Roberto Chuit Roganovich: Hoy más que nunca es necesario volver a preguntarse qué quiere decir ser humano

Roberto Chuit Roganovich es una de las voces más singulares y potentes de la narrativa argentina reciente. Escritor, músico y Doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba, su obra se mueve entre lo filosófico, lo místico y lo ominoso, con una sensibilidad que desborda los géneros y que lo ha convertido en una figura destacada dentro del new weird latinoamericano. A sus 33 años, ya obtuvo algunos de los reconocimientos más importantes del país: el Premio Futuröck de Novela 2022, el Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes 2023 y el Premio Clarín-Alfaguara de Novela 2024 por Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores .

Tras el impacto de Quiebra el álamo, su primera novela, Chuit Roganovich editó un libro que expande su universo narrativo hacia lo subterráneo, lo micológico y lo inhumano. Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores —polifónica, rizomática, atravesada por cuatro líneas temporales— combina física, poesía, historia argentina, videojuegos y una voz oracular que parece filtrarse desde otro plano. En ese cruce, el autor vuelve a una pregunta que recorre toda su obra: qué significa ser humano en un mundo donde las certezas se erosionan y donde lo fantástico se vuelve una herramienta para pensar lo político, lo afectivo y lo espiritual. En esta conversación, Chuit Roganovich habla del origen del título, de la construcción de sus narradores, del bionte como entidad no humana, de la tensión entre cosmologías heredadas y elegidas, y de por qué lo weird —más que un género— es hoy una sensibilidad capaz de iluminar los miedos y deseos de nuestra época.

Otra Canción: Me gustaría saber cómo nació el nombre si sintieras bajos los pies las estructuras mayores… Me atrevo a decir que no es un nombre muy común y hasta fácil de recordar, pero creo que tiene algo dando vueltas que lo hace interesante..

Roberto: El nombre de la novela es casi una cita textual de algo que dice uno de los personajes casi al final del texto. Me gusta a veces tomar algún fragmento de lo escrito y usarlo como título. En este caso en particular, la voz de uno de los cuatro arcos está escrita en una segunda condicional (es el arco del año 1504) y me parecía tan potente como críptica. Al principio tuve resistencias por parte de la editorial, pero con el tiempo aflojaron y entendieron que el título era ese, por largo y raro que fuera, y que no podía ser otro.

O.c: La novela nace de disparadores muy distintos —micología, medicina, videojuegos, poesía, física— y al mismo tiempo aparece una voz oracular que parece venir de otro plano. ¿Cómo se fue armando ese origen múltiple y qué te reveló esa primera voz sobre el libro que todavía no sabías?

Roberto: El libro se fue sedimentando, muy de a poco. En mi primera novela, Quiebra el álamo, la otredad radical venía de arriba, del cielo, del exterior. Me empezó a atraer mucho la idea de que esta vez la alteridad radical viniese desde algo que creímos siempre, al menos como “modernos”, que nos pertenecía. Venía también hace un tiempo interesado en el mundo fungi, y en las producciones teóricas y culturales que se realizaban al respecto. Mi trabajo entonces no se trato de otra cosa más que de “ordenar” algunas terminales que en principio parecían desconectadas.

O.c: El libro está marcado por cuatro líneas temporales funcionan como corrientes subterráneas que se tocan y se contradicen, y cada una respira con su propio ritmo. ¿Cómo encontraste esa estructura rizomática y la cadencia particular de cada narrador?

Roberto: Ese fue el desafío más importante de la novela. “Encontrar” los narradores. No quería que cada arco tuviese narradores similares, entonces intenté barajar diferentes opciones. De ahí en más, todo fue prueba y error. Probar primera en presente y primera en pasado, segunda en condicional, tercera en presente y pasado, etcétera, hasta que di con lo que creí que funcionaba. Creo que la particularidad de cada arco, por fuera del contenido concreto con el que se trabaja, es el modo en el que se dicen las cosas del mundo.

O.c: Me gusto el personaje del bionte porque no es un monstruo ni un símbolo, sino una forma de vida que piensa y observa. ¿Qué te llevó a elegir una entidad no humana como centro emocional y narrativo, y qué te permite esa perspectiva que un narrador humano no podría?

Roberto: En este punto no puedo contestar más que a través de Lovecraft. Si bien como escritor no es alguien que hoy podamos exaltar demasiado, sí fue una persona con una capacidad imaginativa realmente sorprendente. Sin embargo, en Lovecraft, los panteones siempre están teñidos de un principio de malignidad que me parecía bastante explotado por la literatura del siglo XX y de lo que va del siglo XXI. Me interesaba más todavía, del mismo modo que en la primera novela, trabajar con una otredad no antrópica y cuyo “plan” es verdaderamente incomprensible para las categorías humanas. En ese plano de lo incomprensible se juega, simultáneamente, y al menos a nivel antrópico, una indeterminación que me resultaba muy atractiva. El bionte es nada más y nada menos que la Tierra.

O.c: En la novela conviven lo místico, lo científico y lo filosófico, desde la educación católica hasta Spinoza y Lovecraft. ¿Cómo dialogan hoy en tu escritura esas cosmologías —la heredada y la elegida— cuando imaginás el orden del mundo?

Roberto: Están ahí, todo el tiempo. Si bien mi interés académico siempre estuvo cercano a la escuela althusseriana y a toda la deriva de la crítica epistemológica, intento reservar para mi propia forma de espiritualidad privada ciertas conductas, pequeños ritos, que poco tienen que ver con la ciencia. Sin ir más lejos, tengo una banda. Se llama Ox en Mayo Alto. Es una banda de posthardcore y postrock en donde cada uno de los integrantes nos subimos al escenario con la máscara de un animal, un dios pagano. Yo llevo siempre la máscara de un venado. Hay algo ahí, en la animalidad, en lo antiguo, en lo no mediado por el símbolo humano que me atrae muchísimo

Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores, de Roberto Chuit  Roganovich | Rosario3

O.c: La historia argentina aparece como un territorio donde la violencia se repite con distintas máscaras. ¿Cómo trabajaste esa documentación para que la novela no se volviera un tratado histórico, sino un organismo vivo?

Roberto: Trabajé la documentación olvidándola. Intenté que la rigurosidad histórica nunca se interpusiera al arco narrativo que pretendía desarrollar. Históricamente, la novela está llena de “incongruencias” o “errores”. Los conozco bien, y no me importa. No es un tratado de historia, es un libro de ficción. A medida que escribía, intenté nunca perder de vista eso.

O.c: Muchos lectores leen tu obra como una reescritura de la historia latinoamericana desde lo extraño. ¿Qué te permite lo fantástico —y lo ominoso— para pensar nuestro presente político de un modo que el realismo ya no alcanza?

Roberto: Venimos hace un tiempo con unos compañeros insistiendo en la idea de que el realismo hoy se ha quedado sin fuerzas para comprender, sistematizar y formalizar las fugas ideológicas del capitalismo contemporáneo. Lo raro, lo espeluznante, lo ominoso, lo gótico son todas disposiciones perceptivas que sí permiten ver estos problemas. Esto no quiere decir que odie al realismo. En verdad, lo amo. Y amaría también ver su renovación, asistir a ella y, por supuesto, participar. Pero creo hoy que el realismo se encuentra con otro proyecto estético, bastante más cerca a lo que el capital necesita que sea hoy la literatura: divertimento, flexión sobre el yo, el sujeto autónomo y autosuficiente, etcétera.

O.c: El new weird aparece en tu obra más como una sensibilidad que como un género. ¿Qué potencia encontrás en esa forma de narrar para pensar los miedos y deseos de este tiempo?

Roberto: Con un amigo tenemos un juego. Dividimos a los artistas entre geniales y sagrados. El genial es aquel artista que tiene gran capacidad técnica, que puede contar algo de una forma que nunca antes fue explorada; es el artista que inventa técnicas y formas del narrar, pero que a veces carece de corazón. El artista sagrado es su inversión, por decirlo mal y pronto. Puede ser más desprolijo en su técnica, pero no deja de ser un hombre hablandolé a los hombres y no alguien que produce para los “estilistas” (como decía Borges respecto de Kafka y Joyce). Obviamente, aquellos que destacan por sobre todas las cosas son aquellos artistas a la vez geniales y sagrados, pero los casos son poquísimos. Yo intento, por sobre todas las cosas, ser verdadero desde las emociones. Me gusta pensar que soy un hombre escribiendo sobre las cosas de los hombres, es decir, alguien que se sabe parte de una especie y que no escribe sino para hablar de los dolores de su especie.

O.c: Tus personajes, incluso en el futuro más lejano, siguen preguntándose qué significa ser humano. ¿Qué preguntas —éticas, políticas, afectivas— sentís que están marcando a tu generación y que tu literatura intenta poner en escena?

Roberto: Vuelvo a lo de lo sagrado. Tal vez hoy más que nunca es necesario volver a preguntarse qué quiere decir ser humano. No desde un humanismo filosófico, desde una antropología metafísica, desde una ontología romántica, sino desde el barrio propio. Todas las preguntas que atraviesa mi generación tienen que ver con esto: qué somos frente a la espiritualidad, qué somos frente a la IA, que somos frente a los procesos de automatización, qué somos frente al capital, qué somos frente al mundo. Estas preguntas no tienden a resolverse. Funcionan nada más que como disparadores que nos permiten reformular nuestras propias conductas y ensayar proyectos estéticos y políticos aggiornados al mundo contemporáneo y sus problemas.

O.c: Para terminar: si alguien te preguntara qué música podría acompañar la lectura de la novela —o incluso qué artista podría escribir una canción inspirada en ella—, ¿a quién elegirías y por qué?

Elegiría este material. The Cult of the Black Moon. Me gustan mucho estas experiencias del arte que parecen extraídas de cualquier tiempo histórico. Out of joint, diría Derrida. Experiencias artísticas que podrían haber aparecido en el pasado, pero que también suenan a presente y que también suenan a futuro.