En un presente atravesado por la aceleración constante, la sobreinformación y la sensación de estar siempre un paso atrás de un ritmo que no elegimos, María Codino se detiene. O, mejor dicho, decide habitar otro tiempo. Con Valor Agregado, su segundo disco, la artista oriunda de Buenos Aires da un paso decisivo y toma posición frente a una época dominada por la velocidad, la productividad y la lógica de lo inmediato, para preguntarse qué valor tiene hoy lo humano.
En un mundo que promete que una máquina puede hacer en minutos lo que antes llevaba horas, Codino corre el eje. Frente a la ilusión de optimización constante, el disco pone en tensión esa idea de “ganar tiempo” que, muchas veces, termina vaciándolo de sentido.
A lo largo de las canciones que componen Valor Agregado, María Codino reflexiona sobre los vínculos atravesados por la distancia y sobre aquellas figuras que se corren de la hiperconexión, donde lo humano y el cara a cara vuelven a cobrar valor. Desde “Club de Nostalgia” hasta “La Joven Vida de Bety F.”, pasando por “Todos Son Extraños” o “Polvo de Ciudad”, el álbum construye un mapa sensible de lo que significa habitar el presente, con sus dudas, sus pausas y sus contradicciones.
Lejos de ofrecer respuestas cerradas, el nuevo disco propone un espacio de reflexión sobre el tiempo, los vínculos, la memoria y una realidad cada vez más mediada por algoritmos.
En esta entrevista, la artista profundiza en esas tensiones y comparte las ideas detrás de un trabajo que, más que acompañar su época, elige interpelarla.
Otra Canción: En Valor Agregado aparece una tensión muy clara entre la velocidad del mundo y tu propio ritmo. ¿Qué aprendiste sobre esa fricción mientras hacías el disco?
María Codino: En el disco sentía la necesidad de poner en palabras esa tensión, de hacerla visible y reivindicar el valor de encontrar un ritmo propio. Siento que es una sensación que muchas veces vivimos en soledad, pero que en realidad es profundamente colectiva. No nos sentimos todos, de alguna manera, ¿un poco fuera de ritmo?
O.c: Frente a un contexto que promete optimizarlo todo, ¿qué significa para vos “perder el tiempo” y por qué decidiste reivindicarlo?
María Codino: No sé si se trata tanto de reivindicar el hecho de perder el tiempo, sino más bien de reivindicar el concepto del tiempo y la autonomía sobre él. Se trata de poder decidir cómo usamos nuestro tiempo, porque lo que para algunos puede ser perder el tiempo, para otros no lo es, y viceversa.
Hoy siento que muchas veces terminamos invirtiendo nuestro tiempo en cosas que no son decisiones realmente conscientes. Al menos en mi experiencia, hasta el momento en que hice este disco, tenía la sensación de que el tiempo me atravesaba con situaciones que yo no estaba eligiendo deliberadamente. No estaba decidiendo conscientemente qué hacer con mi propio tiempo.
Por eso creo que en el disco hay una revalorización de cómo elegimos invertirlo o incluso perderlo, pero siempre desde una decisión propia.
O.c: ¿Sentís que la tecnología no solo está modificando cómo creamos sino también cómo percibimos la realidad y nos vinculamos con lo que sentimos?
M.C: Creo que la tecnología nos está atravesando en todos los ámbitos y aspectos de nuestra vida cotidiana. Claramente modifica la forma en que nos vinculamos con nuestras propias realidades.
Hoy nuestras realidades están muy condicionadas por lo que nos muestran los algoritmos. No es ninguna novedad, pero siento que es algo que en el día a día solemos pasar por alto y no nos detenemos demasiado a pensar.
No creo que la tecnología sea necesariamente algo malo, ni el enemigo, ni algo que venga a destruirnos. Lo que sí creo es que hoy tenemos que estar mucho más atentos que en otras épocas a las herramientas que aparecen junto con ella: desde qué hacemos con nuestros datos, hasta cómo administramos nuestro tiempo o qué entendemos por realidad cuando gran parte de lo que vemos proviene de pantallas y de algoritmos entrenados para mostrarnos ciertas cosas y ocultarnos otras.
Es una época en la que tenemos que estar más atentos que nunca a esas formas de manipulación. Todos los días aparecen noticias falsas diseñadas para que determinados grupos crean algo que en realidad nunca ocurrió. Y también sucede lo contrario: hechos que sí ocurren, pero que simplemente dejan de mostrarse.
Creo que el disco también invita a eso: a habitar el tiempo que nos toca vivir y ser conscientes de las decisiones y acciones que tomamos.

O.c: Valor Agregado cuestiona tanto la nostalgia como la hiperconexión. En ese cruce, ¿qué lugar ocupa hoy para vos la memoria, lo que queda, lo que persiste?
M.C: Para mí la memoria es muy importante.
Hoy recibimos una enorme cantidad de información todos los días, muchas veces sobre temas que ni siquiera nos interesan profundamente. Siento que, poco a poco, la memoria termina ocupada por ese ruido cotidiano y eso dificulta la conexión con nuestro mundo interior, con las reflexiones y con las experiencias que realmente nos atraviesan.
Creo que la memoria es una parte fundamental de quienes somos. Nos permite aprender, construir experiencias y establecer relaciones entre lo vivido y lo nuevo.
También pienso que gran parte de la creatividad nace de ahí: de poder tomar todo lo que uno ya vivió, reformularlo y transformarlo en algo diferente.
Siento que la memoria es esencial para crecer como personas y para seguir construyendo nuevas experiencias.
O.c: El disco no da respuestas cerradas, sino que abre preguntas. ¿Te interesa más incomodar o acompañar al oyente en ese estado de búsqueda?
M.C: No busco incomodar al oyente, sino presentarle la posibilidad de reflexionar, cuestionarse y establecer un vínculo un poco más activo con lo que está escuchando.
Siempre desde la invitación, nunca desde la imposición. Creo que abrir preguntas, animarse a dudar y cuestionar las cosas es lo que finalmente nos acerca a una mayor libertad.
De hecho, la última canción del disco, No lo sé, habla justamente de eso: de animarse a convivir con la duda y aceptar que no todo está completamente establecido.
En general, siento que todo el disco invita a preguntarnos dónde estamos parados hoy como seres humanos.
O.c: En tus canciones aparece mucho la observación de lo cotidiano. ¿Mirar con atención, en un contexto de hiperestimulación, es una forma de resistencia?
M.C: Sí, creo que la observación de lo cotidiano puede ser una forma de resistencia.
También tiene que ver con habitar de manera presente el momento que estamos viviendo y con la experiencia humana de atravesar una época muy particular. Creo que estamos viviendo cambios de paradigma muy fuertes que generan mucha incertidumbre y angustia a nivel social.
La observación siempre me parece un gran ejercicio para permitirse cuestionar, sacar conclusiones, aceptar contradicciones y entender mejor lo que nos rodea.
Es algo que está muy presente tanto en mis canciones como en mi forma de componer y de crear.
O.c: El álbum parece correrse de la lógica de la productividad constante. ¿Qué descubriste cuando decidiste trabajar sin seguir ese ritmo impuesto desde afuera?
M.C: Creo que vivimos dentro de un sistema que nos impulsa constantemente a que todo sea productivo. Parece que de todo tenemos que obtener un beneficio, monetizarlo o convertirlo en algo rentable. Incluso da la sensación de que ya casi no existen los hobbies.
Por eso siento que también es importante decidir cómo queremos vivir nuestro tiempo.
En ese sentido, creo que el disco plantea una pequeña rebeldía frente a ese ritmo impuesto, que muchas veces no coincide con el ritmo que cada persona necesita o siente.
Tengo la sensación de que todos estamos intentando seguir una velocidad determinada simplemente porque parece que debemos hacerlo, aunque muchas veces ese ritmo no nos acompaña. Como dice Club de Nostalgia, hay algo de ese malestar que compartimos muchos.
O.c: Venís de Tiene Que Haber Un Mapa, un disco más ligado a la búsqueda. ¿Qué cambió en tu forma de componer entre ese trabajo y Valor Agregado?
M.C: Creo que la principal diferencia entre este disco y Tiene que haber un mapa, que salió hace casi tres años, tiene que ver con todo el proceso que hubo en el medio, tanto a nivel personal como artístico.
En el disco anterior estaba en un momento de búsqueda. Aunque ya había publicado un EP como solista, seguía definiendo hacia dónde quería llevar la estética de las canciones y qué caminos quería recorrer, tanto en lo musical como en lo personal. Era una etapa de exploración, de hoja en blanco y de aventura.
En cambio, en este nuevo álbum siento que muchas cosas ya estaban más claras. Tenía mayor seguridad sobre lo que quería decir y también atravesé un proceso personal que me llevó a hablar de estos temas.
De todas formas, creo que todos mis discos reflejan con mucha transparencia el momento que estoy viviendo. Siempre digo que son como fotografías de cada etapa de mi vida, y por eso es fácil encontrar las diferencias entre uno y otro.
O.c: “Todos Son Extraños” y “La Distancia” abordan el vínculo con los otros desde cierta desorientación. ¿Hay una mirada generacional detrás de eso?
M.C: Sí, es cierto que Todos son extraños y La distancia hablan de esa sensación de extrañamiento y desorientación.
Hay un tema que aparece de forma recurrente en mis canciones: sentirse perdido en medio de la ciudad, de la velocidad y del ritmo con el que vivimos.
Todos son extraños habla justamente de esa sensación de estar perdida y de cómo, dentro de esa desorientación, una vuelve a encontrarse consigo misma.
Por su parte, La distancia se centra más en los vínculos y en la manera en que el paso del tiempo puede hacer que sintamos que ya no conocemos a la persona que tenemos delante.
Creo que son temáticas muy contemporáneas y que incluso tienen algo generacional. Al menos en la generación millennial, a la que pertenezco, hubo muchos cambios muy rápidos y crecimos atravesando un montón de sensaciones al mismo tiempo.
O.c:“Todos Son Extraños” construye un clima muy urbano. ¿Qué lugar ocupa la ciudad en tu forma de pensar los vínculos y la percepción?
M.C: Sí, Todos son extraños tiene un clima muy urbano. Como decía antes, habla de sobrevivir en la ciudad, una temática que también aparece en canciones anteriores. En Tiene que haber un mapa, mi primer disco, hay una canción que se llama Desconcierto, que aborda una idea similar.
La ciudad es un concepto muy presente en mi forma de componer porque toda mi vida estuve rodeada de movimiento, de estímulos y de acontecimientos que suceden muy rápido.
Siempre tuve la inquietud de preguntarme si no viviría mejor lejos de la ciudad, en un lugar más tranquilo. Pero, al mismo tiempo, nunca experimenté esa forma de vida durante un período prolongado. Así que, por ahora, sigue siendo un signo de pregunta.
O.c: En “Club de Nostalgia” aparece una sensación de desajuste y también cierta dificultad para percibir lo que está cerca. ¿Qué te interesaba explorar de esa experiencia?
M.C: Sí, el Club de Nostalgia funciona como una especie de declaración. Es decir: «No me siento cómoda con este ritmo y creo que no soy la única».
La canción nace de poner en palabras una sensación muy personal, pero que siento que compartimos muchas personas frente a la cantidad de ruido digital, la sobreinformación y todas las exigencias constantes.
Vivimos recibiendo mensajes que nos dicen qué tenemos que hacer, cómo debemos trabajar y hasta cómo tenemos que adaptarnos a las reglas que cambian permanentemente según un algoritmo.
Por eso la canción tiene algo de enunciado y también de queja. Es una manera de nombrar una realidad que muchas veces vivimos sin detenernos a pensarla.
O.c: “La Joven Vida de Bety F.” retrata a alguien que parece moverse por fuera de la lógica de la hiperconexión. ¿Qué te atrae de esas figuras?
M.C: Sí, La joven vida de Bety F. habla de alguien que vive alejado de las pantallas.
Me atraen mucho esas figuras que, de alguna manera, se rebelan contra este sistema y contra todas esas imposiciones. Muchas veces son personas incomprendidas, y por eso quería reivindicar esa forma de vivir.
Me interesa destacar a quienes eligen seguir su propio ritmo y viven la realidad por fuera de los algoritmos. También quería señalar que, por lo general, son justamente esas personas las que más suelen ser juzgadas por no estar hiperconectadas todo el tiempo.
O.c: En “Espero que estés bien”, aparece un gesto mínimo pero muy cargado de sentido. ¿Qué rol juegan los recuerdos en la construcción de esa canción?
M.C: Espero que esté bien es una canción que habla del adiós y del fallecimiento de una persona muy cercana.
Creo que los recuerdos siempre evocan cierta nostalgia y una melancolía que, a la hora de componer, se vuelven muy fértiles.
La canción empezó a aparecer de manera muy natural apenas falleció esa persona. Tanto la melodía como la letra fueron surgiendo casi al mismo tiempo y las fui escribiendo desde un lugar muy presente y muy sentido.
De alguna manera, quería visibilizar esa sensación y esos recuerdos.
Los recuerdos están muy presentes en mis canciones. También siento que forman parte de esa observación de la que hablaba antes: observar lo que vivimos, lo que sentimos y cómo eso permanece con nosotros.
O.c: En “Polvo de Ciudad” hay una crítica a la lógica de acumulación y a lo digital. ¿La canción busca cuestionar esa idea de cantidad por sobre calidad?
M.C: Polvo de ciudad es probablemente la canción más directa del disco y la que más se rebela contra esta situación de la que venía hablando: la sobreinformación, los algoritmos y, más recientemente, la inteligencia artificial.
También habla de esta idea instalada de que la cantidad está por encima de la calidad, de que simplemente hay que acostumbrarse porque «ya es así» y no queda otra opción.
La canción intenta plantear una pequeña rebelión frente a eso y preguntarse dónde queda lo humano.
Creo que en el estribillo aparece justamente esa vuelta hacia lo humano, esa decisión de soltar un poco todo y darse tiempo para vivir de otra manera.
O.c: En “La Distancia” aparece la frase “ya no sé ni quién sos”. ¿La canción habla de alguien que cambió o de cómo cambia el recuerdo con el tiempo?
M.C: En La distancia, la frase «ya no sé ni quién sos» nació pensando en lo que ocurre cuando dejamos de ver a una persona durante mucho tiempo.
Con el paso de los años empezamos a olvidar rasgos de esa persona, no solamente físicos, sino también emocionales y de su forma de ser. Incluso uno llega a preguntarse si hoy esa persona seguirá siendo como la recuerda.
Al mismo tiempo, también siento que, cuando recordamos mucho a alguien, ese recuerdo empieza a transformarse. De alguna manera se va deformando con el tiempo.
Por eso creo que esa frase alude a ambas cosas y, además, deja espacio para que cada persona pueda hacer su propia interpretación.
O.c: En “No lo sé”, cuando decís “quiero ver la otra mitad de lo que vos ves”, ¿hay una búsqueda de empatía o una frustración por no poder comprender al otro?
M.C: Con No lo sé quería plantear la idea de hablarle a alguien que no se permite dudar.
Cuando aparece la frase «quiero ver la mitad de lo que vos ves», en realidad habla del deseo de comprender esa otra mirada, de estar completamente abierta a ver aquello que la otra persona está viendo y yo todavía no logro entender.
A lo largo de toda la canción hay una invitación a entregarse a la duda, a dejarse atravesar por ella.
Creo que dudar también nos hace más libres. Nos permite cuestionar las cosas y aceptar que no todo es blanco o negro, que muchas veces existen los grises.
Esa era, en definitiva, la idea central de la canción.
O.c: A lo largo del disco aparece la idea de que “lo mejor es difícil de percibir”. ¿Qué te enseñó este proceso sobre esa dificultad para ver con claridad?
M.C: La frase «a lo largo, lo mejor es difícil de percibir», que aparece en Todos son extraños, que corresponde al momento final del estribillo, para mí representa el instante en que el personaje vuelve a encontrar cierto equilibrio dentro de toda esa desorientación y empieza a ver las cosas con más claridad.
También habla de darle valor a hechos cotidianos y positivos que muchas veces pasamos por alto o damos por sentados.
Lo veo como un momento de una vuelta al eje, una instancia en la que el personaje logra apreciar nuevamente el lugar donde está y las cosas que tiene.