Elma Correa: infancia, frontera y culpa, las huellas de una narradora

Elma Áurea Correa Neri (Mexicali, Baja California, 1980) es escritora, profesora y narradora especializada en cuento y narrativa. Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericana, con una Maestría en Estudios Socioculturales. Se ha dedicado pate de su carrera a observar y narrar las tensiones entre lo íntimo y lo social en un territorio marcado por la frontera y la multiculturalidad.


Su obra ha sido reconocida internacionalmente: en 2026 ganó el Premio Biblioteca Breve otorgado por Seix Barral con la novela Donde termina el verano, un relato sobre la amistad femenina, la culpa y la violencia estructural que transcurre en Mexicali. El jurado destacó la fuerza de su escritura y la capacidad de retratar una comunidad atravesada por la frontera con Estados Unidos.

Además de su labor literaria, Correa organiza desde 2008 el encuentro internacional de escritores de Baja California Tiempo de Literatura, y ha publicado libros como Lo simple, donde explora la fragilidad de las relaciones entre mujeres en lo cotidiano. Su narrativa se caracteriza por un uso consciente del silencio, la tensión y la construcción de atmósferas que convierten al desierto y a la frontera en personajes vivos.
En esta entrevista, Elma Correa reflexiona sobre el papel del silencio en la escritura, la infancia como herida, la amistad como refugio y condena, y la manera en que la literatura puede abrir conversaciones más allá de los límites geográficos

Otra Canción: Muchos te consideran una autora que de algún modo rompe silencios con la escritura. ¿Qué lugar ocupa el silencio en tu escritura y cómo decidís cuándo romperlo?

Elma Correa: No sé si rompo silencios, pero como narradora me formé principalmente en el cuento, y en los cuentos es tan importante lo que se dice como lo que no se dice, hay que mantener un equilibrio para que la tensión crezca y también para no darle toda la información al lector, para que cuando el cuento termine el lector ate los cabos sueltos y rellene los huecos de información, en ese sentido, en términos muy técnicos, me parece que el silencio es fundamental.

    O.c: ¿Qué te enseñó Baja California sobre el lenguaje y sobre la forma de contar lo que duele, especialmente cuando desde afuera suele percibirse como un territorio hostil marcado por la violencia?

    Elma: El desierto es hostil siempre, es violento en sí mismo, es una geografía que contiene violencia, así que todo lo que se le impone de afuera es extra y no me preocupa demasiado. El noroeste mexicano es un espacio peculiar, la frontera con Estados Unidos tiene mucha influencia, por lo menos en mi ciudad, Mexicali, que hace que el lenguaje sea muy fluido, hablamos español, inglés, spanglish, pero además Mexicali es multicultural, hay comunidades china, japonesa, migrantes centroamericanos y nacionales, todos los días hay deportados y en los últimos años han llegado haitianos y ucranianos, de modo que los acentos se mezclan, se confunden, se superponen, es un laboratorio sociocultural y mi trabajo como escritora es observar y escuchar.

      O.c: ¿Cómo trabajás esa zona donde lo íntimo y lo social se contaminan, sin que la narración se vuelva alegoría ni testimonio?

      Elma: Yo escribo ficción, ninguno de mis textos es autobiográfico ni  periodístico, yo cuento mentiras (risas), desde que planeo lo que voy a escribir tengo claro lo que quiero decir y cómo quiero decirlo, no uso la literatura como vía para el activismo, a pesar de que escribo de cosas que me importan y me atraviesan, mi interés principal es contar historias con calidad literaria, no educar a la gente o decirle a las personas qué pensar acerca del mundo.

        O.c: En Lo simple, lo cotidiano parece siempre al borde de romperse. ¿Cómo pensás esa fragilidad de la realidad en un país donde la incertidumbre es parte de la vida diaria?

        Elma: En ese libro los cuentos abordan la amistad entre mujeres, no me planteé nunca la realidad del país en los términos de tu pregunta, me interesaba hablar de la complejidad de las relaciones entre las mujeres, de cómo nos sostenemos entre nosotras en lo íntimo, de cómo nos ayudamos a salir adelante o de cómo nos traicionamos o nos abandonamos según la situación.

          O.c: Donde termina el verano trabaja con una herida que se abre en la infancia y se reescribe en la adultez. ¿Qué te interesaba explorar en ese retorno a un origen que nunca termina de cerrarse?

          Elma: Es una novela sobre la amistad y la culpa: en su infancia, las protagonistas son responsables de un evento trágico y violento que las separa, volvemos a verlas veinte años después para asistir a las consecuencias, a los efectos que esa culpa tiene en cada una ellas.

            O.c: La novela parece sugerir que la infancia no es un origen sino una herida que organiza el resto de la vida. ¿Creés que alguna vez dejamos de ser responsables de lo que nos pasó cuando no teníamos lenguaje para nombrarlo?

            Elma: ¿En la vida real? Claro, de ningún modo infancia es destino, pero en la novela necesitaba el trauma o me quedaba sin conflicto.

              O.c: Elisa y Aimé encarnan dos modos de sobrevivir a la frontera. ¿Cómo fuiste construyendo esas trayectorias divergentes sin caer en determinismos?

              Elma: Construí a los personajes con mucho trabajo previo a la escritura formal de la novela, soy una escritora muy neurótica, no me siento a escribir si no tengo muy claro todo lo que va a pasar, no soy de esos autores intuitivos, ojalá tuviera esa capacidad, así que sabía exactamente lo que iba a pasar con cada una y con su desarrollo, tenía muy claro que no habría determinismos en sus vidas. Yo no romantizo la escritura, no hay determinismos porque fue una decisión consciente como autora.

                O.c: La novela se sostiene en una amistad femenina que es refugio y condena. ¿Qué te interesaba decir sobre ese tipo de vínculos que marcan una vida entera?

                Elma: Soy un poco monotemática, casi todos mis libros abordan la amistad entre mujeres, es como una obsesión, solo que acá en la novela me parece que quizá fui un poco más allá: la amistad entre dos mujeres está en el centro de la trama, pero la exploración principal es cómo hacemos para sobrevivir en un entorno hostil todos aquellos que hemos sido históricamente subordinados, no solo las mujeres, sino también las infancias, las adolescencias, -en el caso de la frontera- los migrantes, todos los que siempre hemos sido ciudadanos de segunda clase, ¿de verdad somos solidarios entre nosotros?

                  O.c: El secreto que comparten las protagonistas funciona como una forma de comunidad negativa. ¿Qué te interesa de esa idea de que a veces lo que une no es el amor sino la culpa?

                  Elma:
                  La culpa, el remordimiento, la culpa es el pegamento que mantiene unidas las piezas de la novela.

                  O.c: La frontera aparece como un organismo vivo que condiciona deseos, miedos y decisiones. ¿Creés que un territorio puede moldear la moral de quienes lo habitan?

                  Elma: No sé si la moral, pero sí creo que las geografías nos determinan, que los territorios nos atraviesan lo mismo que nosotros a ellos, y que los espacios que habitamos tienen mucho que ver con nuestras identidades, con quiénes somos y cómo somos.

                  Elma Correa gana el Premio Biblioteca Breve por "Donde termina el verano" |  El Informador

                      O.c: La novela muestra cómo una comunidad entera participa —consciente o inconscientemente— en la construcción de una tragedia. ¿Qué responsabilidad colectiva te interesaba poner en escena?

                      Elma: Es curiosa esta pregunta porque me interesa justo lo contrario, lo que hace la novela es poner el acento en cómo una comunidad se une para salir adelante cuando nadie los ayuda, cuando las instituciones fallan y no hay en quién confiar.

                        O.c: El calor, el polvo, la luz: la atmósfera es casi táctil. ¿Qué papel juega el clima emocional y físico de Mexicali en la arquitectura de la novela?

                        Elma: Uno fundamental, yo quería que el escenario fuera otro personaje, necesitaba caracterizar el escenario y volverlo coral y polifónico para que el lector sintiera que caminaba sus calles, que escuchaba sus sonidos y las voces de sus habitantes junto a los personajes principales.

                          O.c: Hoy se discute mucho sobre quién tiene derecho a narrar ciertas experiencias. ¿Cómo pensás la responsabilidad ética de escribir sobre infancias vulneradas en un momento en que la representación está tan en disputa?

                          Elma: Creo que la literatura puede hablar de cualquier cosa, imagínate que uno tuviera que ser marciano para escribir una historia que sucediera en Marte. Yo, personalmente, hay cosas de las que no hablo porque por ahora no me interesan, mis intereses como escritora son muy claros y tienen que ver con la experiencia femenina, ya lo dije antes, soy monotemática, escribo todo el tiempo de la amistad entre mujeres, pero no vería problema con abordar cualquier tema. Sobre la cuestión ética en general, para mí, se trata de decencia elemental: no incitar discursos de odio y estar siempre del lado del oprimido.

                            O.c: Si la literatura puede intervenir en la forma en que una comunidad se piensa a sí misma, ¿qué conversación te gustaría que Donde termina el verano habilitara en quienes viven —o vivieron— en la frontera?

                            Elma: Me gustaría pensar que la historia de la novela es universal, que no se circunscribe a la comunidad fronteriza, que cualquier persona puede identificarse con lo que sucede en ella, y en ese sentido me gustaría que al terminar el libro, después de acompañar a los personajes por todos los caminos truculentos que los hago pasar, los lectores sintieran un poco de paz y creyeran que al final, tal vez, solo tal vez, sí puede haber algo de luz allá afuera en este mundo cruento que nos ha tocado vivir.  

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