“Fueron canciones que no pude evitar escribir”, así definía Jorge González, vocalista de Los Prisioneros, la materia prima de Corazones; disco que marcó la separación de la banda chilena. El 22 de mayo se cumplieron 36 años del lanzamiento de este álbum bisagra no sólo en la carrera del artista, sino en su forma de entender la música y la intimidad.
“Fue una patada en la mesa”, dice al respecto Nicolás Alonso, periodista, docente universitario y guionista del podcast Necesito poder respirar, la biografía sonora de Jorge González, en diálogo con Otra Canción desde Santiago de Chile. Para ese proyecto, Alonso entrevistó a González durante dos días en su departamento en San Miguel, la comuna que vio nacer a Los Prisioneros.
“Corazones es, de alguna manera, el primer disco de Jorge solista, a pesar de que todavía sale bajo el nombre de Los Prisioneros”, sigue Alonso, “Corazones marca un quiebre, tanto porque es el disco que cristaliza la desintegración de la banda, como porque realmente es un disco que Jorge González trabaja en Estados Unidos sólo con Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel, con canciones de un corte intimista. Y donde él, si bien siempre había tenido una mirada muy social, poniendo su rabia y su mirada filosa en el centro de canciones que pretendían ser radiales, bailables, populares en el sentido amplio de la palabra, acá por primera vez pone su dolor en el medio de la pista, y abre otra veta.”
Corazones es el cuarto disco de la banda chilena Los Prisioneros y el primero grabado íntegramente por Jorge González. Fue producido por los argentinos Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel en la ciudad de Los Ángeles, California. A la fecha de su lanzamiento, el 22 de mayo de 1990, fue recibido con extrañeza: tenía un sonido que, en palabras de Alonso, “para la época sonaba ‘marciano’”.
“Por un lado es un electropop con un pulso muy alto, como para salir a bailar, para ir a una discoteca. Pero por otra parte tiene unas letras desgarradoras, intimistas y completamente descarnadas, que no sólo exploran el tema del desamor y de toda la situación que venía ahí con Jorge, que todos sabemos, sino que también las cruzan con cierta observación social.”
La “situación” a la que alude Alonso es el triángulo amoroso entre el propio González y Claudia Carvajal, la esposa de su guitarrista y amigo de infancia, Claudio Narea.
“Una historia de un amor muy fuerte, muy intenso”, cuenta el entrevistado, “que a él también, por supuesto, le va a generar culpa, sentimientos encontrados. Y creo que él quiso evocar todos esos sentimientos en canciones que escribe sin siquiera tener la intención de publicar algún día. A él le gusta decir, y lo ha dicho, que eran canciones que no pudo evitar escribir. Es una frase muy bonita.”
En Corazones, el ardor por ese romance se puede rastrear en canciones como “Amiga mía”, “Con Suavidad”, “Estrechez de corazón” o “Por Amarte”: “Amarte es mi estupidez, es mi suicidio / O debo haber estado, bastante loco / Amarte es el peor error, inevitable”, abre el cantante en esta última, dedicada casi explícitamente a Claudia. Su relación fue descubierta por Narea en 1989.
Relataba el propio Alonso en su podcast: “Jorge viajó solo. Con Claudio ya no se hablaban, y a Miguel (Tapia) le habían negado la visa para entrar a Estados Unidos. Estando allá, recibiría una llamada de Claudia, en que le dijo que había decidido volver con Claudio. Ya no le quedaba nada; sólo un puñado de canciones extraordinarias”.
“Entonces, de alguna forma, cuando sucede lo que sucede, la banda se rompe, y él llega al estudio de Santaolalla en Los Ángeles muy deprimido, muy golpeado, en un momento emocional muy pesado, con una serie de canciones extraordinarias y completamente diferentes en todo sentido a lo que venía haciendo. Que como te digo, al principio a Gustavo y a Aníbal los sorprenden, pero rápidamente entienden: ‘esto es absolutamente otra cosa.’”, cierra Alonso.
El factor Santaolalla
“Al principio fue como esas sensaciones de que no sabés si me gusta o no me gusta, pero me atrae profundamente”, contaba el propio Gustavo Santaolalla en Necesito poder respirar. Acompañado en la producción por Aníbal Kerpel, fueron los primeros que le dijeron a Jorge que era buen músico.
Retoma Alonso: “Básicamente lo que estaba pasando con Los Prisioneros era que andaban un poco más ruidosos, más agresivos; y de repente los demos que recibe le parecen una cosa totalmente ajena a lo que se estaba haciendo en Latinoamérica. Después se terminan dando cuenta de que, por supuesto, tienen en las manos algo que va a ser una obra maestra.”
Más allá del estímulo, el salto también fue material: “Le dicen: ‘lo que vos hacés vale muchísimo’, y le dan también las posibilidades técnicas de hacer ese disco que, al subirle el volumen a un parlante, suena como si lo hubieran producido ayer; se ha sostenido en el paso del tiempo en todo sentido. Canciones como ‘Cuéntame una historia original’, por ejemplo: ¿quién va a creer que la escribió un chico de 24 hace treinta y tantos años?”
En “Cuéntame una historia original” se combinan, por ejemplo, un rap que describe la rutina en las afueras de Santiago sobre un sintetizador estilo europop. En “Tren al sur”, la primera del disco, Santaolalla sugirió un ralentando que simula el ritmo de la locomotora, e incluyó un ronroco, instrumento de cuerda boliviano.
Sigue Alonso: “Jorge llega con una cabeza pensando en música electrónica, en baterías sintetizadas. Y a ellos mismos probablemente les implicó un desafío en torno a: ‘ok, no estamos grabando rock, estamos grabando a un tipo que quiere cantar sobre el dolor encima de secuencias y con una guitarra flamenca’. Entonces creo que es algo muy increíble lo que se arma en torno a ese disco.”
Años después, Santaolalla produciría a Julieta Venegas, Jorge Drexler, Divididos y Molotov, entre muchísimos más, y llegaría a ganar el premio Oscar a la mejor banda sonora por “Secreto en la montaña” (2006). En 1990, sin embargo, este álbum no podía ser más importante.
“Corazones es el primer disco que Santaolalla firma como productor con su nombre” dice el guionista. “Es algo que hasta ese punto nunca había podido hacer, y que lo hacen en los mercados más anglos. Y la carrera de Santaolalla también explota con este primer mega-éxito. Ellos aparte de ser muy amigos fueron muy importantes en la carrera del otro. Es un cruce muy improbable que los agarra a los dos en el momento justo.”
Desconexión argentina
“Yo sé que a él probablemente le hubiera gustado ser escuchado en Argentina”, sentencia Alonso. “Corazones explota sobre todo en la zona Pacífico, donde siempre se han escuchado más a Los Prisioneros: en Perú, en Colombia, quizás México. Nunca cruzando la cordillera hacia el otro lado, donde había un ‘rock nacional’, como le decían los argentinos, muy propio. Y además, en el caso de Los Prisioneros, Jorge pone al rock argentino como su enemigo desde el primer momento.”
En el ascenso de su carrera, tanto en entrevistas como sobre los escenarios, González se burlaba de Charly García, Fito Páez, Soda Stereo… La explicación a este rechazo no sería, según Alonso, sólo musical ni personal, sino de circunstancias históricas.
“El rock argentino desembarca fuertemente en Chile en un momento en que Los Prisioneros estaban censurados por la dictadura”, cuenta. “Entonces Los Prisioneros no podían tocar en ningún lado. Estaban girando La cultura de la basura y no podían tocar, no podían ganar plata, no podían hacer nada. Estaban vetados en el festival de Viña del Mar. Y de repente, al mismo tiempo que ellos están vetados, Soda Stereo toca dos noches seguidas en Viña del Mar, Charly García es muy bien recibido en general, y todos los de esa camada empiezan a entrar.”
González declaró en su momento: “Yo me pregunté: ¿Cómo a estos tipos que vivieron una dictadura les da lo mismo la dictadura de acá? Después supe por qué: eran todos una manga de chetos. No les pasó nada en la dictadura, al contrario, yo creo que les ayudó”.
“Y de alguna manera, desde la mirada de un joven que viene de un contexto social mucho más obrero, trabajador, él siente que el rock argentino que llega es el rock que avala la dictadura: es inofensivo, mientras a ellos les ponen la pata encima. Entonces se pone en ese lugar de contrincante frente a figuras como Gustavo Cerati, y luego Charly García también, si bien con otras bandas del rock argentino mostró más cercanía, como con Virus”, sigue el entrevistado.
“Les teníamos envidia”, admitiría varios años después el propio Jorge González, a quien en el podcast se le escucha oponerse a la anexión inglesa de las Malvinas, “porque ellos eran famosos en toda América, y nosotros queríamos ser eso y no pudimos. Y eso no fue porque vinieran de un medio grande como el argentino, sino sencillamente porque eran mejores que nosotros, sobre todo cuando tocaban en vivo”.
El Corazones de Jorge
“A veces te da la sensación de que fuera un protagonista secreto del país, ¿no?”, sonríe ante la cámara Nicolás Alonso, consultado por la experiencia de entrevistar al ídolo. “Pero la persona que me recibió lo hizo con una gentileza, con una caballerosidad que fue muy linda de ver”.
En Necesito poder respirar, el relato pasa del primer Jorge González asceta, el “chico trabajador”, a uno que experimenta con ácidos, sufre una adicción a la cocaína, y de ahí a un padre de familia que hace gimnasia y meditación por las mañanas.
“Jorge González es un hombre que es muchos hombres”, dice Alonso. “Hay un movimiento pendular en su vida, en su obra, que siempre está reaccionando contra lo que se supone que se espera de él o lo que la gente quiere que sea.”
¿Y cuál es, entonces, el Jorge González de Corazones?
«el Jorge que llega a grabar ese disco es uno que ha sufrido un proceso de cambio muy fuerte en el último tiempo”, responde. “Deja atrás ciertos prejuicios que quizás tenía al principio en torno a la gente que se drogaba, por ejemplo, a la gente que tomaba. Al principio era muy ‘mateo’, un chico muy trabajador, con ese impulso de ser consciente de tener algo especial y necesitar transmitirlo, con esa consciencia de clase trabajadora de no poder perder tiempo, de estar constantemente en estado de urgencia. Y creo que en ese punto él ya ha cambiado en el sentido de empezar a abrirse a otras influencias, juntarse con gente de otros ámbitos artísticos, new wave, consumir alguna sustancia… Empieza a sentir que esos primeros Prisioneros tienen una cosa autoritaria, y se empieza a cansar de ese personaje en guerra.”
Entre los herederos de Jorge González, en particular del disco Corazones, se suele destacar a Alex Andwantler y Javiera Mena. Alonso también suma a los más recientes Candelabro, Hesse Kassel y, en general, “la tradición chilena que tiene que ver con música que tiene algo para decir. Hay algo, probablemente desde Violeta Parra hasta acá, y que Jorge entiende perfectamente, que es la idea de que en Chile tú no puedes cantar de cualquier cosa”.
“Yo creo que Corazones mezcla esa tradición cultural chilena con un sentido de lo popular”, retoma el entrevistado. “La idea de ‘popular’ en el mejor sentido de la palabra, no ‘popular’ en el sentido de cuántas vistas tuvo tu TikTok o tu stream; ‘popular’ en el sentido de sonar en las radios AM, sonar en las fiestas de liceo, que la señora ponga la radio en la casa y suene una canción suya. Y por otro lado siempre tuvo este temor de ser procesado por la industria y transformado en algo vacío, y creo que en esa tensión transcurre gran parte de su vida y de su obra.”
En febrero del año 2015, González sufre un accidente cerebrovascular. Había arrastrado los efectos del mismo por recitales en Pichidegua y Nacimiento. El 7 de enero del 2017, en la cuarta Cumbre del Rock Chileno, el artista se retiró de los escenarios ante un Estadio Nacional repleto. Confinado a una silla, arrastrando las sílabas, cerró su último concierto con “Amiga mía”, “Tren al sur” y “El baile de los que sobran” (del disco homónimo); canciones coreadas desde un público que ahogaba la voz del artista.
Creo que Corazones es un disco cuya propia rareza lo lleva a un nivel que quizás a ese punto no se había conseguido en Chile”, concluye Alonso. “Y tampoco sé si se vuelve a conseguir después. Esa mezcla entre lo popular, la canción con contenido y la vocación bailable, mezclado en un paquete vanguardista que no sonaba parecido a nada de lo que estaban haciendo en ese momento ni Fito Páez, ni Charly García, ni nadie que estuviera teniendo éxito —ni él mismo.