En enero, la Casa de Jorge Alberto Mattalía vuelve a respirar su ritual

Jorge Alberto Mattalía (1931–1980) fue uno de esos artistas cuya obra no se limita al lienzo: se expande hacia la tierra, la memoria y la comunidad. Grabador, pintor y militante de una estética profundamente americana, entendió el arte como un modo de habitar el mundo y de devolverle sentido a aquello que la historia oficial suele dejar afuera. Su figuración terrosa, su trazo y su sensibilidad construyeron no solo una poética visual, sino también una ética: la de mirar el continente desde adentro, desde sus pueblos, sus dolores y sus celebraciones.

Esa ética —esa manera de estar en el mundo— es la que hoy sostiene y da nombre a Casa Ritual Mattalía, el espacio cultural que continua su legado en Cosquín. La casa familiar, que en los años 70 fue refugio de poetas, músicos y caminantes del folklore, se volvió con el tiempo un territorio simbólico donde la creación no es un gesto solitario, sino compartido. Allí donde Jorge trabajó, soñó y abrió la puerta a tantos, hoy se encienden talleres, lecturas, encuentros y ceremonias que recuerdan que el arte siempre debe ser compartido.

Casa Ritual Mattalía no es un museo ni un santuario: es una casa viva, un espacio donde la memoria se activa en presente. Su existencia recupera la dimensión afectiva del arte, esa que Jorge encarnó en su obra y en su vida. La casa no solo preserva su nombre: preserva su modo de mirar, su convicción de que la cultura popular es un territorio sagrado, su certeza de que el arte no se separa de la gente, ni de la tierra, ni de la historia que nos atraviesa, sino que se vuelve brújula para quienes pasan por allí.

Por eso, la relación entre Jorge Mattalia y Casa Ritual Mattalía no es lineal: es circular. La casa nace de él, pero también lo reinterpreta en cada artista que la habita. Lo trae al presente como un gesto de continuidad, como un faro que acompaña a nuevas generaciones de creadores, docentes, músicos y poetas.

Extraído del Facebook en homenaje a Jorge Mattalia

Por eso Enero vuelve a encontrar a Casa Ritual Mattalía como uno de los espacios más singulares del corredor cultural de Cosquín. Lejos del vértigo festivalero y de las lógicas del espectáculo, la casa propone un verano donde el arte se vive como un modo de estar en comunidad y una forma de sostener la memoria afectiva del territorio.

Desde mediados de mes, la vereda se convierte en un pequeño milagro cotidiano gracias a la Estantería de Niní, una biblioteca comunitaria que funciona con un intercambio simple: llevar un libro, traer otro, mantener viva la circulación de historias. Una práctica mínima que recupera la lectura como acto barrial, no como consumo. La biblioteca comunitaria que funciona con un sistema simple y profundamente humano: llevar un libro, traer otro, mantener viva la circulación de lecturas.

Las artes visuales ocupan la casa con una serie de muestras que dialogan entre sí y con la historia del lugar. Susana Romera presenta dibujos y bordados que trabajan la metáfora del vuelo como ejercicio de introspección. Daniela Córdoba despliega un inventario íntimo de objetos y muros que guardan humedad, voces y resistencia. Magdalena Audap Soubié homenajea a Ariel Ferraro con fotografías minerales que parecen modeladas por arcilla y luz. Y Jorge Mattalía vuelve a la casa con La Flor Exacta, una selección de tintas y grabados que recuperan su vínculo con la naturaleza y con la tradición poética de Hamlet Lima Quintana.

La música aparece como un pulso nocturno que atraviesa toda la programación. A partir del 23 de enero, la casa recibe a artistas que trabajan la canción desde la raíz, la experimentación y la cercanía. Las noches se van hilando con la presencia de CCI Kiu, Ramiro González, Manu Estrada, Luciana Jury junto a Susy Shock, Paola Bernal acompañada por Pampi Torres y Joel Acosta, Ana Robles, Micaela Vita y Juan Saraco, La Ferni y Chacho Marzetti, hasta cerrar el ciclo con Sofía Viola el 1 de febrero. Cada presentación está pensado como un ritual íntimo donde cada concierto se vuelve un acto compartido.

La propuesta se completa con un taller de canto comunitario coordinado por La Ferni —un espacio para explorar la voz como territorio colectivo— y una feria de barrio que reúne proyectos editoriales, artesanías, herbolaria y producciones locales.

Casa Ritual Mattalía confirma que se puede habitar el arte. En un verano donde la sobreoferta cultural suele saturar, la casa elige otro ritmo. Uno más lento, más atento, más cercano. Un ritmo que, como su nombre lo indica, funciona como ritual: algo que se repite, sí, pero que cada vez vuelve a nacer de otra forma con cada artista que pasa por ese living. Podemos decir que es una casa que dialoga con el viejo lema coscoíno —“venga a ver el milagro”— recordándonos que los milagros no siempre ocurren en el escenario mayor: a veces brotan en una vereda, en un patio, o en eas históricas casas de poetas y escultores como la de Jorge Mattalía, donde alguna vez pasaron tantos cantores y poetas.

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