Después de más de treinta años dedicado a la producción musical y al trabajo con otros artistas, Germán Kaly lanza hoy Ante tanta luz, su primer disco solista, que tendrá su presentación oficial el miércoles 25 de noviembre, a las 20, en Café Berlín. El álbum reúne doce canciones que cruzan jazz, tango y rock en una búsqueda íntima, atravesada por la memoria, la vulnerabilidad y la convivencia entre la luz y la oscuridad.
En el día de su lanzamiento Germán Kaly cuenta cómo una crisis personal lo llevó a frenar su actividad como productor para concentrarse en sus propias composiciones. También reflexiona sobre el valor de la escucha atenta, la necesidad de recuperar el encuentro cara a cara y las dificultades que enfrentan los músicos independientes en una industria cada vez más condicionada por los números y los algoritmos.

Otra Canción.: ¿Cómo te estás preparando para la salida del disco, el 23 de octubre, y para el festejo de noviembre?
Germán Kaly.: Exactamente. Estoy muy feliz, preparando todo con la banda y ajustando los últimos detalles acá en el estudio, tanto para las plataformas como para el formato físico en vinilo. Hay muchas emociones juntas. Estoy muy feliz.
O.c.: Me gustaría empezar por tu recorrido para quienes todavía no conocen tu trabajo. Tenés más de treinta años de trayectoria produciendo música y acompañando proyectos de otros artistas, pero recién ahora te lanzás como solista. ¿Por qué decidiste dar ese paso?
G.K.: Exactamente. Tenía la necesidad de transmitir y comunicar mis canciones, contar qué me estaba pasando. Hace mucho tiempo que produzco música para cine, televisión, teatro y otros artistas. Pero atravesé una situación personal muy difícil durante 2023 y 2024, en la que estuve casi sin tocar música. Tuve un bloqueo sonoro importante.
De esa necesidad de volver a ver la luz, de escuchar y sentir otra vez, de abrazar a mis amigos, surgió este proyecto. Por eso te decía que para mí es tan significativo dejar una huella y compartir. Sentía la necesidad de conectar con la gente y transmitirles este mensaje profundo.
O.c.: Con treinta años de trayectoria, ¿nunca te había aparecido antes la necesidad de hacer tu propia música, más allá de producir y trabajar con otros artistas?
G.K.: Estaba muy cómodo, aunque quizá tenía demasiado trabajo. Era el que decía que sí a todo, que agarraba todos los proyectos que aparecían. El estudio estaba lleno de artistas y de propuestas. Hasta que dije: frenemos, cortemos un poco, respiremos, conectemos y comuniquemos qué quiero y qué estoy atravesando. Quería dejar ese mensaje.
O.c.: Pasar de decir que sí a todo a poner tu propio proyecto en primer plano también implica aprender a decir que no. ¿Tuviste que empezar a elegir con más cuidado los trabajos para darle lugar a esta etapa solista?
G.K.: Claro. Eso es fundamental. De hecho, taché de mi agenda todos los trabajos como productor durante este año. Fue una decisión no solamente ideológica, sino también económica y familiar. Decidimos que, durante un año, me iba a dedicar a mi obra, a escribir y a grabar todo lo que quería dejar plasmado.
O.c.: El disco se llama Ante tanta luz. El título me hizo pensar en una relación con la sombra, como si pudiera interpretarse desde dos lugares. ¿Cómo surgió?
G.K.: ¡Qué bueno que lo interpretes así! El arte de tapa lo hicimos con Renata, una artista y amiga que aportó una pintura para esta obra. Casualmente, la pintura se llama Abrazando las sombras. Ella y yo vivimos situaciones similares desde nuestros lugares como artistas, y apareció esta cuestión del renacer y de volver a ver la luz.
Por eso se llama Ante tanta luz. Después de estar bien en la oscuridad, bien en el barro, en un lugar donde jamás pensé que podía estar, atravesé dos años de oscuridad muy profunda. Sentí la necesidad de abrazar esas sombras, en lugar de rechazarlas. Y, al hacerlo, me di cuenta de que la oscuridad y la luz ocupan exactamente el mismo espacio. De ahí viene el título del álbum.
O.c.: ¿Cuánto tiempo te llevó hacer el disco, desde la planificación y la composición hasta salir?
G.K.: Todavía me cuesta creerlo. Estoy muy feliz. Nos llevó un año y medio entre la composición y los arreglos. Nos juntamos con varios arregladores para diseñar el proyecto y con ingenieros de audio para dejar todo preparado acá en el estudio. Levantamos pisos, tiramos mangueras y llegó la consola analógica de Twitty González.
Toda esa parte técnica y de arreglos nos llevó casi medio año. Después empezamos a grabar, y ese proceso nos tomó otro año entre grabación, mezcla, mastering y el trabajo de pulir cada detalle. Es una obra muy ambiciosa.
O.c.: En el disco conviven tintes folclóricos, jazz, tango y otros universos musicales. ¿Cuánto influyó tu recorrido como productor y tu experiencia trabajando en otros proyectos en la construcción de este álbum?
G.K.: Toda mi vida está sintetizada un poco en este disco. En la poesía y en mi forma de ver la música como pintura, texturas y colores. Trabajé muchos años con cineastas y productores teatrales, donde los colores y las texturas aparecen ante tus ojos y tenés que traducirlos a la música. Creo que esa experiencia tiene una implicancia directa en el álbum
O.c.: ¿Cómo fue la elección de los músicos? En el disco hay bandoneón, cuerdas, vientos, percusión y muchos elementos que conviven en una paleta sonora amplia.
G.K.: La elección de los músicos fue hermosa. Son amigos a los que quise abrazar, maestros, productores y colegas. Quería que esa energía quedara plasmada en el disco.
Está el cuarteto de cuerdas, con el que venimos trabajando en muchos proyectos; el bandoneón; el piano, que tiene un lugar central en todos los temas; y la guitarra de Cris, con quien también trabajo desde hace muchos años. Todos tenemos una trayectoria en conjunto y participamos en infinidad de proyectos. Creo que eso se escucha y se plasma en el álbum.

O.c.: Los primeros adelantos fueron «El viajero» y «Pasos en la nieve». Me parece que sintetizan dos miradas distintas del disco. ¿Por qué elegiste esas canciones para presentarlo? ¿Sentís que representan al álbum?
G.K.: Puede ser. Mi familia me pidió que «El viajero» fuera el primer adelanto. Tiene algo familiar y un lenguaje un poco más popular, que llega de manera más directa. No tiene una introducción larga, así que también funciona mejor para las redes. El bandoneón le da ese tinte de Buenos Aires y del viaje, que es algo que quería contar.
«Pasos en la nieve» es una de las canciones que más me atraviesan de todo el álbum. Ahí salgo de mi zona de confort y quise expresar la conjunción entre la oscuridad y la luz. Es un personaje que va a la montaña y refleja la vida y la muerte.
O.c.: ¿El viajero es quizá la canción más personal del disco? Habla de perderse en el desierto, buscar el agua que nace de la propia vida. Hay una búsqueda de encontrarse y sobrevivir emocionalmente que también parece muy actual.
G.K.: Sí, todo el álbum tiene esa búsqueda personal. Lo que viví y atravesé está plasmado en la poesía de todas las canciones. «El viajero» quizá es un poco más lineal y directo, pero esa búsqueda está presente en todo el disco.
O.c.: Hay una frase de esa canción que me llamó mucho la atención: «No sé cuántas noches el faro estuvo ardiendo bajo su misma luz». Pienso en la posibilidad de iluminar, incluso desde la oscuridad, el camino de los demás. ¿Encontraste luz en esa oscuridad que atravesaste?
G.K.: Sí, pero no sin antes haber transitado esa oscuridad tan profunda, que al principio intentaba rechazar. Me di cuenta de que la luz y la oscuridad ocupan el mismo espacio. Cuanto más abracemos esas sombras y aceptemos esa oscuridad, más podemos transmitir la luz que vos señalás y que se percibe en el disco.
O.c.: En «Pasos en la nieve» también aparece esta idea de los blancos y los negros que se funden en una misma profundidad. ¿Por qué te interesa esa convivencia, cuando muchas veces pensamos esos dos polos como opuestos que no deberían mezclarse?
G.K.: Es exactamente eso. En uno de los reels expuse esta idea del yin y el yang: son fuerzas opuestas y, al mismo tiempo, complementarias. Una no puede vivir sin la otra.
Es algo que quiero plasmar en todas las canciones del álbum, no solamente en «Pasos en la nieve», aunque ahí fui más explícito. Hice un clip en el que aparezco con la tapa del cuadro y me muestro de la manera más vulnerable posible. Esa transformación del cuerpo entre el blanco y el negro se ve como en una pintura.
O.c.: En esa misma canción decís «solo las palabras mueren». ¿Creés que la música, la literatura y el arte en general pueden dejar plasmado aquello que las palabras no alcanzan a sostener? ¿Qué importancia tiene para vos esa necesidad de dejar una huella?
G.K.: Sentí una necesidad muy profunda de dejar algo plasmado, una huella. Por eso el vinilo, el formato físico y la grabación analógica. Cuando digo «solo las palabras mueren», me refiero a que vi fallecer a mi padre. Él dejó de hablar, pero yo sentía que su alma permanecía. Eso es lo que quise expresar con esa frase.
O.c.: Casi todas las composiciones del disco son tuyas, salvo «Desarma y sangra», de Charly García. Es una canción que, por su clima, encaja en el universo del álbum, aunque también parece interrumpir el relato y funcionar como un descanso en el medio. ¿Por qué la elegiste y por qué decidiste ubicarla en ese momento?
G.K.: «Desarma y sangra» fue una de las primeras piezas que aprendí a tocar en el piano, cuando era muy pequeño. Es una de esas canciones que aprendés de memoria, casi con la memoria muscular. Necesitaba que estuviera en el disco.
También está lo que significa para el inconsciente popular del rock argentino y el peso que tiene para mí. Creo que comparto esa idea de que es una canción muy significativa, aunque no sea una de las más tradicionales de Charly, de esas que todo el mundo toca.
O.c.: ¿Qué lugar ocupa la literatura en tus canciones? Te lo pregunto porque encuentro una búsqueda poética que exige leer y escuchar con atención, en contraste con canciones más directas y lineales.
G.K.: Quise salir de esa zona de manera consciente. Busco que la poesía te atraviese y te abrace junto con la música, los arreglos, las cuerdas y el trémolo de la guitarra. Quiero que todo tenga la misma importancia.
O.c.: Recién me contabas que también vas a editar el disco en vinilo.
G.K.: Sí. En estos días nos entregan la tirada más grande. Ya tenemos unos cincuenta ejemplares y para la preescucha, que es el miércoles, vamos a tener quinientos. Así que habrá copias disponibles para vender y también para regalar a gente que le guste el proyecto y a periodistas que puedan ayudarnos a difundirlo.
O.c.: En una época en la que los costos son altos y las ventas no siempre acompañan, editar un vinilo es una apuesta importante, sobre todo cuando se trata de un primer disco solista e independiente. ¿Por qué decidiste hacerlo?
G.K.: Es muy complejo. En este proyecto artístico tuve ganas de regalar la obra y de que la gente pudiera abrazarla. Quería dejar una huella física, más allá de los algoritmos, de los ceros y los unos que mañana pueden desaparecer. Algo que mis hijos puedan tener, que puedan conservar mis amigos y los músicos con los que tocamos. Este proyecto se trató, sobre todo, de compartir.
O.c.: Recién mencionabas las plataformas. A veces la relación con las redes puede ser tediosa y parece que, si no estás presente de alguna manera, no existís. ¿Cómo llevás esa parte de la difusión?
G.K.: En mi caso, me lo estoy tomando con mucha tranquilidad. Es un proceso que venimos desarrollando hace más de un año. Nos unimos con varios artistas y no me dejo llevar por la ansiedad de las redes. Con que el disco esté disponible, que la gente pueda abrazarlo, escucharlo, detenerse y disfrutar del arte que hicimos en conjunto, para mí es suficiente.
O.c.: ¿No sos de seguir esos patrones de publicar todos los días o subir historias constantemente?
G.K.: Eso ayuda. Hoy sirve muchísimo para atraer público y para que la gente se entere de la obra que estás haciendo. De hecho, es una conversación que acabo de tener con mi hijo en su cumpleaños. Él me empuja a comunicar un poco más. Pero estoy muy cómodo con las redes; no es algo que me dificulte.
O.c.: En ese sentido, el formato físico también permite recuperar algo de la experiencia de escuchar un disco: mirar los créditos, saber quiénes tocaron, leer las letras. En Spotify, por ejemplo, pocas veces nos detenemos en esos detalles. Leer una letra también puede abrir otra forma de entrar en una canción, más allá de lo que escuchamos.
G.K.: Sin duda. Hay algo de lo tangible que sentíamos la necesidad de recuperar. Grabamos de manera analógica, con consolas, micrófonos y equipos valvulares, buscando traer ese sonido de los años setenta. Además, grabamos de una toma. Todo eso se plasma muy bien en el formato vinilo.
O.c.: Al escuchar el disco, me pasó que invita a bajar las tensiones y los niveles de escucha, a prestar atención y entrar en una escucha profunda. ¿Qué lugar creés que puede ocupar un álbum así en un momento en el que todo tiene que ser rápido y los algoritmos parecen exigir que una canción atrape en treinta segundos?
G.K.: Qué bueno que me des esa devolución, porque es exactamente lo que buscaba transmitir. Esa sensación atemporal fue intencional. Grabamos sin prisa, nos dimos el espacio de un año y pico para disfrutar, tomar mates, charlar y hablar de arte. Quería que todo eso se transmitiera en el álbum.
Creo que invita a detenerse. No es una escucha pasatista ni tan sencilla. Si bien los géneros son populares y hay algo de tango, jazz y rock, existe una fusión interesante. La idea es que la gente pueda escucharlo varias veces, recordar y rememorar los años setenta.
Por eso quisimos grabar de una toma. Si algo no salía, lo repetíamos una segunda o una tercera vez, pero buscábamos conservar una toma continua. Ese mensaje se transmite en la intención de bajar un cambio y sentarse a escuchar.
O.c.: ¿Qué lugar ocupa la vulnerabilidad para un músico en una época en la que todavía persisten mandatos como el que hay que mostrarse siempre fuerte?
G.K.: Hoy creo todo lo contrario. Hace un tiempo, quizá, no pensaba así. Como productor, cuando decía que sí a todo, me sentía una especie de superhéroe musical, alguien que podía con todo. Ahora siento que la sensibilidad tiene que estar a flor de piel para que el mensaje llegue.
O.c.: Al ser un disco tan personal, ¿te preocupa que las canciones te movilicen demasiado al interpretarlas? A veces, cuando un músico canta algo muy íntimo, la emoción puede hacerlo llorar o incluso obligarlo a detenerse.
G.K.: La sensibilidad es bienvenida. No quiero ocultarla en este disco; quiero expresar todo lo contrario. Cuanto más sensible y artístico sea el material, y cuanto más interpele a quien se siente a escucharlo, mejor. Es algo que celebro.
O.c.: Muchas veces se dice que la música puede cambiar el mundo. Yo creo que quienes lo cambian son las personas y sus acciones, pero que la música puede incentivarnos a hacer algo. ¿Pensás que tiene ese poder en estos tiempos?
G.K.: Sí, claro. Tiene un poder curativo, un poder de abrazo y una sensibilidad que necesitamos como seres humanos. Estamos invadidos por las pantallas, por la luz en la cara y por los ceros y los unos. Todo es tan pasajero que existe una gran necesidad de conectar con lo que realmente importa: mirarse a los ojos, darse un abrazo, sonreír, llorar.
O.c.: Te escucho hablar de las pantallas y pienso en los recitales como uno de los lugares donde todavía se produce ese encuentro. Hace poco fui a ver a La Renga en Cosquín y me sorprendió volver a ver a personas que no se conocían abrazándose, compartiendo comida y bebida, cantando juntas. Había celulares, por supuesto, pero parecía importar más esa comunión. ¿Pensás que hoy los recitales pueden ser una forma de resistencia? ¿También es una manera de militar ese encuentro desde la música?
G.K.: Creo que sí. El Cosquín Rock da cuenta de eso. Está ese mismo sentimiento: la gente, la necesidad de compartir un fernet, una cerveza, una Coca-Cola, lo que sea; cantar una canción con alguien que no conocés y terminar abrazados.
Hay algo muy poderoso en la música y en las artes en general: la vivencia. La pantalla puede ser una herramienta de comunicación muy ágil, pero, a la hora de lo artístico, también estorba y resulta molesta.
O.c.: Te cambio un poco de tema. Tenés una productora y una trayectoria como productor. ¿Cómo ves hoy la escena y la industria musical? A veces me pregunto si está en decadencia o si atraviesa complicaciones cada vez más grandes.
G.K.: Las complicaciones son muchas, desde hace dos o tres años: económicas y estructurales. Está muy difícil sostener el arte hoy. Es muy complejo.
O.c.: Algunos músicos independientes me cuentan que producir su propio disco y subirlo a YouTube, Spotify o Deezer parece facilitar las cosas. Sin embargo, las plataformas siguen dando visibilidad a los mismos artistas y los algoritmos parecen empujarnos siempre hacia los mismos nombres. ¿Cómo ves esa situación?
G.K.: Es un poco también el empuje de cada uno. Hoy hay otros vehículos y lugares para tocar. Las redes, aunque a veces sean invasivas, permiten un contacto directo con el público. Son una herramienta genuina.
La industria siempre va a estar ahí, pujante. Creo que hay que subirse a esta ola, porque, si no la surfeás, te tapa. El dinero manda en muchos aspectos, pero también hay artistas con obras fuertes que pueden buscar herramientas independientes. Está buenísimo que existan esos canales.
O.c.: Pienso que el disco expresa esa necesidad de volver a sentir y de reconocerse como persona en un momento en el que todo parece estar mediado por la tecnología y los algoritmos. Incluso nos sentamos al lado de alguien y podemos pasar todo el tiempo mirando el celular.
G.K.: Claro. Hoy todo sucede muy rápido. Estamos hablando y ya pasó, ya está publicado y mañana nos olvidamos. La búsqueda de este disco es recuperar el abrazo, las miradas, los mates, las guitarreadas, la lectura de una poesía, contemplar una pintura, un paisaje o una fotografía.
O.c.: Hace poco, un músico me contaba que algunos lugares evalúan cuántas reproducciones o cuántos seguidores tiene un artista antes de contratarlo. ¿Te pasó? ¿Sentís que los números condicionan cada vez más las posibilidades de tocar?
G.K.: Sí, en muchos casos manda el numerito. Pero también está la gente que se detiene, como vos, escucha un disco y se interesa por lo artístico, dejando de lado los números.
Yo todavía no soy nadie en términos numéricos. Hace poco me encontré con alguien de prensa que, antes de pedirme el álbum, me preguntó cuántos seguidores tenía y cuáles eran mis números. Yo le dije: «No soy un número, soy una obra de arte. Soy una obra».
Entiendo, de todos modos, que quienes producen o ponen dinero necesitan pensar en el público y en la posibilidad de recuperar la inversión. Eso también es válido.
O.c.: Pero, si los números son los que deciden quién tiene un lugar, ¿qué posibilidades tienen los artistas nuevos? Si nos guiáramos solamente por las cifras, muchos músicos que hoy son fundamentales quizá nunca habrían tenido la oportunidad de mostrar su obra.
G.K.: Es real que hoy muchas veces nadie te da un lugar. Las discográficas y los grandes sellos no siempre están abiertos a incorporar artistas nuevos. El lugar te lo tenés que ganar: empujar a través de las redes, construir tu público, tocar en un barcito, en una casa, en una biblioteca e ir creciendo.
Hay herramientas que están buenísimas. Se trata de aprovecharlas y buscar canales que permitan dar batalla, de alguna manera, a esas grandes industrias que no necesariamente van a abrirles espacio a los artistas nuevos.
Me interesa esa unidad entre la música, la danza, la pintura y las distintas artes. La poesía ocupa un lugar muy importante en ese encuentro.
O.c.: El disco se va a presentar el 25 de noviembre. ¿Qué músicos te van a acompañar? ¿Van a participar todos los que grabaron el álbum?
G.K.: La gran mayoría. El escenario es un poco más acotado, así que vamos a tratar de que entremos casi todos. Me van a acompañar músicos en batería, bajo y guitarra. Yo voy a estar en el piano y en un Rhodes. Vamos a ver si podemos sumar al cuarteto de cuerdas o, al menos, a dos de sus integrantes. También estarán el bandoneón y los coros.
O.c.: Entonces serán entre diez y doce personas arriba del escenario. ¿Son prácticamente los mismos músicos que grabaron el disco?
G.K.: En general, sí. La excepción es Guille Badalá, que está en Los Ángeles y grabó el bajo. En su lugar va a estar Manu Llosa, un amigo que se va a sumar a la banda.
O.c.: El disco tiene detalles y arreglos que quizá sean difíciles de reproducir en un formato solista. Teniendo en cuenta también las dificultades económicas para organizar shows con tantos músicos, ¿pensaste en presentarlo solo, en un set de piano y guitarra o en algún formato más reducido?
G.K.: Sin duda. Las composiciones están diseñadas desde el piano, así que tranquilamente puedo presentarlas solo, con el piano y la guitarra, o en dúo. Ya estuvimos ensayando con Cristian, el guitarrista, un formato más de fogón, con piano y guitarra acústica.
También podría disparar algunos loops o usar una pedalera. Creo que las canciones permiten explorar ese formato y sacarles otro jugo.
O.c.: En este proyecto, aunque el trabajo sea colectivo, vos vas al frente y sos la cara principal. ¿Sentís miedo o vértigo ante esa exposición?
G.K.: Me encanta que me sucedan cosas. De eso se trata. Estoy abierto a que me pasen cosas, a que se me mueva el piso, a sentir y a ser sensible, permeable y vulnerable.
O.c.: ¿Tenés pensado presentar el disco en otras ciudades? ¿Estás armando alguna gira?
G.K.: Hace apenas dos días hablé con Cultura para ver si podemos hacer algo en el sur. Me encantaría organizar una pequeña gira. Mi música tiene mucho que ver con la montaña. Ojalá podamos ir a Córdoba a tocar. Sería un placer enorme. Amo Traslasierra; es uno de mis lugares en el mundo.
O.c.: ¿Te da algo de miedo que el disco conserve una parte dolorosa de tu historia? ¿Sentís que ya atravesaste esa etapa o que todavía estás ahí?
G.K.: Sin duda, ya la atravesé y la abracé. Todo eso quedó plasmado en el arte que hicimos junto con amigos, amigas y maestros. Pasado mañana nos juntamos a escuchar el disco entre todos y a brindar por la vida, por la luz, ante tanta luz. Es un momento muy emotivo y significativo.
O.c.: Para cerrar Si tuvieras que definir el concepto del disco a partir de ese paisaje que aparece al final, ¿qué sería?
G.K.: Es un paisaje sonoro, donde todas las artes se abrazan. La música, la poesía, la pintura y la danza forman una comunión dentro de un álbum. Espero que a la gente le guste y lo reciba. Y, si no le gusta, también espero que tenga algo para decirme. Que alguien me diga «no tengo paciencia» también sería un buen comentario. Tengo mucha curiosidad por saber cómo va a llegarle a la gente. El viernes se estrena en las plataformas y vamos a ver qué sucede.
O.c.: Recién decías que alguien podría decirte que no tiene paciencia. ¿No te da un poco de temor que el público no se detenga a escuchar un disco que está pensado justamente para eso?
G.K.: Entiendo que la gente quizá no tenga paciencia para detenerse y hacer una pausa. No es un disco pasatista, pensado para escuchar de fondo mientras hacés otra cosa. Pero la búsqueda es esa: invitar a detenerse. Es un desafío recuperar la paciencia y la pausa, y creo que eso también forma parte del arte.