Latinoamericana, migrante y nómada por decisión propia: así se presenta Trola, una artista que nació en el movimiento y que hizo de ese desarraigo una forma de identidad. Después de viajar durante cinco años por distintos paisajes del continente, la pandemia la encontró de regreso en Argentina.
Trola es una artista que se nutre de otres y que piensa la música como un territorio compartido. En su última producción De luto reafirma esa idea de comunidad que atraviesa toda su obra y su presente en una escena donde mujeres y disidencias ocupan un lugar cada vez más visible y decisivo.
El proyecto nació en viaje —literalmente—, cuando dejó su trabajo y se fue con la guitarra a recorrer México y otros rincones de Latinoamérica. Entre rutas, afectos, pérdidas y aprendizajes, fue tomando forma esa identidad que hoy reconoce como propia: cruda, melancólica, intensa, hecha de trance, oscuridad y una sensibilidad que convierte cada dolor en una posibilidad de poder.
De estó y otras cosas hablamos con Trola:

O.c: Me gustaría empezar por que nos cuentes bravemente que es trola como y como nace el proyecto que ya lleva más de 10 años de recorrido…
Cuando estaba en México, una amiga me regaló un cuatro venezolano. Y por otra amiga, Joye Magna —que tocaba la guitarra desde chica, somos amigas desde niñas— empezamos a imprimir canciones en el ciber. Ella las sacaba en la guitarra y yo las cantaba. Hasta que, de mirarla tanto, pensé: bueno, no es tan difícil.
Después Nico Possi me miró, se copó y me regaló otro cuatro venezolano. Gracias a él, a partir de ese momento empecé a sacar canciones de Él Mató a un Policía Motorizado, Todos Tus Muertos, Loquero, Fun People. Me nació una necesidad de gritar, de cantar, de sacar algo nuevo, de experimentar. Estaba jugando mucho con mi cuerpo, escribiendo un montón. En ese momento viajaba mucho y estaba muy conectada con el arte, con la música, con lo visual. México es así: colorido, intenso, lleno de arte por todos lados.
Acá también, en Buenos Aires, pero en México yo lo viví muy fuerte porque estaba muy en las calles, y Buenos Aires me da algo que, no sé por qué, pero ahí tengo cierto respeto.
O.c: ¿Qué significa para vos sostener un proyecto como Trola durante más de diez años en un contexto donde la música independiente suele ser frágil y precaria?
En este contexto donde la música independiente suele ser frágil y precaria, es como dice Patricia Est0ransfesa: vive, lucha, resiste. No nos queda otra que seguir resistiendo y seguir haciendo. La música conlleva muchas cosas: hacer arte cuando hacés un disco, pensar una tapa, concentrarte durante meses para componer un tema y arreglarlo.
Yo soy bastante despojada, pero hay gente que se toma el tiempo necesario, y a veces son años de trabajo para una sola canción. Yo, en cambio, soy más desprendida: cuando las canciones nacen y salen, quiero largarlas al mundo.
La precariedad me acompaña desde siempre. Desde mis 17, 18 años, en la adolescencia, viví de manera muy precaria con mi familia. Con la crisis de 2001 la pasamos muy mal, como todo el país. Y hoy también es difícil sostener esto “por una porción de pizza y una cerveza”. Pero lo hacemos igual por amor, porque nos gusta cantar, entregar, seguir dando todo. Eso sí: siempre con respeto y un trato acorde al apoyo mutuo, que es lo que más nos sostuvo. El apoyo mutuo es lo más punk que podemos hacer ahora, la actitud más punk que podemos tomar.
O.c: ¿Cómo influyeron Villa del Parque y la calle en tu manera de componer y en la identidad que llevás a los escenarios?
Villa del Parque influyó muchísimo en mí. Viví acá desde chica, pero nunca me identifiqué del todo con la gente del barrio. Siempre fuimos “las frikis” con mis amigas y amigos: las punkies, los alternos, las alternas. Éramos ese grupo que a los 14 se emborrachaba en la plaza de Villa del Parque y tocaba canciones de Flema, de Loquero, entre otras.
En esos momentos pasaban cosas muy divertidas, muy nuestras. Y Villa del Parque me marcó porque acá conocí a dos de mis mejores amigas, esas que te acompañan toda la vida.
O.c ¿Qué lugar ocupa la memoria del punk —Flema, 2 Minutos, Fun People— en tu forma de entender la música hoy?
Influye en que hay que tomárselo como un trabajo. Esto no es solo un juego: es un laburo, y siempre lo fue. Cuando me subía a los colectivos para ganarme el pan —literal, la moneda para comprarme un pan—, cuando tocaba en bares, en la calle, en las rutas para juntar monedas y seguir viajando… todo eso era trabajo. Tocábamos con una amiga, una travesti hermosa, y nos ganábamos la vida así. Viajamos un montón haciendo eso.
Y lo único que pasa ahora es que cada vez hay que tomárselo más en serio. Cada vez hay que sumar más gente al proyecto, porque ya no depende solo de una. A medida que crece, se vuelve un proyecto colectivo. Y eso está buenísimo, porque generás posibilidades para otras personas que quizá no tienen un proyecto propio, pero sí las ganas de sumarse a uno que les gusta, que les copa: tocar, compartir, estar en un puesto de merchandising, apoyar desde donde puedan.
O.c: Tus viajes por Latinoamérica, las primeras presentaciones en México y la conexión con Berlín marcaron distintas etapas del proyecto. ¿Cómo transformaron esos recorridos la identidad musical de Trola?
Los viajes por Latinoamérica me modificaron muchísimo. Dejé atrás mi vida más narcopunk de la adolescencia, pasé un tiempo siendo parte del sistema, y viajar me devolvió a mis raíces. Me hizo volver a ese lugar donde de verdad pertenezco, donde me siento cómoda, donde me siento trola, más trola que nunca.
Viví muchos desamores en esos viajes: amores muy pasionales, rupturas, historias que todavía siguen. Ese cruce entre vivencia, dolor y composición lo trabajo de una manera respetuosa y amorosa, sin dejar afuera la piel, la carne, el sentimiento, la pasión, el amor, la muerte, la sangre, la vida. Cuando viajás, sentís todo el triple: todo se magnifica, se amplifica. Entonces, cuando nace una canción después de un viaje —o en medio de uno— es algo increíble.
Por eso también me pesa este tiempo viviendo acá. Los aires, las circunstancias, todo lo que se mueve alrededor… ha sido difícil. Pasé por momentos muy duros, incluso de salud mental. Pero también de ahí salen canciones, porque todo lo que viví, incluso lo más oscuro, termina transformándose en algo que puedo decir, cantar y compartir.
O.c: En Urgente, grabado en plena cuarentena, el aislamiento atraviesa el disco. ¿Cómo influyó ese contexto en la escritura y en el sonido?
El urgente en pandemia fue tremendo. Es una recopilación de escritos que tenía de un momento muy malo de mi vida, incluso algunos de cuando estuve internada en un psiquiátrico, acá en el hospital, en el hogar. Fue, más que nada, el sonido de la cuarentena. Como te dije antes, lo hice con el celular.
Estábamos tan pegades al celular, consumiendo todo desde ahí, que quedamos medio estupidizades. Todavía hoy mucha gente sigue así, mirando la pantalla sin parar. Yo trato de no consumir tanto: subo el material que creo y trato de no quedarme atrapada ahí, de no quemarme la cabeza.
Por eso El urgente tiene ese tono: es crudo, inmediato, hecho con lo que había a mano. Fue mi manera de decir “che, esto es serio”. Y de transformar un momento muy oscuro en algo que pudiera compartir.
En RATA aparece la figura de la “rata de laboratorio”, y en otras canciones la muerte, el olvido o el “nudo en el pecho”. ¿Cómo trabajás esas metáforas extremas para hablar de alienación, angustia y resistencia?
Porque creo que una rata de laboratorio, como lo soy yo, bajo una dosis de medicación, un cóctel de medicación para tapar la angustia hace que siga resistiendo. Pero, en realidad, es una rueda. La resistencia es a la alienación, porque la alienación me genera angustia. Yo no puedo vivir alienada. Y ese nudo en el pecho es lo que, esa es, esa alineación me genera un nudo en el pecho.
Y si cerrar una rata de laboratorio, estar encerrada ahí, probando cosas y no encontrándosele sentido a la vida. Por eso hay que estar a escapar de las ciudades, lo más lejos que se pueda.
O.c: En Mi sombra aparece la imagen del viento, los sueños y la idea de extraviarse. ¿Qué significa para vos esconderse “a orilla de los sueños”?
Mis amigos de loqueros lo dijeron perfectamente en su gran disco Temor morboso en la exposición pública. Mis sueños son muchos. Y también sueño con, haber tocado frente a mucha gente. Ese sueño de cualquiera, de cualquier músico.
De alguna u otra manera, eso pasa, sucede, lo vivo y lo veo. Es hermoso cuando sucede. Pero, bueno, me escondo ahorita de mis sueños. Cuando se acercan, me dan miedo. Después me vuelvo a casa hecho un pollito.
O.c La canción también habla de “la danza de la agonía”. ¿Qué lugar ocupan la melancolía y la agonía en tu música, y cómo se transforman en movimiento, en ritmo?
Yo, cuando toco, hay veces que no, pero hay veces que sí entro en un trance, y eso es como una agonía. Esa es la agonía en el punto exacto en donde mis ojos se dan vuelta y quedan entreabiertos, ahí está la agonía y la danza de mis ojos. Ese movimiento de esos ojos parpadeando en ese ritmo. Y las melancolías y la agonía son parte de mi música, pero también son parte de la identidad de Trola. Como la oscuridad, como la muerte, como las cosas que son reales en esta vida.
Pero la felicidad es muy corta.
O.c: En Contra el paredón aparece la imagen de “patearme la cabeza contra el paredón”. ¿Cómo trabajás esa metáfora del límite, la violencia y la catarsis?
Un poco… o sea, la palabra violencia la usé en una canción y después la usé y no la quise hablar más. Pero me parece que la violencia es contra una misma. De darse la cabeza contra la pared porque no podés más. No estás pudiendo más con tu vida. Cuando no podés más, no podés más, y capaz eso te hace salir.
Y la realidad que me estaba tocando vivir en ese momento fue que Lechus no pudiera venir a Buenos Aires a encontrarnos y seguir nuestra historia de amor. De hecho, fue un amor muy grande. Estuve en Chile, con una persona que amo mucho y admiro mucho. Y no pudo migrar, y eso me dolió tanto que se transformó en canción. Que todo dolor se convierta en poder, nomás.