Natalia Doco es una artista que habita entre mundos: la raíz argentina que la vio crecer, la escuela vocal y escénica que encontró en México, y la perspectiva emocional que le regaló Francia. Su música es un puente entre lo salvaje y lo sensible, entre lo cotidiano y lo sagrado, entre la voz íntima y la fuerza colectiva.
Doco nos comparte cómo su obra se nutre de símbolos ancestrales y de la fuerza femenina sagrada, cómo la “cruel libertad” arrasó con los mandatos que la habían formado, y cómo el baile, la oración interior y el canto en varios idiomas se convierten en herramientas de sanación y empoderamiento. Su voz revela un camino de ruptura y renacimiento, donde cada canción es un memotest del alma y cada etapa vital se convierte en música.
Ese recorrido vital y artístico tendrá una nueva escala en Córdoba: el 28 de noviembre en BELA, acompañada por Rumbo Tumba, en un concierto que promete ser una celebración de raíces, liberación y encuentro colectivo.
Otra canción: Para quienes aún no te conocen, ¿Cómo definirías a Natalia Doco en pocas palabras?
Natalia Doco: A Natalia Doco, en pocas palabras, la definiría como un gran sueño de mi infancia, de mi niña. Un sueño que me acompaña desde mis primeros años: el deseo de transmitir algo a través de la música, de la poesía y de la profundidad con que intento abordar las cosas. Expreso mi visión más íntima mediante la música y la poesía, pero sobre todo a través de mi corazón. Creo que eso es lo que más logro transmitir.
O.c: Estás radicada en Francia, pero tu música vuelve a conectar con la raíz argentina. ¿Cómo vivís esa dualidad y qué desafíos y riquezas trae esa mezcla?
N.D: La verdad es que no vivo tanto la dualidad, porque hace muchos años me fui del país. Me fui a los veintiún años, pasé ocho viviendo en México y ya llevo casi catorce en Francia. Por eso, las dualidades respecto al lugar quedaron atrás: además, en cada país habité distintas ciudades, y la “casa interior” fue un tema solo en los primeros años de exilio. Ahora estoy muy acostumbrada.
Me gusta sentirme un poco extranjera en todos lados y, al mismo tiempo, sentirme local. En México adopté maravillas de su cultura y costumbres, que hoy forman parte de mí. Mi música se escucha mucho allí, y todo lo que aprendí me constituyó, igual que mi infancia y adolescencia en Argentina, que siguen muy presentes en lo que hago, en lo que soy y en cómo vivo. A esas raíces se van sumando experiencias y culturas de los lugares donde voy residiendo.
Las vivo con gratitud, como una riqueza. Elijo qué integrar y lo hago con alegría. En lo cotidiano, por ejemplo, mi desayuno perfecto es levantarme, preparar mi mate, comprar unos croissants y cortar una papaya en un platito. Ahí conviven mis tres vidas: el mate como ritual argentino, la papaya que adopté en México y los croissants que ahora son parte de mi vida en Francia.
En cuanto a la música, siento que en cada lugar he aprendido algo distinto. De Argentina conservo lo más profundo: una raíz muy nuestra, una conexión con la tierra que no sé si he vivido en otro sitio con tanta intensidad. También una audacia, esa manera de buscarse la vida con perseverancia infinita, tan propia de nuestra cultura, de rebuscárselas y caer siempre de pie como un gato.
México fue maravilloso para mí: una verdadera escuela de la voz, de la interpretación y del escenario. Allí aprendí tanto sobre mi carrera y, además, me permití sacar todo el drama a través de la música, apaciguando un poco ese dramatismo interior tan latinoamericano. Me gusta, pero sé que no siempre hace bien; mejor sublimarlo en canciones.
Francia, en cambio, me dio otra perspectiva. Llevo muchos años viviendo allí y relacionándome con personas francesas, y esa experiencia me “enfrió” un poco, en el buen sentido. Mis pasiones siempre las viví de manera muy telenovelística, y en Francia encontré un desapego emocional que me ayudó: me permitió tomar distancia de mis emociones y no estar todo el tiempo envuelta en ellas.
Así que hago un juego con todo lo que fui viviendo e integrando en los distintos países. Me sirvo de cada experiencia y de cada cultura, y lo vivo con gratitud. Para mí, todo este camino es una riqueza que se refleja en mi música y en mi manera de estar en el mundo
O.c Tu obra nace del rito y la transformación, influida por ceremonias chamánicas y sabiduría ancestral. ¿Cómo integrás esa espiritualidad y lo femenino sagrado en tu música sin perder la conexión con lo cotidiano?
N.D: No sé si hago tanta división entre mi música y lo que vivo, porque desde muy chica habito naturalmente entre dos mundos. Por un lado, tengo un pie muy anclado en lo cotidiano: soy metódica, detallista, minuciosa, organizada, bastante terrenal. Y al mismo tiempo, el otro pie está en lo sutil, en el misterio, en la percepción profunda de las cosas, de las personas, de los ambientes, de mí misma, de lo que siento y pienso.
A veces atravieso periodos de gran apertura sensible y necesito pasar mucho tiempo sola, porque percibo intensamente todo lo que me rodea. Esa información se suma a mi cabeza analítica y terrenal, y puede ser abrumador. Por eso quiero aclarar algo: muchas veces me dicen que mi obra parece una ceremonia chamánica, vinculada a la sabiduría ancestral. La verdad es que no lo vivo así. No participo de ceremonias en la selva ni consumo sustancias; lo que sí tengo es una conexión constante con una oración interior, con algo sagrado interno. Desde niña busqué explicaciones en distintas religiones, porque en mi casa no había una práctica clara al principio, y yo necesitaba entender esos misterios.
Creo que esa búsqueda es algo que todos podríamos tener, aunque muchas veces quedamos atrapados en la mente. Cuando paso demasiado tiempo en lo racional y en lo terrenal, me falta ese espacio sagrado, ese silencio interior que me equilibra. Mi música nace de ahí: de esa mezcla entre lo que vivo y cómo lo percibo.
Cada letra de mis canciones suele tener un doble giro: por un lado, refleja la problemática humana, la mente que se enreda, que se asusta, que se enoja, que atraviesa crisis y emociones; y por otro, aparece esa voz silenciosa que recuerda que, en el fondo, todo está bien. Es un juego de contrastes, de contradicciones, de toda la gama de experiencias que venimos a vivir como seres humanos. Y así vivo, entre esos dos mundos, dejando que se encuentren en mi música.
O.c: Definís tu música como un puente entre lo salvaje y lo sensible, y como una herramienta de empoderamiento. ¿Qué significa para vos sanar a través del arte y cómo sentís que tu público recibe ese mensaje?
N.D: Este era mi sueño: cantar y generar calma, liberación, o aquello que necesite ser expresado y que haga bien a la gente, tanto como me hace bien a mí. Para mí, cantar es una forma de oración, de meditación, de entendimiento. Me ordena, me sana. Incluso la vibración misma, cuando canto en momentos de tristeza, enojo o preocupación, me devuelve la paz, me aquieta el cuerpo y me da salud. Desde muy chica descubrí que cuando cantaba la gente se calmaba, que lograba transmitir algo que llegaba como una ola, un viento, una brisa. Eso es lo que siempre quise hacer.
Hoy lo defino como un camino entre lo salvaje y lo sensible. Después de La Sagrada, y tras la experiencia de la maternidad y cierta madurez, comprendí que la vida es una danza entre opuestos, entre contradicciones, entre el mundo sutil y el mundo animal que también somos.
O.c: Has dicho que cada disco es conceptual y refleja una etapa de tu vida. ¿Qué etapa representa La Sagrada y qué buscás transmitir con Hacha
N.D: sí, cada disco es conceptual y refleja una etapa de mi vida. La Sagrada representó ese entendimiento de la dualidad, de lo salvaje y lo sensible. Con Hacha, en cambio, busco transmitir otra fuerza, otro pulso vital. Para mí, cada disco comienza con una idea, un concepto que se presenta como una imagen —que luego suele convertirse en la portada— y como una esfera de comunicación. Cuando esa idea me genera una emoción tan intensa que no me deja dormir, sé que será un disco.
El proceso es siempre apasionado e intenso: investigo, me sumerjo en el concepto, y al decirle “sí” se abre una etapa de experiencias que terminan siendo las canciones. Por eso cada disco me lleva tres o cuatro años: porque todo lo que canto lo vivo. Las canciones aparecen de manera aleatoria: a veces surgen completas, con melodía y letra, otras veces en fragmentos que luego trabajo. Es casi como escuchar algo que ya existe y darle forma.
En “Juira, bicha” se percibe una energía de liberación y ruptura, celebrando lo femenino sagrado y las raíces ancestrales. ¿Cómo construiste la letra para transmitir esa fuerza y qué símbolos elegiste para representarla?
N.D: Sí, me encanta, es muy liberadora. Todo el disco Hacha es muy liberador porque habla de una etapa en la que empecé a ser muy concisa en el manejo de mi energía: las cosas que merecen mi atención, las relaciones que merecen mis cuidados y mi amor, y todo aquello que no me suma, cortarlo de cuajo. Fue una limpieza muy, muy profunda en mi ser interior, y a raíz de esa transformación también en mi entorno.
Ese disco es Cali, la diosa en acción, ¿no? La que deja de temer matar, cortar, sacar, limpiar, arrancar, para dar paso a la vida nueva, permitiendo la muerte de todo lo que ya no acompaña el movimiento constante de la vida. Hacha, en general, es un disco muy liberador.
Y Jiravicha, que forma parte de ese disco, habla de muchas cosas. En ella hablo mucho en código. Me gusta hablar en código porque uso ciertos códigos energéticos que creo que no necesitan explicación: se captan desde otro lugar. Es liberadora porque permite sacar, echar, cortar, eliminar las energías que no suman. En ese caso particular, quizás la empecé a escribir pensando en una persona que me deseaba mucho el mal. Y entonces, bueno, quitar esas cosas de la vida propia, cuidar la casita, cuidar el jardincito, sacar las malas hierbas con cuidado.
Uso mis protecciones, que vienen de las raíces ancestrales, porque conecto naturalmente —como te decía en otras respuestas— con energías que siento que están conmigo y en quienes me apoyo. A esos los llamo mis aliados internos. Pero esos son secretos, así que no los voy a decir. Creo que cada uno tiene los suyos, y si no los tienen, hay que buscarlos y acudir a ellos cuando necesitamos protección.
La frase “la cruel libertad que te viene como un torbellino y te arrasa” es muy potente. ¿Por qué describís la libertad como algo “cruel” y cómo dialoga con la experiencia femenina?
N.D: Es muy potente lo que pasó en mi vida para llegar a esa frase. La libertad fue cruel en ese momento, porque yo sentía que toda la vida me había preparado para casarme, para encontrar el gran amor a lo Disney, ser la elegida, tener hijos y esa familia soñada. Y cuando lo tuve —que fue una gran experiencia, y a mi exmarido lo amo, y estoy muy agradecida de haber vivido todo eso con él— me sentí estafada en la idea, en la práctica de ese modelo.
Me sentía una sirvienta sacrificada, siempre al cuidado de todos, con una Natalia completamente borrada, sin espacio para mí, para mi arte, para mi descanso o mis necesidades. Mucha desigualdad de género todavía existe en las parejas, en los hogares, en ese concepto del amor romántico. Y todo ese proceso me llevó siete años, en los que fui descubriendo muchas cosas a través de la experiencia.
En el momento en que empecé a sentir esos aires de libertad y a fantasear con volver a mi soberanía como mujer, también descubrí otra forma de ser madre: ser madre realmente. Yo no quería ser más esposa, no quería ese rol de virgen María sacrificada, no quería seguir ese camino porque no me hacía feliz. Y lo repito mucho, porque para mí fue muy cruel darme cuenta de que no quería ser esa mujer, cuando toda la vida me había preparado para serlo. Me sentía incorrecta por no quererlo, por querer ser artista, salir de gira, llevar un mensaje al mundo, conectar desde la pasión por mi arte.
Fue una contradicción enorme que me llevó muchísimo tiempo y dolores. Me rompí íntegra, porque para recuperar mi arte y salir de gira tuve que dejar esa casa perfecta en el bosque, con el perro, el hijo, el marido. Fue terrible, arrasó con todo: con treinta y siete años de construcción de mí misma, que se había preparado para eso, pero en la práctica me hacía profundamente infeliz.
Lo repito porque fue durísimo, pero al final entendí: la cruel libertad llega como un torbellino, arrasa con todo, te deja en medio del desierto, culo al norte, pero te abraza. Porque al final de ese proceso me descubrí más yo que nunca, en una autenticidad que, sea correcta o incorrecta, es lo que soy. Y eso es lo que lo sagrado predica: la aceptación de una misma tal cual es, dando lo máximo con amor, aunque no encaje en los parámetros de lo que socialmente se considera correcto.
O.C: En “La Sagrada” repetís “Baila, que el tiempo es tiempo y no retorna”. ¿Por qué elegiste el baile como símbolo de sanación y qué significa para vos vivir el presente?
N.D: Si ya llegó, digo baila, que el tiempo es tiempo y no retorna.” Me parece una frase maravillosa, porque cuántas veces, preocupadísima y metida en mi mente, me he perdido del momento presente. Y ese momento se fue, y nunca jamás va a volver.
Pienso en todas esas veces en que estuve angustiada por algo que probablemente nunca pasó, todas esas proyecciones catastróficas de la mente que nos sacan de lo que sí está aquí, ahora mismo: la celebración de estar vivos, el pulso, el aire. Parece un cliché, pero no lo es.
Me encanta esa frase, me la recuerdo cada vez que puedo. Muchas veces me voy con mi mente a cualquier lado y me pierdo el momento. Todavía me pasa, y creo que es algo que estamos todo el tiempo tratando y trabajando.
Por eso me gusta recordarme estas cosas. Siempre pongo frases, pequeñas frases que nos recuerdan lo esencial: son como memotest del alma.
O.c: En “Cielo” hablás de un camino hacia la libertad y negás tanto el bosque como la ciudad. ¿Qué significa esa búsqueda y qué representa el cielo en tu universo creativo?
N.D: En Cielo hablo de un camino hacia la libertad y de negar tanto el bosque como la ciudad porque era un momento de estar perdida. Todo lo que me había preparado para vivir y lograr no me hacía feliz; no me sentía en mi lugar. Estaba siguiendo modelos y mandatos sociales muy integrados en mí, lo correcto y lo incorrecto, muy religiosos en el fondo, muy católicos: la mujer como un ser inmaculado, de servicio permanente. Y la mujer sexual o libre como lo peor de la Biblia. Yo me sentía esa “peor”, la peor.
En ese momento lo único que quería era ser libre, quería cantar, quería soltar la carga que llevaba encima, liberarme de la presión. Vivía en medio del bosque, pero tampoco la ciudad era respuesta: allí extrañaba demasiado a mi familia. Era un estado de horror, de transición, de no estar en ningún lado. Un tiempo en el que todo lo que había sido de mí se estaba rompiendo, a punto de dar paso a un mundo nuevo, pero sin estar todavía encarnada en mí misma ni habitada.
En esos momentos uno extraña la unidad, el cielo, el alma, la pureza de ser alma, sin contradicciones humanas, sin el peso de este mundo material. Esa sensación de desarraigo y búsqueda es lo que atraviesa la canción: el deseo de volver a lo esencial, a la libertad, a la verdad interior.
O.c: En “Respira” alternás francés y español y hablás de renacer tras la adversidad. ¿Cómo refleja esta mezcla tu identidad y cómo dialoga con tu experiencia personal?
N.D: Siempre voy a hablar de renacer tras la adversidad, porque la vida está llena de episodios en los que necesitamos apoyo musical. La música es un sostén enorme: realmente no sé qué haríamos los seres humanos sin ella. Tiene una capacidad de transmisión tan poderosa que cualquier persona, incluso en un día terriblemente malo o triste, puede transformar su estado al escucharla. Es maravilloso. Por eso me parece tan valioso poder ofrecer canciones que lleven a ese lugar, que digan: “No bajes los brazos. O bájalos momentáneamente, pero vas a volver a renacer. No pasa nada. Confía.”
Alterno el francés y el español porque así pienso, así sueño, así vivo hoy en día. Son dos idiomas hermosos y me parece que juntos suenan muy bien. Además, desde chica me encantaba aprender canciones en otros idiomas: era un placer infinito memorizarlas y cantarlas una y otra vez, ya fuera en portugués, inglés, guaraní o hebreo. Esa pasión sigue conmigo. El francés llegó a mi vida y me dio la posibilidad de cantar en otro idioma, y probablemente siga aprendiendo más: me gustaría cantar en italiano, en japonés. Incluso he cantado en cingalés, porque viajé a Sri Lanka y me enseñaron canciones que luego interpreté allí.
¿Cómo refleja esta mezcla mi identidad? Creo que cuando te vas muy joven del país te transformás en extranjera para siempre: soy un poco extranjera en todos lados y, al mismo tiempo, un poco local. Me voy nutriendo de cada idioma y de cada cultura, y eso me enriquece.
¿Y cómo dialoga con mi experiencia personal? Está reintegrado. Hacer canciones en varios idiomas es mi manera de aportar una visión de integración de culturas, de mostrar que todo puede convivir en la música y en la vida.