A sus casi 82 años, Susana Baca sigue siendo una de las voces más luminosas y necesarias de América Latina. Cantante, investigadora, ex Ministra de Cultura del Perú y ganadora del Latin Grammy, su obra ha sido decisiva para rescatar, dignificar y proyectar al mundo la tradición afroperuana, no solo como un repertorio musical sino como una memoria viva y una forma de entender la identidad latinoamericana desde la raíz.
Este año, Susana llegará al Festival Nacional de Folklore de Cosquín —donde se presentará el Sábado 24 de Enero— para traer a ese escenario emblemático la fuerza de una tradición que dialoga con la historia profunda del continente. En un territorio tan marcado por el folklore argentino, su presencia abre una conversación necesaria sobre las múltiples raíces que conforman lo latinoamericano y sobre la potencia de los encuentros que trascienden fronteras.
En esta entrevista, la artista reflexiona sobre el sentido de llevar la afroperuanidad a Cosquín, el rol de los festivales en tiempos de individualismo, la conexión con los jóvenes artistas latinoamericanos, la espiritualidad que atraviesa su obra reciente y los desafíos actuales de la lucha afrodescendiente. Con la lucidez y la ternura que la caracterizan, vuelve a recordarnos que la música —cuando nace de la memoria y del amor— es siempre un acto de comunidad.
Otra Canción: Cosquín es un escenario donde la raíz latinoamericana se vuelve protagonista. ¿Qué significa para vos traer la tradición afroperuana a este territorio tan ligado al folklore argentino?
Susana Baca: Bueno, para mí Cosquín es una raíz con esperanza, porque los jóvenes van a Cosquín. Cosquín perdurará más allá de nosotros y, entonces, esto hace que no sea solo un encuentro, sino el acto de dejar una fe con identidad. Llevar lo de los afro es llevar mi verdad, mi verdad para abrazar a esa otra gran verdad que es Latinoamérica, que es lo que somos: todos los castellanos hablantes, los quechua hablantes, aymaras hablantes.
O.c: Tu obra siempre dialoga con la memoria colectiva y con la comunidad como sostén. ¿Qué papel cumplen hoy los festivales, la gente y la comunidad en un tiempo donde parece imponerse la individualidad? Pareciera que vivimos en un momento de sálvese quien pueda o de individualidad.
S.B: Mirá, los festivales tienen una razón de ser, y más ahora, cuando el individualismo de las redes sociales está llevando a que el hombre ya no sea el hombre social y colectivo, sino un hombre animal que se mira hacia adentro. Entonces, los festivales tienen esa virtud: juntan, juntan gentes. Los festivales deben continuar; los festivales aglomeran a la gente. Los artistas nos convertimos, de alguna manera, en una visión totalizadora de un hombre solitario y, en ese sentido, los festivales —y el de Cosquín— son muy importantes. Debemos pelear para que nunca se apague, para que siempre esté vivo, porque es la única posibilidad de que los hombres, cada vez más solos, sean por lo menos en los días del festival un poco más solidarios y volvamos a vivir en comunidad.
O.c: Por charlas anteriores sé que tenés muchos amigos en Argentina y que de alguna manera siempre estás conectada con la cultura argentina. ¿Cómo ves hoy la incorporación de Milo J por ejemplo o Cazzu, que vienen de otro estilo musical pero que con sus últimos trabajos entablaron una relación más cercana con las raíces folclóricas y latinas?
S.B: Sí, más allá de los nombres o las esencias, más allá de la persona, son los contenidos, es el corazón cuando se junta. Y entonces, esto es vital, esto es el camino. Eso es lo que me encanta: me encanta ser artista porque me encanta juntarme con gentes; me encanta ser artista y cantar mis cosas, porque me encanta que los jóvenes luchen. Me encanta cuando nos aplaudimos todos, porque yo los aplaudo también cantando desde el escenario.
O.c: Tu obra reciente, desde Estar viva hasta Conjuros, está atravesada por una espiritualidad muy profunda. ¿Cómo conviven en vos la fe popular, la espiritualidad ancestral y la necesidad de agradecer o pedir protección después de lo que viviste? Une ejemplo pueden ser Kyrie eleison” hasta el homenaje al Señor de los Milagros.
S.B: Bueno, esas esencias siempre han estado en mí. Vengo de un hogar que cultivaba la fe; mi madre era devota, muy devota, y como buena negra, yo también. Éramos muy devotos del Señor de los Milagros. Mis tías eran sahumadoras, aquellas mujeres que van adelante abriendo el paso del Señor de los Milagros en esas procesiones interminables, con un millón de personas. Mis tías, las sahumadoras, tenían que ir quitando con el humo de los sahumerios las malas vibras… y cantando Señor de los Milagros. Yo, de pequeñita, las ayudaba a llevar las esencias y, claro, en esas aglomeraciones intensas, a mí me tocaba estar siempre a la altura de un culo, pero eran todos hermanos. Y aun así, apretado, era tan intenso que regresaba bendecido.
Entonces, yo creo que después de lo que a mí me ha pasado, de lo que he vivido, donde la ciencia de alguna manera entra en competencia con la fe, yo no sé si me cura la ciencia o me cura la fe de la gente en las calles, las oraciones de las misas que hicieron para mí. El hombre no puede desligarse en una racionalidad de capital y en una sola espiritualidad arrinconada. Yo creo que el hombre debe ser esto: debe ser una trilogía de amor. La capacidad de amar, la capacidad de tener una fe, una visión, un sueño, y la capacidad de vivir la ciencia, que es la que te dicen ustedes.
O.c: Sos una de las grandes voces que han reivindicado la cultura afroperuana. ¿Cómo ves el estado actual de esa lucha y qué desafíos siguen pendientes?
S.B: Bueno, gracias por atribuirme algo que nunca busqué: ser la gran representante. Creo que la perseverancia más bien me ha llevado a ser una terca en la defensa de los derechos de mi comunidad y de mi ancestralidad afro. Pero mi desafío no es resaltar lo afroperuano; mi desafío, aunque hago música afroperuana, es la integración. Es imposible, en mi alma, construir un país como el Perú —multiétnico, multirracial y multicultural— solamente desde una vertiente.
Por lo tanto, mi afroperuanidad es para liberar el terreno, pero no para excluir al otro, sino para juntarme con el otro. Está compartido.
O.c: Uno de tus últimos discos se llama Estar viva, que me imagino estuvo marcado por ese momento delicado de salud que sabemos que tuviste, y eso creo que se nota en el disco porque hay reflexión sobre la fragilidad, la resistencia y la necesidad de renacer después del dolor. ¿Qué descubriste sobre vos misma durante ese proceso creativo? ¿Se puede renacer desde la música?
S.B: Ambas cosas. Descubrí que yo tenía, así frágil y en general suave como soy —no soy una persona de lenguajes fuertes—, una fortaleza. Una fortaleza que estaba ligada a una infancia que, aunque pobre, mi madre me nutrió; me hizo fuerte físicamente. Pude soportar tres infartos, pude soportar siete meses de estar inmóvil, tirada en una cama, traqueotomías… pude soportar con un cuerpo fuerte. Pero ese cuerpo fuerte no era nada. Como dijo la doctora que me desahució: la ciencia no puede hacer nada si no rezar. Y entonces descubrí que lo espiritual era también otra fuerza. Y eso espiritual no era solamente un tema religioso: lo espiritual era saber que uno tiene una esencia que está vinculada a otras esencias. En mi caso, la música vinculada a la vida; para otros será la plástica vinculada a su ser. Pero en mi caso era la música vinculada a mi vida, que se convirtió en otra fuerza.
Y después está una canción, Cariño, que le canto a mi compañero y que me hizo regresar. Pero también está, detrás de todo esto, la emoción de saber que la gente te quiere. Me mandaron tantos mensajes tan cariñosos, tan dulces, tan energéticos, que tú sabes que tienes que vivir, que no puedes dejar a mitad del camino de la vida. Y entonces aquí estoy: voy a cumplir 82 años, bailo, canto, como rico todavía… todo lo tengo bien puesto, que nadie dude.
O.c: Tu voz siempre ha sido un puente entre memoria y futuro. ¿Qué memorias quisiste honrar en Estar viva y cuáles sentís que estás dejando para quienes vienen?
S.B: Bueno, es cierto: mi voz junta tiempos. Es imposible avanzar en la vida si tú no cantas. Por ejemplo, Yo vengo a ofrecer mi corazón, de Fito, este gran compositor, es imposible no ponerlo en la memoria, porque es un decir de algo que todos llevamos: hay que poner el corazón a la vida y hay que ofrecer amor. Y entonces, ¿qué les dejo a los jóvenes? Les dejo un modo de decir exactamente lo mismo que dijeron otros. Nosotros, finalmente, somos unos repetitivos, porque todos, todos en la historia de la música, con distintos momentos, movimientos y entonaciones, le cantan al amor. Todos los músicos que han compuesto, han compuesto para enamorar a una mujer, y todos los públicos que han venido a los compositores venían para dejarse enamorar. Y es esto: hay que continuar esa letanía, que es hermosa. Que no nos gane la individualidad de componer solo para nosotros, sino seguir seduciendo.
Me encanta la idea de que los jóvenes raperos —que hoy serían los protestantes de mi generación— estén haciendo la nueva canción política, la nueva música. Si antes se escuchaba a Silvio, hoy hay que escuchar a los nuevos.
O.c: Tu música siempre ha sido política, incluso desde lo íntimo. ¿Qué luchas atraviesan hoy tu obra y qué función social sentís que cumple tu música en un mundo que sigue reproduciendo desigualdades? ¿Qué función social sentís que cumple hoy tu música en un mundo que todavía reproduce formas de opresión?
S.B: Yo creo que es mucho más esencial que la prontosa pregunta que me haces, deliciosa, y te la agradezco. La música, como el corazón, siempre será la resistencia. No conozco una persona, aun siendo cruel, que no se compadezca, que no tenga una resistencia contra su propia maldad, ni de no tener detrás un corazón que le reclama. Mi música es resistencia por eso: porque es el corazón que reclama no someterse a la belleza de los tiempos, sino todavía florecer, aun así, en esas horas tan áridas
O.c: En Conjuro la palabra aparece como un acto de protección y de memoria. ¿Qué necesitabas conjurar —o espantar— cuando nació este disco?
S.B: Necesitaba crear un puente, básicamente un puente donde debía afirmar que, más allá del dolor y la indominia que significó la trata esclavista, más allá de la violencia con la que fueron secuestrados mis ancestros de su lugar en África y traídos a zonas donde tenían que aprender a hacer otras cosas, hubo algo que, de alguna manera, nos salvó del odio: la pena, el acto de perdonar el oprobio. Esa fuerza. Yo necesitaba decir en Conjuro que reclamaba esa fuerza para seguir perdonando.
Porque cuando hago memoria de lo que significó la esclavitud, de lo que significó el maltrato humano —de los que lo recibieron y de los que lo ejercieron—, tengo que reclamar que la fe es la única que hizo que perduraran almas, que perduraran corazones, y que no vivieran pegados al dolor y a la venganza, sino más bien al perdón. Eso es fundamental. Tenemos que aprender a perdonar. Eso no significa no ser conscientes de la injusticia, eso no significa volverse incontestable. Uno debe seguir siendo un resistente frente a todos los problemas, pero con el corazón abierto, que es el perdón.
Perdón, sí. Olvido, no.
O.c: La percusión tiene un rol casi ceremonial en Conjuro. ¿Cómo pensaste la relación entre ritmo, trance y palabra?
S.B: Ah, qué linda tu pregunta.
¿Qué es lo que nos ha vinculado a los africanos en la historia de la humanidad? Una noción rítmica. Mientras Europa se quedaba encerrada en sus carencias mituosas —por cierto, con grandes músicos y grandes compositores—, les faltaba swing, les faltaba movimiento. No sabían mover las caderas, no sabían separar la cabeza del hombro, el hombro de la cadera y la cadera de los pies. Eso es el África. El África les trajo vitalidad, movimiento, danza. El baile, la danza, los europeos la tenían, pero de una manera muy fría.
Y entonces, cuando tú aprendes a bailar con todo el cuerpo, a moverte con todas tus energías… La contradanza, que era la country dance inglesa, cuando es transmitida a los africanos, los africanos la transforman en un panalivio para nosotros en el Perú; en una danza guaguanera en el Caribe; en una chacarera para ustedes, un bailecito chacarero; y el mismo tango, que tiene sus raíces afro de todas maneras. Y la milonga, ni se les ocurra decir que no es afro. Además —yendo a Argentina—, ahorita estoy leyendo un e libro de uno de los más grandes compositores de música argentina era afro. Me refiero a Rosendo Mendizábal, pero también está Zenón Rolón y tantos otros.
O.c: El disco me animaría a decir está atravesado por el “primer conjuro” ligado a la introspección y la conciencia. ¿Qué preguntas internas te acompañaron durante esos ocho años de gestación hasta que Conjuros finalmente tomó forma?
S.B: Los ocho años son simplemente las pataletas del productor. Ese disco se concibió como un viaje de ida y vuelta entre una América que recibió a un africano que venía obligado a olvidar y un americano que necesitaba recordar, y esa resistencia a la memoria. Además, ahí hay un triángulo complicado y amoroso, de desdén y de acercamiento: el África, que puso los hombres; la Europa, que puso la violencia; y la América, que tenía que recibir y adaptarse.
Pero todo ese pensamiento, todo eso, cuando hicimos el disco en Nigeria con un coro maravilloso, Amemuso, de 60 cantantes, ya era la exquisitez del productor: “¿Qué le pongo tal cosita? ¿Qué le saco tal cosita?”. Yo ya no me metí, porque además es mi marido; por lo tanto, era romper familia. Y confío en él completamente. Y además, como confío en él: resignación y valor, temple. Esos son los ocho años.
O.c: El disco recupera himnos como “El Mayoral”, “No Valentín” y “Toro Mata”, piezas fundamentales del cancionero afroperuano. ¿Qué urgencias culturales o políticas te llevaron a volver sobre estas canciones en este momento histórico?
S.B: Bueno, la única urgencia que había ahí era cómo ser reconocible frente a un África que nos había heredado un modo de ser, un modo de cantar, frente a una actualidad de esa África que ya no es el África quimérica, sino una África que también… Una vez me pasó en un congreso en el Congo, donde me invitaron a subir al escenario en Brazzaville y me pidieron perdón. Me pidieron perdón a nombre de esa África que había abandonado a sus hermanos o a sus hijos en América, que no había hecho ningún esfuerzo por mantener la conexión. Y entonces yo sentí que esto era, en Conjuro, una necesidad urgente.
Una manera de decirles: estos somos ahora, sin ustedes, solamente con su memoria. Y, al mismo tiempo, saber que ellos, en su diversidad, podían reconocernos cantando en una lengua que no era la suya. Cantando en español, que era la lengua de la transición entre ellos y nosotros. Entonces, para mí es muy importante esa parte, esa reflexión.
En cuanto a la África de hoy, ¿Quién en América? Porque cuando tú ves la colonización hecha por los Estados Unidos sobre África, ha hecho que los músicos africanos toquen jazz sin ningún problema. Pero ¿cuánto de la música de otros pueblos africanos tocan? Solo vi una vez en mi vida un concierto donde Celia Cruz fue a África, pero nunca más grupos africanos. Brasil tiene 50% de su población afro, ¿cuánto ha cantado Brasil en África? ¿Cuánto ha cantado Colombia, con 40%, en África? ¿Cuánto ha cantado Argentina, con su 0 o 1%? Igual que Perú, pero que nosotros también respetamos y adoramos. Esas son las interrogantes.
O.c: Pienso en una Susana Baca que incluso si le quitaran totalmente todo, siempre le quedaría “una palabra donde apoyar la voz”. ¿Qué lugar ocupa hoy la palabra —como poesía, como memoria, como resistencia— en tu manera de seguir viva y seguir cantando? Más teniendo en cuenta que musicalizaste poemas de Blanca Varela y Hernández Camarero entre otros.
S.B: Mira, acabo de hacer un concierto importantísimo que es El viaje de la lengua: esa lengua que sale de ese Cervantes español y que llega y puebla la América. No la imponen en algunos lugares del Perú de culturas quechua hablantes o aymara hablantes; la imponen los africanos, que nos traen una lengua, y esa misma lengua genera también una respuesta. Nosotros les volvemos a enseñar a escribir a los europeos y a los españoles —sobre todo a los españoles— cuando nuestros premios Nobel de literatura, cuando el boom latinoamericano, cuando Cortázar les enseña a un español reprimido por la tiranía de Franco a escribir, cuando les devolvemos alas idiomáticas a su propia lengua. Entonces, esto es muy importante.
Pero, sobre todo, me quedo con esos dos poetas peruanos que dicen tanto: Vallejo y Blanca Varela.
Y ponte un alma, si la encuentras.
O.c: En Conjuros dialogás con los ancestros, viajás a Nigeria y tendés un puente con la afrodiáspora. ¿Qué descubriste en ese encuentro entre África y el Perú que transformó tu manera de entender tu propia raíz?
S.B: Ah, eso es tan, tan linda pregunta. La culinaria, el sabor… descubro que, más allá de la música, hay cosas que nos hermanan. Nos encanta el plátano frito, nos encanta el arroz —que no es denominado arroz—, pero quizás allá se come la batata; nosotros llamamos batata al camote. Esa mezcla sabrosa, el punto de picante de los indios que tenemos nosotros y que tienen los africanos, y el dulce mezclado con el salado.
Eso: Conjuros no es solamente un acercamiento en la música y un viaje por los trinos y las melodías. Conjuros es un viaje también por el paladar, por el reconocimiento del otro, del otro que hay en mí, y quizás dejarles lo mío a ellos, a esos otros. Y qué me dejaron ellos a mí.
O.c: El disco se mueve entre cantos de adoración —“Kirie”, “Gloria”, “Señor de los Milagros”— y cantos de tradición como “Toro Mata” o “No Valentín”. ¿Cómo conviven en vos la espiritualidad y la memoria histórica, la fe y la denuncia?
S.B: Todo lo que tú dices forma parte de una sola esencia: esa soy yo. Tengo espiritualidad, tengo denuncia, tengo rebeldía, tengo resistencia. Y creo que te olvidas las canciones para mí más emblemáticas, dos canciones emblemáticas. Una es cantar en creole, que es reconocer la memoria de los otros poblamientos de la América; el creole es haitiano… Y para mí, personalmente, algo de lo cual nunca se habló o poco se habla: ¿cuáles fueron las canciones para enterrar a nuestros muertos? Y ahí está Belén Cochambre, las canciones de dolor. Porque se asocia a lo negro, a lo afroperuano y, en general, a lo afro en el mundo como lo festín. Nosotros no somos los hombres de fiestas: somos sentimientos, tenemos dolor y también aprendimos a cantar…
O.c: Tu trabajo como investigadora y recopiladora —desde Del fuego y del agua hasta hoy— ha sido fundamental para la memoria afroperuana. ¿Qué urgencias culturales sentís que siguen pendientes en el Perú actual?
S.B: Yo creo que la valoración y lo que nos falta recorrer a los pueblos afroperuanos es liberarnos también nosotros de nuestro propio racismo interior. Porque, de pronto, hemos sufrido racismo y nos hemos vuelto como un gueto de defensa afroperuano, y llegó un momento en que lo afroperuano se quedaba como lo afroperuano ante todo. Y creo que la construcción de un Perú nuevo —que es el gran desafío— es un país integrador, donde podamos dejar para siempre el tema del pantone de la piel..