Gustavo Rodríguez en la FILBA: entre la ternura de Mamita y las heridas que el Perú aún no cierra

En Mamita, el escritor peruano Gustavo Rodríguez vuelve sobre una historia que lo acompaña desde la infancia: la de su madre, su abuela y un abuelo convertido casi en mito familiar. Lo que durante años escuchó como un relato entrañable, en el libro se transforma en una exploración literaria donde memoria, afecto y crítica histórica conviven en tensión. La novela nace de una deuda íntima: “el libro se convirtió en un regalo para mi madre, una especie de reivindicación de su lugar y el de su madre”, dice el autor.

La conversación con Rodríguez llega en un momento especial: la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que este año celebra una edición histórica con Perú como primer País Invitado de Honor. Bajo el lema Caminos que nos unen, el país andino desembarca con un pabellón propio, más de 770 títulos de 130 editoriales, una delegación de 60 referentes culturales y una programación que cruza literatura, arte, música y lenguas originarias. En ese marco, Rodríguez —uno de los nombres centrales de la narrativa peruana contemporánea— vuelve a Buenos Aires para presentar Mamita.

Pero Mamita no es solo la reconstrucción de una genealogía marcada por silencios, asimetrías y zonas grises. Es también una mirada hacia el Perú profundo, hacia las heridas que dejó la época del caucho y hacia las desigualdades que persisten. Rodríguez escribe desde un equilibrio complejo: reconoce la ternura que lo une a las mujeres de su familia, pero no esquiva la violencia histórica que rodea esa memoria. Entre humor, dolor y lucidez, la novela se vuelve un gesto de despedida, de gratitud y de interrogación sobre cómo narrar aquello que nos formó.

Hablamos con el autor sobre el desafío de mirar el pasado sin moralismos, del rol del humor en su obra, de cómo la ficción permite decir lo que la vida no siempre deja, y del modo en que Mamita dialoga con un presente latinoamericano atravesado por desigualdades que, como él mismo señala, “cambiaron… y otras no tanto”.

Otra cancion: Mamita habla un poco de la vida de tu madre… ¿Fue una deuda pendiente con tu madre, de alguna manera?

Gustavo Rodríguez:  Sí, es una deuda que yo tenía acumulando con ella, porque, al inicio, cuando uno es chiquillo, no se da cuenta de que en su familia ha habido o hay unicornios. O sea, nadie se da cuenta de que vive entre gente excepcional, porque te parece que es lo usual, así como el pez no se da cuenta de que vive en el agua.

Yo de niño escuchaba estas historias sobre mi abuelo de boca de mi abuela. Escuchaba sobre este hombre patriarca de la Amazonía que construyó un palacio al lado del río Amazonas, que era amigo de Gustavo Eiffel, de Julio Verne. Y que le llevaba a mi abuela una astronómica cantidad de años, y yo iba asimilando esto, dando por hecho que era lo más normal.

Hace más o menos diez años a mi madre le llegó una invitación para ir al Banco Central de Reserva a una ceremonia, y yo la acompañé. Era una ceremonia por la cual se lanzaba una moneda recién acuñada, en cuyo anverso estaba el palacio que mi abuelo había mandado a construir en 1912, más o menos, para que veamos la diferencia de edad que le llevaba mi abuelo a mi abuela.

Entonces, al ver a mi madre octogenaria en esa época, paradita, de pie, tomándose una foto ante la efigie de la moneda, me dije: “Oye, Gustavo, vienes escuchando desde niño una historia que el Estado peruano acaba de refrendar. Quizás sería bueno que veas cómo novelarla”. Y quise hacerlo en ese momento. Me salió un manuscrito correcto, pero que no tenía toda la intensidad afectiva que merecía esa historia. Y por eso, recién después de haber ganado el premio Alfaguara y de la gira, se me ocurrió revisar ese manuscrito y darle la vuelta totalmente al libro.

En un inicio iba a ser la historia que le contaban a mi madre sobre cómo se conocieron sus padres y, sobre todo, cómo era su padre, este gran patriarca, porque mi madre jamás conoció a su padre. Por eso, finalmente, el libro se convirtió en un regalo para mi madre, una especie de reivindicación de su lugar y el de su madre, de mi abuela, frente a esta gran figura patriarcal.

Gustavo Rodríguez escribe la historia de una familia y un país en 'Mamita':  “Perú es una Sudáfrica de solapa donde el 'apartheid' se da de manera más  sofisticada” - Infobae

O.c: Hay un personaje que me llamó mucho la atención por el nombre —tengo entendido que viene de una novela anterior— que es Hitler Muñante. Jugás un poco también con el nombre y una historia sensible a la que le ponés humor. ¿En qué momento nace el personaje y cuánto hay de humor en poner estos personajes?

Gustavo Rodríguez:  El humor es importantísimo por lo menos en mi obra. Ya algunos críticos han catalogado un par de novelas mías como tragicomedias. Siempre alterno la emoción afectuosa o la ternura con el humor, y el humor negro a veces.

El hecho de haber colocado a Hitler Muñante como chofer de mi alter ego en la novela, en realidad es casual. Hitler Muñante nace en una novela anterior mía, que se llama Treinta kilómetros a la medianoche. Yo necesitaba un conductor que acompañara a un personaje en esa novela, un personaje que se parecía mucho a mí.

Cuando fui a recibir el premio Alfaguara a España hace tres años, un lector español muy acucioso que se llama Alejandro Basteiro me dijo: “He leído Treinta kilómetros a la medianoche y me he quedado prendado de este Hitler Muñante, de este chofer. Me da ganas de volver a saber de él”. Yo me quedé con el comentario flotando en alguna capa del inconsciente, y salió a flote cuando me senté a revisitar esa novela.

Me di cuenta de que rescatar a Hitler Muñante, el personaje de Treinta kilómetros a la medianoche, me iba a ayudar a darle una estructura a Mamita. Porque si yo hubiera escrito Mamita solamente como un ejercicio de memoria, me habría salido un ensayo, un testimonio novelado. Pero yo quería entregarle a mi madre y a los lectores una obra de ficción. Y traer a este personaje totalmente inventado, cual Sancho Panza acompañando a mi alter ego, le dio otro movimiento y humor. Los diálogos nos ponen en otra esfera. Hitler Muñante es un indicador tragicómico de nuestra desigualdad.

Solo en países como los nuestros alguien puede llamarse Hitler. Alguien que tuvo un padre que quiso otorgarle prestigio a su hijo y, por no tener educación, terminó signándolo. Y el nombre no es casual, porque a mí me pasó: hace más de veinte años me recogió un auto para llevarme a dar una charla en un colegio, y en aquella época la radio de la central de taxi dijo: “Hitler, comuníquese”, y el señor respondió. Yo me quedé impactado, y después indagué por qué se llamaba Hitler. Me dijo que su papá limpiaba bibliotecas cuando era joven y se quedó con el nombre Hitler en la cabeza y se lo puso. Claro, es un indicador tragicómico de la desigualdad.

No es que Hitler en Perú sea un nombre muy común, pero sí ha habido algún congresista que se ha llamado Hitler. Ha habido este conductor que yo he conocido. Es verdad que Perú es el país del mundo que tiene más personas con el nombre Hitler registradas.

O.c: En la novela hay una historia familiar, pero también aparecen heridas del Perú —como las de la época del caucho— que siguen abiertas. ¿Cómo trabajaste esa memoria y la superposición entre lo histórico y lo familiar, donde ambas se cruzan?

Gustavo: Yo no puedo dejar de contar una historia familiar sin colocarla en un contexto determinado. Por ahí me ganan también todas las preocupaciones que veo sobre mi país. Pero Mamita es la historia de un escritor muy parecido a mí, que se devana los sesos pensando: “¿Cómo diablos hago para escribir contra el tiempo esta novela que le debo a mi madre?”. Es una historia muy problemática. Probablemente es tan problemática que a mí me ha tomado toda una vida encontrar el tono para contarla, porque mi abuelo y su generación en Iquitos representan una época de mucha bonanza para la ciudad y para esa región amazónica. De mucha bonanza para la burguesía, para la clase media, pero de aniquilamiento para las etnias que tenían que recolectar el caucho.

Esa bonanza está sentada en sangre, en aniquilamiento, en cosas inenarrables: esclavitud, amputación, violación, asesinatos. Y, claro, pensar que la fortuna de mi abuelo —sin ser él específicamente cauchero— tuvo que ver con ese modo de ver el mundo en ese momento, y que él conociera a esos empresarios genocidas y probablemente fuera amigo de Dios, da que pensar. Y si a eso le sumas la astronómica diferencia de edad que le llevaba mi abuelo a mi abuela, y la enorme asimetría de poder que había entre ellos —porque mi abuela era la hija de la ama de llaves de mi abuelo—, cuando sumas todo esto te das cuenta de que esa historia romantizada que mi abuela contaba y que mi madre me repetía es muy complicada de contar literariamente.

Entonces, el gran reto era cómo contar todo esto, pero desde la óptica del cariño y el afecto. A mí me sirvió la segunda persona para esa parte del relato. Porque, al escoger la segunda persona, al hablarle de “tú” a mi madre y, por tanto, al lector, podía ser crítico pero también afectuoso de alguna manera. Pedir cierta licencia para hacer esas críticas. Esa manera de escribir fue un equilibrio muy complicado de lograr, pero, como te dije, esto se alcanza después de muchos años de escribir.

O.c: Si mal no recuerdo, tu abuelo le llevaba 50 años a tu abuela…

Gustavo: Mi abuelo tenía sesenta y seis, y mi abuela dieciséis años, una cosa así…

O.c: Cuando investigaste tu historia —sabemos que no conociste a tu abuelo y que tu mamá tampoco—, ¿cómo fue meterte en una situación que hoy sería impensada? Históricamente sucedía, aunque ahora esté mal. ¿Cómo hacés para mirarlo con los ojos de esa época? Antes a las hijas las casaban a los quince o dieciséis, mientras que a los hombres no. Muchas cosas que hoy suenan aberrantes eran normales hasta hace poco.

Gustavo: Cuando yo era adolescente, en mi país el Código Civil dictaminaba que la esposa no podía hacer inversiones por su cuenta: necesitaba el permiso del marido si quería trabajar. No es que las mujeres no trabajaran, pero si un esposo quería ponerse férreo, podía apelar a la ley y prohibir que su esposa trabajara. Y eso sucedía cuando yo era adolescente, no hace mucho.

Entonces, imagínate la cantidad de aberraciones con las que uno tiene que lidiar en sociedades como la nuestra. A mí me ha ayudado asimilar que uno no puede estudiar el pasado con la mentalidad o la moral del presente; no puede juzgarlo así. Hay que tratar de entender cómo las sociedades se transforman, cambian, y simplemente tratar de comprenderlas. Por eso no me gusta la cultura de la cancelación por cancelar: es la tiranía de quien percibe el mundo ahora y no se interesa en saber cómo se pensaba en otra época.

No digo que haya que justificar cosas como la esclavitud, pero sí hay que entenderlas para que no vuelvan a ocurrir. En la novela menciono un diálogo inventado con una escritora argentina que le recuerda a mi alter ego cómo, en la época victoriana —un poco antes de los sucesos que relato—, era usual que los caballeros en Inglaterra tomaran en matrimonio niñas de doce años. Mi abuelo nació en esa época. Hay que entender esa mentalidad, por más que a mí me ponga muy nervioso.

También postulo algo en lo que sí creo como autor y como persona: tumbar monumentos o vestigios mediante la cancelación nos quita la oportunidad de tener un diálogo y contrastar lo que existió. Cuando tumbas un monumento, en vez de explicar qué estaba mal con esa efigie, queda el vacío. Y cuando queda el vacío, no hay aprendizaje, no hay contra qué contrastar. Y se alimenta esa perniciosa noción que tienen muchos jóvenes de que el mundo se inventó con ellos.

Da para hablar mucho sobre eso… Pero en mi literatura no trato de colocar una flecha de neón sobre la problemática. Para dejar un mensaje claro hay otras herramientas: artículos, publicaciones en redes. En la ficción me interesa no juzgar a mis personajes, sino que sea el lector quien tome esa iniciativa.

O.c: Hablas de juzgar y pienso un poco en tu abuelo. Me imagino que la historia que te contó tu mamá estaba un poco ficcionada, un poco color de rosa. Pero cuando uno va estudiando y escarbando en la vida familiar, por ahí encuentra zonas grises. ¿Te pasó eso? ¿Encontraste cosas que mostraban que no era todo un ramo de rosas como te lo podían haber contado? O capaz que no. No sé cuál era la historia que vos tenías de tu abuelo y si, al investigar, dijiste: “Che, bueno, esto no era tan bueno” o “esto no lo sabía”.

Gustavo: No me parece inadecuado que hables de ficción porque, finalmente, todos somos ficciones andantes. Todos acomodamos nuestros recuerdos —o lo que creemos haber percibido— a un relato propio que nos da cierto orden dentro del caos. Y sí, estoy seguro de que mi madre, cuando me contaba estas historias, prefería romantizar la historia de sus padres, porque ella idealizaba a su padre. Y mi abuela, cuando me contaba esas historias, también prefería ver el lado de la admiración hacia mi abuelo, pasando por alto ciertos desalineamientos suyos.

O.C.: Si bien partís de tu historia familiar, también estás contando algo que atravesó a muchas familias: maternidades incómodas, herencias pesadas y mujeres postergadas “por el bien de la familia”. Muchas dejaron su propio deseo en segundo plano. ¿Sentís que la novela entra en ese territorio histórico y lo trabaja desde ahí?

Gustavo: Creo que la novela terminó llamándose Mamita porque, sin querer, encontré esa beta que mencionas. Siempre digo en broma que si hubiera escrito esta novela hace quince años, probablemente se habría llamado Abuelito. Habría estado muy ligada a la historia del patriarca, ese domador de la naturaleza. Pero en esta etapa de mi vida, con tres hijas grandes, me di cuenta de que a esa figura patriarcal le antepuse la imagen de las mujeres que me hablaron de él cuando era niño: mi madre y mi abuela. La vida de los hombres suele estar ligada al afuera —las batallas, las guerras, las naciones—, mientras que el territorio doméstico ha sido reservado para las mujeres. Por eso hay más estatuas de hombres que de mujeres. Me pareció bonito que Mamita terminara poniendo en relieve la vida de ellas.

O.C.: A veces en la ficción uno se da licencias para decir cosas que de otra forma no diría. ¿Esto te ayudó a abordar ciertos ejes familiares que, de otra manera, no podrías haber dicho? ¿O hubo cosas que no te animaste a tocar?

Gustavo: Creo que hay dos dimensiones. Por un lado, como escritor siento que escribir me da impunidad para descargar emociones que no me obligo a decir cara a cara. Probablemente el antecedente más remoto de Mamita sea una nota que escribí a los seis años, pidiéndole perdón a mi abuela por una travesura. A lo largo de mi vida, cada libro ha sido sentirme con la impunidad de decir lo que siento. Y por otro lado, la ficción añade un velo que permite contar ciertas cosas con más comodidad. Uno acomoda hechos para que la historia sea más interesante, pero la emoción es intacta.

O.C.: El título Mamita me llamó mucho la atención. En general, cuando los escritores le escriben a sus madres aparece el “mamá”, más formal. Mamita tiene algo tierno, que rompe con cierta idea del varón que evita la sensibilidad. ¿Sentís que el libro trabaja esa ternura?

Gustavo: Agradezco la observación. Si Mamita hubiera sido mi primer o segundo libro, no me habría atrevido a titularlo así. A esa edad uno quiere imponer una visión de escritor serio. Pero ahora tengo cierta edad y varias novelas, y puedo darme el gusto de proclamar que la ternura es importante y que el cinismo no debería seguir ganando adeptos. Igual, confieso que pensé en un título más “intelectual” o poético.

O.C.: A lo largo del libro aparecen violencias y situaciones muy propias de esa época. ¿Cómo creés que la novela dialoga con el presente? ¿Ves que algunas de esas cosas siguen pasando, quizá desde otro lugar? Lo pregunto porque, desde Argentina, cuando hablo con escritores y músicos de Perú, da la sensación de que algunas cosas cambiaron… y otras no tanto.

Gustavo: Latinoamérica es la región más desigual del mundo y nuestro destino está marcado por un ADN de explotación. La primera vez que el nombre Perú aparece escrito está asociado al oro. Cuando era niño nos enseñaban que tres españoles se asociaron para la conquista: cuando tres personas se asocian, buscan rédito, no igualdad. Nacimos como colonia para enviar recursos a Europa. Eso no sale fácilmente de la identidad colectiva. Si bien en Mamita se menciona el genocidio de siete etnias en la Amazonía en la época del caucho, hoy mismo hay indígenas muriendo por la explotación de hidrocarburos, injusticias ligadas a la minería y la tala ilegal. Son problemas recurrentes.

O.C.: ¿Cuánto jugó el niño que fuiste en esta historia? ¿Y qué pasó cuando descubriste que lo que te habían contado no era tan así?

Gustavo: Un escritor es un niño que sigue jugando, solo que con otras herramientas. Mis novelas nacen de la intersección entre mis preocupaciones y mis ganas de jugar con el lector. Y sí, probablemente escribí esta novela no solo para procesar la despedida de mi madre, sino para agradecerle a ella y a mi abuela por llenarme la cabeza de historias fabulosas de la Amazonía.

O.C.: Varias veces decís que te estás despidiendo de tu mamá, pero tengo entendido que vive.

Gustavo: Me vengo despidiendo de ella desde Cien cuyes, que es una historia de ancianos frente a la muerte. Cien cuyes y Mamita son formas de procesar que pronto seré la siguiente generación. Mi mamá tiene 92 años. Y sí, miento un poco cuando digo que Mamita es un regalo para ella: es un regalo para mí, una forma de procesar esta larga despedida.

O.C.: Recién mencionabas Cien cuyes. ¿Sentís que ambas novelas cierran un ciclo?

Gustavo: Están emparentadas: sus protagonistas son ancianos. Ambas me ayudaron a procesar la despedida de mi madre y de esa generación que se está yendo. El año pasado murió Vargas Llosa y hace poco Bryce Echenique, amigo mío. Me estoy despidiendo de todos ellos. Y sí, creo que estas dos novelas cierran un círculo. La que escribo ahora es totalmente distinta.

O.C.: Muchos de tus libros abordan lo histórico. ¿Qué riesgos ves hoy cuando la literatura se mete en temas que algunos discursos intentan simplificar o borrar?

Gustavo: Veo dos riesgos. Primero: vivimos tiempos en los que los políticos son más controvertidos que los artistas, y muchos artistas tienen miedo de ponerse en la herida. Eso me parece abominable: el escritor existe para decir lo que otros no se animan. El otro riesgo es que, como respuesta al contraprogresismo, algunos escritores quieran ser todavía más flamígeros en su crítica social. Y eso puede ser contraproducente: mientras más visible es el discurso político, menos calidad suele tener la obra. La literatura corre el riesgo de volverse panfletaria.

O.C.: Antes de terminar: en pocos días vas a estar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. ¿Cómo surgió la invitación?

Gustavo: Tengo la suerte de volver a la FILBA porque este año Perú es el país invitado. Soy parte de la delegación de escritores. Estaré los primeros días de mayo, justo en mi cumpleaños. Mamita tendrá una presentación y no sé qué más estarán preparando.