A más de cuarenta años de haber redefinido la relación entre arte, ruido y cuerpo dentro del rock experimental, Kim Gordon sigue encontrando nuevas formas de incomodar, provocar y abrir preguntas. Su tercer álbum solista, PLAY ME, que verá la luz el 13 de marzo a través de Matador Records, confirma que su búsqueda no se detuvo: solo se volvió más precisa, más física y más inquietante. El primer adelanto, “Not Today”, ya deja ver ese pulso: una voz que aparece con otra textura, casi como si Gordon hubiera encontrado un registro escondido en sí misma.
El lanzamiento llega acompañado por un cortometraje dirigido por Kate y Laura Mulleavy (Rodarte), quienes recuperaron para la ocasión un vestido de tul teñido a mano que habían creado para Gordon en sus inicios. La imagen, cargada de memoria y extrañeza, funciona como una extensión visual del tema: una figura icónica que vuelve a moverse en un territorio familiar, pero desde un ángulo completamente nuevo.
En PLAY ME, Gordon afila su lenguaje sonoro: beats más melódicos, pulsos motorik heredados del krautrock y una estructura de canciones breves, directas, casi como ráfagas. Junto al productor Justin Raisen, construye un disco que respira velocidad y foco, sin perder la aspereza conceptual que marcó sus trabajos anteriores. Si No Home Record (2019) la mostró dialogando con el avant‑rap y el footwork, y The Collective (2024) la llevó hacia un industrial abrasivo que incluso le valió nominaciones al Grammy, este nuevo álbum condensa todo eso en una forma más inmediata, más corporal.
Pero la urgencia no es solo musical. PLAY ME es también un comentario feroz sobre el presente: la concentración obscena de riqueza, la erosión democrática, el avance tecnocrático, la cultura moldeada por algoritmos y la sensación de vivir en un “post imperio” donde la desaparición —física, simbólica, emocional— se vuelve parte del paisaje. Gordon procesa ese caos con humor oscuro, con listas absurdas, con voces distorsionadas y con letras que funcionan como espejos deformantes de la vida digital.
Canciones como “No Hands”, “Subcon” o “Dirty Tech” exponen la ansiedad contemporánea desde distintos ángulos: la imprudencia colectiva, la atomización de la vida en plataformas, la entrega ciega a la tecnología y la amenaza silenciosa de la inteligencia artificial. En otras, como “Square Jaw”, apunta directamente a la masculinidad tóxica y a la estética distópica del poder tecnológico. Y en “Busy Bee”, rescata un fragmento de los años noventa para convertirlo en un grito distorsionado sobre la presión —tan actual— de “relajarse” en un mundo que no deja respirar.
Incluso cuando se ríe del absurdo, Gordon nunca pierde de vista el trasfondo político. “ByeBye25” retoma el espíritu combativo de su disco anterior y lo cruza con una lista de palabras prohibidas por la administración Trump, transformando la censura en un gesto artístico corrosivo. Y en el tema que da nombre al álbum, convierte nombres de playlists de Spotify en un mantra trip‑hop que desnuda la lógica de una cultura hiper‑curada, donde hasta el estado de ánimo parece predefinido.
PLAY ME es, en definitiva, un disco que mira hacia afuera y hacia adentro al mismo tiempo. Un trabajo donde la abstracción no es un escape, sino una forma de clarificar el mundo. Gordon vuelve a demostrar que su arte no envejece: muta, se afila, se vuelve más consciente. Y en un momento donde la saturación informativa amenaza con anestesiarnos, ella elige hacer lo contrario: encender la incomodidad, amplificar la duda, sostener la curiosidad.