Clara Obligado: «Sin palabra no hay perdón posible»

Clara Obligado nació en Buenos Aires y vive en Madrid desde 1976, cuando debió exiliarse tras la dictadura militar. Desde entonces, su obra —que abarca la novela, el cuento, el microrrelato, el ensayo y la docencia— ha construido una de las reflexiones más lúcidas sobre el desarraigo, la memoria y las formas de narrar lo que duele. Licenciada en Literatura y pionera de los talleres de Escritura Creativa en España, ha publicado libros fundamentales como La hija de Marx, Petrarca para viajeros, Las otras vidas, El libro de los viajes equivocados, La biblioteca de agua, Una casa lejos de casa y Todo lo que crece. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y ha recibido premios como el Femenino Lumen y el Juan March Cencillo.

En 2026, con motivo del 50 aniversario del golpe cívico-militar argentino, Obligado publica Exilio, un libro ilustrado por Agustín Comotto que vuelve sobre la violencia, la pérdida y la reconstrucción desde una voz que no quiere ser individual sino generacional. Pero su trabajo reciente también incluye Tres maneras de decir adiós editado en el 2024, un tríptico narrativo donde la autora explora la distancia —geográfica, temporal, lingüística— y reescribe mitos para pensar el duelo contemporáneo. Ambos libros dialogan entre sí: el viaje, la extranjería, la memoria y las vidas posibles aparecen como hilos que atraviesan su literatura.

Lo que sigue es una conversación que cruza exilios, despedidas y formas de narrar lo que persiste. Un diálogo donde Clara Obligado piensa la literatura desde la experiencia y desde una mirada que no deja de moverse.

O.c: ¿Cuándo y por qué sentiste que finalmente podías escribir Exilio? ¿Hubo un momento en que lo que había permanecido un silencio durante décadas encontró su forma?

Clara Obligado: No necesité escribir este texto, o me resultaba doloroso hacerlo, aunque creo que no he hecho otra cosa que hablar de lo que significa la violencia dentro de una vida y lo que significa, también, la pérdida de una tierra. Pero me pareció que tenía que sumar esta historia a otras historias que ya se han contado, decir, también, lo que nos pasó a los que nos tuvimos que ir. Al acercarse el 50 aniversario del golpe, sentí que sumar una voz a otras voces podía resultar importante. No es mi voz: es la de tanta gente que se tuvo que ir, o que tuvo que quedarse en situaciones muy extremas.

O.c: El libro está narrado desde una experiencia femenina, desde una violencia íntima y cotidiana como dormir vestida por si llegaba el secuestro y desde gestos machistas naturalizados, como ese beso obligado en el aeropuerto. ¿Crees que aún faltan relatos del exilio escritos desde una perspectiva femenina?

Clara: La violencia es una sucesión de pequeñas violencias que van arrasando la cotidianeidad. Hay, como dice Rita Segato, una violencia masculina que está siempre de fondo y que sería importante analizar desde la perspectiva de género para poder desmontarla. Las “manadas” son siempre masculinas. ¿Qué significa esto? Que no podemos pensar la violencia sin tener este tema como trasfondo. Contar en femenino, por otro lado, para mí es natural, porque soy una mujer.

    O.c: Exilio aparece la idea de vidas posibles: variaciones del 5 de diciembre, comienzos alternativos, destinos que pudieron ser otros. ¿Qué te interesaba explorar en esa constelación de versiones donde el exilio no es un hecho único sino una multiplicidad de posibilidades?

    Clara: Nunca me interesó contar mi propia historia, y no lo hice hasta encontrar una voz que, de alguna manera, sumara todas las voces. No todas las posibles, evidentemente, pero sí una pluralidad suficiente como para dar cuenta del relato de una generación. Es legítimo contar desde el punto de vista que cada autor o autora considere conveniente, pero en mi caso no quería, de ninguna manera, exponer como individual aquello que fue social y generacional.

    O.c: La narradora dice que integrarse fue una decisión, no un sentimiento, y que el exilio no termina ni siquiera regresando. ¿Cómo pensás ese territorio intermedio donde la identidad se construye a fuerza de adaptación, sin retorno ni pertenencia plena?

    Clara: Lo primero es aceptar el dolor y la pérdida. Si disfrazamos nuestros sentimientos y nuestras sensaciones, es difícil avanzar. La primera búsqueda es, entonces, dentro de nosotras mismas. Esa sinceridad cuesta, porque es dolorosa: es la aceptación del desastre. Pero cuando se reconoce la ruina, cuando se la mira cara a cara, también es posible comenzar una reconstrucción con lo que queda.
    La idea de destruir es negativa, sin duda, pero la de construir es, en cambio, alegre. Salir del desastre después de pensarlo. Pero nunca volverás a ser quien eras. En todo caso, tampoco me resultan demasiado interesantes las identidades rígidas, férreas: el concepto de identidad se relaciona con el de mundo, o exterior, o naturaleza, siempre en cambio. No aceptar que perdemos y ganamos constantemente nos convierte en personas un poco fuera de la realidad

    O.c: En varios pasajes de Exilio el cuerpo también migra: el frío madrileño, la ropa equivocada, el acento que se quiebra. ¿Cómo trabajaste esa corporalidad del exilio, que no es solo política sino también física, casi táctil?

    Clara: El exilio toca el cuerpo, como bien dices. También la escritura de este libro me atravesó el cuerpo, me dolió. Nunca me había pasado con un texto que me punzara de esta manera. Cuando hablamos de la violencia, hablamos de cuerpos rotos, destrozados. Leí muchos textos sobre la tortura, y es casi insoportable acercarse a ese horror: aunque lo sepamos, duele imaginar el nivel de crueldad que los militares argentinos utilizaron con sus víctimas.


    El exilio es una forma menor de la tortura: el cuerpo no se ve “lastimado” de la misma manera, pero es, básicamente, una carencia que puede ser casi absoluta, porque a veces no queda nada, sólo la vida. Te han quitado el suelo que pisabas y el cielo que te protegía, los afectos, la cotidianeidad. Pensarlo ya duele. ¿Cómo separar el cuerpo de estas emociones?
    El exilio, en sus versiones más positivas, implica volver a nacer, pero para eso hay que dejar morir muchos aspectos de lo que fuimos hasta entonces. ¿Cómo no va a doler en el cuerpo?

    O.c: El libro está ilustrado por Agustín Comotto, otro exiliado. ¿Qué aporta la imagen la mancha, el trazo, la sombra que la palabra no puede decir sobre el destierro?

    Clara: El trabajo con Agustín Comotto fue muy interesante. Creo que él no ilustra mi texto, sino que dibuja creando en paralelo su propia historia. No sé hasta qué punto fue consciente de lo que estaba haciendo, pero así lo sentí yo. Ha hecho un trabajo excepcional, y el libro no hubiera sido el mismo sin sus imágenes. De hecho, a medida que él iba dibujando, yo fui cambiando partes del texto para acoger mejor lo que él estaba diciendo. Me interesaba su mirada: es hombre, menor que yo, llegó de niño, vive en Barcelona, su entorno es diferente. No quería quedarme con mi mirada como eje. Creo que supo sumar una diversidad que sólo se logra cuando quien te acompaña está dispuesto a dialogar en el mismo nivel, en la misma frecuencia.

    O.c: En la historia aparece la preocupación por el silencio: el individual, el familiar, el social. ¿Qué riesgos ves hoy cuando la memoria vuelve a ser un territorio en disputa? ¿Por qué “no callar” sigue siendo un gesto político?

    Clara: Creo que en España se sabe bien el peso y el lastre de callar. Callar es no hacer las paces de ninguna manera. Evidentemente, hay compensaciones de la barbarie que deben ser legales, pero todo empieza por la palabra, por el reconocimiento: es lo mínimo que se le debe a la víctima.
    El silencio es una forma de violencia que se ejerce sobre la violencia. Hacer desaparecer el cadáver de alguien a quien se ha fusilado o asesinado en la tortura es un intento brutal de que el silencio sea el mayor de los verdugos.
    Para que el ser humano construya un mundo donde este tipo de barbaries no tenga cabida, tenemos que empezar por hablar. Sin palabra no hay perdón posible.

    Exilio | Editorial Páginas de Espuma

    O.c: En Tres maneras de decir adiós aparece la pregunta “¿Qué pasaba cuando estabas lejos?”. ¿Qué significa hoy para vos ese “lejos”, cuando la distancia ya no es solo geográfica sino también temporal y lingüística?

    Clara: Hay una zona misteriosa en quien se va. Una construcción en la que no entran quienes se quedaron. Un enigma que siempre se mantendrá. ¿Quién soy yo cuando no estoy contigo? Son vidas rotas, partidas. ¿Quién sutura esa herida? ¿Qué torsiones he tenido que hacer para aceptar mi nueva circunstancia? Todas estas preguntas están escondidas en tu pregunta.

    O.c: El libro se organiza como un tríptico donde cada relato es autónomo pero parte de una constelación mayor. ¿Qué te permite esa estructura polifónica que una novela tradicional no te permitiría?

    Clara: Así como vivo en tierra extranjera, también intento que mis textos habiten esa zona incómoda. Entre el cuento y la novela, entre la poesía y la prosa, entre el texto largo y la microficción. Después de muchos años trabajando la prosa, he aprendido que todo se teje, más bien, en los silencios, donde el lector o la lectora completan la información que quien escribe maneja mediante elipsis. En ese sentido, el cuento es un instrumento más idóneo. Además, no veo sentido en escribir en formas que son ya de otra época. La búsqueda de cómo contar me parece una de las más apasionantes de mi trabajo.

    O.c: En el primer relato de Tres maneras de decir adiós, la narradora lee a su hijo el descenso al Hades. ¿Qué te interesaba de ese diálogo entre mitología y duelo contemporáneo?

    Clara: Ese libro, completo, es una reescritura de La Odisea. La pregunta que lo abre es: ¿qué es un héroe? ¿Cuál de todos los personajes que aparecen es el héroe verdadero? Cada persona que enfrente el texto tendrá su propia solución; la mía está en el cuento final. En todo caso, es mi respuesta. Revisar los mitos es revisar nuestra propia historia, hacerla avanzar. Siendo una exiliada, ¿cómo no voy a estar interesada en revisar el mito del viaje?

    Traer todas las voces al ruedo, lo que todos tendrían para decir. Y también la idea de que las cosas no mueren nunca del todo, que la violencia —sobre todo la violencia callada— permanece para siempre. Una violencia soterrada, dice ese cuento, se reproduce siempre, y de la manera más inesperada. Hay dos lecturas para ese cuento: una realista y otra mítica. En realidad, yo estoy interesada en la lectura política, en un sentido amplio.

    O.c: ¿crees que escribir ya sea literatura o incluso esta conversación puede ser una forma de resistencia ética frente a los relatos que buscan imponerse?

    Clara: Claro que sí. No creo en una literatura didáctica, que me parece siempre peligrosamente autoritaria, pero sí creo en una escritura reflexiva. Ahora bien, ¿qué quiere decir eso? Se puede ser reflexivo de muchísimas maneras. Yo lo soy a través de los elementos propios de la literatura: el lenguaje, la forma. Confío en ellos; llevan siglos acompañándonos. Una forma tradicional, por ejemplo, me llevaría a una respuesta tradicional. Una forma más comercial me llevaría a negociar con el mercado. Una forma compleja —aunque no necesariamente difícil— invita al lector a pensar, a comprometerse y a sumarse a la historia. Esta es la ética que persigo: la del pensamiento.

    Tres maneras de decir adiós | Editorial Páginas de Espuma