Gorillaz y la montaña del duelo: 25 años después, un ascenso espiritual

Veinticinco años después de haber irrumpido como una anomalía —una banda virtual que funcionaba como sátira, experimento y espejo de la cultura— Gorillaz vuelve con The Mountain, un álbum que no solo marca un aniversario sino un punto de inflexión. Lo que comenzó como un proyecto entre Damon Albarn y Jamie Hewlett, una especie de laboratorio donde podían mezclar reggae, hip-hop, electrónica, punk y melodías melancólicas sin rendir cuentas a nadie, hoy se convirtió en un espacio de duelo, memoria y renovación. La montaña del título no es un símbolo abstracto: es el peso de la pérdida, el ascenso hacia una forma distinta de estar en el mundo, la búsqueda de un sentido que sobreviva a la muerte.

El disco nace en un momento de fractura personal. En el lapso de diez días, Albarn y Hewlett perdieron a sus padres. La segunda visita que hicieron a la India —un viaje que originalmente iba a ser una aventura creativa, una especie de “odisea clásica” para renovar votos artísticos— se transformó en una peregrinación. Albarn nadó en el Ganges y esparció las cenizas de su padre en sus aguas míticas. Hewlett, por su parte, dibujó para procesar lo que no podía decir. De ese cruce entre duelo y desplazamiento, entre ritual y desconcierto, surgió la idea de un álbum que convocara a los vivos y a los muertos, que mezclara tradición india con archivo personal, que funcionara como un puente entre mundos.

The Mountain es, en ese sentido, un disco que respira en varias direcciones a la vez. Es un álbum conceptual, pero también un álbum emocional. Es un trabajo de maduro, pero no renuncia a la audacia que definió a Gorillaz desde el inicio. Y es, sobre todo, un disco que entiende que la muerte no es un final sino un tránsito: una forma de continuidad, un eco que vuelve.

La India como espejo y como mito

La presencia de la India no es decorativa. Albarn, que creció escuchando sitares y oliendo incienso en la casa de su padre artista, encontró en ese viaje un retorno a una sensibilidad que había estado dormida. Pero también encontró un límite: la India no es un souvenir espiritual ni un paisaje exótico para revitalizar la creatividad occidental. Esa tensión está presente en el disco, a veces de manera explícita, a veces como un ruido de fondo.

La instrumentación india —sitar, bansuri, tambura, ragas— aparece en varios temas, pero no como un gesto de apropiación superficial. Más bien funciona como un contrapunto, como un recordatorio de que la música puede ser un espacio ritual. En “The Plastic Guru”, el sitar dialoga con la guitarra aguda de Johnny Marr, creando un choque entre tradición y modernidad que no busca resolverse. En el tema de apertura, la melodía interpretada en bansuri establece un clima de apertura espiritual que no se deshace en exotismo.

Sin embargo, el disco también juega con el riesgo de la sobrecarga. Hay momentos en los que Albarn parece fascinado por la idea de la India más que por la India misma. Pero incluso en esos excesos, hay una honestidad palpable: Albarn no pretende ser un iniciado, ni un gurú, ni un converso. Lo que busca es otra cosa: un lenguaje para hablar del duelo sin caer en la solemnidad.

La muerte como archivo: voces que regresan

Uno de los gestos más audaces del disco es la inclusión de grabaciones inéditas de colaboradores fallecidos: Dennis Hopper, Bobby Womack, Mark E. Smith, Tony Allen, Proo (D12) y Trugoy the Dove (De La Soul). No se trata de homenajes póstumos ni de trucos de nostalgia. Son presencias reales, voces que irrumpen en el presente con una fuerza que desarma cualquier lectura sentimental.

En “Delirium”, Mark E. Smith aparece como un maestro de ceremonias del inframundo, gruñendo y riéndose sobre un estribillo monumental. Su voz no suena espectral: suena viva, desafiante, como si hubiera estado esperando este momento. En “The Moon Cave”, Asha Puthli y Black Thought dialogan con la presencia fantasmática de Womack y Trugoy, creando un espacio donde el tiempo se pliega.

“The Manifesto”: el centro espiritual del álbum

“The Manifesto” es, sin exagerar, una de las piezas más poderosas de la historia de Gorillaz. No solo por su construcción musical —una mezcla de percusión cinética, texturas indias, un beat de órgano portátil y un interludio a medio tiempo— sino por su dimensión espiritual. El freestyle resucitado de Proof, grabado en 2001, irrumpe como un mensaje desde otro plano. Habla de la muerte cinco años antes de su propio asesinato. Habla de violencia, de destino, de supervivencia. Y lo hace con una claridad que estremece.

La canción retoma un elemento del manifiesto original de Gorillaz, aquel que decía que Russel Hobbs, el baterista, canalizaba los espíritus de músicos muertos. Veinticinco años después, esa ficción se vuelve literal. Proof no es un sample: es una presencia. Y Albarn no la trata como reliquia sino como fuerza vital.

Aunque el duelo atraviesa todo el álbum, The Mountain no es un disco triste. Albarn siempre fue un maestro de la melancolía, pero aquí la tristeza no se expresa en lamentos sino en movimiento. Hay boogie post-disco con cuerdas cinematográficas (“The Moon Cave”), hay acid house árabe (“Damascus”), hay pop radiante (“Orange County”), hay reggae caótico (“The God of Lying”).

En “The Empty Dream Machine”, la calma es casi meditativa. En “The Shadowy Light”, Asha Bhosle —92 años— canta sobre cruzar al otro lado, pero Albarn la rodea de una producción que a veces la ahoga. Es uno de los momentos donde el disco tropieza: la ambición se vuelve exceso. Pero incluso ahí, la intención es clara: Albarn quiere que la música sea un puente, no un mausoleo.

Gorillaz a los 25: madurez sin domesticación

Lo más sorprendente de The Mountain es que, a pesar de su densidad conceptual, es un disco accesible. No es hermético ni solemne. No es un álbum que se regodee en su propia importancia. Es, más bien, un trabajo que entiende que la madurez no es sinónimo de rigidez. Albarn y Hewlett siguen siendo los mismos Peter Pan de escuela de arte que inventaron una banda de dibujos animados para escapar del tedio del rock británico. Pero ahora, ese juego tiene una profundidad que antes no tenía.

La idea del “grupo virtual”, que en 2001 parecía una sátira del pop manufacturado, hoy es parte del paisaje cultural. Gorillaz ya no es una anomalía: es un antecedente. En un mundo donde vocaloids llenan estadios y bandas animadas dominan listas, Albarn y Hewlett se encuentran en la extraña posición de ser pioneros que siguen experimentando.

The Mountain no es un disco perfecto. Tiene excesos, momentos donde la producción se vuelve barroca, decisiones que rozan la caricatura. Pero es, sin duda, uno de los trabajos más coherentes y emocionalmente resonantes de Gorillaz en años. Es un álbum que se siente vivo, incluso cuando convoca a los muertos. Es un disco que entiende que la música puede ser un ritual, un archivo, un puente, un consuelo. Y es, sobre todo, un recordatorio de que la montaña —esa que pesa, esa que duele, esa que parece inamovible— no se escala para llegar a la cima. Se escala para seguir viviendo.

Damon Albarn y Jamie Hewlett hablan sobre el nuevo álbum de Gorillaz: The  Mountain - Rolling Stone en Español