisación, con una sensibilidad contemporánea que entiende que el género hace tiempo dejó de ser una estructura cerrada.

Y quizás SACRUM sea también el reflejo de una camada de músicos que tiene al jazz como referencia, pero que entiende esa tradición como un territorio abierto. Músicos que pueden entrar y salir de ella, cruzarla con el rock, el hip hop, la electrónica, el funk o la música popular; que no necesitan elegir entre virtuosismo y groove, entre composición e improvisación, entre tradición y experimentación.

En ese sentido, lo que sucede con SACRUM también permite mirar hacia una escena más amplia. Hay músicos que están explorando esos cruces desde distintos lugares y que parecen compartir una misma idea: que el jazz no es una música detenida en el tiempo, sino una herramienta para seguir buscando nuevas formas de expresión.

En una noche con la sala llena, SACRUM no necesitó hablar demasiado para demostrar dónde está parado. Tres músicos atentos a lo que sucede alrededor, capaces de sostener una estructura, pero también de abandonarla durante unos minutos para ver qué aparece del otro lado.

Tal vez esa sea una de las mejores noticias para el jazz argentino: que exista una generación de músicos que no necesita preguntarse si el género todavía tiene algo para decir. Simplemente sale a tocar.

Y cuando lo hace con esta precisión, con este nivel de comunicación y con un público dispuesto a llenar una sala para escucharlo, la respuesta parece bastante clara.

Ahora queda esperar el lanzamiento de su segundo disco, previsto para las próximas semanas y construido a partir de registros de ocho conciertos realizados durante el año pasado en Virasoro Bar, el espacio donde el trío comenzó a gestar parte de su recorrido. Queda esperar que ese material consiga trasladar a la grabación algo de lo que SACRUM demostró en vivo: la energía, la espontaneidad y, sobre todo, esa capacidad de tomar una canción como punto de partida para llevarla hacia un lugar diferente cada vez.