De la zamba al trap:  Cosquin  y el eterno debate de su identidad 

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Cada enero, cuando la luna vuelve a iluminar la Plaza Próspero Molina y a ser testigo de guitarras y bombos, también se renueva un debate que atraviesa al festival desde hace décadas: ¿qué es folklore y quiénes pueden representarlo en ese escenario? La discusión sobre si tal o cual artista “es folklórico” o no se repite año tras año, y refleja una tensión más profunda entre conservación y cambio. Por un lado, están quienes defienden la tradición como un repertorio fijo, ligado a las formas consagradas de la zamba, la chacarera o la cueca. Por otro, quienes entienden el folklore como un fenómeno vivo, capaz de recrearse en diálogo con nuevas estéticas, modas y públicos.   

Este debate no es menor: pone en juego la identidad cultural argentina y la vigencia del festival como espacio de encuentro. La inclusión de artistas contemporáneos —ya sean provenientes de lo urbano, lo latino o lo híbrido— abre la pregunta sobre los límites del folklore y sobre la necesidad de que la tradición se expanda para seguir siendo significativa. Como advierte Adolfo Colombres, “la cultura popular se fortalece cuando dialoga con las nuevas formas, porque allí reside su capacidad de resistencia y continuidad” (1997). En ese cruce, Cosquín debería pensarse cada año como un verdadero laboratorio donde se negocia qué entendemos por folklore y cómo se proyecta hacia el futuro. Así lo demostró en momentos históricos, cuando figuras como Mercedes Sosa, Divididos o La Mona Jiménez subieron al escenario y expandieron los límites de lo que se consideraba parte de la tradición. La historia del festival y su escenario han sido siempre una luz para reflexionar sobre hacia dónde se dirigía el folklore, entendido no solo como movimiento musical y social, sino también político. No es casual que artistas como Mercedes Sosa o Jorge Cafrune hayan utilizado ese espacio para expresar posiciones político-sociales, al igual que tantos otros que hicieron de Cosquín un lugar de resistencia, debate y proyección cultural.       

Folklore como patrimonio vivo y la renovación en Cosquín 

El folklore, entendido como el conjunto de expresiones culturales transmitidas de generación en generación, constituye un patrimonio que refleja la identidad de los pueblos. Sin embargo, lejos de ser un fenómeno estático, se encuentra en constante transformación, adaptándose a los cambios sociales, políticos y tecnológicos. Como señala Alan Dundes, “el folklore no es un fósil, sino un proceso dinámico de comunicación cultural” (1965). En este sentido, la necesidad de renovación no implica pérdida de la tradición, sino su recreación en diálogo con nuevas modas y contextos. Colombres (1997) insiste en que el folklore debe ser entendido como “una práctica cultural viva que se resignifica en cada época, y no como un repertorio congelado en el tiempo”. Ricardo Kaliman (2003) complementa: “la tradición es siempre una construcción en presente, un relato que se actualiza según las necesidades de cada comunidad”.   

Ejemplos como la chacarera en Argentina, la samba en Brasil o la cumbia en Colombia muestran cómo géneros populares se han adaptado a nuevas instrumentaciones y medios de difusión sin perder su raíz. ¿Quién se animaría a decir que Gilberto Gil o Caetano Veloso no forman parte del mapa del folklore brasileño, o que grupos como Los Amigos del Chango o MPA no hacen folklore argentino? La globalización y la modernidad han introducido estéticas que dialogan con lo folklórico: la fusión con lo urbano, la recreación escénica en festivales y la circulación digital en plataformas como YouTube o Spotify.   

En este contexto, Cosquín enfrenta el desafío de mantenerse vigente. La inclusión de artistas como Cazzu y Milo J representa un gesto cultural que reconoce la expansión del concepto de folklore, como ya ocurrió con La Orquesta Delio Valdes o La Bersuit. Cazzu, nacida en Jujuy, ha construido una discografía que va de Maldade$ y Error 93 hasta Latinaje, donde lo urbano y lo latino conviven con una sensibilidad que remite a la raíz popular. Milo J, con discos como 111, 166 y La vida era más corta, fusiona rap, bolero y tango, narrando la vida barrial desde una sensibilidad juvenil que conecta con la tradición oral del folklore.   

Cosquín tiene que sumar estas nuevas voces porque allí reside su capacidad de seguir siendo un festival vivo y no un museo. La presencia de artistas como Cazzu y Milo J con sus últimos discos con fuerte raíz folclórica ayuda a atraer públicos jóvenes y a tender puentes con quienes ya forman parte de la tradición. Renovar y aggiornar el festival significa reconocer que las fusiones actuales —trap, rap, bolero, tango— también son formas de narrar lo popular. Para entender el nuevo disco de Milo J, por ejemplo, es necesario mirar por qué eligió grabar un videoclip en Santiago del Estero, territorio donde la raíz folklórica se respira en cada esquina, y cómo esa decisión lo conecta con una genealogía que incluye a Cuchi Leguizamón, el Chango Farías Gómez o Jacinto Piedra, figuras que supieron expandir los límites del folklore sin perder lo autóctono.

El folklore necesita renovarse para evitar convertirse en pieza de museo. La inclusión de voces contemporáneas en espacios tradicionales como Cosquín no debilita la raíz, sino que la amplía. Cazzu y Milo J encarnan esa renovación necesaria: artistas que, desde lo urbano y lo latino, reafirman que el folklore sigue siendo un espejo de la identidad colectiva, capaz de proyectarse hacia el futuro sin perder su memoria.   

Foto: Mauro Bruno Kunath

Foto de portada: Magdalena Audap-Soubie