La Bomba de Tiempo llega a sus 20 años en movimiento: girando, celebrando, mojándose bajo la lluvia si hace falta y sosteniendo un proyecto que sigue convocando a miles sin necesidad de explicación. En mayo, esa energía desembarca en Córdoba con la Fiesta Bomba – 20 años, una noche larga donde el ritmo se arma en vivo y el baile es parte de la composición. Hablar con Lucho es entrar en esa lógica: la del error como color, la del cuerpo como brújula y la de un colectivo que se renueva porque quiere, no porque debe.
Este 2026 los encuentra celebrando a lo grande. El 15 de Mayo llegan a Córdoba con su Fiesta Bomba – 20 años, una noche larga en Quality Lab donde la percusión en vivo, la improvisación y el baile compartido ocuparán toda la pista desde las 23 hasta el amanecer. Será una de esas fiestas que definen al grupo a partir del sistema de señas que convirtió al ensamble en una máquina rítmica en movimiento permanente.
Desde su creación en 2006, La Bomba desarrolló un lenguaje propio dentro de la música argentina, mezclando influencias afro, latinoamericanas, funk y electrónica. Recorrieron el país, giraron por América Latina, Europa y Asia, participaron en festivales internacionales y compartieron escenario con artistas como Coldplay, Calle 13, Julieta Venegas, Natalia Lafourcade, Los Fabulosos Cadillacs, Duki y Wos. Pero más allá de los nombres, lo que sostienen es una forma de estar juntos: una comunidad que crece arriba y abajo del escenario, donde los hijos se suben a tocar, los errores abren caminos nuevos y la fiesta funciona como un espacio de catarsis y encuentro.
En esta entrevista, Lucho Larocca repasa la historia, el presente y el futuro de un proyecto que ya es parte del ADN cultural de Buenos Aires. Habla del Konex como hogar, de la familia ampliada que se armó alrededor del ensamble, de la necesidad de renovarse siempre y de esa energía inexplicable que hace que, veinte años después, la gente siga eligiendo bailar con ellos.

O.C.: ¿Cómo vienen preparando la presentación en Córdoba, que además forma parte del marco de los 20 años de La Bomba?
Lucho Larocca: Ahora en mayo cumplimos 20 años, y ese fin de semana vamos a hacer Córdoba, Santa Fe y Rosario, y después cerramos en el Konex el lunes.
O.C.: Hace mucho que no vienen a Córdoba, ¿no? Me da la sensación de que no son una banda que gire tanto por el interior, sobre todo teniendo la fecha fija en el Konex, que ya es un clásico: los lunes Bomba.
Lucho: Lo que pasa es que tenemos 20 años y lo hicimos durante mucho tiempo, y en un momento se agotó la energía de estar viajando tanto. Nos dimos cuenta de que no podíamos hacer giras por todo el interior, más Europa, más Centroamérica… había que enfocar.
En los últimos cinco años, más o menos después de la pandemia, nos concentramos en girar por Europa y nos pusimos el objetivo de que ese circuito empiece a funcionar. Ahora también tenemos ganas de hacer Centroamérica, México. A Brasil fuimos un par de veces y queremos volver este año.
Y es verdad que somos una banda que, teniendo todos los lunes en el Konex, tiene muy difícil armar giras todo el tiempo. Tenemos más de 50 shows al año asegurados en el Konex, y eso ya te marca un límite.
Ahora, con la excusa de los 20 años, dijimos: “Vamos a volver a los lugares a los que siempre queremos volver”. Y Santa Fe, Córdoba y Rosario son ciudades a las que, más o menos por 2012, íbamos un montón.
O.C: Cada vez que voy a Buenos Aires veo que el Lunes Bomba aparece en todas las guías y recomendaciones. Ya es un circuito en sí mismo, incluso para turistas. Para quienes no conocen La Bomba de Tiempo, ¿cómo explicarías de qué se trata? No es una banda común.
Lucho: Para quienes no conocen la banda, La Bomba es algo muy particular. Es un ensamble de improvisación con 14 percusionistas. Dicho así suena medio jazzero, pero en realidad el sonido es más parecido a una rave de tambores, con una energía visceral. Desde el inicio, hace 20 años, la idea fue hacer bailar.
Cuando empezamos los lunes en el Konex estábamos ensayando el sistema de señas. Santiago, el creador, nos propuso usar ese día, y después de practicar un rato le decíamos a la gente: “Párense, vamos a ver si podemos hacerlos bailar”.
Con el tiempo La Bomba se volvió una plataforma de ritmo: hicimos discos, trabajos con instituciones, con empresas, con niños, una obra de teatro. Todo para acercar el ritmo a la vida cotidiana, no solo para hacer bailar.
Y así se volvió súper popular. Los turistas que vienen a Buenos Aires alucinan. Y pasa algo hermoso: cuando giramos por el mundo, mucha gente que nos vio en Buenos Aires se reencuentra con La Bomba. Es un lugar de contacto. Una vez en Londres un productor nos dijo: “Ahora entiendo”. Porque no saben si es una banda o una experiencia. Y es eso: una experiencia donde el público es parte al cien por cien. Nos contó que una chica de Londres, una argentina y una sueca se reencontraron ahí después de conocerse en un Lunes Bomba siete años antes. La gente lo toma como un lugar de pertenencia.
O.C.: La energía que transmiten en vivo no es como la de una banda “normal”, donde uno pone un disco, lo escucha y ya está. Me parece que La Bomba es el vivo.
Lucho: El vivo es todo. Y recién después de muchos años entendimos por qué es tan difícil grabar a La Bomba: la banda ocupa todas las frecuencias. Una vez nos invitaron a hacer un featuring con batería y bajo, y el ingeniero nos mostró el ecualizador: estaba todo lleno. “¿Dónde me pongo yo?”, decía. Es muy físico, muy de tambores.
Además, somos una banda de vivo porque improvisamos. No tocamos canciones de cinco minutos: vamos entrando en un estado, y ese estado tiene que ver con encontrar un pulso de baile.
Los grandes DJs trabajan así: por zonas de la pista y por velocidad del beat. Arrancan a 115 BPM y terminan a 140, van llevando a la gente. Nosotros empezamos a trabajar esa idea con los directores. Cada uno desarrolla algo distinto: uno hace el warm up, otro explora ritmos raros, y al final aparece el pulso de bailar, que es universal. Tocás un bombo en negra y la gente se pone a bailar.
O.C.: A la hora de ver a La Bomba —yo que los vi tres o cuatro veces en el Konex— siento que todos los shows son distintos. Muchas veces el pulso lo marca el público o lo que pasa en el ambiente. No hay dos shows iguales. Incluso los mismos temas suenan distintos, o la gente está en otra conexión que hace que la experiencia sea diferente al show anterior.
Lucho: Siempre digo que La Bomba también suena con el lugar. No es lo mismo tocar en una plaza, en un estadio, en un patio, para mil personas o para cincuenta mil. Todo eso es información que uno va aprendiendo.
Con los años entendimos cómo hacer bailar a distintos públicos, en distintas salas, países y horarios. Cada situación requiere un trabajo distinto. El otro día hicimos un evento para una empresa a las ocho de la mañana, en un hotel. Imaginate: hacer bailar a la gente antes del café con leche. Es dificilísimo, pero lo logramos porque tenemos herramientas.
Cuando el público está frío, lo primero es encontrar a los que están más sueltos, los que no le tienen miedo a lo que les pide el cuerpo. Uno se para, el director lo ve, lo señala, lo agita, y eso contagia. La gente se empieza a parar sola. Es un trabajo fino, pero lo sabemos hacer.
Y ya no tiene que ver solo con el ritmo, sino con cómo hacés que la persona se suba a ese ritmo. Ahí está lo más interesante. Por eso cada director tiene su especialidad, su manera de leer y conducir al público.
O.c: Llevan 20 años. Santiago Vázquez, uno de los fundadores, ya no está, y la banda pasó por muchos cambios. ¿En qué momento se encuentra hoy La Bomba? Y respecto a los directores: ¿hay algo que todos tengan en común? ¿Existe una condición para ser director, o cada uno llega con su propia idea y trabaja sobre una base común?
Lucho: Sí, creo que hay algo en común, aunque no sé si lo tengo del todo claro. Pero después de tantos años trabajando con este sistema de señas, siento que lo fundamental es la seguridad que transmite el director en la dirección que propone. Vos ves a alguien que está yendo hacia un lugar y decís: “ banco”. Aunque no entiendas del todo lo que está haciendo. Te pide algo y confiás. Y también podés dejar de tocar: cada músico es libre de aportar o correrse.
La particularidad de La Bomba es esa: uno aporta cuando tiene algo para aportar. Si no, levantás la mano, dejás espacio, hacés bailar. Y a veces el director te dice: “Bancame en esta”, y lo ves tan metido que lo seguís. La dirección no es solo marcar señas: es tener un rumbo claro. Cuando todos entienden ese rumbo, la banda suena bien.
Nos pasó incluso con directores de afuera. En Bélgica invitamos al director de Sismo a dirigirnos y la rompió. Tenía una dirección clara y lo seguimos sin problema.
Obviamente, la técnica de dirección ayuda muchísimo. Si no sabés dirigir, se complica. Podés tener intuición, pero si no sabés hacer una seña, no hay forma de que funcione.
O.C.: ¿La banda tiene hoy una formación fija? Lo pregunto porque los vi varias veces con formaciones distintas: una vez con el Tiki Cantero, otra sin él; o ver a Pedro Benaille en Córdoba y pensar “mañana toca La Bomba, ¿cómo hace?”. Muchos de ustedes tienen otros proyectos y trabajos. Debe ser difícil ensamblar todo eso: giras, viajes, agendas.
Lucho: Acá va una versión más corta, manteniendo el sentido, la claridad y el tono conversado de Lucho:
Lucho: Está buenísima la pregunta, porque es algo muy real. Santiago creó La Bomba, pero se fue hace mucho: de los 20 años que tenemos, más de la mitad fueron sin él. Y el sostenimiento del proyecto hoy depende de los aportes de quienes estamos ahora.
Creo que parte del oxígeno del grupo es que desde el principio La Bomba permite no venir. Así como podés no tocar, podés no estar. Siempre hay alguien que te cubre, y el director musical decide quién. Eso viene de que todos éramos músicos de otros proyectos. En 2006 no había tantos percusionistas, y mujeres menos todavía. Por eso siempre nos preguntan por qué hay una sola mujer, María Bergamaschi. Hoy hay muchas más pibas, y con los años fuimos abriendo convocatorias.
De hecho, en la última gira por Europa pasó algo muy loco: La Bomba tocó un lunes en el Konex con todos cambios, mientras la banda completa estaba afuera. Algunos se quedaron acá, otros viajaron. Entre ellos fue Dolores, que toca increíble. Trabajamos mucho para que el proyecto se sostenga en el tiempo y no dependa exclusivamente de quién está arriba del escenario.
O.C.: Cada uno debe tener su impronta, pero aun así se puede suplir una ausencia sin que se note tanto.
Lucho: Lucho: Sí, porque lo que hace funcionar a La Bomba es que todos nos escuchemos y toquemos para lo que propone el director. A veces eso requiere mucho desarrollo del instrumento, y otras veces simplemente tocar poquito y bien.
Lo que sí requiere es entrenamiento. En una gira tocás todos los días dos horas, dormís poco, viajás… necesitás estar entrenado. Solo un profesional puede sostener eso sin lastimarse. Pero hay muchos percusionistas preparados para hacerlo.
El sistema de La Bomba tiene una particularidad: un sonido propio. El ensamble está organizado en cinco zonas, y no todos estamos preparados para todas. Hay instrumentos solistas —djembe, congas, tumbadoras— que requieren años de estudio. Después están los zurdos, las campanas, la güira… que en otras músicas pueden ser solistas, pero acá no siempre se exige ese nivel.
Lo que sí necesitás es tener en el grupo un par de “9 que meten goles”: improvisadores seriales. Cuando necesitás eso, llamás a esa persona. Dolores, por ejemplo: estudió en África, toca djembe increíble, y la llamamos cuando necesitamos justamente ese tipo de energía.
O.c: Todos los lunes, o casi todos, hay invitados. Yo los vi con Mariana Carrizo, estuvieron con Muerdo. ¿En qué cambia el show cuando hay invitados? Porque no debe ser fácil armarlo según quién venga, y además son artistas de géneros muy distintos. ¿Cómo hacen para que funcione, teniendo en cuenta que también hay improvisación en el escenario?
Lucho: Ahí ayudan mucho los directores musicales. En general escuchan bastante la música del invitado y le sugieren qué instrumentación armar. Como La Bomba ocupa todas las frecuencias, cuando se sube alguien tenemos que achicar: bajamos cuatro o cinco músicos para dejar espacio.
Lo bueno es que la percusión, en esencia, acompaña. El 90% del tiempo la batería acompaña. Entonces estamos preparados para eso, aunque no es fácil porque somos muchos y el volumen natural de La Bomba es enorme.
La prueba más clara de que sabemos acompañar fue cuando tocamos con Coldplay en River. Nos invitaron a probar tres temas. Fuimos, tocamos para la canción, sin invadir. Éramos 14 tipos arriba de un tema de Coldplay y aun así pudimos ordenarnos, dejar espacio. Salió hermoso. Cerramos el último de los diez shows. Ahí dije: “Sabemos acompañar”. Fue como que nos dieron el título.
O.C.: Bueno, pero también estuvieron en ese festival donde tocaron Santana y Sting. No sé si llegaron a tocar con él, pero sé que Santana flasheó con el sonido de La Bomba. Fue uno de los primeros en hacerlo.
Lucho: Sí, totalmente. No tocamos con él, pero todo el show estuvo al costado del escenario mirándonos. Antes de subir se acercó con un parlante Bluetooth —en 2012, imaginate— escuchando Los Muñequitos de Matanzas, una banda tradicional cubana.
Nos dijo: “Lo que ustedes hacen es tremendo. Es contagioso, es único. Y agregó algo que nos marcó: “La misión de ustedes es acercar el ritmo a la vida de la gente. Tienen que hacer una canción que hable de eso”.
La primera canción que hicimos fue Near the Dance, que cantó Kevin Johansen, y la hicimos pensando en esas palabras.
O.C.: Santana es palabras mayores. Por lo menos de este lado del mundo. Para ustedes debe haber sido algo de otro planeta.
Lucho: Sí, todos nacimos escuchando a Santana. Y todos nuestros predecesores aprendieron con sus discos. Es una eminencia total para nosotros. Que él nos haya dicho lo que nos dijo fue tremendo. Porque podría haber ido por el lado técnico, por la cosa del conguero virtuoso, del solo, del “mirá cómo toca este tipo”. Pero no fue ahí. Fue directo a la esencia: “Ustedes tienen algo que estoy viendo”. Y nosotros no lo estábamos viendo. Nosotros estábamos en plan: “Che, qué bueno que está tocar percusión y que la gente baile”. Y él vino y nos dio un mapa. Nos dijo, básicamente: “La misión de ustedes es acercar el ritmo a la vida de la gente”. Y con ese mapa La Bomba se transformó en una plataforma. Hoy somos eso: una plataforma desde la cual podemos hacer un montón de proyectos. Obras para niños, trabajos con empresas, teatro, experiencias rarísimas como lo que hicimos en el Planetario de Buenos Aires. Todo basado en un trinomio que para mí alimenta nuestra idea: danza, percusión y voz —o melodía, si querés, como representación de lo melódico. Esos tres elementos conforman cualquier proyecto que hace La Bomba. Y te puedo asegurar que, de alguna forma, siempre te hace bailar.
O.C.: La Bomba es algo más que un grupo musical. Es un proyecto que tiene base musical, pero que va más allá.
Lucho: Sí, totalmente. Hoy te diría que La Bomba es una experiencia que hay que vivir. Tenés que ir. Nadie te va a decir: “Escuchate este disco, está buenísima la clave 3-3-2”. Eso no pasa. Lo que pasa es que vas, estás ahí, y algo te mueve. Es más una experiencia que un disco.
O.C.: Por eso te decía que los discos no transmiten lo mismo. Un grupo de percusión en vivo tiene otra energía. Me pasó con otras bandas: en vivo era una cosa, pero en el disco, sin una voz o algo que guiara, no tenía el mismo sentido que la experiencia en vivo.
Lucho: Absolutamente. El vivo tiene otra profundidad. El medio también da sentido: lo que pasa en redes es una cosa, y lo que pasa en el vivo es otra. Y creo que después de la pandemia el vivo tuvo un relanzamiento enorme.
Nosotros pasamos toda la pandemia juntos, sosteniéndonos como banda y como familias. Y después vimos que la gente necesitaba mucho de los tambores para reconectarse, para salir del home office, para reencontrarse. Como no tenemos canciones “fijas”, La Bomba genera un ritual distinto: la gente va a conectar con otra gente. Eso hoy es muy valioso.
Y cada vez lo notamos más. A veces pensamos: “Che, tenemos 20 años, ¿no estará agotado?”. Y no: después de la pandemia La Bomba explotó más. En París, primera vez, casi 700 personas. En Londres, cinco shows. Hay una necesidad de vibración, de parar un poco la cabeza.
Los tambores te pegan en el cuerpo y te ponen en tiempo presente. Muy ahí. Y parece que hay Bomba para rato.
O.C.: Esto de tener invitados, de sumar cantantes que rompen la posible monotonía de un show puramente percusivo… ¿qué tan importante es al armar un show de La Bomba? Sobre todo ahora que vienen a Córdoba. No sé si van a tener invitados, pero ¿cómo se piensa un show fuera del Konex, donde casi siempre aparece alguien a cantar? Y ustedes mismos también componen.
Lucho: Siempre tratamos de trabajar con lo que llamamos la paleta de colores. Todo lo que no es percusión entra ahí. Y es realmente una paleta enorme: va del folclore al jazz, del rock a lo electrónico. Casi cualquier artista puede aparecer un lunes a cantar con La Bomba.
O.C.: Y funciona muy bien…
Lucho: Sí, absolutamente. Le da un matiz hermoso. A veces un invitado sube la energía, otras la baja un poco, pero ese movimiento también sirve: es tensión y distensión. Proponés algo, lo sacás, lo volvés a traer. Eso genera dinámica.
Hoy es común ver invitados en todos lados, pero en 2006 no pasaba. Nosotros fuimos pioneros en basar el show en un invitado externo. Y después está el momento íntimo: achicar, bajar músicos, cambiar el clima. Esa paleta también es parte de La Bomba, aunque de una manera rara, porque somos una banda rara.
En Córdoba no va a haber invitados, pero tenemos nuestra propia paleta. Ahora sumamos máquinas de ritmo; Richard Nant está tocando un EWI —un instrumento electrónico rarísimo— además de trompeta. El Tiki canta vidalas y bagualas. María Bergamaschi canta increíble. Según el lugar y la hora, elegimos el sabor del día.
Una vez tocamos en un festival electrónico en Alemania, para cien mil personas. Dijimos: “¿Qué hacemos acá, donde están los reyes de la electrónica?”. Sacamos nuestros juguetes electrónicos… y también cantamos una baguala. Otro condimento. Y la gente quedó de la cabeza.
O.C.: Eso te iba a decir: ¿cómo fue la repercusión? Porque una vidala en un concierto de música electrónica es rarísimo.
Lucho: Es rarísimo, sí. Pero le metimos condimentos de música electrónica, que los tenemos: el bombo en negras, el pulso, el beat. La vidala arriba de otra estructura rítmica. Obviamente, cuando pensás en una vidala imaginás algo íntimo, emocional. Pero acá se fue para otro lado.
Terminó siendo como esa melodía que cualquier DJ mete cuando quiere una referencia ancestral o aborigen. De repente aparece una voz… bueno, nosotros pusimos una vidala. Y quedó buenísimo. La gente se re copó. Fue un golazo.
O.C.: Pienso en el padre de Wos, que también estuvo muy involucrado en La Bomba. ¿Qué tiene de familiar todo esto? Porque muchas veces se suben los hijos a cantar, a tocar, a participar. Son un ensamble, sí, pero también un poco una familia: los chicos crecen ahí adentro. El caso más conocido es el de Wos, pero no es el único…
Lucho: El otro día, por primera vez, tocó con nosotros el hijo de Nacho, Tiago Álvarez, que tiene 16 años y es un percusionista tremendo. La hija del Tiki, Maya Cantero, se subió a tocar el djembe y la rompió. Los hijos de Gabi Spiller están componiendo. Y también hicimos videos con hijos nuestros: la hija de Gaby nos hizo unos videos increíbles. Mi hermana ahora está armando una muestra de fotos. Nuestras familias están súper comprometidas: son 20 años.
Yo conozco los problemas de todos en La Bomba, y de sus familias. Pasamos todo juntos, nos ayudamos. Conozco a todos los hijos, a todas las ex, a todas las actuales. Es un montón. Y siempre supimos dar lugar.
Vos mismo sos un ejemplo. La primera vez que vino Valen (Wos) tenía nueve años o menos. En 2014, cuando salió en Paka Paka, fueron a hacer una nota y nos pidieron que vinieran los hijos. Ahí estaba Hugocito, entre otros. Y después terminamos tocando con él en el Luna Park. Fue hermoso ese desarrollo: primero vení y jugá con nosotros; después él termina siendo quien es, y siempre agradecid
O.C.: Me parece que también es interesante mantener esa unión.
Lucho Absolutamente. Las últimas veces que tocamos en Berlín él justo estaba allá —tiene mucha conexión con la ciudad— y terminamos tocando juntos. Se subió, grabamos unos videos, estuvo buenísimo. Y siempre es lo mismo: encontrarse con él es como encontrarse con el hijo de un amigo. Ya está enorme, pero sigue siendo familia.
O.C.: Como ensamble, ¿qué lugar ocupa el error? Porque a veces parece que algo se va, pero después todo se acomoda y termina siendo parte del show. En ustedes, el error parece abrir otro camino
Lucho: Sí. Para nosotros el error es un color más dentro de la paleta. El otro día fui a ver a Drexler: todo impecable, y de repente se sube Mateo Sujatovich, lo descoloca con un comentario y el tema se cae. Y para mí fue el momento más hermoso del show: ahí ves a la persona, la humanidad del error.
O.C.: Me hablabas de lo de Drexler… romper un poco esa distancia que muchos tenemos con el artista “allá arriba”. En el fondo es una persona como cualquiera: toca, compone, se equivoca, tiene sus cosas. Y está bueno mostrar eso.
Lucho: Te hace más humano. Y me parece que hoy, con todo tan artificial, eso vale un montón. Mirá lo que pasa en redes: el algoritmo me mostró un show de Soda con Cerati digitalizado… ¿y cómo me enteré? Porque se cortó la luz. El error fue lo más relevante.
A Fito le pasó lo mismo: se le cortó la luz en un show y terminó cantando Vengo a ofrecer mi corazón a capella en el Movistar Arena. Fue lo más emocionante. Ahí aparece la persona, no la máquina. Y eso hoy pega fuerte. Ahí se ve al artista. Ves cómo una persona sale adelante con lo que tiene: su voz, su energía.
O.C.: Pensaba en los tiempos que vivimos: sostener un proyecto colectivo como La Bomba no debe ser fácil. Por lo económico, por mover tanta gente. ¿Qué significa hoy mantener algo así? Debe haber mucho desgaste.
Lucho: Es una locura.
O.C.: Tiene que haber mucho amor para sostener una estructura así y salir de gira como lo hacen.
Lucho: Sí, es una locura total. Lo más importante para cualquier proyecto es la sostenibilidad económica, pero lo que nos pasa con La Bomba es inexplicable. Es una bendición. Me emociona. Es un esfuerzo diario sostener algo tan hermoso y tan gigante, con 20 años de historia. Y uno sabe que no es “gracias a uno”: es gracias a todos.
¿Por qué sigue viniendo la gente? Podría explicarte la pandemia, la necesidad de conexión… Lo que sí sabemos es que hay que renovarse siempre. Tener una zanahoria adelante: “Vamos a Europa”. Fuimos 20 veces. “Vamos a México”. “A Brasil”. “Volvamos a Córdoba”. Es eso: renovarse.
Y algo clave —y que tiene que ver con que podés no ir— es que hacemos solo lo que tenemos ganas de hacer. Si no tenemos ganas, no lo hacemos. Y después generamos cosas nuevas.
Una vez hablamos con un psicólogo especialista en grupos. Nos dijo: “Para ir en una dirección, tienen que estar todos adentro”. Esa es la clave del éxito. ¿Qué es el éxito? Hacer algo todos juntos, con alegría. Subirte al bondi para tocar y pasarla bien. Si después van cinco personas, no importa. El éxito es decidir juntos.
O.C.: ¿Qué significa el Konex para La Bomba? Ya es su casa.
Lucho: Sí. Ponés “La Bomba de Tiempo” en Google Maps y te lleva al Konex. Son 20 años. El Konex también cumple 20. Es nuestro hogar. Ahora vamos a hacer un festival juntos, en la calle, por los 20 años de ambos. Es el único espacio a cielo abierto en Buenos Aires, y eso vale oro.
Ayer, por ejemplo, teníamos que decidir a las 3 de la tarde si tocábamos afuera o adentro por la lluvia. Estaba dudoso. Yo dije: “Afuera”. Me putearon un poco porque llovía. Empezó el show… y a los diez minutos paró. Fue mágico. La gente mojada, bailando. Llovió lo justo para darle épica, sin arruinar nada.
O.C.: Pensando en el futuro: ¿qué viene para La Bomba en términos musicales? ¿Grabaciones, colaboraciones?
Lucho: Tenemos bastante material grabado del año pasado que vamos a ir sacando. Hay un tema con Chico César, el cantante brasileño. Grabamos también con Max Patailler, un francés capo en diseño de sintetizadores. Tenemos un tema con Mel Muñiz —más íntimo, más tranquilo— y una colaboración con la banda uruguaya La Abuela Coca. Hay más cosas que ahora no me acuerdo, pero este año decidimos no seguir grabando porque ya tenemos mucho material y, si no, queda viejo.
O.C.: Para cerrar: ¿cómo va a ser el show en Córdoba? Está programado a las 23. ¿Va a ser largo? ¿Formato fiesta?
Lucho: Sí, formato fiesta. Una primera entrada nuestra, después DJ, después otra entrada, y DJ toda la noche. La idea es que sea un fiestón, que es lo que todos necesitamos para cumplir años.
O.C.: En estos tiempos, una fiesta de La Bomba es necesaria.
Lucho: Absolutamente. Es súper catárquico. La Bomba tiene eso: cada uno puede ir y bailar como quiera. No tenés que saber nada. Vas y te movés. Eso necesitamos: que las cosas pasen por el cuerpo. Conexión, abrazos, miradas, lo imperfecto, lo que se construye entre todos. Eso somos.