Por qué importa la aparición de Milo J en Cosquín, incluso si nunca vuelve a cantar folklore

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La presencia de Milo J en el escenario mayor de Cosquín no es importante porque haya hecho folklore —ni porque vaya a hacerlo en el futuro—, sino porque su aparición tensiona y expande la pregunta por lo que entendemos como “lo folklórico” en la Argentina contemporánea. Su llegada al Atahualpa Yupanqui, con la naturalidad de quien no pide permiso ni pretende ocupar un lugar ajeno, revela un movimiento cultural más profundo: el folklore dejó de ser un territorio identitario rígido para convertirse en un espacio de circulación, de mezcla y de reconocimiento mutuo.

En términos académicos, lo que ocurrió con Milo puede leerse desde lo que el antropólogo Néstor García Canclini llama “hibridación cultural”, ese proceso donde las fronteras entre lo tradicional y lo moderno generan nuevas formas de pertenencia. Milo no vino a “folklorizarse”, pero su presencia produjo un efecto de hibridación: mostró que la raíz puede convivir con lo urbano sin perder su densidad simbólica. Y que la emoción —cuando es auténtica— funciona como un puente más eficaz que cualquier purismo estético.

También puede pensarse desde la noción de una comunidad imaginada. El folklore argentino, durante décadas, construyó una idea de comunidad basada en la continuidad, la tradición y la memoria. La aparición de Milo introduce otra forma de imaginar esa comunidad: una donde los jóvenes no son herederos pasivos, sino interlocutores activos; donde la identidad no se transmite verticalmente, sino que se negocia en escena; donde la pertenencia no depende del género musical, sino de la capacidad de conmover y ser conmovido.

Lo que ocurrió en la Plaza Próspero Molina —jóvenes llorando, adultos sorprendidos, tradicionalistas que terminaron aplaudiendo— es un ejemplo vivo de lo que Raymond Williams definió como “estructura de sentimiento”. Milo J, sin proponérselo, activó esa estructura: mostró que el folklore no está en peligro por la llegada de lo urbano, sino por la falta de diálogo. Y que cuando ese diálogo ocurre, la tradición no se debilita: se renueva.

Su aparición también es importante porque desplaza la idea de que el folklore es un género “de mayores” o “de especialistas”. Milo llevó al Atahualpa a un público que quizás nunca había pisado Cosquín, y lo hizo sin solemnidad, sin impostación, sin pedir permiso. Ese gesto democratiza el acceso simbólico al festival: abre la puerta para que nuevas generaciones se sientan invitadas, no examinadas. Y eso, en un país donde la transmisión cultural está en disputa, es un acto político en sí mismo.

Finalmente, la importancia de Milo no reside en si volverá o no a Cosquín, ni en si grabará una zamba o una chacarera. Su relevancia está en haber demostrado que el folklore puede ser un espacio de encuentro y no de frontera. Que la raíz no se defiende aislándola, sino dejándola respirar. Que la tradición no es un museo, sino un territorio vivo donde cada generación deja su huella.
En la última noche, con una tacita en la mano y una humildad que desarmó prejuicios, Milo J no solo cerró un festival: abrió una conversación que recién empieza.