Verónica Walfisch: música nómade para un mundo que necesita respirar

Verónica Walfisch es una artista que combina escuelas actorales tan distintas como las de Crilla, Audivert y Obersztern con más de veinte años de investigación vocal, una pedagogía que entiende la voz no como técnica sino como percepción, escucha y disponibilidad corporal.

Ese largo proceso encuentra una síntesis en Lo que corre delante de mí, su primer disco: canciones nacidas de su encuentro casi accidental con el piano, de una memoria sensorial que organiza escenas mínimas y de una poética íntima que respira en tensiones, pausas y texturas inestables. Música aireada que se sostiene en la fragilidad como forma de presencia.

El jueves 30 de abril a las 22:30, en Hasta Trilce (Maza 177, CABA, Sala Liliana Bodoc), Verónica vuelve a ese universo en vivo junto a Guillermo Pesoa (acordeón), Federico Ghazarossian (contrabajo) y Luján Ricci (violín), el mismo cuarteto que dio forma al disco grabado entre 2023 y 2025. Será una celebración de esas canciones y de nuevas composiciones que ya empiezan a delinear lo que viene. Las entradas están disponibles en Alternativa Teatral y en la página de Hasta Trilce.

Conversar con ella es entrar en un territorio donde la infancia aparece como brújula, donde las heridas funcionan como susurradores silenciosos y donde la intimidad se vuelve un gesto artístico en un mundo saturado. Una música que pide atención, que baja el volumen del afuera y abre un espacio para respirar otros mundos posibles.

O.c: Tu recorrido combina escuelas actorales muy distintas —Crilla, Audivert, Obersztern— con una investigación vocal de más de veinte años. ¿En qué momento sentiste que esas dos formaciones empezaron a dialogar de verdad y no solo a convivir en paralelo? 

Verónica Walfisch: El diálogo entre esas formaciones fue sucediendo, como una trama que va avanzando entre lenguajes aparentemente inconexos pero que son la misma tela. Se puede pensar como un mapa, un camino que me fue llevando a diferentes modos de habitar el escenario.

O.c: Estudiás la Educación Funcional de la Voz desde hace dos décadas y también la enseñás. ¿Qué transformaciones concretas viste en tu manera de transmitir la voz cuando empezaste a pensarla no solo como técnica, sino como percepción, escucha y disponibilidad corporal? 

V.W: Sinceramente nunca viví la voz como una cuestión técnica, canto desde que era una nena y lo hacía con toda la emoción y el placer del juego. Llegué a la técnica sin buscarla. Después tuve que investigar más porque mis cuerdas vocales anduvieron un tanto raras, hubo que ayudarlas un tiempo. He tenido una intensa y larga relación con la Educación Funcional de la Voz, una pedagogía que le ha dado un marco teórico-práctico a mis clases y que, en lo personal, me permite conectar con mi cuerpo de un modo profundo.

O.c: Trabajaste con directores de universos muy potentes —Audivert, Obersztern— y también en televisión, comedia nacional y teatro clásico. ¿Qué noción de “presencia” se volvió irrenunciable para vos después de transitar espacios tan distintos?

V.W: Han sido todas experiencias muy vitales. Fui descubriendo lo interesante que es desarmar eso que aparece en una primera instancia. Te vas sacando ropajes cotidianos y dejas que aparezcan cuestiones menos reconocibles. Abrir y deshacer para llegar a un territorio más fértil que te permita estar más disponible, permeable. Creo que ese es un buen punto de partida para el escenario.

O.c: En “Ciruelas” aparece una nena que corre delante, como si el pasado guiara el futuro. ¿Qué dice esa figura sobre cómo construimos nuestra identidad entre lo que fuimos y lo que todavía no sabemos nombrar?

V.W: Es una lectura inquietante que el pasado guía el futuro, no lo sé ¿Hay maneras de dejar fuera el pasado? Lo que fuimos seguimos siendo y algo siempre se nos escapa, o se escurre sin llegar a ser tocado. En el mejor de los casos nos vamos construyendo, y me parece inevitable que el pasado esté en nuestro presente, en quienes somos, y en lo que aún desconocemos.

O.c: El agua que “se lleva las orillas y todo lo demás” parece hablar de lo que el tiempo arrastra. ¿Cómo pensás esa imagen como metáfora social de lo que una comunidad pierde —o necesita soltar— para poder transformarse?

V.W: No sé si una comunidad decide soltar o perder algo de manera consciente y al unísono. Las transformaciones suceden, aunque no siempre nos gusten, y se van interpretando, a duras penas, cuando podés mirar hacia atrás con cierta perspectiva. Me parece que los movimientos de ese orden incluyen una complejidad que se me escapa por completo. 

O.c: Los “zapatos prestados” que “ponen el destino” sugieren que no todos partimos del mismo lugar. ¿Qué reflexión te despierta esa idea sobre las condiciones sociales que moldean los caminos posibles para cada quien?

V.W: Esta frase de “Ciruelas”, “…los zapatos prestados le esconden el destino…”, aparece más como una cuestión de la propia historia, del camino íntimo, pero, sin duda, las condiciones sociales tan dispares con las que convivimos, generan una desigualdad de oportunidades muy dolorosa que, lamentablemente, estamos lejos de resolver.

O.c: La letra pregunta “¿qué semilla sembró el pasado?”. ¿Cómo imaginás esa relación entre las heridas que cargamos y las formas en que proyectamos lo que viene, tanto a nivel personal como colectivo?

V.W: Ojalá pudiéramos manejar esa relación. Llevamos las heridas como susurradores silenciosos, ¿Cuánto influyen en nuestras decisiones? ¿Cuánto se hacen visibles y aparecen como cicatrices? A veces esas heridas operan como puntos ciegos y repetimos los mismos patrones una y otra vez, en lo individual y en lo colectivo.

O.c: Llegaste al piano “de casualidad” y Pesoa te abrió la puerta a componer. ¿Qué cambió en vos cuando apareció la posibilidad de escribir tus propias canciones? ¿Qué te reveló ese proceso sobre quién eras y quién podías ser?

V.W: Cuando se abrió esa posibilidad fue como encender la luz en un lugar inmenso y precioso, completamente nuevo, me abrumó y me revolucionó. Al principio me resultaba increíble poder tocar algunas teclas del piano mientras cantaba mis melodías y mis letras. Magia. En cuanto a la segunda pregunta, descubrí, recordé, que yo jugaba a dar shows, improvisaba las canciones enteras, todas eran de amor. Le cantaba a mis muñecos y a las personas que caminaban por la calle cuando iba en el micro escolar mirando por la ventanilla. Me encontré conmigo.

O.c: Hay canciones que parecen decir lo que de otra forma no se logra decir. ¿Sentís que en tu disco hay cosas que no te animabas a decir —o que solo pudiste decir— a través de la música?

V.W: Ojalá mis canciones logren decir algo de lo que no se puede decir de otra forma, sería muy emocionante. Quizás en mi disco soy más visible y logro decir, o intento decir, cosas que de otro modo no he podido. Probablemente las canciones estén allí con una parte de mí a la intemperie.

O.c: Tus letras están llenas de escenas, objetos, gestos mínimos: un delantal, un borde de pinos, un helado, un viaje en camioneta. ¿Qué lugar ocupa la memoria sensorial en tu escritura? ¿Es una forma de volver o una forma de entender lo que todavía está por venir?

V.W: Lo sensorial es parte importante de mi manera de vincularme con el mundo, desde siempre, supongo que igual que las demás personas, pero esa memoria sensorial a la que te referís está siempre ahí, haciendo foco, reconociendo palabras y sensaciones. Creo que es una forma de volver y de entender lo que está por venir, ambas. Tal vez es un modo de traducirme, jajaja.

O.c: Tu música podría pensarse como intimista y de escucha atenta. ¿Qué implica, para vos, sostener una estética de la intimidad en un mundo que tiende a la saturación y al exceso? ¿Es también una forma de posicionamiento artístico?

V.W: Mi música es intimista, si, es casi una pausa para respirar o algo por el estilo. Supongo que es mi manera de expresarme, es un posicionamiento, no deliberado, pero bien concreto. Cuando estoy en el escenario, compartiendo las canciones con la audiencia, siento que estamos amuchados, apagando el mundo por un rato, en un espacio un poco más sensible y receptivo. Un momento para descansar y conectar con otros mundos posibles.

O.c: Tus letras son profundamente visuales, casi cinematográficas. ¿Creés que esa visualidad es una herencia de tu formación actoral o una forma de organizar la emoción? ¿Cómo se transforma una imagen en música?

V.W: No sé exactamente de donde vienen esas imágenes pero mis pensamientos muchas veces son así, como mis letras. Me parece que son más mi manera de organizar la emoción aunque lo actoral puede estar metido por allí también. Siempre creí que todos pensamos con imágenes casi cinematográficas ¿Cómo pensás vos? Ahora estoy intrigada, jajaja. No sé si transformo las imágenes en música, creo que va todo junto, más o menos. Las imágenes tironean de las palabras, las palabras piden más o menos tensión, más o menos ritmo o velocidad y viceversa, y las melodías van a la par. Depende del punto de partida de la canción.

O.c: Este es tu primer disco, un punto de partida. ¿Qué te gustaría que “corra delante de vos” ahora? ¿Qué tipo de búsquedas, riesgos o exploraciones te llaman para lo que viene?

V.W: Uh!… Me gustaría seguir explorando con mi voz, de hecho, lo estoy haciendo, abrir nuevos mapas expresivos por allí. Seguir amigándome con el piano, hacer nuevas canciones y andar un poco nómade compartiendo mi música. Allá vamos.