La vida después del papel: por qué seguimos leyendo a Juan Forn

Leer a Juan Forn es entrar en una zona donde la literatura vuelve a ser un acto de humanidad. Es una manera de mirar el mundo con una curiosidad pocas veces leída, una sensibilidad que convierte cada historia en un gesto de compañía.

Su muerte, a los 61 años, dejó un vacío enorme. Sobre todo para quienes esperaban, cada viernes, la contratapa de Página/12. Esas historias funcionaban como biografías mínimas, iluminaciones históricas, escenas culturales o pequeñas obsesiones personales. Pero, por encima de todo, eran una bitácora de lectura: Forn leía por nosotros, buscaba historias por nosotros y nos las devolvía convertidas en literatura.

Nacido en 1959 y educado en el Colegio Cardenal Newman, pasó de ser el niño perfecto a convertirse, a los veinte, en mochilero por Europa. Escribió poesía, pero pronto entendió que su camino era la narrativa. De regreso en Buenos Aires insistió con una idea que en los 80 parecía imposible, publicar narrativa argentina. Durante nueve años editó a Rabanal, Kociancich, Castillo, Laiseca, Blaisten, Briante. Los escritores hablaban del “pibe nuevo” que editaba con pasión y criterio.

En 1990 llegó a Planeta y creó Biblioteca del Sur, una colección que marcó un antes y un después. Allí aparecieron los primeros libros de Fresán, Feiling, Figueras, Enriquez. Allí convivieron Caparrós, Dal Masetto, Saccomanno, Fogwill. En la Argentina frívola de los 90, Forn logró lo improbable, que los libros volvieran a ser tema de conversación. Que la literatura se pusiera de moda.

En esa misma colección publicó Nadar de noche (1991), el libro que lo consagró. El cuento homónimo se convirtió en un clásico. Se trata de un relato sobre la relación entre un padre y un hijo que ayudó a miles de lectores a procesar sus propias pérdidas. Forn contaba que le escribían para decirle que, después de leerlo, habían soñado con sus muertos. Ese era su poder: tocar lo íntimo sin sentimentalismo, con una delicadeza que desarma.

Después vinieron Frivolidad (1995), Puras mentiras (2001), María Domecq (2007) y otros libros que consolidaron su voz.

Después de la pancreatitis que lo dejó al borde de la muerte, Forn hizo algo que pocos se animan, se corrió del centro. Dejó Buenos Aires, se fue a Villa Gesell y empezó de nuevo. Leyó lo que no había leído, releyó lo que había olvidado y se metió en los márgenes, rusos, japoneses, centroeuropeos, vidas excéntricas, historias perdidas como si ahí estuviera la respiración que le faltaba. La ficción quedó atrás. En la costa encontró las historias de sus contratapas.

Desde 2008, cada viernes, entregó un texto que era una pequeña obra maestra. Allí convivían el Nabokov entomólogo, el hermano manco de Wittgenstein, el Kawabata bohemio, el peluquero de Picasso, Fellini en estado de gracia, Fatty Arbuckle desesperado, Ajmátova, Pasternak, Grossman, Brodsky. Una galaxia entera puesta en movimiento por su mirada.

Una aclaración importante cada libro ocupa un lugar preciso dentro de ese mapa personal que fue armando a lo largo de los años. Para quienes quieran empezar a leerlo o reencontrarse con él creo que hay títulos que funcionan como puertas de entrada claras, dos obras que permiten entender quién fue, cómo escribió y por qué sigue siendo un autor imprescindible.

Nadar de noche

Nadar de noche, publicado en 1991, es la puerta de entrada al universo Forn. El cuento que da título al libro es uno de los relatos más hermosos de la literatura argentina contemporánea. No por grandilocuencia, sino por su delicadeza, su economía, esa mezcla de irrealidad y realismo descarnado que Forn manejaba como nadie.

La escena es simple: un hijo, una casa prestada, una noche de tormenta, una pileta. Y un padre muerto que vuelve para hablar con él. Lo que podría haber sido un golpe bajo se convierte, en manos de Forn, en una epifanía.

La anécdota detrás del cuento es conocida: Forn soñó literalmente la escena la noche en que murió el padre de un amigo. Antes de ir al entierro anotó la frase “como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse”. Lo escribió diez años antes de ser padre, pero parece narrado desde la madurez de alguien que ya atravesó todas las despedidas posibles.

Los otros cuentos del volumen confirman lo que este ya insinúa: Forn tenía una capacidad extraordinaria para meterse en la psiquis del hombre moderno, para narrar la ansiedad, la sofocación, la deriva emocional sin necesidad de grandes gestos. Leer Nadar de noche hoy, con todo lo que sabemos de su obra posterior, es ver las semillas de lo que vendría: la atención obsesiva por los detalles mínimos, la respiración narrativa, la mirada compasiva.

Nadar de noche (NE) - Juan Forn - Librería Sudestada

Los viernes: la inmortalidad de lo efímero

Los viernes, la serie de cuatro tomos donde Juan Forn reunió sus columnas de Página/12, es la prueba de que lo efímero puede volverse permanente. Que un texto pensado para durar un día puede sobrevivir décadas. Que la literatura, cuando es verdadera, no necesita formato, encuentra su lugar.

La lectura de Forn suele despertar una mezcla rara entre admiración y frustración. Admiración por esa prosa entrenada y precisa, por esa voz que parece saber exactamente dónde poner cada palabra. Y, al mismo tiempo, cierta frustración, la sensación de que uno jamás podría escribir así, o si se piensa mejor el deseo de creer que tal vez sí, aunque a su propio modo. Muchos periodistas lo confesaron alguna vez, escribimos para tapar nervios, para disimular inseguridades, para convencernos de que no tenemos tiempo ni talento para dedicarnos a la ficción. Forn, en cambio, hacía periodismo como excusa para escribir literatura. Convertía cualquier anécdota en un cuento.

Los viernes es la inmortalización de esa alquimia. Una curaduría de 52 contratapas por tomo que, en el diario, tuvieron un destino efímero, donde seguramente más de una terminó siendo papel para un asado de domingo, pero que en libro adquieren otra dimensión, la de un archivo cultural contado desde los bordes. A Forn no le interesaban las grandes gestas, sino las historias laterales, como la del fotógrafo chino que arriesgó su vida por una imagen, la demolición de la estatua de Stalin en Praga, el Puig doméstico, el Faulkner borracho o el Orwell enfermo.

Lo sorprendente no es sólo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Cómo logra ese efecto en tan poco espacio. Cómo convierte dos o tres páginas en una novela comprimida. Que a rigor de verdad sería como consigue que en cada contratapa de un diario aparezca una novela comprimida. En los viernes, Forn se vuelve un maestro de la anécdota, del dato escurridizo, del detalle que cambia la historia. Un narrador que entendió que el contexto podía ser núcleo narrativo. Que la nota al pie de un libro de historia podría ser el protagonista de otra historia.

Uno podría pensar que la fórmula se agota, pero no. Cuando parece repetirse, encuentra un giro nuevo. Cuando amenaza con volverse previsible, abre otra puerta. Los viernes es entrar en una miscelánea de vidas complejas, muchas veces trágicas, narradas con una lucidez que pocos tienen. Es un libro que obliga a leer con Google al lado: cada contratapa invita a buscar fotos, nombres, libros, películas, documentos.

Esa es una de las claves de su magnetismo. Los viernes no es un libro para especialistas. Es un libro para todos, para quienes leen mucho y para quienes leen poco, para quienes buscan emoción, para quienes buscan datos, para quienes buscan belleza. Es el libro perfecto para la mesa de luz. leer una contratapa antes de dormir y dejar que esa historia trabaje en el sueño.

Cuatro tomos pueden parecer demasiado, pero cuando parece que ya nada puede sorprender, Forn vuelve a hacerlo. Sus textos funcionan como una máquina del recuerdo. Leerlo es compartir su mente, caminar sus obsesiones, mirar una galería de retratos que él rescata del olvido.

Los viernes demuestra que la literatura puede nacer en un diario y sobrevivir a su propio contexto. Confirma que Forn era un contador de historias, un escritor que encontró en la brevedad una forma de eternidad.

Si existieran más tomos de Los viernes, los leería todos con gusto.