Los Estanques: pop libre, error luminoso y una alianza que reescribe el sur

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En un panorama musical donde las etiquetas suelen funcionar como jaulas, Los Estanques aparecen como una excepción luminosa: una banda que no pide permiso para mezclar, deformar y reinventar. Con Lágrimas de plomo fundido, su alianza con El Canijo de Jerez, el grupo santanderino firma uno de los discos más libres y sorprendentes de la escena española reciente.

Para buena parte del público de Argentina y Latinoamérica, Los Estanques siguen siendo un secreto a punto de revelarse. Una banda nacida en Santander que, lejos de cualquier etiqueta rígida, se define con una expresión que parece sencilla pero encierra una declaración estética y ética: pop libre. Libre de géneros, de mandatos, de purismos, de la obligación de sonar como algo reconocible. Libre para moverse entre la psicodelia, el rock progresivo, la canción popular, el flamenco garrapatero, el blues del sur y cualquier otra forma que la canción pida. “Las canciones se definen solas, o deberían”, dicen ellos, y esa frase funciona como brújula de todo lo que hacen.

En la escena independiente española, Los Estanques ocupan un lugar singular. Reconocen que hay muchísimas propuestas valiosas que no siempre reciben la atención que merecen, pero también saben que su camino —arriesgado, híbrido, sin concesiones— los ha convertido en una especie de rara avis: un grupo que no busca encajar, sino expandir. “Hay muchas bandas y muy buenas, lo que pasa que quizás no tengan todo el reconocimiento que se merecen”, dicen con una mezcla de lucidez y humildad. Ellos, sin embargo, han encontrado una identidad propia en esa mezcla que no pide permiso.

Esa libertad no es un gesto superficial: es la columna vertebral de su identidad. Cada canción es un territorio distinto, un pequeño laboratorio donde los géneros funcionan como herramientas, no como fronteras. Por eso pueden pasar de una bulería jerezana a un riff progresivo setentero, de un guiño a Caño Roto a un cabaret psicodélico, sin que nada suene impostado. La coherencia no está en la forma, sino en la intención: todo está al servicio del mensaje. “Utilizamos los distintos estilos como vía para expresar lo que queremos decir en cada canción”, explican. Y esa honestidad es lo que permite que la mezcla no sea un artificio, sino un lenguaje propio.

En ese camino, la imperfección es brújula. Clamando al error, uno de sus trabajos más celebrados, lo deja claro: equivocarse no es un tropiezo, sino un espacio fértil donde aparece la frescura, la belleza y la pureza. “La imperfección forma parte de nosotros… amamos la imperfección y la abrazamos siempre que podamos”, dicen. No es una pose: es una filosofía de trabajo. La música, para ellos, vive en lo que no se controla del todo, en lo que se escapa, en lo que vibra fuera de la cuadrícula.

El encuentro con El Canijo: mestizaje sincero y espíritu andaluz

La colaboración con El Canijo de Jerez fue un punto de inflexión. Lo que empezó como un experimento terminó convirtiéndose en un proyecto sólido, impulsado por una química inmediata y una complicidad musical evidente. “Cuando dos partes que aman la música se juntan, todo fluye de una manera muy natural”, cuentan. Esa naturalidad fue la que terminó dando forma a Lágrimas de plomo fundido, un disco que navega por estilos muy distintos sin perder coherencia, sosteniéndose en una intuición compartida más que en un plan previo.

El murmullo de los perros, la primera canción que grabaron juntos, condensó ese espíritu: raíz andaluza, psicodelia, rock, un quiebre thrashero inesperado y un aire que recuerda a La Leyenda del Tiempo sin caer en la nostalgia. “Quizás, como cuando pensamos que solo iba a haber esa canción, por eso mezclamos tantos estilos distintos en ella”, dicen entre risas. Pero el resultado fue tan orgánico que, cuando grabaron La llave secreta del bazar, entendieron que ya no estaban ante un experimento: había un disco latiendo. “Nos dimos cuenta de que había material y ganas, más que de sobra, para grabar un disco”. Ese disco —que terminaría llamándose Lágrimas de plomo fundido— empezó a tomar forma como un viaje emocional y sonoro que no se parecía a nada que hubieran hecho antes.

Las colaboraciones aportaron capas nuevas y terminaron de definir el ADN del álbum. José de los Camarones y Pedro Pimentel trajeron el pulso más jondo, el sur más profundo. “Aportan el lado más arraigado al sur del disco… son musicazos como la copa de un pino”, dicen. Y la presencia de Gualberto, figura pionera del rock andaluz, sumó un aire orientalista que funciona como puente entre generaciones. “Para nosotros es un honor que Gualberto haya participado en el disco”, confiesan. No es un gesto retro: es memoria viva, un diálogo entre épocas que Lágrimas de plomo fundido abraza sin solemnidad.

En Luna tú me llevas, la banda rinde homenaje al sonido caño roto y a Los Chichos, músicas que formaron parte de su educación sentimental. “Hemos crecido escuchando esa música… siempre tuvimos ganas de hacer una canción como esa”, cuentan. No es una cita irónica ni un guiño retro: es un reconocimiento a una tradición que los marcó y que encuentran natural revisitar junto al Canijo. En el contexto del disco, la canción funciona como un recordatorio de que Lágrimas de plomo fundido no es solo un cruce estilístico: es un mapa afectivo.

La amistad, dicen, es fundamental. “Jamás sería posible hacer música con alguien que no te cae bien”. El humor, el juego, la celebración son parte del proceso creativo. Fumata Grupal es casi un manifiesto de ese espíritu: psicodelia festiva, buenrollismo cannábico, una energía que se contagia. “Nuestro proceso compositivo está rodeado de humor y celebración”, explican. Y esa alegría, lejos de restar profundidad, es lo que permite que la música respire. En Lágrimas de plomo fundido, esa respiración se siente: un disco que no teme mezclar, romper, jugar, equivocarse y volver a empezar.

En plena era digital, decidieron grabar el disco en cintas analógicas y con voces en tomas enteras. No es un capricho retro: es una forma de preservar la energía del momento, la respiración real de la canción, la tensión del cuerpo que toca y se equivoca. “La magia de grabar tomas enteras reside en que cada arreglo es más fiel al momento de la canción en el que te encontrás”, dicen. Repetir una toma hasta la perfección puede matar la vida de la canción; grabarla entera la deja vibrar.

Ese gesto técnico es también un gesto político: una defensa de lo humano en un tiempo de hiperproducción digital. Una apuesta por el error, por el temblor, por la respiración. Por eso Estamos listos para golpear resume tan bien el espíritu del álbum: un trabajo que no teme mezclar, romper, jugar, equivocarse y volver a empezar. “Es la canción que mejor define el espíritu rockero del disco”, dicen, aunque reconocen que el álbum es mucho más amplio que cualquier etiqueta.

Los Estanques son, en definitiva, una banda que se mueve por impulso, por intuición, por deseo. Una banda que abraza el error, que celebra la mezcla, que honra la tradición sin quedar atrapada en ella, que entiende la música como un territorio de libertad. Y en esa libertad, encuentran su identidad más profunda. Una identidad que, como su música, no se deja encerrar: vibra, muta, se expande.