Hay escritores cuya obra nace en casas llenas de libros y otros cuya literatura se forma en la calle, en los clubes, en el paisaje que respira cultura popular. Leandro Gabilondo pertenece a esa segunda estirpe: la de quienes convierten la vida cotidiana en una poética propia. Arrecifes fue su primera escuela —la música popular, la oralidad, la intuición— y Rosario y Buenos Aires terminaron de afinar una sensibilidad que nunca dejó de ser pueblerina, incluso cuando ya no vivía en un pueblo.
Antes de la novela, antes de los talleres, antes de los libros agotados, hubo un chico que escribía en hojas sueltas, que se deslumbró por Soriano, Walsh y el boom latinoamericano, que se sintió invencible leyendo a Jack London y que entendió muy temprano que la literatura podía ser una forma de respirar. Esa mezcla —cumbia noventosa, clubes de barrio, lecturas voraces, preguntas existenciales de preadolescente— es el humus de una obra que hoy circula por distintos ámbitos.
Con nueve libros publicados entre poesía y narrativa, Gabilondo escribe desde lo cercano: lo que pasa al costado del camino, lo que no suele entrar en la literatura “seria”, lo que se transmite por contagio más que por teoría. Su voz no busca representar al pueblo: habla desde adentro, con una honestidad que incomoda jerarquías y desarma prejuicios. Y lo hace con una convicción política clara, sin cálculo ni impostura, con la certeza de que la palabra puede iluminar incluso en tiempos oscuros.
En esta conversación hablamos de pertenencia, de oralidad, de cultura popular, de la ética de la mirada, de la memoria como kerosene y de esa voz que se construye entre lo vivido y lo escuchado. Un escritor que no se imagina la vida sin literatura y que, aun así, sigue escribiendo como si cada libro fuera el primero.
Otra Canción: Naciste en Arrecifes y después viviste en Rosario y Buenos Aires. ¿Cómo sentís que esa formación pueblerina —ese origen que no se elige— sigue marcando tu mirada y tu escritura, incluso cuando no la convocás?
Leandro Gabilondo: A veces escucho algún audio que mandé apurado y me doy cuenta de que al pueblo lo voy a llevar siempre conmigo, viva donde viva. Es una singularidad que, aunque a veces no se note, siempre está. Justo ayer hablaba con Luli, una amiga de Arrecifes que también vive en Capital, y le hice un comentario sobre lo pueblerino que sonaba uno de sus audios. Me contestó: “Uno puede salir del pueblo, pero el pueblo no se va de uno”. Ahí está el asunto. Supongo que escribo sobre lo que soy. No me sale de otra manera.
O.c: En Me hace ilusión aparece una abuela curandera y una sensibilidad muy de “pago chico”. ¿Cómo trabajaste esa voz íntima para que lo cotidiano gane espesor literario sin perder su oralidad?
L.G: Considero que a partir de la oralidad es que se gana el espesor literario. Entonces, ahí me quedo, ahí está el trabajo que hago e intento hacerlo lo más minucioso posible. En Me hace ilusión, construir ese día a día en una trama era mi desafío. De hecho, a veces siento que en todos mis libros apunto a eso. A bajar lo común y lo corriente, lo que pasa desapercibido. No puedo ni quiero evitarlo. Me interesa muchísimo lo que, a priori, parece estar “fuera de la literatura”. Encuentro belleza ahí, es lo que me conmueve. Es mi búsqueda constante, mi deseo total.
O.c: La novela se mueve en un borde entre lo común y lo extraordinario. ¿Cuándo descubriste que ese límite —esa inquietud— iba a ser el corazón del libro?
L.G: El personaje de “La Pichona” es lisa y llanamente mi abuela. Ella murió en 2021, no llegó a ver la novela publicada. La velaron corte Edward Bloom en Big Fish. Literal. El coche fúnebre pasó por la puerta del club de mi barrio y el cajón estaba cubierto por una bandera azulgrana. Mi abuela era fanática. Además, fue curandera y se ganaba la vida así, como sucede en la ficción. Eso siempre lo tuve naturalizado, y la gente del pueblo también, pero al contárselo a otras personas me sentía incómodo, empecé a notar que podían creer que les estaba mintiendo. Me agarré de eso para trabajar el género. Entonces recurrí al realismo mágico. Durante la pandemia volví a leer mucho a García Márquez para desarrollar sentido. Y me dejé llevar. Escribí como si todo fuese real. Incluso, hasta el día de hoy no tengo claro qué parte lo es y qué parte no. Es cuestión de creer o reventar.
O.c: Todos tus libros trabajan con cultura popular en un campo donde todavía persisten jerarquías entre lo “erudito” y lo “menor”. ¿A quién incomoda esa cultura que aparece sin pedir permiso y qué creés que pone en crisis?
L.G: No se trata de personas. Se trata de ideas. O bien, de ideologías. La cultura popular es la cultura popular. No resiste mucho análisis. Lo que sí resiste análisis es la necesidad insoportable que existe de quitarle valor sólo por el hecho de ser popular. No sólo es básico, infantil y elitista, sino también un acto de desesperación.Toda la vida sucedió. Y seguirá sucediendo. Pero existe la educación pública, esa maravilla argentina que sostiene en un altísimo nivel, incluso, para dar estos debates. La formación de nuestro país es un orgullo mundial, nuestra academia es brillante. Como así también lo puede ser un fanzine que reparte una piba en un parque. A mí me parece un gran privilegio que nos pase.
O.c: En tu escritura aparece una sensibilidad popular que no busca “representar” al pueblo sino hablar desde adentro. ¿Qué significa para vos escribir desde lo popular sin convertirlo en postal ni en consigna?
L.G: No me doy cuenta. Me sale así. Es mi búsqueda. Me interesa y me conmueve lo que pasa acá al ladito nomás. Quiero contar, pero sobre todo, mostrar eso. Ponerle voz, en la poesía o en la narrativa, a lo que trasciende y sostiene la máquina del tiempo en silencio. Cada uno está atento a lo que puede y a lo que quiere. En mi caso, puedo y quiero ponerle la mente y el corazón a lo cercano. Es una forma de vida, no sé. Trato de ser leal conmigo. Por eso me gusta tanto la frase de la Didion: “Mi forma de escribir es mi forma de ser, o la forma en que terminé siendo”.
O.c: Muchos poetas hablan de la “voz propia”. En tu caso, ¿esa voz se construye más desde la experiencia personal o desde la escucha de lo colectivo?
L.G: Creo que la poesía siempre es una experiencia personal, pero si no es a partir de la escucha de lo colectivo no me interesa. Ser genuino es imprescindible, desde el tono o el color que sea, pero ser genunio. Y te contesto como lector más que como persona que escribe. Amo la poesía de Leónidas Escudero, Diana Bellessi, Beatriz Vignoli, Rodolfo Edwards, por nombrarte algunos. Bueno, ahí encuentro lo que más valoro. Siento que en esos versos hay una verdad que no se impone, sucede, porque no puede ser de otra manera.
O.c: En varios poemas aparece la sensación de pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo. ¿Qué significa para vos “hacer pie” en un territorio cuando la memoria siempre se está moviendo?
L.G: Uno de mis libros se titula La pertenencia. Se publicó en 2015, son unos cuantos relatos en primera persona. La memoria es el kerosene de esos textos, como lo es de toda la literatura. Y si bien la memoria siempre se está moviendo, ser parte de algo que te trasciende logra que la memoria crezca de otro modo. Por ejemplo, para mí los clubes son un tesoro de la humanidad. Pensalo, un montón de personas organizadas para darle mecha a lo más importante: la felicidad colectiva, la dignidad del día a día por ser parte de algo que es mucho más grande que uno. Es una patriada épica de lunes a lunes, un futuro tácito, un acontecimiento letal para la vida de cualquier comunidad. Yo crecí en un club de barrio y me determinó la vida.
O.c: La metáfora aparece como un gesto vital, no como un adorno. ¿Cómo trabajás la imagen para que siga siendo un modo de pensar y no solo de embellecer?
L.G: La belleza es un modo de pensar. De hecho, para mí la belleza esclarece muchísimo más que las intenciones estrictas de pensamiento. Trabajo las imágenes desde el punto de partida de la belleza, o por lo menos, lo que yo considero que es bello. Si ese gesto construye un modo de pensar no lo sé. Intuyo que cada persona lo sentirá desde su singularidad. Un poema siempre es una duda.
O.c: Has dicho en alguna entrevista que la poesía no es intimista ni aislada, sino atravesada por lo político. ¿Desde dónde pensás hoy la relación entre literatura, historia y contexto social?
L.G: El contexto actual de la República Argentina es un espanto, desde todo punto de vista. La desolación es evidente. Se hace muy difícil evitar la angustia y la ansiedad. Con cualquier persona que hables, de la ideología que sea, se siente alerta, en un estado permanente de indefensión. En ese panorama infernal, la literatura cumple con su recurso implacable de descifrar su época. Por eso siempre será parte de la esencia colectiva de cada generación.
O.c: Escribís desde una posición política clara, incluso desde la incomodidad o el enojo. ¿Cómo conviven en tu obra el compromiso político y la necesidad de abrir diálogos más allá de la coincidencia ideológica?
L.G: Soy peronista. Es un latido y una convicción. Jamás especularía con mis ideales, le pese a quien le pese. Entonces, de forma inevitable, escribo desde ahí como lo hago desde mi raíz pueblerina, por ejemplo. Claro que es complejo, pero no para mí, tal vez lo es para alguien que se tope con un libro mío y sienta que ese gesto natural del texto lo incomoda, más allá del gusto literario propio. Ni idea. Respeto que así sea. Aunque no escribo con la necesidad de abrir ningún diálogo, porque no soy dirigente ni pertenezco a una organización específica. Soy una persona que escribe. Quien me quiera leer, bienvenido sea. El resto me excede.
O.c: En tus poemas lo popular no aparece como tema sino como modo de mirar. ¿Creés que existe una ética en esa mirada?
L.G: Nunca lo pensé desde la ética. Lo siento más desde la búsqueda. Qué se quiere mirar, cuándo, cómo y por qué. A mí me interesa, por decirte algo que se me viene a la mente ahora, la zamba que canta un albañil en el asado de obra de los viernes, el humo, el olor, el día fresco y soleado, cómo se emociona su compañero al recordar a alguien mientras escucha el estribillo, el esfuerzo que hace para no lagrimear delante del patrón. Qué sé yo. Tal vez me paso una tarde entera pensando en eso. Ahora que lo pienso, el que canta se puede llamar Héctor y al que amarretea las lágrimas le pueden decir Pomelo.
O.c: Si tuvieras que definir qué hace que un poema sea “popular”, ¿hablarías del tema, del tono, del ritmo, de la sensibilidad o de otra cosa que no se puede nombrar del todo?
L.G: No tengo la más pálida idea. Trato de tener presente todo el tiempo el concepto de Urondo: “La palabra justa”. ¿Quién sabé qué hace que exista esa magia? El día que alguien descubra cuál es la estrategia se pierde el sentido. Si me das a elegir, quiero ser el lector que todo el tiempo tenga la esperanza de encontrarse con un poema que nunca se hubiese imaginado.
O.c: Para terminar: si alguien te preguntara qué música podría acompañar la lectura de la novela —o incluso qué artista podría escribir una canción inspirada en ella—, ¿a quién elegirías y por qué?
L.G: No soy objetivo en este caso, pero no me importa, lo digo con orgullo: Bestia Bebé es la mejor banda de la Argentina. Los quiero mucho a esos muchachos.







