Punkfolklore en estado vivo: Dacal, Piccolini y Guerrero cerraron su gira cordobesa en Buddhi

Pablo Dacal, Guillermo Piccolini y Santiago Guerrero dieron fin a su gira cordobesa PunKfolklórica en Buddhi. Después de tocar en Sindicato de Maravillas, Kamikaze y La Brillante, el domingo fue el cierre en Buddhi, la cumbre de lo que se declara como la primera parte de esta gira que los llevará ahora por Buenos Aires. Reunión en la que habitan las canciones neo pajuerianas de Piccolini, el post criollismo de Pablo Dacal y la experimentación de Santiago Guerrero.

Piccolini, reconocido por ser parte de una de las bandas de culto dentro del rock como Los Toreros Muertos, banda que supo cambiarle la cara al rock nacional dándole ese toque irreverente y cómico  si se quiere al rock argentino. Mientras, Pablo Dacal, con ya una trayectoria para destacar dentro de la idea neo criollista, traduce viejas sonoridades en un nuevo decir, sin dejar de sonar o destacar su cercanía a Corsini, entre otros. Por su lado, Santiago Guerrero, sonoro, surrealista y cancionista, ve esos recovecos de la vida que pasamos por alto y que nos traen un nuevo lenguaje.

El encargado de inaugurar la última parada de esta gira cordobesa en Buddhi, como era de esperar, fue el cordobés Santiago Guerrero, con su bombo y guitarra, para dar paso a un par de canciones, entre ellas Un brillo Miyazaki, Da igual, Arre lejos, entre otras. El cordobés mostró su faceta más cantautoril, acompañado solo de guitarra y bombo, instrumentos tocados por él con la ayuda de loops. Siempre es lindo ver a Santiago Guerrero en otra faceta a la que nos tenía acostumbrados en Tomates Asesinos.

Foto: Magdalena Audap Soubie

El segundo en subir fue Pablo Dacal, en lo que a esta altura se transformaba de a poco en una noche de fogón, de guitarreada trasladada al escenario. Apareció sin apuro, como quien entra literalmente a una casa conocida (hay que destacar que ya estuvo anteriormente en Buddhi), y lo primero que hizo fue retroceder en el tiempo, recordó que aquellas noches donde a la misma hora el estaba  frente al televisor viendo a Tato Bores, un gesto que ya marcaba el tono entre lo lúdico, lo político y lo afectivo.

Con la guitarra como única compañía, abrió el repertorio desde ese territorio que él mismo define como “criollismo enrarecido”. Solo sostuvo la escena como un payador contemporáneo que, en lugar de repetir tradiciones, las tensiona, las lleva hacia esa sonoridad que, entre los tres eligieron llamar punkfolklórico, que no busca prolijidad sino la verdad en lo que se dice. En ese decir sonó ese criollismo al entonar Balada del mar salado, más como declaración estética que como simple verso.

El set avanzó como si cada canción fuera un pliegue de la anterior. Las canciones que le siguieron parecieron describir una ciudad que se mira en el criollismo, a veces no tanto por las letras sino por la forma de abordar la música y pensarla. Ya hacia el final, explicó sin solemnidad que el “punklorismo” no es solo una etiqueta sino una ética, defender el corazón valiente, pero también aprender a andar liviano, sin mochila.

El show de Dacal fue un recorrido donde lo criollo, lo urbano y lo experimental conviven sin jerarquías.

Foto: Magdalena Audap Soubie

La aparición de Piccolini mantuvo el clima sensible que ya habían tensado Pablo Dacal y Guerrero una especie de melancolía compartida, atravesada por el humor. Entró con esa mezcla de ironía y fragilidad que lo caracteriza y abrió su set con Los ojos de ella, de su último disco Peor, marcando desde el inicio una línea emocional. Pero enseguida rompió cualquier previsibilidad. fiel a su impulso, confesó que iba a hacerle caso a sus caprichos. Y lo hizo. Aprovechando el piano de cola de Buddih, se permitió desviarse del guion y meterse en terreno ajeno pero propio a la vez. Realizó una versión enorme de Zamba del carnaval, de Cuchi Leguizamón sin perder raíz pero ganando otra respiración. En ese mismo gesto incluyó Muertos me quieren, de su último disco Peor, reforzando ese diálogo entre pasado y presente.

Como buen cantautor también tocó la guitarra para interpretar, No voy a ir  seguida por  Vení a buscarme, como si ambas canciones se hablaran entre sí dentro del mismo cuerpo narrativo. Lo de Piccolini, como también lo de Dacal y Guerrero, fue un encuentro donde el repertorio parece ir armándose mientras los climas suceden, y donde el humor, la tragedia y el capricho conviven sin pedirse permiso.

Foto: Magdalena Audap Soubie

El tramo final de la noche condensó el espíritu del punkfolklórico. Los tres compartieron escenario para uno de los momentos más esperados, una versión aggiornada de Cambalache, ese clásico inoxidable de Enrique Santos Discépolo que, reinterpretado desde este presente, volvió a sonar incómodamente vigente.

Entre risas, Piccolini bajó la línea con una frase que funcionó como clave de lectura, dijo que en la última parte iban a cantar “canciones de gente muerta”. El humor, otra vez, como puerta de entrada a algo más profundo. Así llegó Me tenés podrido, de Horacio Fontova, en una versión que mantuvo intacta su ironía filosa y su espíritu irreverente.

El cierre fue con una interpretación sublime de Sin luna, evocando a Daniel Melingo, que terminó dándole forma a una noche de punkcriollismo, porque si alguien abordaba el tango desde una impronta “punk” o rockera, era Melingo.

Fotos: Magdalena Audap Soubie